Aún no terminan los funerales de estado acordados a Hugo Chávez Frías, y ya el gobierno venezolano, con Nicolás Maduro Moros a la cabeza, debe poner en marcha, en virtud de disposiciones legales en vigencia, un nuevo proceso electoral. Lo hace con confianza: en el balance de estos catorce años de liderazgo, Chávez legó a Venezuela, además de una amplia combinación de reformas sociales y diseños constitucionales de nuevo tipo, una poderosa maquinaria electoral, mitad partidaria y mitad estatal. Los resultados, desde 1998 hasta la reciente campaña presidencial de 2012, arrojan la impresión de un sistema político gradualmente consolidado, que se mostró capaz de asimilar incluso el desafío de la unidad opositora.
¿Podrá este esquema sobrevivir a Chávez? Cierto es que tratamos con una situación anómala: la pérdida del líder máximo de la Revolución Bolivariana, del único referente indisputado que supo tener desde el principio, es sin dudas un golpe fuerte e inesperado. Pero, en principio, Maduro no necesita ser Chávez para probarse el traje de favorito: no sólo cuenta con el aval de quien ha sido designado como sucesor por el mandatario recientemente fallecido, sino también con el respaldo de una de las organizaciones partidarias más poderosas de la región.
Tampoco puede ignorarse el anclaje social y la incorporación de las masas populares en el proceso político venezolano, desde el nivel municipal hasta el nacional, así como los variados mecanismos de contralor ciudadano que se encuentran previstos por la constitución de la República Bolivariana. No se trata sólo de identificar los rasgos formales del sistema, sino también aquello que hace a un proceso político singular, en que se alienta y encuadra la inclusión social y política de las mayorías. Las prácticas políticas impulsadas por el Estado Nacional en los últimos tres lustros han favorecido la participación, el compromiso y el sentido de pertenencia de los venezolanos hacia sus instituciones políticas. Y ese proceso de activación política está plenamente identificado con el esquema político chavista.
El pronóstico que se desprende de estas breves observaciones es claro: como están las cosas, la muerte de Chávez, aunque lamentable, no debería cambiar un rasgo que se ha convertido ya en característico de la región. Nos referimos al proceso de emergencia, ascenso y consagración política de nuevos elencos oficialistas que, una vez electos, reformulan el sistema político y se convierten en vectores netos de predominio sobre el conjunto. En una palabra, la institucionalización del chavismo, aunque disparada por un evento traumático sin igual, está en marcha hace tiempo. Según los cálculos de la prensa cercana al flamante presidente a cargo, abril será la primera prueba de desempeño para la nueva etapa política abierta en Venezuela.
(*) Ezequiel Meler es profesor de historia en la UBA