Del otro lado: a 36 años del asesinato de Paco Urondo

“El traslado de Paco a Mendoza fue un error. Cuyo era una sangría permanente desde 1975, nunca se la pudo mantener en pie. El Paco duró pocas semanas”, escribió Rodolfo Walsh cuando el 17 de junio de 1976, Francisco “Paco” Urondo murió en manos del régimen militar en Mendoza.

Acorralado frente a la situación de persecución, su mujer Alicia Raboy escapó y dejó a su hija de 8 meses, Ángela, en manos de un vecino en Guaymallén, mientras su compañera René “la Turca” Ahualli huyó con vida hacia el otro lado. Paco tragó el cianuro antes de ser molido a palos por las fuerzas de seguridad y Alicia sigue desaparecida. Ángela, junto a su hermano Javier, viven la memoria de su padre. Claudia, la hija mayor y también militante, desapareció en diciembre de 1976.

 

Poeta, periodista, guerrillero y militante político, Urondo denunció la Masacre de Trelew del 72 en “La Patria Fusilada”. Hombre del arte, del periodismo, partícipe del secuestro de Aramburu, entre otros secuestros y asaltos Montoneros, Paco fue el poeta de la revolución, el que empuñó un arma en busca de la palabra justa.

 

“Del otro lado de la reja está la realidad, de este lado de la reja también está la realidad; la única irreal es la reja”, escribió en “La verdad es la única realidad”.

 

Entre poemas, guiones de películas y cancioneros, escribió para Primer Plana, Panorama, Crisis, La Opinión y Noticias.

 

En 2011, varios policías fueron condenados por su muerte y la de otras 23 personas. La pena máxima recayó sobre el ex comisario inspector Juan Agustín Oyarzábal, el ex oficial inspector Eduardo Smahá Borzuk, el ex subcomisario Alberto Rodríguez Vázquez y el ex sargento Celustiano Lucero. El ex teniente Dardo Migno, recibió doce años de cárcel.

 

El pasado 10 de enero, Paco hubiera cumplido 82 años. Ese militante que no parecía, que vestía como un caballero y seducía a las mujeres, hoy se refleja en la obra poética que dejó porque, como dice en “Los gatos”, “somos los vencedores, los campeones de la noche; vemos en la oscuridad, tenemos un ojo de gato y otro de pereza y otro de miedo; tropezamos para encontrarnos, para pedir perdón, para tocar: nos repugna la soledad, queremos lugares donde dure el humo y el calor de la gente”.

 

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