28|9|2021

Una nueva era difícil de clasificar con las antiguas etiquetas

19 de enero de 2017

19 de enero de 2017

Qué debe esperar el mundo con el excéntrico magnate estadounidense en la Casa Blanca. Lo que parece más de lo que es. La anacrónica dicotomía derecha/izquierda. Las nuevas alianzas globales.

La asunción de Donald Trump como presidente de Estados Unidos genera una gran incertidumbre dentro y fuera de ese país. En rigor, nadie sabe con certeza cuál será el rumbo que tomará el magnate cuando el viernes se convierta en jefe de Estado de la, todavía, principal potencia mundial.  Esta columna intenta aportar algunos datos a la confusión general, sin mayores pretensiones.

 

En primer lugar, descartar el concepto izquierda/derecha para analizar el escenario político norteamericano y mundial. O, en todo caso, utilizarlo teniendo en cuenta sus limitaciones. Trump ganó -e hizo la diferencia, porque eran lugares tradicionalmente demócratas- en los estados del antiguo cinturón industrial de EE.UU. con una campaña que estaba claramente a la izquierda de la de Hillary Clinton. Promovía la vuelta de las compañías industriales al país y, consecuentemente, el abandono de los tratados de libre comercio exterior.

 

Hábilmente conservó y profundizó, sí, el discurso republicano contra las minorías y a favor de reforzar el difuso concepto de la seguridad. Conceptos que podrían ubicarse a la “derecha”. Con eso, conservó la base electoral del GOP.

 

 

Pero ahora empiezan las complicaciones. Según el saliente mandatario Barack Obama y la poderosa CIA, el principal aliado de Trump, que fue decisivo para que ganara las elecciones, fue el presidente ruso, Vladimir Putin, ya que los servicios secretos rusos habrían hackeado las cuentas de correo de los demócratas y del equipo de Hillary haciendo trascender información sensible que volcó el resultado de los comicios.

 

Aunque negó estas acusaciones, Trump si insistió con su idea de establecer un vínculo amigable con Rusia al punto tal de que, en paralelo, propone sacar a EE.UU. de la OTAN y derogar las sanciones que su país le ha aplicado a la economía y a la diplomacia rusa.  Para valorar este dato, es fundamental saber que la principal preocupación en política exterior de la Federación es que la OTAN -que agrupa los ejércitos de Europa Occidental y EE.UU.- ha venido avanzando sobre su espacio geopolítico -esto es, sus países fronterizos como Ucrania, Polonia, Rumania, etc.- rompiendo una supuesta promesa de post guerra fría de permitirle a Rusia mantener su zona de influencia.

 

Derivado de este espíritu amigable que une a Trump y a Putin, un aliado ruso en Latinoamérica como el venezolano Nicolás Maduro ha defendido públicamente a Trump considerando que no podía ser peor que Obama y que, claramente, había una campaña contra él para condicionarlo.

 

Entonces, ¿dónde ubicamos a Trump si su principal aliado parece ser Putin y sus enemigos son el saliente gobierno norteamericano y los líderes de la Comunidad Europea? Es, como dijo el ex presidente uruguayo Pepe Mujica, una “pelea de la derecha”? Por si faltaba algo para alterar el análisis, la cumbre mundial de Davos, ícono del capitalismo mundial que se está desarrollando en estos días, contó con el esponsoreo económico de China, cuyo presidente, Xi Xianping, dio el discurso inaugural defendiendo el libre mercado y la globalización y cuestionando al proteccionismo.

 

Un principio de explicación podría tomarse de la versión, por supuesto no confirmada, de que Henry Kissinger le acercó a Trump una versión remixada del modelo que le vendió al ex mandatario Richard Nixon en 1972. En ese momento, fue aliarse a China para debilitar a la URSS; hoy, aliarse a Rusia para debilitar a quien en los hechos es el principal rival de EE.UU., China, que, entre otras cosas, tiene una enorme cantidad de bonos de la deuda externa norteamericana.

 

Ese análisis no tiene, por supuesto, demasiadas lecturas ideológicas, pero serviría para entender parte del asunto.

 

Otro dato importante es la conformación del gabinete de Trump, donde predomina la histórica burocracia republicana con algunos agregados propios del magnate pero también de perfil republicano.

 

Algunos arriesgan, entonces, que Trump generará mucho ruido mediático con sus declaraciones y sus temerarios tuits, pero que, en el fondo, descansará para gobernar en la histórica estructura republicana y en sus políticas tradicionales de baja de impuestos, desregulación financiera y achicamiento del Estado matizado con un gran plan de obra pública y altas tasas que absorban dólares del mundo.

 

La historia está por escribirse, pero es posible arriesgar que Trump será un republicano clásico para adentro y que en política exterior expresará la nueva dinámica que supera el esquema izquierda/derecha que, en apurada síntesis, podría definirse como globalistas vs nacionalistas.

 

¿Cómo se ubican los sectores progresistas dentro y fuera de EE.UU. en este nuevo esquema? Es un desafío. Bernie Sanders quedó mal parado porque, aunque apoyó a Hillary, sus propuestas económicas coincidían con las de Trump. En el Reino Unido, Jeremy Corbin, líder laborista, quedó a mitad de camino en el referéndum sobre el Brexit porque repudiaba las políticas de ajuste de la UE pero también está en contra de restringir los derechos de los inmigrantes. En España, Podemos arde en una discusión interna entre sus dos líderes, Pablo Iglesias, que expresa el ala progresista, e Iñaki Errejon, que promueve ideas “peronistas” y/o populistas que se desmarquen de las reivindicaciones valóricas del progresismo.

 

El mundo asiste a una nueva etapa en la historia de la humanidad. Sólo falta ponerle nombre.