Este domingo será Luiz Inácio Lula da Silva contra Flávio Bolsonaro. También, izquierda contra extrema derecha. Asimismo, el proyecto de una América Latina relativamente autónoma frente al neocolonialismo de Donald Trump o, dicho de otro modo, Sur Global versus la hegemonía de Estados Unidos. Y, a la distancia, peronismo contra Javier Milei, claro.
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El presidente de Brasil y el senador del Partido Liberal llegan a la primera vuelta electoral virtualmente empatados en todos los sondeos, lo que preanuncia un probable ballottage, de final imprevisible, el domingo 25.
El último sondeo de Datafolha, difundido anoche, arrojó una ventaja de 45% a 40% de los votos válidos y positivos para Lula da Silva sobre Bolsonaro para el domingo. El escenario de segundo turno, en tanto, dio un empate técnico: 48% y 45%, respectivamente.
Fuente: Folha de S. Paulo.
Otro, el de Atlas-Intel, directamente previó 50-50 para el 25-O.
Lula da Silva ya tenía decidido ausentarse del debate entre los principales candidatos previsto por la Rede Globo para anoche. Prefirió evitar que los invitados, ubicados entre el centroderecha y la pared, lo eligieran como blanco y, en lugar de eso, dialogó con Igor 3K en Flow Podcast, un tanque del streaming "ni de izquierda ni de derecha", de estilo ameno y dirigido a un público juvenil mayormente despolitizado y desencantado.
En el programa, el líder de la izquierda propuso un Brasil aun más social, prometió una "reforma política profunda" para terminar con la "podredumbre" reinante, llamó a la gente a votar en función de "sus sueños" y sacó a relucir todo el prontuario de su rival.
Temeroso de convertirse en objeto de preguntas molestas sobre sus negocios blue y sus tratos con garotas de programa, Flávio B. deploró que la Justicia definiera que las cámaras no tomaran el atril vacío de su enemigo y a última hora también desistió de ir al debate.
Al final, resignada, fue la propia Globo la que se bajó de la cita.
Una campaña en la ciénaga
Los dos favoritos también llegan inmersos en una campaña extremadamente dura, que ha tenido varios tramos escandalosos y unos cuantos episodios desaseados.
Durante la misma pasó un escándalo de presunto financiamiento ilegal de la campaña bolsonarista por parte del banquero Daniel Vorcaro, hoy preso por la quiebra fraudulenta del Banco Master, y una ramificación del caso que impactó de lleno en el Supremo Tribunal Federal, con denuncias fuertes de contratos y tráfico de influencias. Que el juez más poderoso de ese cuerpo, Alexandre de Moraes, haya quedado inmerso de lleno en el caso y que haya sido quien instruyó la causa por golpismo que llevó a Jair Bolsonaro a la cárcel terminó afectando, por contigüidad, al Partido de los Trabajadores.
El banquero preso Daniel Vorcaro y el juez del Supremo de Brasil Alexandre de Moraes.
Tal vez por eso, tal vez por la propia dinámica polarizadora de la política brasileña y, en general, latinoamericana, la ventaja de la que disfrutó Lula durante gran parte de la campaña se esfumó en el último par de meses, y ahora todo es incertidumbre.
Lula da Silva deja, al cabo de su tercer gobierno, un Brasil en crecimiento y con baja inflación, pero todavía alejado de la promesa del desarrollo.
Además, sufre de cierta fatiga de material tras casi 40 años de protagonismo y cumplirá 81 años dos días después del segundo turno. Se muestra vital y recuperado de dos tropiezos con el cáncer, pero su imagen contrasta con la de su rival, de plenos 45 años.
Si la campaña ha sido una carrera de escándalos, queda por verse si el último, que vincula a Bolsonaro hijo con denuncias de consumo de prostitución, asistencia a orgías y tráfico de influencias ante el gobierno de Jair B. y ante ministros del Supremo —todo premiado con regalos costosos— hará mella en el voto por el guardián de los valores tradicionales.
La democracia, en apuros
La tensión no cede ni siquiera al pie de las urnas electrónicas que se habilitarán este domingo, esta vez sin los cuestionamientos de 2022 del bolsonarismo, que estimularon un intento de golpe televisado para todo el mundo.
Lo que entonces comenzó como una campaña de fake news contra el sistema de votación, siguió con planes para evitar mediante una asonada la asunción de Lula tras su triunfo de octubre –grabados en reuniones de gabinete–, con manifestaciones bolsonaristas frente a los cuarteles y, finalmente, con el asalto violento a las sedes de los tres poderes en Brasilia el 8 de enero de 2023.
La institucionalidad está otra vez en problemas.
Por un lado, por la posibilidad de que un resultado muy apretado suscite un desconocimiento del candidato derrotado, en especial el bolsonarista. Los antecedentes destituyentes de su sector están probados por la historia reciente, y a ellos se suma ahora el apremio por recuperar el poder y sacar del arresto domiciliario al jefe del clan.
Por el otro, por el descrédito de los poderes del Estado, que parecen perforados sin remedio por la corrupción.
Los candidatos, se sabe, se han visto salpicados una y mil veces por denuncias. Lula da Silva salió de prisión y consiguió ser rehabilitado legalmente debido a que el STF registró, a último momento, no su inocencia, sino la violación de su derecho de defensa. Flávio Bolsonaro, como se dijo, navega en un mar de podredumbre, a la que hay que sumar los siempre denunciados lazos de la familia con el paramilitarismo de Río de Janeiro.
Trump vigila
Un tercer elemento jaquea la estabilidad de la democracia: la injerencia indisimulada de los Estados Unidos de Trump.
Brasil fue, desde el inicio de su mandato, uno de los numerosos países sancionados con megaaranceles.
Luego, con el calendario electoral ya corriendo, Trump impuso sanciones personales al juez supremo De Moraes y su esposa, entre otros, por haber impulsado el encarcelamiento de Bolsonaro padre.
Finalmente, volvió con aranceles recargados por las políticas del gobierno de izquierda, en especial por el uso extendido del sistema de pagos electrónicos Pix, dependiente del Banco Central y, en tanto gratuito, perjudicial para los intereses de las grandes empresas estadounidenses del sector.
El trasfondo, todo el tiempo, estuvo dado por la cercanía de Lula da Silva con el grupo BRICS de países emergentes y, en especial, con China, la obsesión de la potencia en relativa declinación.
La posibilidad mencionada de un triunfo de Lula da Silva por la mínima —remake del de 2022, cuando doblegó a Jair Bolsonaro por 50,9% a 49,1%— despunta como un tema de preocupación: el eventual desconocimiento de ese resultado por parte de Estados Unidos y el inicio de una campaña de hostigamiento aun mayor que la ya registrada.
Consultado sobre la posibilidad de que, una vez más, el clan Bolsonaro opere sobre la Casa Blanca —en especial por obra de Eduardo Bolsonaro, "refugiado" en Washington y prófugo de la Justicia brasileña justamente por esas tareas de lobby—, el presidente se mostró calmo.
Flávio y Eduardo Bolsonaro, además del influencer de extrema derecha Paulo Figueiredo, posaron en mayo junto a Donald Trump en el Salón Oval.
"Eso no me preocupa. No tengo ninguna preocupación", respondió Lula da Silva. "Le dije a Trump: no te metas en las elecciones de Brasil; de lo contrario, vas a perder. Es mejor perder sin involucrarse, porque si te involucrás, te vas a llevar un disgusto", agregó.
La exhibición de banderas de Estados Unidos en los actos de Flávio Bolsonaro ha sido una constante de la campaña electoral.
La duda está clavada en el corazón de la política del hermano mayor de América Latina y el republicano no hace nada por desactivar las alarmas. Aunque evitó manifestar el favoritismo de todas las derechas continentales, le dijo a O Globo que va a seguir "bien de cerca" un pleito que calificó de "muy importante".
Entre polémicas por el apagón que Facebook, una de las marcas de Meta y del trumpista reciente Mark Zuckerberg, la Advocacia-Geral da União de Brasil —equivalente a la Procuración del Tesoro de la Argentina— les pidió al Ministerio Público y a la Policía Federal la apertura de una investigación por presunto financiamiento del movimiento MAGA a la campaña bolsonarista.
Donroe, Caracas y después
Por si no bastaran los antecedentes de Trump con el Brasil de Lula, la preocupación sobre una injerencia recargada en el futuro del país hermano parece una escala natural tras los últimos sucesos en la región.
La intervención, directa o indirecta, del trumpismo en los comicios de Perú y Colombia, entre otros, todavía está fresca. Un poco más atrás, también la que se registró en las legislativas argentinas del año pasado, cuando el Departamento del Tesoro acudió con anuncios fuertes y un puñado de dólares en auxilio de Milei, entonces acosado por los efectos financieros del fracaso de su política.
Lo que el republicano no consigue con "la razón", lo arranca con la fuerza, puesta en práctica de su Estrategia de Seguridad Nacional y su Doctrina Donroe, la que no se molesta en cubrir con ningún velo la idea de que la región debe ser un "patio trasero" prohibido para China.
Donald Trump, parado sobre el "patio trasero", según la visión del dibujante Graeme MacKay en el Hamilton Spectator.
En enero, una fuerza militar estadounidense bombardeó Caracas y un grupo comando secuestró al dictador Nicolás Maduro y a su esposa. Con eso le bastó para someter al chavismo residual de Delcy Rodríguez, a quien le dio apoyo para continuar en el Palacio de Miraflores a cambio de un "acuerdo" petrolero que le brindó a Estados Unidos control sobre alrededor del 20% de las reservas de crudo de Venezuela.
La Policía boliviana arrestó el miércoles en Santa Cruz de la Sierra al fiscal general Roger Mariaca y a otros procuradores. Fue una razzia de profundo impacto político que incluyó allanamientos a oficinas del Ministerio Público.
Roger Mariaca.
Además de jefe de los fiscales, Mariaca llevaba adelante la investigación por el intento de femicidio de la abogada Nadia Beller, expareja de Fernando Cerimedo, quien fue acusado como instigador y está —todavía— con prisión preventiva.
La Fiscalía, o lo que queda de ella, denunció que su jefe fue "secuestrado" y la propia Beller, que zafó de milagro del ataque perpetrado por dos sicarios, denunció un intento de cerrar su caso y de hacer zafar al estratega digital que trabajó con sus troles para Milei en 2023 y, antes, para los Bolsonaro.
Con eso, se supone, le sacan también las papas del fuego al presidente de derecha Rodrigo Paz, quien puso unos cuantos secretos en manos de Cerimedo, quien tenía despacho propio en la propia sede de la presidencia.
Dos días antes de ser arrestado, Mariaca había sido sancionado con "restricciones de visado" por parte de Estados Unidos junto a "otros 20 funcionarios bolivianos corruptos", según anunció el Departamento de Estado. Ya es todo un clásico: Washington lo acusa de tener contactos con narcotraficantes, para lo que se vale de la confesión del uruguayo Sebastián Marset, detenido en marzo y extraditado a Estados Unidos.
Según consta en un oportuno video difundido por la Policía boliviana, el narco admitió ser amigo del fiscal y recibir de este "avisos" oportunos.
Sin embargo, Beller difundió fotos que muestran a Cerimedo junto a Donald Trump Jr. y al exasesor de la campaña MAGA Brad Parscale.