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El juego seguirá en el terreno que más le gusta a Trump

Trump insistió en ahondar la grieta por cuestiones valóricas dejando de lado sus logros económicos y los demócratas se prendieron en esa pelea. El resultado es un empate que proyecta a Trump para 2020

El juego seguirá en el terreno que más le gusta a Trump

08/11/2018 17:35

 

¿Ganó o perdió Donald Trump en las elecciones de medio término de Estados Unidos? La respuesta no es fácil de elaborar y requiere conocer algunos datos previos.

El primero de ellos es saber que, excepto George Bush (h) –Torres Gemelas mediante–, ningún presidente en ejercicio en los últimos años logró conservar la mayoría en ambas cámaras a mitad de su mandato y eso no impidió que, por ejemplo Bill Clinton y Barack Obama, fuesen ratificados en la siguiente elección. Hay una tendencia histórica en el electorado norteamericano a buscar equilibrios entre los poderes Legislativo y Ejecutivo.

También hay que entender que, por las características del sistema electoral norteamericano, resulta complejo “nacionalizar” los resultados de un comicio de este tipo. La elección de los representantes (los diputados, en Argentina) es por circunscripción y, en consecuencia, pesan mucho la problemática local y la impronta personal de cada candidato. En menor escala, porque el universo electoral es mayor, lo mismo sucede con senadores y gobernadores.

La economía trumpeana marcha viento en popa. El desempleo bajó a niveles de la guerra de Vietnam, mejora que alcanzó incluso a las mujeres.

De todos modos, la polémica impronta de Trump nacionalizó de facto esta elección. Algunas encuestas señalaban que el 60% de los estadounidenses votó con el presidente como eje (a favor o en contra) y él mismo se ocupó de hacer campaña en algunos distritos disputados poniendo más el foco en las cuestiones que dividen (inmigración, valores, periodismo, etc.) que en las que hay poco margen para cuestionarlo, como la economía, bandera que levantaron orgullosos muchos de los candidatos republicanos.

La economía trumpeana marcha viento en popa. El desempleo bajó a niveles de la guerra de Vietnam, mejora que alcanzó incluso a las mujeres, los latinos y los negros, grupos cuestionados por la retórica presidencial. El salario real también recuperó índices “sesentistas” y la renegociación de los acuerdos de libre comercio con México y Canadá implicó el cumplimiento de promesas de campaña para “obreros industriales de Ohio y granjeros de Wisconsin”.

Hay, por supuesto, un lado B de este crecimiento económico. En principio –clima de época–, muchos de los nuevos empleos son de baja calidad. Por otra parte, de su sustento es la rebaja impositiva a los sectores más pudientes y el consecuente crecimiento del déficit, solo permitido por el peso simbólico de EE.UU., sostenido, a su vez, por los nada simbólicos misiles que posee a lo largo y a lo ancho del planeta. La amenaza de una China que crece y que, de no mediar sucesos excepcionales, sería la primera potencia económica en diez años, muestra que el grandote del barrio necesita cada vez más llevarse la mano a la pistola para que le respeten lo que lleva en la billetera.  

Los economistas –siempre alarmistas en períodos de bonanza– creen, además, que el proteccionismo arancelario impulsado por Trump va a tener consecuencias negativas a mediano plazo y auguran una recesión que, en el marco de la grieta que divide a los Estados Unidos, tendría consecuencias impredecibles. ¿Secesión de la rica y progresista California? No hay mucho por ahora; ese futuro está aún por escribirse.

 

 

Lo cierto es que, en esta elección, Trump, montado en los temas polémicos, tuvo varios logros. Primero, acalló la resistencia interna entre los republicanos a su figura. De cara a la presidencial de 2020, Trump tiene al partido controlado y, a diferencia de 2016, muchos de los legisladores que arriban al Congreso lo hacen de su mano y compartiendo sus objetivos. No habr en los próximos años congresistas republicanos votando en contra del presidente, como sucedió varias veces con el fallecido senador John Mc Cain.

El segundo es que retuvo y amplió la mayoría republicana en el Senado, cámara clave porque define asuntos espinosos como la composición de la Corte (Trump ya logró poner allí una mayoría conservadora) y el juicio político, una herramienta que los demócratas agitaron estos dos años con la supuesta intervención rusa en perjuicio de Hillary Clinton y con la actriz porno sobornada por Trump para no contar su supuesta relación. Nada indica que vayan a dejar de hacerlo, pero seguirán limitados.

Trump acalló la resistencia interna entre los republicanos a su figura. De cara a la presidencial de 2020, Trump tiene al partido controlado.

En tercer lugar, contrariando los pronósticos más optimistas de los demócratas -y sus periodistas afines-, no hubo una “ola azul” (por el color de los demócratas) de repudió a Trump en todo el país por considerarlo un ser “despreciable, misógino, machista, racista, mentiroso, narcisista, irascible y evasor de impuestos”. Lejos de eso, salvo algunos estados en el nordeste que recuperaron, los demócratas ganaron donde siempre ganan y perdieron donde siempre pierden y las apuestas a los batacazos, como la del candidato a senador Beto O´Rourke en Texas, hicieron transpirar más de la cuenta al republicano Ted Cruz, pero no lo derrotaron.

Los demócratas triunfadores entran, además, en el juego que le gusta jugar -y ha demostrado que sabe ganar- a Trump. Los medios progresistas de EE.UU. se llenaron de títulos con el primer gobernador gay, la congresista mujer más joven de la historia, las primeras representantes musulmanas, la primera senadora latina en Texas -y casi, porque perdió, la primer gobernadora trans-, obviamente, todos de filiación demócrata.

En 2016, Hillary centró su campaña en que iba a ser la primera mujer en romper el “techo de cristal” y convertirse en presidenta. ¿Alguien imagina un resultado diferente en 2020 entre Trump y, por ejemplo, el primer aspirante a presidente gay de EE.UU?

Lejos del legado de Roosevelt que les reclamara el reelecto senador Bernie Sanders en 2016, los demócratas profundizan su plataforma política en temas identitarios, culturales, valóricos, etc alejándose de las demandas de los sectores populares en general y de los trabajadores en particular que fueron la base demócrata durante casi todo el siglo XX. No es un fenómeno singular. Lo mismo les sucede a los partidos socialdemócratas en Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, etc que ven marchar a los obreros a las filas de la renacida ultraderecha.

El enemigo a vencer para la militancia progresista en EE.UU. es, de alguna manera, cada vez más el hombre blanco heterosexual y sus micro privilegios “machistas” y cada vez menos los poderosos banqueros de Wall Street responsables de la catástrofe económica de 2008. Seguir bombardeando Siria con un calco gay-friendly en el avión no parece muy disruptivo.

 

 

En el debe, le queda a Trump la pérdida de la mayoría en la Casa de Representantes (la versión estadounidense de la argentina Cámara de Diputados), previsible porque ahí no hay colegio electoral y las ciudades populosas (afines a los demócratas) tienen más representantes que las rurales (afines a los republicanos). Pero allí se abrirá ahora una grieta interna entre los demócratas del interior, liberales moderados, contra los de las costas, más cercanos a lo que sería el socialismo europeo, ansiosos de pelearle a Trump todos y cada uno de sus proyectos.

La principal señal de alarma para Trump fue la recuperación, por parte de los demócratas, de los estados de Michigan, Kansas y Pensilvania.

Ambos responden a los intereses de sus electorados. Poco le importa a un neoyorquino que sus representantes obtengan ventajas impositivas para su distrito a cambio de votarle algún proyecto al Ejecutivo. A la inversa de los demócratas de, por ejemplo, Wisconsin.

La principal señal de alarma para Trump fue la recuperación, por parte de los demócratas, de los estados de Michigan, Kansas y Pensilvania, que les había arrebatado en 2016, aunque sostuvo sus victorias en otros dos distritos clave como Ohio y Florida.

Michigan, Ohio y Pensilvania fueron (junto a Florida) los estados donde Trump, al ganar, desniveló la elección presidencial de 2016. Esos tres estados son parte del llamado “cinturón oxidado” de EE.UU., por ser tradicionalmente regiones industriales, afectadas en los últimos años, globalización mediante, por el traslado de las fábricas a países como México y China.

Pese a que Trump está cumpliendo sus promesas y recuperando la competitividad de la industria norteamericana, subiendo los aranceles -y los salarios de los obreros-, los republicanos solo sostuvieron el triunfo en Ohio y perdieron en los otros dos. ¿Será esto solo un reflejo de lo local y para 2020 volverán a apoyar a Trump? ¿No alcanza con la recuperación económica y pesa el costado políticamente incorrecto del presidente?

Las dudas son muy finitas. En definitiva, Trump logró consolidar su liderazgo en el GOP (Grand Old Party, los republicanos), sostuvo el control del Senado y perdió en Diputados mientras que los demócratas, sin liderazgos claros, insisten en su agenda de protección a las minorías, plantándole batalla a Trump en la cancha donde se siente más cómodo. 2020 está lejos, pero el polémico presidente norteamericano quedó perfilado como favorito y ése es su triunfo.

El juego seguirá en el terreno que más le gusta a Trump

Trump insistió en ahondar la grieta por cuestiones valóricas dejando de lado sus logros económicos y los demócratas se prendieron en esa pelea. El resultado es un empate que proyecta a Trump para 2020

 

¿Ganó o perdió Donald Trump en las elecciones de medio término de Estados Unidos? La respuesta no es fácil de elaborar y requiere conocer algunos datos previos.

El primero de ellos es saber que, excepto George Bush (h) –Torres Gemelas mediante–, ningún presidente en ejercicio en los últimos años logró conservar la mayoría en ambas cámaras a mitad de su mandato y eso no impidió que, por ejemplo Bill Clinton y Barack Obama, fuesen ratificados en la siguiente elección. Hay una tendencia histórica en el electorado norteamericano a buscar equilibrios entre los poderes Legislativo y Ejecutivo.

También hay que entender que, por las características del sistema electoral norteamericano, resulta complejo “nacionalizar” los resultados de un comicio de este tipo. La elección de los representantes (los diputados, en Argentina) es por circunscripción y, en consecuencia, pesan mucho la problemática local y la impronta personal de cada candidato. En menor escala, porque el universo electoral es mayor, lo mismo sucede con senadores y gobernadores.

La economía trumpeana marcha viento en popa. El desempleo bajó a niveles de la guerra de Vietnam, mejora que alcanzó incluso a las mujeres.

De todos modos, la polémica impronta de Trump nacionalizó de facto esta elección. Algunas encuestas señalaban que el 60% de los estadounidenses votó con el presidente como eje (a favor o en contra) y él mismo se ocupó de hacer campaña en algunos distritos disputados poniendo más el foco en las cuestiones que dividen (inmigración, valores, periodismo, etc.) que en las que hay poco margen para cuestionarlo, como la economía, bandera que levantaron orgullosos muchos de los candidatos republicanos.

La economía trumpeana marcha viento en popa. El desempleo bajó a niveles de la guerra de Vietnam, mejora que alcanzó incluso a las mujeres, los latinos y los negros, grupos cuestionados por la retórica presidencial. El salario real también recuperó índices “sesentistas” y la renegociación de los acuerdos de libre comercio con México y Canadá implicó el cumplimiento de promesas de campaña para “obreros industriales de Ohio y granjeros de Wisconsin”.

Hay, por supuesto, un lado B de este crecimiento económico. En principio –clima de época–, muchos de los nuevos empleos son de baja calidad. Por otra parte, de su sustento es la rebaja impositiva a los sectores más pudientes y el consecuente crecimiento del déficit, solo permitido por el peso simbólico de EE.UU., sostenido, a su vez, por los nada simbólicos misiles que posee a lo largo y a lo ancho del planeta. La amenaza de una China que crece y que, de no mediar sucesos excepcionales, sería la primera potencia económica en diez años, muestra que el grandote del barrio necesita cada vez más llevarse la mano a la pistola para que le respeten lo que lleva en la billetera.  

Los economistas –siempre alarmistas en períodos de bonanza– creen, además, que el proteccionismo arancelario impulsado por Trump va a tener consecuencias negativas a mediano plazo y auguran una recesión que, en el marco de la grieta que divide a los Estados Unidos, tendría consecuencias impredecibles. ¿Secesión de la rica y progresista California? No hay mucho por ahora; ese futuro está aún por escribirse.

 

 

Lo cierto es que, en esta elección, Trump, montado en los temas polémicos, tuvo varios logros. Primero, acalló la resistencia interna entre los republicanos a su figura. De cara a la presidencial de 2020, Trump tiene al partido controlado y, a diferencia de 2016, muchos de los legisladores que arriban al Congreso lo hacen de su mano y compartiendo sus objetivos. No habr en los próximos años congresistas republicanos votando en contra del presidente, como sucedió varias veces con el fallecido senador John Mc Cain.

El segundo es que retuvo y amplió la mayoría republicana en el Senado, cámara clave porque define asuntos espinosos como la composición de la Corte (Trump ya logró poner allí una mayoría conservadora) y el juicio político, una herramienta que los demócratas agitaron estos dos años con la supuesta intervención rusa en perjuicio de Hillary Clinton y con la actriz porno sobornada por Trump para no contar su supuesta relación. Nada indica que vayan a dejar de hacerlo, pero seguirán limitados.

Trump acalló la resistencia interna entre los republicanos a su figura. De cara a la presidencial de 2020, Trump tiene al partido controlado.

En tercer lugar, contrariando los pronósticos más optimistas de los demócratas -y sus periodistas afines-, no hubo una “ola azul” (por el color de los demócratas) de repudió a Trump en todo el país por considerarlo un ser “despreciable, misógino, machista, racista, mentiroso, narcisista, irascible y evasor de impuestos”. Lejos de eso, salvo algunos estados en el nordeste que recuperaron, los demócratas ganaron donde siempre ganan y perdieron donde siempre pierden y las apuestas a los batacazos, como la del candidato a senador Beto O´Rourke en Texas, hicieron transpirar más de la cuenta al republicano Ted Cruz, pero no lo derrotaron.

Los demócratas triunfadores entran, además, en el juego que le gusta jugar -y ha demostrado que sabe ganar- a Trump. Los medios progresistas de EE.UU. se llenaron de títulos con el primer gobernador gay, la congresista mujer más joven de la historia, las primeras representantes musulmanas, la primera senadora latina en Texas -y casi, porque perdió, la primer gobernadora trans-, obviamente, todos de filiación demócrata.

En 2016, Hillary centró su campaña en que iba a ser la primera mujer en romper el “techo de cristal” y convertirse en presidenta. ¿Alguien imagina un resultado diferente en 2020 entre Trump y, por ejemplo, el primer aspirante a presidente gay de EE.UU?

Lejos del legado de Roosevelt que les reclamara el reelecto senador Bernie Sanders en 2016, los demócratas profundizan su plataforma política en temas identitarios, culturales, valóricos, etc alejándose de las demandas de los sectores populares en general y de los trabajadores en particular que fueron la base demócrata durante casi todo el siglo XX. No es un fenómeno singular. Lo mismo les sucede a los partidos socialdemócratas en Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, etc que ven marchar a los obreros a las filas de la renacida ultraderecha.

El enemigo a vencer para la militancia progresista en EE.UU. es, de alguna manera, cada vez más el hombre blanco heterosexual y sus micro privilegios “machistas” y cada vez menos los poderosos banqueros de Wall Street responsables de la catástrofe económica de 2008. Seguir bombardeando Siria con un calco gay-friendly en el avión no parece muy disruptivo.

 

 

En el debe, le queda a Trump la pérdida de la mayoría en la Casa de Representantes (la versión estadounidense de la argentina Cámara de Diputados), previsible porque ahí no hay colegio electoral y las ciudades populosas (afines a los demócratas) tienen más representantes que las rurales (afines a los republicanos). Pero allí se abrirá ahora una grieta interna entre los demócratas del interior, liberales moderados, contra los de las costas, más cercanos a lo que sería el socialismo europeo, ansiosos de pelearle a Trump todos y cada uno de sus proyectos.

La principal señal de alarma para Trump fue la recuperación, por parte de los demócratas, de los estados de Michigan, Kansas y Pensilvania.

Ambos responden a los intereses de sus electorados. Poco le importa a un neoyorquino que sus representantes obtengan ventajas impositivas para su distrito a cambio de votarle algún proyecto al Ejecutivo. A la inversa de los demócratas de, por ejemplo, Wisconsin.

La principal señal de alarma para Trump fue la recuperación, por parte de los demócratas, de los estados de Michigan, Kansas y Pensilvania, que les había arrebatado en 2016, aunque sostuvo sus victorias en otros dos distritos clave como Ohio y Florida.

Michigan, Ohio y Pensilvania fueron (junto a Florida) los estados donde Trump, al ganar, desniveló la elección presidencial de 2016. Esos tres estados son parte del llamado “cinturón oxidado” de EE.UU., por ser tradicionalmente regiones industriales, afectadas en los últimos años, globalización mediante, por el traslado de las fábricas a países como México y China.

Pese a que Trump está cumpliendo sus promesas y recuperando la competitividad de la industria norteamericana, subiendo los aranceles -y los salarios de los obreros-, los republicanos solo sostuvieron el triunfo en Ohio y perdieron en los otros dos. ¿Será esto solo un reflejo de lo local y para 2020 volverán a apoyar a Trump? ¿No alcanza con la recuperación económica y pesa el costado políticamente incorrecto del presidente?

Las dudas son muy finitas. En definitiva, Trump logró consolidar su liderazgo en el GOP (Grand Old Party, los republicanos), sostuvo el control del Senado y perdió en Diputados mientras que los demócratas, sin liderazgos claros, insisten en su agenda de protección a las minorías, plantándole batalla a Trump en la cancha donde se siente más cómodo. 2020 está lejos, pero el polémico presidente norteamericano quedó perfilado como favorito y ése es su triunfo.