Todo el mundillo político de esta ciudad daba por hecho hasta hace pocos días que Eduardo Bolsonaro sería el canciller de un eventual gobierno de Flávio. Sin embargo, el segundo expuso públicamente un juego de presiones de parte del Círculo Rojo empresarial de este país, que fue revelado en detalle a desPertar por un importante miembro de la campaña derechista, al afirmar en una entrevista que eso no va a ocurrir.
"No, él no va a ser mi canciller. Eduardo es un perseguido político que denunció en el exterior las arbitrariedades que existen aquí en Brasil. Algún día la historia lo reconocerá como alguien que se sacrificó para defender la democracia en nuestro país", dijo el último viernes en una entrevista en la TV Globo.
El hermano menor salió entonces a dar una serie de entrevistas internacionales desde Washington, incluso a medios argentinos, en las que aclaró que "eso todavía se está discutiendo".
La embajada en esa ciudad no sería un premio que lo satisfaga. Itamaraty, sí.
¿Traición en el Círculo Vermelho?
El empresariado y el mercado financiero de Brasil respaldan férreamente un retorno del bolsonarismo al poder, pero la crisis que permanece congelada a la espera de resultados electorales y definiciones políticas, permite observar, al interior del bloque de derecha, alineamientos algo inesperados.
Según supo desPertar, hay sectores del empresariado que temen dos cosas de Eduardo: que cobre demasiado poder como hermano del eventual presidente y a la vez como canciller, y que disponga una política exterior radical y demasiado ideologizada que afecte intereses sensibles.
Para empezar, los del poderoso agronegocio, muy vinculado a las exportaciones a China, principal socio comercial de Brasil.
Basta para comprobar esto que una de las alternativas para Itamaraty que se barajó desde la declaración de Flávio sea la senadora Tereza Cristina Corrêa da Costa Dias, exministra de Agricultura de Jair y una de las principales referentes de la llamada bancada do boi —"bancada del buey"—, esto es del lobby de los exportadores de carne.
Tereza Cristina posa junto a Jair Bolsonaro tras su nombramiento como ministra da Agricultura. (Foto: Valter Campanato, Agência Brasil).
También se señala a segmentos de la industria y el comercio, en los que las inversiones chinas han llegado de manera aluvional, en el sector automotriz, por caso.
Por último, desde el eduardismo se menciona a ciertos nodos del poder financiero que temen que una disputa fuerte con China resulte disruptiva para el mercado.
¿De dónde surgieron esos recelos? Cuentan que la senadora le atribuye a Eduardo Bolsonaro haber boicoteado las gestiones de una delegación legislativa que se trasladó a Washington tras la aplicación de un arancel del 50% a todos los productos brasileños, barrida iniciática del trumpismo que, se recuerda, afectó a casi todo el mundo.
Que haya circulado el nombre de Tereza Cristina fue interpretado por los analistas locales como un guiño al centrão, la constelación de pequeños partidos conservadores y en buena medida parasitarios del Estado que suelen vender —políticamente, claro— gobernabilidad a administraciones de cualquier signo. Sin embargo, no queda claro que ese nombre haya salido de la boca mencionado del presidenciable.
Como otra posibilidad se mencionó a algún funcionario de carrera que sobreviva al peine fino ideológico que se le pretende pasar a Itamaraty. Misma sospecha.
En medio del conato de crisis, la periodista Mariana Sanches escribió en el portal UOL que "Eduardo ya le avisó a Flávio que va a 'pasar por encima' de cualquiera [de esos candidatos]. 'Si intentan poner otro nombre, Eduardo se convertirá en la práctica en un canciller en las sombras y de cualquier manera estará detrás de las articulaciones".
China sí, China no
Eduardo Bolsonaro suele resaltar que China se convirtió en el principal socio comercial de Brasil a partir de 2009, durante el segundo mandato de Lula da Silva, algo que considera en algún sentido antinatural por despojar de un lugar que debería corresponderle a Estados Unidos. Sin embargo, aclara que "no vamos a romper con China".
Quienes más lo defienden en la interna familiar dicen que no es el derechista radical que describen sus enemigos y que no sería un canciller ideologizado como lo fue Ernesto Araújo durante parte del gobierno de Jair.
Esos referentes lo presentan como estudioso y, sobre todo, dueño de una red de contactos incomparable con varios de los líderes occidentales más relevantes del momento, desde Trump hasta Giorgia Meloni, pasando por Javier Milei y los demás presidentes de la derecha dura en América Latina. También con Benjamín Netanyahu, aunque este pondrá en juego su sillón en las elecciones del próximo martes.
Eduardo Bolsonaro, junto a Benjamín Netanyahu.
Al revés de lo que denuncian como prejuicios, para esas fuentes cabría esperar de Eduardo Bolsonaro una conducción diplomática basada en los intereses nacionales de Brasil y en la búsqueda de negocios e inversiones, y no en meras afinidades ideológicas.
Argentina, una prioridad
En esa arquitectura, supo este newsletter, la Argentina tiene "un lugar prioritario".
Hoy es la Argentina de Milei, claro, pero se afirma que se buscaría desarrollar una diplomacia de Estados y no basada solamente en una afinidad ideológica que, de hecho, podría dejar de existir dentro de un año.
Javier Milei y Eduardo Bolsonaro coincidieron la semana pasada en la Gala Oficial del Mes de la Herencia Hispana realizada en Washington.
El potencial gasífero de Vaca Muerta, se argumenta en ese entorno, tiene un mercado obvio en la demanda de escala industrial del sudeste de Brasil que espera simplemente el desarrollo de la infraestructura necesaria para transportar el fluido, cosa que, como se sabe, tenían prevista Alberto Fernández y Sergio Massa, pero que el anarcocapitalista frenó en el contexto del freno total de la obra pública.
La alianza entre lo países debería dinamizar el Mercosur en un sentido de fuerte apertura, cosa que cabe interpretar como el final de la noción de unión aduanera que se parece cada vez más a una ficción.
Un observador argentino podría preguntarse si nuestro país sería capaz de ofrecer más que materias primas en esa sociedad relanzada, toda vez que la industria nacional parece una especie en vías de extinción.
Otro eje de un eventual relanzamiento del vínculo Brasilia-Buenos Aires sería la coordinación en políticas de defensa. Así como hoy ya se fabrican en la planta de Iveco en Córdoba los motores para los blindados brasileños Guaraní, esa cooperación se podría ampliar al proyecto del blindado Centauro II.
Trump y el imán de Estados Unidos
Con China, se jura, no habrá ruptura, algo en buena medida cantado por ser a esta altura sencillamente imposible. Sin embargo, hay que recordar las tensiones que generó en su momento Jair Bolsonaro, que, por caso, culpó a Pekín por la pandemia del covid-19.
Las fuentes consultadas resultan ambivalentes cuando se les pregunta por el mantenimiento de Brasil en el grupo BRICS de potencias emergentes. Afirman que no hay planes de salida, pero hablan de "revisión" para determinar si el grupo, como tal, es realmente necesario para conseguir objetivos que podrían ser alcanzados de modo simplemente bilateral. Hay que recordar que Irán está allí.
Jair Bolsonaro junto a quienes eran sus pares en el grupo BRICS en 2019.
La prioridad absoluta será "reconstruir" —esa es la palabra que escuchó desPertar una y otra vez— la política exterior de Brasil en general y la relación con Estados Unidos muy en particular.
Marcan, sin embargo, una diferencia no menor respecto de Milei: en el bolsonarismo nadie habla de "alineamiento automático", sino de una "convergencia estratégica".
Esto, aclaran, no significaría ni subordinación ni pérdida de autonomía, sino una búsqueda de abrir mercados, incorporar tecnología y brindarles mayor competitividad a las empresas locales.
La agenda de un eventual gobierno de Flávio B. con Trump es amplia y abarcaría, claro, cuestiones sensibles de seguridad, como la incorporación de Brasil al Escudo de las Américas —"para definir políticas, no para acatarlas", aseguran— y la declaración de las mafias del narcotráfico como "organizaciones terroristas". La referencia es al paulista Primer Comando de la Capital (PCC) y al carioca Comando Vermelho —Comando Rojo—.
Otras fuentes de los armados bolsonaristas con las que habló este newsletter dijeron que es preferible cooperar y negociar con el avasallante republicano que resistirlo, y dejaron flotando la sospecha de que, sin esos vínculos, Estados Unidos podría decidir en un futuro no muy lejano realizar bombardeos con drones en territorio brasileño.
La gran pregunta es si Donald Trump, armado con su Estrategia de Seguridad Nacional y su Doctrina Donroe para barrer a China del hemisferio, entenderá de sutilezas como "convergencia" o "autonomía estratégica". En el bolsonarismo aseguran que sí lo hará y, algunos, afirman que Eduardo B. es el hombre ideal para conseguirlo.
Trump "es especial" y "ejerce su liderazgo desde la fuerza", pero entenderá la importancia de Brasil en la escena hemisférica, confían en ese sector.
Flávio y Eduardo Bolsonaro, además del influencer derechista Paulo Figueiredo, posaron en mayo junto a Donald Trump en el Salón Oval.
¿Pensará lo mismo un jefe de la Casa Blanca que, en caso de triunfo de la derecha, se arrogaría no solamente el mérito de ese desenlace, sino también el derecho a recibir compensaciones por sus medidas de represalia en pos de la liberación del patriarca del clan?
Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.