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Con el balotaje a la vista, el ex militar modera sus propuestas, pero su rumbo está trazado: flexibilidad laboral, reforma previsional y reducción de costos. Un debate complejo para un año electoral.
Por 11/10/2018 13:50

La primera encuesta para el segundo turno de la elección presidencial  brasileña arrojó una ventaja fuerte, de 58 a 42%, probablemente indescontable, para Jair Bolsonaro, pero el reinicio de la campaña mostró, por primera vez en varias semanas, una toma de distancia del mercado financiero con respecto al candidato de ultraderecha. La causa fue una declaración suya que puso en duda el alcance del plan de privatizaciones totales que promete quien será su súper ministro económico, Paulo Guedes. ¿Vuelve el Bolsonaro económicamente nacionalista de toda su trayectoria? ¿Claudica en su reciente conversión al liberalismo?

En medio de estas dudas, ¿cómo sería, en lo económico, el Brasil de Bolsonaro y qué impacto tendría en una Argentina que necesitará, en el 2019 electoral, del tirón que pueda darle el vecino para salir del pozo?

Tradicionalmente, cada punto de crecimiento del Producto en Brasil arrastra, sobre todo en base a la demanda de productos industriales argentinos, un cuarto de punto aquí. Si, como esperan los economistas de referencia en el país vecino, la expansión alcanza allí el 2,5% en 2019, el reflejo en nuestro país sería un crecimiento de la actividad de, al menos, medio punto porcentual. Eso, más lo que aporte el campo, centra las esperanzas del gobierno de Mauricio Macri para comenzar un rebote oportuno.

¿MARCHA ATRÁS? Igual que su rival del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, Bolsonaro ensaya un viraje hacia el centro para hacerse con el puñado de votos que le faltaron el último domingo para asegurarse el triunfo y, en un extremo, para arrasar y dotar a su eventual administración de un consenso irresistible. En su caso, eso significa, al menos en lo discursivo, recoger un poco el barrilete del discurso ultra liberal, ajustador y privatista que lo llevó a  ganarse el respaldo unánime de la comunidad de negocios.

 

 

Así, mientras Guedes ha prometido una y otra vez la enajenación de todas las participaciones del Estado en empresas estatales y la venta de todos los inmuebles que permanecen en manos del Gobierno federal de modo de reducir en un 20% la abultada deuda pública del país, Bolsonaro, que hasta entonces derivaba en aquel todas las precisiones económicas, lanzó el martes a la noche, en una entrevista en televisión, una declaración al parecer desconcertante.

Según él, habrá privatizaciones pero no serán totales, ya que serán preservadas áreas estratégicas como la generación de energía. Además, el Estado mantendrá el control de “la médula” de Petrobras. Como reflejo, las acciones de Eletrobras y de la petrolera se desplomaron el miércoles.

La explicación que dio, bien en línea con Donald Trump, es que China “se está comprando todo Brasil”.

Pero eso no fue todo. Mientras el programa pergeñado por Guedes habla de una reforma previsional amplia para terminar con la fuente de un déficit fiscal persistente y de la creación, como en la Argentina de los 90, de un régimen de capitalización alternativo, el diputado candidato se diferenció de la propuesta del mandatario saliente, Michel Temer, y aclaró que elaborará otra, probablemente más diluida, “que tenga aceptación del Parlamento y que la población entienda como justa y necesaria”.

Encima, matizó la idea de un ajuste fiscal fuerte, destinado a derrumbar el 1,3% de rojo primario, que se eleva a un 7% del Producto cuando se incluyen los pagos de deuda, al afirmar que ampliará la cobertura del plan Bolsa Familia, similar a la Asignación Universal por Hijo de la Argentina. ¿Adiós a la austeridad?

 

 

DEL DICHO AL HECHO. Puede que las privatizaciones no resulten tan radicales como se esperaba, pero la apuesta (y la presión) de la comunidad de negocios brasileña es a que acontezcan. Mientras, fondos internacionales vuelven a posicionarse en activos brasileños, especulando con un auge financiero después de la asunción del nuevo gobierno el 1 de enero.

En la visión del empresariado, las privatizaciones, que deben ir más allá de lo ocurrido en los años 90, son el vehículo para un incremento de la inversión, que debería pasar del actual 16-17% a un 22-23% para apuntar a un crecimiento más sustentable.

Mientras, la reforma previsional debería ayudar a reducir el déficit fiscal y liberar recursos para la reducción de la deuda pública, que ya representa un amenazante 83% del PBI.

Finalmente, el año que viene comenzará a regir el congelamiento del gasto público por diez años impuesto por Temer en el Congreso y los costos de las empresas empezarán a caer en virtud de la generalización de la tercerización y la flexibilización laboral y de la otra reforma que se espera: la tributaria.

El abandono del viejo nacionalismo desarrollista de la jerarquía militar brasileña, el verdadero poder detrás del fenómeno Bolsonaro, y su conversión al credo liberal son una garantía sobre el curso general del que, se supone, será el próximo gobierno.

Sin embargo, si gana como se espera, Bolsonaro debería hacer equilibrio con otros intereses poderosos en un país enorme y en el que la trama de estos es densa. Dentro del empresariado, el sector industrial es un factor muy importante, pero no habla con una sola voz. Mientras el capital industrial paulista, el más concentrado y deseoso de una apertura comercial drástica, que también baje el costo brasileño, las centrales de otros estados, menos poderosas en lo individual pero también muy influyentes en su articulación en la Confederación Nacional de la Industria (CNI), advierten que aquella no puede ser unilateral y se abrazan para asegurarse de ello a una tabla de flotación que algunos pretenden jubilar: la unión aduanera del Mercosur.

EL IMPACTO EN LA ARGENTINA. Lo anterior debe ser algo que la Argentina tenga muy en cuenta para articular alianzas dentro de Brasil que atiendan a su interés nacional. El Gobierno de Macri, de hecho, resistió los intentos de retrotraer al bloque a una simple zona de libre comercio de los inicios de la gestión de Temer e impuso que las negociaciones con otros bloques y países, como la que se intenta de modo dificultoso con la Unión Europea, se realicen en conjunto.

Pero es imposible que, si se consolida, la liberalización y desregulación de la economía brasileña, reforma tributaria y reducción drástica de costos laborales mediante, no afecte el debate económico y el diseño de políticas en la Argentina. Si la búsqueda de inversiones externas es un objetivo central de la política económica oficial, las ventajas que Brasil les dará a estas con tales incentivos dispararán aquí un debate intenso.

 

 

La “Brasil-dependencia” ya no es la que fue en 2013, el año récord de comercio bilateral, cuando las exportaciones nacionales al vecino llegaron a 17.000 millones de dólares, pero todavía existe.

Pese a la frialdad de la economía de Brasil, que creció apenas un 1% el año pasado tras dos años de una retracción combinada de casi el 8%, la Argentina le vendió el año pasado más de 9.300 millones de dólares, suficientes para que aquel siga siendo su principal cliente. En tanto, le compró por casi 18.000 millones, lo que supuso, claro, un rojo comercial subido.

Ahora, mega devaluación mediante del peso, el saldo comercial se ha equilibrado y las exportaciones este año se encaminan a los 10.000 millones de dólares. Que sigan ingresando con fluidez a un Brasil empeñado en derrumbar sus costos dependerá no solo de las ventajas arancelarias del Mercosur sino de una estabilización macroeconómica, de la persistencia de un tipo de cambio competitivo y de que la economía nacional se haga más eficiente.

Que lo haga en base a mejoras de infraestructura, logística y productividad, como se suele proponer en las campañas, o a través de devaluaciones bruscas que derrumban el salario y de la imitación de medidas flexibilizadoras, como ocurre siempre en la práctica, dependerá de los propios argentinos. Son temas que exigirían un debate a fondo y sincero en un año electoral.

Un Brasil de Bolsonaro le pondrá presión a la economía argentina

Con el balotaje a la vista, el ex militar modera sus propuestas, pero su rumbo está trazado: flexibilidad laboral, reforma previsional y reducción de costos. Un debate complejo para un año electoral.

La primera encuesta para el segundo turno de la elección presidencial  brasileña arrojó una ventaja fuerte, de 58 a 42%, probablemente indescontable, para Jair Bolsonaro, pero el reinicio de la campaña mostró, por primera vez en varias semanas, una toma de distancia del mercado financiero con respecto al candidato de ultraderecha. La causa fue una declaración suya que puso en duda el alcance del plan de privatizaciones totales que promete quien será su súper ministro económico, Paulo Guedes. ¿Vuelve el Bolsonaro económicamente nacionalista de toda su trayectoria? ¿Claudica en su reciente conversión al liberalismo?

En medio de estas dudas, ¿cómo sería, en lo económico, el Brasil de Bolsonaro y qué impacto tendría en una Argentina que necesitará, en el 2019 electoral, del tirón que pueda darle el vecino para salir del pozo?

Tradicionalmente, cada punto de crecimiento del Producto en Brasil arrastra, sobre todo en base a la demanda de productos industriales argentinos, un cuarto de punto aquí. Si, como esperan los economistas de referencia en el país vecino, la expansión alcanza allí el 2,5% en 2019, el reflejo en nuestro país sería un crecimiento de la actividad de, al menos, medio punto porcentual. Eso, más lo que aporte el campo, centra las esperanzas del gobierno de Mauricio Macri para comenzar un rebote oportuno.

¿MARCHA ATRÁS? Igual que su rival del Partido de los Trabajadores, Fernando Haddad, Bolsonaro ensaya un viraje hacia el centro para hacerse con el puñado de votos que le faltaron el último domingo para asegurarse el triunfo y, en un extremo, para arrasar y dotar a su eventual administración de un consenso irresistible. En su caso, eso significa, al menos en lo discursivo, recoger un poco el barrilete del discurso ultra liberal, ajustador y privatista que lo llevó a  ganarse el respaldo unánime de la comunidad de negocios.

 

 

Así, mientras Guedes ha prometido una y otra vez la enajenación de todas las participaciones del Estado en empresas estatales y la venta de todos los inmuebles que permanecen en manos del Gobierno federal de modo de reducir en un 20% la abultada deuda pública del país, Bolsonaro, que hasta entonces derivaba en aquel todas las precisiones económicas, lanzó el martes a la noche, en una entrevista en televisión, una declaración al parecer desconcertante.

Según él, habrá privatizaciones pero no serán totales, ya que serán preservadas áreas estratégicas como la generación de energía. Además, el Estado mantendrá el control de “la médula” de Petrobras. Como reflejo, las acciones de Eletrobras y de la petrolera se desplomaron el miércoles.

La explicación que dio, bien en línea con Donald Trump, es que China “se está comprando todo Brasil”.

Pero eso no fue todo. Mientras el programa pergeñado por Guedes habla de una reforma previsional amplia para terminar con la fuente de un déficit fiscal persistente y de la creación, como en la Argentina de los 90, de un régimen de capitalización alternativo, el diputado candidato se diferenció de la propuesta del mandatario saliente, Michel Temer, y aclaró que elaborará otra, probablemente más diluida, “que tenga aceptación del Parlamento y que la población entienda como justa y necesaria”.

Encima, matizó la idea de un ajuste fiscal fuerte, destinado a derrumbar el 1,3% de rojo primario, que se eleva a un 7% del Producto cuando se incluyen los pagos de deuda, al afirmar que ampliará la cobertura del plan Bolsa Familia, similar a la Asignación Universal por Hijo de la Argentina. ¿Adiós a la austeridad?

 

 

DEL DICHO AL HECHO. Puede que las privatizaciones no resulten tan radicales como se esperaba, pero la apuesta (y la presión) de la comunidad de negocios brasileña es a que acontezcan. Mientras, fondos internacionales vuelven a posicionarse en activos brasileños, especulando con un auge financiero después de la asunción del nuevo gobierno el 1 de enero.

En la visión del empresariado, las privatizaciones, que deben ir más allá de lo ocurrido en los años 90, son el vehículo para un incremento de la inversión, que debería pasar del actual 16-17% a un 22-23% para apuntar a un crecimiento más sustentable.

Mientras, la reforma previsional debería ayudar a reducir el déficit fiscal y liberar recursos para la reducción de la deuda pública, que ya representa un amenazante 83% del PBI.

Finalmente, el año que viene comenzará a regir el congelamiento del gasto público por diez años impuesto por Temer en el Congreso y los costos de las empresas empezarán a caer en virtud de la generalización de la tercerización y la flexibilización laboral y de la otra reforma que se espera: la tributaria.

El abandono del viejo nacionalismo desarrollista de la jerarquía militar brasileña, el verdadero poder detrás del fenómeno Bolsonaro, y su conversión al credo liberal son una garantía sobre el curso general del que, se supone, será el próximo gobierno.

Sin embargo, si gana como se espera, Bolsonaro debería hacer equilibrio con otros intereses poderosos en un país enorme y en el que la trama de estos es densa. Dentro del empresariado, el sector industrial es un factor muy importante, pero no habla con una sola voz. Mientras el capital industrial paulista, el más concentrado y deseoso de una apertura comercial drástica, que también baje el costo brasileño, las centrales de otros estados, menos poderosas en lo individual pero también muy influyentes en su articulación en la Confederación Nacional de la Industria (CNI), advierten que aquella no puede ser unilateral y se abrazan para asegurarse de ello a una tabla de flotación que algunos pretenden jubilar: la unión aduanera del Mercosur.

EL IMPACTO EN LA ARGENTINA. Lo anterior debe ser algo que la Argentina tenga muy en cuenta para articular alianzas dentro de Brasil que atiendan a su interés nacional. El Gobierno de Macri, de hecho, resistió los intentos de retrotraer al bloque a una simple zona de libre comercio de los inicios de la gestión de Temer e impuso que las negociaciones con otros bloques y países, como la que se intenta de modo dificultoso con la Unión Europea, se realicen en conjunto.

Pero es imposible que, si se consolida, la liberalización y desregulación de la economía brasileña, reforma tributaria y reducción drástica de costos laborales mediante, no afecte el debate económico y el diseño de políticas en la Argentina. Si la búsqueda de inversiones externas es un objetivo central de la política económica oficial, las ventajas que Brasil les dará a estas con tales incentivos dispararán aquí un debate intenso.

 

 

La “Brasil-dependencia” ya no es la que fue en 2013, el año récord de comercio bilateral, cuando las exportaciones nacionales al vecino llegaron a 17.000 millones de dólares, pero todavía existe.

Pese a la frialdad de la economía de Brasil, que creció apenas un 1% el año pasado tras dos años de una retracción combinada de casi el 8%, la Argentina le vendió el año pasado más de 9.300 millones de dólares, suficientes para que aquel siga siendo su principal cliente. En tanto, le compró por casi 18.000 millones, lo que supuso, claro, un rojo comercial subido.

Ahora, mega devaluación mediante del peso, el saldo comercial se ha equilibrado y las exportaciones este año se encaminan a los 10.000 millones de dólares. Que sigan ingresando con fluidez a un Brasil empeñado en derrumbar sus costos dependerá no solo de las ventajas arancelarias del Mercosur sino de una estabilización macroeconómica, de la persistencia de un tipo de cambio competitivo y de que la economía nacional se haga más eficiente.

Que lo haga en base a mejoras de infraestructura, logística y productividad, como se suele proponer en las campañas, o a través de devaluaciones bruscas que derrumban el salario y de la imitación de medidas flexibilizadoras, como ocurre siempre en la práctica, dependerá de los propios argentinos. Son temas que exigirían un debate a fondo y sincero en un año electoral.