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La injusta cancelación de la Argentina

El final del Mundial de fútbol deja en la Argentina un sabor amargo que excede largamente la derrota de la Selección ante su par de España. El fermento, durante la competencia, de un orgullo nacional probablemente desmedido por haber ido más allá de lo deportivo, encontró una reacción sorprendente y brutal en muchos países que no puede definirse más que con una palabra: xenofobia.

Quitan el aliento las imágenes que se viralizaron en las últimas horas sobre el ataque en patota a un joven que llevaba una camiseta de la Selección en una estación céntrica del subte de Madrid, así como testimonios de compatriotas sobre lo denso que está el clima en las calles de varias ciudades de España ni bien grupos de personas cebadas detectan su nacionalidad.

"Nunca me había pasado lo que viví el otro día y no se lo deseo a nadie. Ni en un Boca-River van a ver a una chica sola del equipo contrario y la van a insultar como me insultaron a mí (…). Tengo miedo de salir a la calle", declaró en C5N Abril Hoffman, quien registró en un video subido a Instagram las agresiones que sufrió en Málaga al volver a su casa, con la camiseta puesta, el mismo domingo.

El lado B de la pasión ha sacado a relucir prejuicios antiargentinos injustificables y violentos en España, impropios de la relación entrañable y fecunda entre ambos pueblos, llena de contribuciones recíprocas en lo cultural, lo científico y lo económico.

Lo mismo ocurre en varios otros países, canallada montada sobre lugares comunes de larga data que, por alguna razón, hicieron eclosión en el tramo final de la Copa del Mundo.

La metáfora y la sinécdoque

Si la FIFA se encarga de que los mundiales aticen los peores sentimientos nacionalistas y se conviertan en verdaderas metáforas de guerra –¿qué tendrán que ver los himnos en un partido de fútbol?– la xenofobia y todas las otras formas de discriminación son una sinécdoque. Al tomar el todo por una parte, el xenófobo o el racista "justifica" sus odios al detectar una conducta particular que presume que lo valida.

El odiador se deleita al encontrar a un judío avaro porque eso le permite corroborar que todos lo son. O a un árabe violento y dar así el salto de lo particular a la generalización del "terrorismo". O a un colombiano o mexicano narco, lo que le prueba que todos lo son. O a un argentino soberbio, racista o arrogante para fundamentar su pasión antiargentina. Es la sinécdoque.

Siempre, pero siempre el odio viene antes y no le corresponde a la víctima probar su inocencia.

No soy yo, sos vos.

La fragua de un estereotipo

El Mundial y las bajas pasiones que incita; alguna polémica arbitral intencionadamente exacerbada –¿habrá apuntado a la Argentina o la FIFA el entrenador de Egipto cuando cruzó sus brazos para denunciar racismo por un gol bien anulado?–; la simpatía de cierto "periodismo" madrileño por Cristiano Ronaldo y su paralela necesidad –boba y facha– de predicar contra Lionel Messi; el impacto internacional de la bandera que reivindicó la pertenencia de las islas Malvinas a la Argentina y que provocó un enorme ardor mediático y político en la potencia ocupante, entre otros factores, se montaron sobre un estereotipo de larga data sobre "los argentinos".

"Soberbios", "fanfarrones", "tramposos", "corruptos" y tantas otras cosas. Sinécdoques de odiadores.

Ese estereotipo peligroso fermentó más largamente que lo que se suele pensar a lo largo de la historia, seguramente en parte por acciones individuales de unos cuantos de nosotros, pero sobre todo por disturbios de psiques ajenas.

El mismo ha prosperado por demasiado tiempo en muchos países de América Latina, pastado libremente sin que pocos hayan reflexionado sobre ello. Alguno pretende hoy justificarlo por la presencia en nuestro país de un gobierno de extrema derecha, alineado cos los ultras de Estados Unidos e Israel, como si hubiera algo muy diferente en Chile, pronto en Colombia y Perú, ayer nomás y acaso mañana en Brasil… Simples excusas.

Un refugio imperfecto

La xenofobia no repara en hechos, sino en preconceptos.

Bolivianos; paraguayos; "negros" o "marrones", como dicen ahora los racistas locales; judíos; homosexuales; mujeres… La discriminación está aquí por todos lados, pero eso no caracteriza particularmente a la Argentina.

Sí en cambio la define el hecho de que, a pesar de esas taras comunes a todos los países y culturas, la nuestra sea una de las naciones más abiertas al extranjero, más solidarias y más acogedoras con el inmigrante, temporal o permanente, que encuentra aquí trabajo, solidaridad, atención médica y educación gratuita. Este motivo de orgullo sí es una especificidad argentina.

Más allá del modo en que el país integró a millones de inmigrantes europeos –del sur y del centro de Europa, no los nórdicos deseados por cierta élite–, ejemplos muy recientes justifican el juicio anterior.

Por ejemplo, la aluvional diáspora venezolana de los últimos años se extendió por toda América Latina, por España y por los Estados Unidos, pero puede afirmarse que la Argentina es uno de los países que mejor recibió a esos hermanos, facilitándoles papeles–a los que accede cualquier inmigrante– e incorporándolos como parte valiosa de la sociedad. No se han producido aquí las manifestaciones de rechazo, muchas veces rayanas con pogromos, que sí se han visto en Colombia, Ecuador o Chile, entre otros países.

Lo mismo pudieron comprobar en su momento multitudes de españoles –caramba–, italianos, polacos, judíos de diversos orígenes, árabes y muchos etcéteras. Más cerca en el tiempo, bolivianos, paraguayos, uruguayos, chilenos, coreanos, chinos... ¿Encuentran estos raptos de discriminación? Seguramente, pero también oportunidades de desarrollo e integración que se les niegan en muchas otras partes. La Argentina es un refugio, imperfecto como todos, pero un refugio al fin.

La sinécdoque, sin embargo, se filtra cuando un hombre o una mujer –claro, individualidades– se burlan de brasileños de piel negra remedando monos, cuando un futbolista le dice algo presuntamente indebido a un colega negro tapándose la boca o cuando un jugador maneja pésimamente la frustración y golpea a un rival que les dice alguna cosa.

Todo eso avergüenza, ¿pero por qué el odiador elige como símbolo de la argentinidad al futbolista furioso y no al papa Francisco, a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, a Adolfo Pérez Esquivel o a Jorge Luis Borges? Porque eso es lo que necesita.

Lo mismo pasa cuando la Selección se acerca a la tribuna llena de argentinos mientras los jugadores españoles levantan la copa, en lugar de mirarlos y homenajearlos, cosa que habría sido de buen gusto, pero que no es una exigencia reglamentaria y que, de hecho, la selección francesa omitió en Catar 2022, cuando directamente abandonó el campo de juego. Nadie se quejó entonces.

Los ejemplos precedentes son negativos, pero la cruda verdad es que el problema del racismo en Brasil no son los argentinos, sino los racistas brasileños. Asimismo, la FIFA viene enfatizando su prédica integradora y las sanciones por cánticos discriminatorios no por los dichos y hechos de atletas o hinchas de nuestro país, sino por una variedad abrumadora de actos de discriminación que ocurren sobre todo en estadios de Europa.

No saber perder tampoco es patrimonio nacional.

Una ola de locura e ignorancia

Algo fuerte pasó en el último mundial, sobre todo en el Norte rico, rico especialmente en tradiciones colonialistas, esclavistas y genocidas por las que nunca ha pedido el perdón suficiente. La Argentina que declaró la libertad de vientres en 1813, que canceló de los resabios esclavistas entre 1853 y 1860 y que nunca hizo distinciones de raza al aplicar el voto popular acaso deba repensar pertenencias e identificaciones.

El crescendo comenzó con una columna del escritor Ishaan Tharoor en la prestigiosa The New Yorker. En ella, este se reconoce como un simpatizante de la Selección en la era de Diego Maradona, figura que encarnaba para él la reivindicación del mundo en desarrollo, pero proclama su renuncia actual, cuando "Messi representa el orden establecido: ese Goliat que hunde en el barro la cabeza de todos los demás aspirantes". Ridícula desmesura.

"Si hay un villano en este Mundial, ha sido la Argentina", escribió antes de la final en un artículo que desde su título –ya hartante remake de la frase del Evita de Madonna– desnudaba su condición de colección ramplona de lugares comunes: "No voy a llorar por vos, Argentina". ¡Ay!

Poco después, un referente de la actuación como Samuel L. Jackson llamó a los afrodescendientes de todo el mundo a no alentar nunca a la Argentina por ser, presuntamente, "uno de los países más racistas del mundo". Esa referencia estúpida fue debidamente aprovechada en algunos medios británicos.

La congresista demócrata por Texas Jasmine Crockett justificó el apoyo de muchos estadounidenses a la selección de España por el "historial racista" de nuestro país.

Medios europeos de renombre, como el conservador y monárquico ABC de España, se pasaron olímpicamente por alto todas las cautelas del fact checking al hacerse eco de un video deepfake en el que, presuntamente, un relator argentino de DSports hablaba de "Senegral" y definía a la selección francesa como "africana". Nada de eso ocurrió, desde ya, pero la sinécdoque volvió al ataque: "Argentina reincide", tituló. Argentina, toda ella, no un hombre, por otra parte inocente. "Reincide", justifica el odio previo.

Es especialmente interesante cómo la argentinofobia caló en el Reino Unido tras el encuentro con Inglaterra. ¿Dolor futbolero? Eso parece menos probable que el ardor generado por la bandera sobre Malvinas.

"España gana la Copa del Mundo en un triunfo del fútbol sobre el matonismo argentino", tituló el conservador The Telegraph, un medio reputado como "de calidad", en relación con un partido que fue mucho más un baile ibérico que un espectáculo violento.

"España ganó el Mundial y todos salimos ganando. Cualquier otro resultado habría sido un verdadero crimen", editorializó.

También se congratuló por el resultado de la final –aunque en verdad eso sea sólo una excusa para un destilado de odio– Francis Foster, in influyente autor de podcasts y contenidos digitales del Reino Unido. Lo suyo fue un editorial prácticamente delincuencial.

"Odio al equipo argentino de fútbol". "Los argentinos son los sujetos más despreciables, cínicos, tramposos, desagradables y mezquinos que jamás hayan existido". "Messi es un enano socialmente torpe e inepto". Todo eso dijo.

"¡Que vivan los colonizadores, que viva el colonialismo" y debemos "recuperar lo que es nuestro", sinceró, ya en frenesí.

Tras el partido con España, festejó: "¡Argentina perdió la Copa del Mundo! Una derrota casi tan vergonzosa como su capitulación a manos de los británicos" en las Malvinas.

Confesión de parte.

El fascismo también es de izquierda

Será que la época es tan fértil para los fascismos que la prédica se apoderó incluso de académicos, incluso conocidos por su progresismo.

Yanis Varoufakis, quien en 2015 era ministro de Finanzas de Grecia y abogó por sacar a su país de la eurozona para evitar el brutal ajuste que le imponía la UE, saludó la victoria española como la de un "multiculturalismo funcional y saludable". ¿Qué le hace suponer que en la Argentina no prima un multiculturalismo incluso más virtuoso, hecho de integración y mestizaje antes que de necesidad autodefensiva de enfatización y aislamiento de identidades siempre amenazadas?

Lo suyo, como lo de Samuel L. Jackson y la congresista Crockett es pura ignorancia y etnocentrismo: ambos piensan que todo el mundo es como los Estados Unidos que sometía a su población negra a linchamientos y a un variedad de apartheid hasta hace tan poco como la década de 1960.

Ya en Catar 2022 algunos influyentes en Estados Unidos y Europa se sorprendían por la ausencia de jugadores afrodescendientes en la Selección, sin preocuparse siquiera por googlear cuál es la composición étnica de la Argentina. La necedad no es un derecho, sobre todo cuando hace daño.

No tenemos que explicarnos entre nosotros las discriminaciones que efectivamente existen en nuestro país –vale reiterarlo– y que deberíamos desterrar, pero tampoco que la llegada inmensa de inmigrantes europeos entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, así como una lógica social mucho más integradora que la de guetos que rige en el llamado Primer Mundo dio lugar a un mestizaje intenso.

Seguramente la pregunta no es por qué no hay jugadores negros en la Selección, sino cuántos afrodescendientes o magrebíes tienen verdaderas oportunidades en sociedades que presumen de un multiculturalismo de cartón. En Argentina, al revés que en Grecia y otros países, los inmigrantes son acogidos e integrados, no internados en virtuales campos de concentración.

El odio es previo a cualquier excusa. Para sorpresa de muchos, hoy se ceba con la Argentina, un país que dista de ser perfecto, pero fuente de innumerables razones para sentir orgullo y amor.

Más de uno debería pedir perdón.

Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.

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