10|9|2022

10 de julio de 2022

10 de julio de 2022

Todos entusiasma: ya no se dispara en la sien. Sin plan, que haya coherencia. El dólar se escapa y la inflación amenaza con pedir prefijo. La urgencia desnuda.

Acaso realidad, acaso espejismo, la semana termina con la primera plana del Frente de Todos dando lo mejor de sí misma: Cristina Fernández de Kirchner sigue discurseando, pero promete “no revolear a ningún ministro”; Máximo Kirchner ubica como blancos de su ira a entes ajenos al Gobierno, como los medios y la oposición; Alberto Fernández contribuye bajando el perfil y Sergio Massa decidió, al menos en público, tragarse la bronca por el fin de semana de franela inconducente al que lo sometió el Presidente tras el portazo de Martín Guzmán. Gracias por tanto.

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Estas contribuciones son significativas, al menos para que los máximos responsables del país dejen de perpetrar dislates en un momento que no podría ser más delicado, cuyas consecuencias ya no son solo potenciales. La Argentina ha entrado a un túnel económico y político oscuro, del que en algún momento saldrá –claro que sí–, pero acaso más cruel que la actual, de por sí poco feliz.

 

El cierre de semana –justo la del lanzamiento de desPertar, el newsletter de Letra P– fue dramático en lo financiero.

 

El dólar “contado con liquidación” –CCL– superó la barrera de los 300 pesos y acumuló, en las primeras seis ruedas de julio, una suba de… 19%. Este tipo de cambio no implica pérdida de reservas, por surgir de operaciones entre privados, pero sí brecha con el oficial, malos presagios y, sobre todo, costos en alza para cada vez más empresas e inflación.

 

En tanto, el ilegal blue finalizó a 273, nada menos que 34 pesos –14%– por encima de hace una semana.

 

Ah… aunque a esta altura es irrelevante, es necesario recordar que el riesgo país –la medida de la posibilidad de un nuevo default a mediano plazo– ya vuela en torno a los 2.650 puntos básicos. Esto significa que, si la Argentina quisiera financiar sus desequilibrios tomando deuda en el exterior, debería pagar una tasa del 30% anual en dólares, ejercicio solo teórico porque nadie le prestaría a semejante deudor.

 

La brecha con el tipo de cambio oficial, que se estira ya a más de 130%, es un llamador de expectativas de devaluación de este último. Mejor dicho, de megadevaluación: hay que reparar en que –simplemente para tratar de seguirles el paso a los acontecimientos– el dólar que rige la mayor parte de las importaciones subió 2,4% en una semana.

 

Las presiones sobre la cotización oficial ya son más que severas. El Banco Central enfrentó un saldo deficitario entre liquidación de exportaciones y pedidos para importar de 100 millones de dólares el viernes y de 730 millones en lo que va del mes. A lo interno –casi todo– hay que sumar ahora el viento de frente internacional.

 

Asimismo, más y más importaciones de insumos –costos para las empresas– comienzan a regirse por el CCL dada la última vuelta de tuerca al cepo. Antes de dar el audaz paso de poner todas las responsabilidades –más que las de por sí le caben– en el empresariado que remarca “todos los días”, cabría hacerse una pregunta honesta: ¿qué hombre o mujer de negocios no cubriría sus costos de reposición con subas fuertes calculadas a ojímetro al no saber qué dólar tendrá como referencia mañana, cuánto costarán sus importaciones, si se mantendrá el acuerdo con el Fondo o, siquiera, qué aumento de tarifas deberá afrontar? Así las cosas, ¿qué inflación cabe esperar para julio? Al final de la semana –recién minuto 22 y medio del primer tiempo– las consultoras cautelosas hablaban de “un piso del 6%”, mientras que otras proyectaban un provisional 8%. Bienvenida, Silvina Batakis.

 

Si lo que está en juego es el riesgo de una megadevaluación y una espiralización de la inflación a niveles aun mayores que estos que empobrecen a casi toda la sociedad, Batakis no debería haber contestado tan liviana, en un ping-pong propuesto por TN al pie de un ascensor, que José Ber Gelbard es su ministro de Economía favorito.

 

El presidente del Banco Central, Miguel Ángel Pesce, trató de llevar tranquilidad el fin de semana. "No tengo miedo a una hiperinflación porque no están dadas las condiciones. Tenemos un tipo de cambio competitivo y no hay ninguna razón para que acompañe a los paralelos. Estamos con un nivel de exportaciones muy importante”, dijo. La declaración expresa varias cosas. La primera, que el titular de la autoridad monetaria ya considera pertinente responder sobre una eventual híper, aunque la descarte. La segunda, que el peligro acecha en un eventual estallido cambiario. La tercera, que ese riesgo se nutre de lo que está pasando con los dólares paralelos, reflejo de agentes que escapan del peso a toda velocidad en paralelo a una emisión monetaria intensa. Cuarto, que aún cree ser capaz de evitar que todo reviente. Un alivio.

 

El Relevamiento de Expectativas de Mercado –REM, la encuesta entre analistas de referencia que realiza cada mes el Banco Central– arrojó en junio que la proyección de inflación saltó 3,44 puntos porcentuales hasta el 76% en promedio, pero que lo hizo 4,4 puntos hasta 79,2% entre los diez mejores pronosticadores de esa variable.

 

 

El dato preocupa, pero mucho más si se tiene en cuenta que la compulsa fue previa a la renuncia de Guzmán vía Twitter, que se produjo el pasado sábado 2, y al desmadre financiero que le siguió.

 

La vicepresidenta describió el viernes esa dimisión como “una irresponsabilidad política” y “un acto de desestabilización”. Un día antes, Máximo Kirchner había limitado sus iras a señalar que "muchas veces durante estos últimos meses, no sin dolor, escuché a dirigentes importantes de nuestro espacio referirse muy mal y de muy mala manera a la compañera Cristina y se abrazaron a Guzmán, que los dejó tirados y ahí está Cristina otra vez poniendo la cara para sacar esto adelante”. Es imposible describir mejor la figura del bombero piromaníaco.

 

Lo que esta columna detalla es, en su mayor medida, responsabilidad del exministro. Sin embargo, es imposible olvidar el acoso feroz y sostenido al que lo sometió el cristinismo durante meses, algo que, más allá de su descripción y análisis paso a paso, llevó a Letra P a preguntarse, hace ya más de dos meses, “¿por qué no se va?”.

 

La Argentina ha entrado a un túnel económico, que –si las autoridades no actúan urgentemente– conduce a un nuevo régimen de inflación, en el que la sociedad deberá acostumbrarse a convivir con índices de tres dígitos. Tal vez no este año, pero pronto.

 

Ya ni siquiera se pide un plan, algo que acaso sea injusto reclamarle a Batakis, quien aterrizó en el Palacio de Hacienda sin aviso ni equipo y cargada de condicionamientos. Por caso, más allá de la llamada privada que le hizo, no se sabe que la exmandataria le haya dedicado el más mínimo gesto público de respaldo, ya sea una frase en sus reiterados discursos o un tuit. Estará esperando a ver si se pone en fila.

 

Sin plan, al menos que haya coherencia. Si lo que falta son dólares, ¿qué sentido tiene anunciar un día un recontracepo a las importaciones; hablar –hablar– después contra el turismo emisor, aludiendo a un desdoblamiento cambiario formal que no se concreta; limitar luego la reacción a las compras en free shops; teorizar sobre el bimonetarismo –sugiriendo… ¿qué?– y terminar –como lo hizo Gabriela Cerruti– prometiendo “medidas que tienen que ver con los precios” justo cuando se rumorea sobre controles que irían mucho más allá de los “cuidados”. Todo es una permanente invitación a la huida del peso y a la remarcación.

 

En el túnel antes mencionado anida –no hoy, vale aclarar– el peligro de la hiperinflación. Sin embargo, aun sin llegar a ese extremo, ¿alguien piensa que sería posible salir de un régimen inflacionario del 100 o del 200% hablando de gradualismo, salarios universales, producción, empleo o índice de Gini? No, porque el túnel también sería político y una mayoría comenzaría a exigir shock, uno que llegaría por decisión política o por decantación.

 

Que ninguna persona sensible se confunda: esa mayoría integraría a no pocos pobres que ya no pueden vivir con esta escalada de precios, incluso en el sentido más biológico del término.

 

Dentro de 12 meses y medio, la Argentina seleccionará a sus candidatos en las PASO. Cuidado: el desencanto también se remarca cada día.