El Ayuntamiento de la ciudad francesa de Limoges, un edificio construido en 1883 y declarado monumento histórico en 1975, antes y después de que un incendio provocado lo devorara y terminara por hacer colapsar su campanario.
En Argentina, el 17 de octubre es sinónimo de iconografía peronista, aunque el de este año haya constituido un mosaico de proyectos dispersos, tan complejo que hace imposible determinar hasta dónde llegan los enfrentamientos personales entre liderazgos como el de Cristina Fernández de Kirchnery el de Axel Kicillo f, y dónde comienza una crisis identitaria y existencial. Sin embargo, en Francia acaba de asumir un significado particular: el sábado fue el día en que la frustración juvenil derivó en una violencia arrasadora. Y ayer, el día en que el movimiento se contagió a Italia y puso en vilo a los gobiernos de los principales países de Europa.
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Acaso de un modo algo abusivo por no ahondar en las especificidades locales de tipo social, cultural y económico de los casos citados, pero intencionalmente general para dar cuenta de los fenómenos de fondo que dan forma a este presente, desPertar habló el último miércoles 7 de una oleada de "irritación difusa" que recorre buena parte de Occidente.
El drama en tres actos que se contó ese día incluyó las manifestaciones estudiantiles en Francia —desatadas el 18 de septiembre, pero que ya iban in crescendo–, las protestas por el problema de la vivienda en España y hasta los coletazos del resultado de la primera vuelta electoral en Brasil, que le otorgó un éxito digno de análisis a la extrema derecha de Flávio Bolsonaro. Hoy toca hablar de nuevo de Francia, que ardió el fin de semana como hace mucho no lo hacía, y del efecto contagio que se produjo en Italia y puso en alerta a otros países europeos.
¿Siempre tendremos París?
El sábado, en medio de una manifestación en París que movilizó en principio de modo pacífico a más de medio millón de personas, la violencia y la represión policial terminaron por asolar a esa capital.
La Place de la Republique de París fue es epicentro de graves hechos de violencia y represión.
Asimismo, fueron barridas por la ola Marsella, Lyon y otras ciudades grandes y medianas de Francia.
Marsella, segunda ciudad de Francia, también fue el fin de semana escenario de disturbios masivos.
Edificios públicos fueron incendiados —de modo emblemático, el Ayuntamiento de Limoges—, cientos de comercios saqueados y medios de comunicación y periodistas atacados. Las calles se convirtieron en escenario de feroces enfrentamientos entre manifestantes y policías.
Entre lo ocurrido ese día y lo que se extendió a ayer, los detenidos ascienden ya a 2500, los heridos a un millar y hasta se reportó la muerte de un manifestante en París, episodio que las autoridades atribuyeron a una crisis cardíaca.
Si la violencia fue extrema, también lo fue la represión. El uso intenso y, se denuncia, en muchos casos indiscriminado de elementos de disuasión no letales —pero ciertamente peligrosos— como lanzadoras de pelotas de goma, gases lacrimógenos y granadas de ruido dejaron al menos 36 investigaciones oficiales por excesos, 248 heridos de gravedad —entre ellos, unos cuantos con pronóstico de secuelas permanentes— y cuatro casos de menores con mutilaciones.
Más allá de las aulas
Emmanuel Macron, alguna vez presentado como un "socioliberal" que, al final, terminó siendo más liberal que "socio", culpó a la extrema izquierda sindical y a la política —que responde a Jean-Luc Mélenchon— de atizar el descontento, pero el líder de La Francia Insumisa (LFS) advirtió sobre "una situación que puede volverse incontrolable".
Los jóvenes protestan contra las condiciones imperantes en el sistema educativo —sobre todo secundario—, con edificios dañados, clases abarrotadas con hasta 35 estudiantes, falta de profesores y un sistema de asignación de cupos en carreras y universidades —la plataforma Parcoursup— opaco y que no responde a las vocaciones y aspiraciones de los jóvenes.
Asimismo, contra el plan de ajuste del gobierno, que prevé un recorte de 54.000 millones de euros y que podría deteriorar más ese y otros servicios públicos.
Si hasta el fin de semana los jóvenes, secundados por los sindicatos, habían llevado adelante la ola de contestación, sorprendió a las autoridades la reaparición, por ahora incipiente, de los "chalecos amarillos", un movimiento sin filiación política clara nacido en la Francia semirrural y que desquició el país allá por 2018 y 2019 con marchas, hechos de violencia y, sobre todo, bloqueos de rutas.
Así, los reclamos escalan y ya exceden lo estrictamente educativo, abarcando el costo de los servicios públicos, lo atrasados que quedaron los salarios respecto de las canastas de consumo promedio y, de modo sensible, el precio de los combustibles hogareños –el gas domiciliario subió 6,3% este mes– y de transporte.
La guerra en Ucrania —sin solución desde febrero de 2022—, la ruptura con Rusia y el corte del suministro de gas y petróleo desde ese país comienzan, literalmente, a pasar la factura social y política.
A los mencionados elementos de descontento se suma el nivel de las tasas de interés, que hace impagables deudas contraídas para compensar salarios insuficientes. No estamos solos.
Eso se deriva del elevado déficit fiscal y de la bola de deuda pública que genera —equivalente ya a 120% del PBI—, cosa que lleva al anunciado ajuste, uno que, como siempre, no parece repartir equitativamente las cargas del sacrificio.
¿El futuro tiene lugar para los jóvenes?
El descontento juvenil se focaliza en la calidad de los servicios educativos en la escuela media y en las condiciones del acceso a la educación superior, pero, en el fondo, encuentra motivaciones más profundas.
La educación es cada vez menos vista como capaz de cumplir con la promesa de ascenso social, los jóvenes se resignan a vivir peor que sus padres, la independencia respecto del hogar de origen es un sueño imposible para muchos y el mercado de trabajo, un campo minado.
El desempleo en Francia asciende al 8,2% de la población económicamente activa, por encima del promedio de la eurozona, de 6,4%. En tanto, el juvenil, medido en la población de entre 15 y 24 años, es del 21,1% frente al 15% de la zona monetaria común.
Si a eso se le suma la promesa del ajuste, si los ingresos corren de atrás desde hace años al costo de vida —especialmente tras la pospandemia— y si se añaden las tensiones sociales vinculadas al proceso migratorio intenso de las últimas décadas, que modificó el panorama social del país —y de muchos otros de Europa— la mesa queda servida para una crisis multidimensional y de difícil abordaje.
¿Sorprende que la extrema derecha de Marine Le Pen emerja como favorita por primera vez para la elección presidencial del año que viene?
Un reguero que corre por Europa
La inquietud se trasladó a Italia, donde gobierna la derecha dura de Giorgia Meloni. No hay allí imposturas "socioliberales" que denunciar, pero la primera ministra no defraudó al acusar de la agitación a la izquierda.
Nadie, ni ella que lleva cuatro años de gestión ni Macron, que lleva nueve y medio, se hace cargo de la parte que le toca, por no mencionar que un rasgo especialmente preocupante del movimiento es su falta de encuadre político y de liderazgos, lo que lo vuelve caótico y más difícil de encauzar.
La agitación italiana, por ahora, parece menor que la de Francia, pero ya se desparrama por Milán, Roma y Bologna, y derivó el fin de semana en destrozos, saqueos, represión y decenas de arrestos.
Los saqueos fueron la tónica principal de los disturbios del fin de semana en Milán.
Ante el cariz que tomaron los acontecimientos, la Confederación General Italiana del Trabajo, el sindicato más antiguo e importante del país, llamó a una huelga general para el 20 de noviembre.
¿Las causas del descontento? El costo de vida, los bajos salarios y la calidad de los servicios públicos.
Las manifestaciones alcanzaron también a Albania, Portugal y Bélgica.
En Albania hubo caos en Tirana, también motivado por las dificultades del acceso a la educación superior y la falta de oportunidades de trabajo para los jóvenes. A eso se sumó el rechazo a la construcción de un complejo turístico de lujo en la costa sur vinculado al yerno de Donald Trump, Jared Kushner.
El primer ministro Edi Rama, está contra las cuerdas.
Portugal estalló en Porto por cuenta de un capítulo local de la crisis de los alquileres, el auge de los desalojos y la caída del poder adquisitivo de los salarios.
En Bélgica, en tanto, protestas estudiantes en Bruselas y Lieja contra un ajuste presupuestario en educación derivaron en bloqueos de calles, represión policial y 200 detenidos.
España y la válvula de escape electoral
En España bulle la crisis de los alquileres inaccesibles, sobre todo tras la muerte de Maricarmen Abascal, internada en un hospital por el desgaste que le produjo el desalojo de su casa de El Retiro en la que había vivido por más de 70 años.
Sin embargo, la crisis encontró allí una válvula de escape política con la convocatoria a elecciones anticipadas para el 29 de noviembre, aunque el tono de la campaña es verdaderamente agónico.
En esa cita se dirimirá si Pedro Sánchez sigue al frente del gobierno —ahora con una agenda intervencionista en el mercado inmobiliario— o si toma el relevo una alianza de derecha y extrema derecha entre el Partido Popular y Vox.
La "irritación difusa"
Es necesario insistir. Esa "irritación difusa" de la que habló en el Brasil de 2014 la periodista Eliane Cantanhêde hace que lo que en un lado es la educación, en otro los alquileres, en otro el transporte y en todos los ingresos insuficientes y la falta de reacción de los mercados laborales en contextos de bajo crecimiento, se resuma en un denominador común: el empobrecimiento relativo de sectores medios, en especial juveniles, que ven incumplida la promesa de la movilidad social ascendente.
Todos esos elementos están presentes en América Latina, además de otros, vinculados a promesas de desarrollo que no se concretan, la informalidad irreductible del mercado de trabajo, el recuerdo irrepetible de los años felices de comienzos de siglo —con sus extraordinarios términos de intercambio— y la presencia del crimen mafioso, mayormente ligado al narcotráfico, que deteriora las condiciones de seguridad en muchas grandes ciudades.
Sin soluciones y con un principio de representación que parece descendente en lugar de ser ascendente, los gobiernos se alternan entre elecciones y esporádicos géiseres de furia social. Lo que en determinado momento parece una ola progresista da lugar luego a una de derecha, sólo que peculiar: una en la que las extremas se devoran a las moderadas.
En Europa crujen los gobiernos del socioliberal Macron, la posfascista devenida en conservadora Meloni y el socialista Sánchez. Los une el hecho de gobernar.
En Brasil hace ruido la administración del izquierdistaLuiz Inácio Lula da Silva, quien anoche enfrentó a Flávio Bolsonaro en un áspero debate en Bandeirantes. Se tiraron con todo, con acusaciones viejas y nuevas, y con sus antagonismos ideológicos. El ruido fue fuerte y hasta dejó un hecho sorprendente: el ultra no quiso responder si la motosierra de Milei era su programa, como sí había afirmado en tramos de la campaña en los que se mostró con una tijera gigante.
Hubo también un momento para la hilaridad. "Lula, ¿puede explicar por qué el 73% de los presos votó por usted?", lo chicaneó Bolsonaro hijo. Silencio. "Bueno, yo quiero que vote el ciento por ciento, incluso su padre", le devolvió el presidente. Todo vale en un ciclo electoral que parece empatado.
Horas antes, Lula había convocado una multitud en Brasilia, territorio bolsonarista.
¿Se cebará la irritación por las promesas que no son con el oficialista Lula o este revertirá una historia que parecía jugada al contarse los votos del primer turno?