El poder y los romanos

Por Mauricio D´Alessandro (*), desde Roma, Italia.

Pasé este fin de semana en Italia. Visita obligada, el Coliseo Romano. Comencemos estas líneas derribando un mito. No fue Nerón el que incendió Roma. Su verdadero pecado fue no reconstruirla y dedicar todos los recursos a su propio palacio. Su sucesor dio un golpe de timón a la impronta de gobierno. En sólo ocho años desde el 72 al 80 D.C. y sobre la base de un inmenso lago que Nerón había creado, sentó las bases de uno de los iconos de la cultura occidental.

 

60.000 personas entraban sentadas en ese inmenso círculo revestido en mármol. Un complejo sistema de galerías subterráneas permitía desagotar letrinas y proveer de agua y otros servicios.

 

Debajo del círculo central se escondían pequeñas celdas desde donde eran elevados animales salvajes y no tanto e incluso personas para la lucha cuerpo a cuerpo. Sobre ese piso de madera se esparcía arena. 400 esclavos movían una gran polea y en ascensores pequeños subían víctimas y victimarios. Las luchas no eran, habitualmente, a muerte. Los gladiadores eran esclavos pero participaban mínimamente de las apuestas. Si evitaban la muerte, lograban comprar su libertad.

 

El público amaba las luchas y era sin dudas la gran diversión de la Roma de esa época. Las localidades eran escasas para una ciudad de 1.000.000 de habitantes.

 

Ahora estamos ahí, escuchando lo que nos dice un guía español que lleva diez años en el circo. Estoy con Beto Casella, Gastón Recondo y el director del diario El Eco de Tandil Rogelio Rotonda. Escuchamos absortos el apasionante y apasionado relato del guía.

 

El poder, dispara, encuentra las más variadas formas para sojuzgar. Es hincha de la Roma, es de “izquierdas” confiesa. Los romanos eran expoliados en su riqueza, eran utilizados para las guerras pero se los recompensaba con este circo. Pan y circo. No dice nada nuevo el gallego. Pero lo dice bien. Durante años el emperador Tito condujo el imperio más grande de Occidente generando espectáculos cada vez más audaces, sostiene. Igual que ahora, reitera el guía y hace un paralelismo con el período negro de Berlusconi.

 

La charla se extiende y Beto le hace una pregunta enjundiosa. Espere, le espeta el guía. Primero voy a contestar otra. Una tontería que pregunta un mexicano semiborracho. El gallego vuelve a ejercer el poder. Ese pequeño poder que tiene. 20 personas abstraídas del mundo escuchando ese relato apasionante. Ese poder que junta en cinco grupos diarios 22 días al mes. Ese poder que desprecia pero ahora tiene en su mano.

 

Subimos a un taxi. La pregunta obligada es si están mejor ahora que se fue Berlusconi. “E la mesma cosa”, murmura. “Menos turismo, más pobre porque Europa está en crisis. Menos dinero en la calle. Todo va a pasar… “

 

Llegamos corriendo al hotel. Empieza River-All Boys. Busco el canal oficial porque estoy seguro que ahí tengo Fútbol para Todos. Esa cabriola kirchnerista que tanto critico en la intimidad. Estamos en el entretiempo y todo es publicidad oficial. Si el taxista italiano mira esa catarata de buenas noticias, repite la historia de mis abuelos.

 

Nada ha cambiado de Roma a ahora. Nadie es inmune a ese poder desplegado de las variadas formas que criticaba, hipócritamente, el guía español.

 

(*) Abogado; Diputado provincial por Unión Celeste y Blanco.

 

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