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NUEVO (DES)ORDEN GLOBAL

El papa León XIV hizo de la paz su bandera y desafió la diplomacia de la fuerza

Choque con Donald Trump. Cruce con la Casa Blanca por Irán y las guerras abiertas. El Vaticano endurece su política exterior ante las crisis humanitarias.

El papa León XIV convirtió la paz en el mensaje inaugural de su pontificado y en el eje de una diplomacia pastoral orientada a un mundo fragmentado, marcado por una "Tercera Guerra Mundial en pedacitos". El choque con Donald Trump terminó de ubicar al papa estadounidense en el centro de la disputa por la autoridad moral global.

“La paz sea con ustedes” no fue una fórmula más. Fue lo primero que Robert Prevost le dijo al mundo aquel 8 de mayo, cuando apareció como nuevo papa. En esa frase quedó cifrado un programa. No una consigna blanda, sino una advertencia política para un planeta habituado a naturalizar la guerra.

León XIV y la paz como programa

Jorge Bergoglio había instalado la idea de una “Tercera Guerra Mundial en pedacitos” para describir un desorden global sin centro, atravesado por conflictos simultáneos, fronteras rotas y diplomacias impotentes. León XIV tomó esa herencia, pero le imprimió otro registro: menos gestualidad profética latinoamericana, más insistencia doctrinal y diplomática.

La diferencia de estilo no implicó ruptura. Como Francisco había marcado su pontificado con “una Iglesia pobre y para los pobres”, León XIV pareció elegir la paz como leitmotiv. Cada intervención pública reforzó esa línea. Cada viaje la ordenó. Cada cruce político la volvió más visible.

En el avión de regreso de su gira por África, tras pasar por Malabo (Guinea Ecuatorial), el pontífice dejó una definición que funcionó como manifiesto. “Como Iglesia y como pastor, no puedo estar a favor de la guerra”, dijo ante periodistas. La frase pesó porque no fue abstracta: habló de niños muertos en Irán y en Líbano.

Allí apareció la clave del nuevo papado. León XIV no discutió sólo estrategias militares ni balances geopolíticos. Disputó el lenguaje con el que las potencias justifican la muerte de inocentes. Frente a la pregunta por un cambio de régimen en Irán, respondió que el punto era cómo defender valores sin sembrar cadáveres.

Donald Trump y la diplomacia de la fuerza

El choque con el presidente de Estados Unidos llevó esa tensión al máximo. El mandatario lo acusó de “débil” y “terrible en política exterior” en medio de la escalada contra Irán. También sostuvo que no quería un papa que criticara al presidente estadounidense. El pontífice contestó sin rodeos: “No tengo miedo”.

No fue una pelea de egos. Fue una disputa por el derecho a hablar en nombre de la humanidad. Trump defendió la lógica del poder político, la frontera nacional y la seguridad como argumento supremo. León XIV puso por delante el Evangelio, el derecho internacional y la dignidad de las víctimas.

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Donald Trump vs. León XIV

El episodio escaló cuando Trump difundió una imagen generada con inteligencia artificial en la que aparecía como una figura mesiánica. Luego la eliminó. El gesto, en pleno conflicto con el papa, reforzó la lectura de una confrontación entre dos modos de autoridad: el líder que se presenta como salvador y el pastor que rechaza la guerra.

La respuesta vaticana no fue partidaria, pero sí política en el sentido más profundo. León XIV dijo que la Iglesia católica no actuaba como un partido. Sin embargo, recordó que su misión pastoral no podía quedar encerrada en la sacristía cuando las bombas caían sobre escuelas, hospitales, viviendas y poblaciones civiles.

Francisco, la herencia y el cambio de tono

La continuidad con el papa Francisco resultó evidente. El pontífice argentino había trabajado en misiones discretas por Gaza, Ucrania, China y por los menores deportados por Rusia. Su diplomacia había sido paciente, reservada y persistente. Había intentado convertir la autoridad moral de la Santa Sede en hechos políticos concretos.

León XIV heredó ese tablero y lo encontró más incendiado. Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar, Haití, Cisjordania, Irán y el polvorín de Medio Oriente configuran el mapa de una guerra global fragmentada. En ese paisaje, el papa eligió no administrar silencios.

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Robert Prevost y Jorge Bergoglio, papas

Su discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante el Vaticano había marcado esa dirección. Citó a San Agustín, reivindicó la búsqueda de una convivencia más justa y pacífica, cuestionó el nacionalismo excesivo y alertó sobre la distorsión del ideal del hombre de Estado. No habló como canciller: habló como pastor con lectura histórica.

También cuestionó la “diplomacia de la fuerza” y defendió el derecho internacional humanitario. En términos políticos, fue una impugnación al nuevo realismo brutal de las potencias. En términos religiosos, una actualización de la tradición que sostiene que la fuerza del derecho debe imponerse al derecho de la fuerza.

La defensa argentina del "profeta"

En Argentina, el arzobispo porteño Jorge García Cuerva leyó con precisión el momento. Dijo que el mensaje de León XIV sobre la paz había sido “contundente” e “incisivo”, y lo definió como “profeta y apóstol de la paz”. La frase actuó como blindaje frente a la ofensiva trumpista.

García Cuerva también marcó la diferencia con Trump. No por una cuestión personal, sino por la naturaleza del poder en disputa. La Iglesia habla desde el Evangelio, sostuvo. No desde un partido. Ni la muerte ni la guerra pueden ser solución para nada. Esa defensa ordenó la posición católica local.

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León XIV saluda al arzobispo porteño Jorge García Cuerva

El arzobispo de Buenos Aires ubicó el pontificado dentro de la continuidad de Evangelii gaudium, el documento programático del Francisco. La paz, la justicia, el diálogo, la cercanía con las víctimas y la crítica a la cultura del descarte no aparecen como temas accesorios, sino como núcleo de la misión.

Un papa en la cornisa diplomática

Así, León XIV quedó parado en una cornisa conocida por el Vaticano: si callaba, perdía autoridad moral; si denunciaba, arriesgaba su lugar como mediador. Eligió denunciar sin romper del todo los puentes. Esa es la tradición romana llevada al límite por un mundo que parece haber perdido el pudor ante la devastación.

El dato más incómodo para la Casa Blanca fue que el primer papa nacido en Estados Unidos no se alineó con la razón de Estado estadounidense. Al contrario, la interpeló desde adentro de una cultura política que Trump busca monopolizar con símbolos religiosos, épica nacional y retórica de guerra.

Por eso el conflicto excede a Irán. También abarca migrantes, fronteras, pueblos pobres saqueados y multinacionales que podrían cambiar la suerte de África si el poder económico asumiera responsabilidades. En el avión, el papa dijo que los migrantes no podían ser tratados “peor que los animales”. Fue otra estocada al corazón del trumpismo.

La escena global deja una imagen nítida. León XIV no tiene divisiones, como ironizaba Stalin sobre los papas. Pero tiene algo que, en tiempos de guerra, volvió a importar: una voz capaz de incomodar a los jefes de Estado. En el nuevo desorden mundial, esa voz no detiene las bombas. Sí obliga a discutir quién puede bendecirlas.

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