


El viaje al Encuentro Nacional de Mujeres en Resistencia, Chaco, empezó una semana antes: el día que Alejandro (el mecánico) me enseñó a cambiar las ruedas del Twingo 2001. Siempre quise aprender, me molestaba depender de la buena voluntad de un hombre, 2000 kilómetros eran un gran motivo. Lo puse a punto: cambio de aceite y filtro(s), alineado y balanceo, chequeo de frenos y amortiguadores. Pero había un zumbido, un buuuuuu ensordecedor. Entonces salimos con el mecánico a la autopista para detectar de dónde venía:
- La pata del motor. Es la pata del motor- gritó.
La pata del motor. Fuimos a comprarla: una ReyGoma, marca nacional, repetía el mecánico mientras la giraba.
- Importan unas chinas que no duran nada.
El hombre de la estación de servicios me revisó el aceite de la caja. Embadurnó los dedos y se olió la mano:
- Perfecto- dijo, como si estuviese oliendo un perfume francés o unas milanesas con papas fritas. Aprendí que el aceite se pudre y huele a podrido.
Antes de irme me deseó buen viaje, me aconsejó ir a 100 porque a 100 se llega a todos lados y no prender el aire acondicionado porque el Twingo tiene motor chico.
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Con Lulú, Carolina y Anto salimos a las cinco de la mañana del viernes desde San Antonio de Areco. Catorce horas de viaje a 100. Sin aire acondicionado. Con budines de remolacha y chocolate, de espinaca y zanahoria. Viajamos felices: cada una de las 14 horas de viaje fuimos felices.
¿Por qué exponer el cuerpo a 30 horas de ruta?
Porque nos mueve la militancia, el abrazo transpirado entre compañeras, avanzar con amor por las calles, porque las calles son nuestras y el amor también, mujeres en las esquinas, en las plazas, en los kioscos, en los bares. Mujeres. Muchas. Éramos muchas pensando y repensando y complejizando cómo queremos construir el feminismo, un feminismo cada vez más inclusivo. Exigiendo al Estado políticas públicas, la implementación de la educación sexual integral en las escuelas, que el aborto sea legal, por el cupo laboral trans, por el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras sexuales. Nos abrazamos porque somos sobrevivientes de la violencia machista. Nos abrazamos por las pibas que ya no están. Porque por ellas marchamos. Marchamos para que las pibas que vienen habiten en un mundo sin patriarcado. Habitamos las calles de Chaco. Es más fácil quedarse con la foto de la escaramuza en la Catedral, es más fácil esa mirada. Porque en la más profunda verán ciento de miles de mujeres en movimiento. Mujeres que avanzamos escribiendo la historia.
Mientras marchaba por las calles de Chaco pensaba en el día que empecé a percibirme militante feminista. Fue una noche cuando un hombre violento me preguntó:
- ¿Vos estás de su lado?
- ¿De qué lado?
- De las minitas feministas.
Por cobardía o por miedo o por algo contesté que no. El viaje a Chaco empezó con ese no. Sin saberlo, ese día comenzó la militancia más hermosa. La revolución será feminista. Y será.
