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El nuevo Papa y la política argentina

Por Ezequiel Meler (*).-

Muchos analistas, ansiosos por llenar columnas y vender letras sin sentido, han propuesto un futuro conflictivo entre el gobierno argentino y el nuevo Sumo Pontífice. Se basan, para ello, en el historial de animosidad que el ex Arzobispo de Buenos Aires mantuvo con Néstor y Cristina Kirchner, y lo comparan con similares conflictos en otros lugares del continente americano. Postulan, de este modo, una suerte de natural conflictividad entre los intereses de una Iglesia vista monolíticamente como parte del campo conservador, y la agenda de gobiernos que, del mismo modo, son percibidos sin fisuras como portadores de una agenda progresista.

 

Es indudable que las instituciones eclesiásticas locales se seguirán oponiendo a temáticas que aparecen como contrarias a su filosofía –matrimonio igualitario, identidad de género, aborto, etc. Y en esa campaña recibirán inevitablemente el apoyo del Vaticano: después de todo, Papa argentino aparte, se trata de sacerdotes ordenados a partir de una visión del mundo que podemos o no compartir, pero que se presenta como clara y dogmática respecto de cuestiones esenciales de la vida moderna.

 

Sin embargo, la propuesta que aventura momentos de tensión creciente entre el gobierno y la Iglesia –y por ende, que supone al nuevo heredero de Pedro en mejor sintonía con la dirigencia opositora local-, confunde más de lo que aclara. En primer lugar, porque la noticia ha sido, sin lugar a dudas, motivo de felicidad para amplios sectores de la población. El gobierno ha visto este costado del asunto, y ha reaccionado conforme a ello, bajo la ecuación que sostiene que la felicidad del pueblo es en general una buena noticia para sus dirigentes electos.

 

En segundo lugar, existen motivos para postular muchas coincidencias objetivas entre el discurso del Sumo Pontífice y el de buena parte de la mal llamada nueva izquierda latinoamericana, kirchnerismo incluido. El papel de la doctrina social de la Iglesia en la doctrina peronista, la insistencia común en la justicia social –concepto clave que el peronismo toma del discurso del clero-, constituyen campos discursivos compartidos entre sacerdotes y dirigentes. Las invectivas antiliberales de Bergoglio allá por 2001, recogidas en varias publicaciones, anticipaban en buena medida el discurso de Néstor Kirchner sobre el papel de la deuda externa en la generación de la pobreza.

 

Es allí, en el combate a la pobreza, donde seguramente se hallan la mayor parte de las coincidencias. El diagnóstico de Bergoglio como Sumo Pontífice ha sido claro desde el mismo momento en que eligió llamarse Francisco, en homenaje a Francisco de Asís. A juicio del flamante Vicario de Cristo, bajo el reinado de su predecesor, Benedicto XVI, la Iglesia se ha detenido, se ha alejado de su rebaño. Y sobre todo, no ha insistido lo suficiente en la prédica de los valores cristianos, como la piedad, la caridad y la austeridad.

 

Ese discurso se ve reforzado por la experiencia que Bergoglio ha dejado en su paso por la Arquidiócesis de Buenos Aires, desde donde prestó vital apoyo a los sacerdotes que cumplían su misión en villas y barrios carenciados, y censuró la falta de conciencia social que observaba incluso dentro de la propia Iglesia. Ese rostro del Sumo Pontífice ha sido puesto de relieve no sólo por sacerdotes como Pepe di Paola, referente de los curas villeros, sino por quienes trabajan a su lado desde los movimientos sociales, como Emilio Pérsico y Fernando “Chino” Navarro. La alusión al “Papa peronista”, en recuerdo de su participación episódica en algunos encuentros de Guardia de Hierro, puede aparecer tal vez como una exageración de conductas de juventud, pero no constituye un retrato completamente desleal. Bergoglio seguirá siendo un hombre de la Iglesia en los temas de dogma en que ésta no puede negociar, pero es uno relativamente cercano al tronco del populismo local.

 

En resumen, no necesariamente la designación del primer Papa argentino aparece como una buena noticia para la oposición. Su impacto positivo sobre el humor social, su insistencia en la necesidad de mejores políticas sociales, su experiencia de trabajo con los más necesitados, así como su cercanía ideológica y práctica con el peronismo, lo colocan en un lugar distinto del mapa político argentino. La oposición haría mal en esperar un bote salvavidas de quien debe administrar una Iglesia históricamente universal: la tarea de Francisco es ahora mucho más amplia.

 

(*)Analista. Profesor.

 

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