En su implicancia más obvia, consolidaría el cierre de cualquier esperanza de refinanciamiento de vencimientos de deuda pública en mercados del exterior, lo que condenaría a Milei –para no defaultear – a pelear por su reelección en un contexto de ajuste fiscal cada vez más severo.
Sin embargo, en ese sentido un riesgo soberano superior a los 600 puntos básicos como el actual –esto es, más de seis puntos porcentuales por encima del rendimiento de los Bonos del Tesoro estadounidense a diez años, hoy de más del 5%– o uno infinito arrojan el mismo resultado: el Estado argentino sólo podrá financiarse en el insuficiente mercado local.
Fuente: Ámbito Financiero.
2, ¿Por qué importa el riesgo país? Dólar e inflación
El problema se hace más tangible para las grandes empresas que sí consiguen hoy acceso al crédito externo, uno que resulta caro pero todavía no prohibitivo.
YPF, la mayor petrolera del país, y una líder entre las privadas, Vista Oil, acaban de colocar deuda para financiar proyectos a menos del 8% anual en dólares. Suficiente para que sus inversiones previstas sigan resultando rentables en Vaca Muerta, pero algo cercano al límite de lo razonable.
Así, con un riesgo país más y más elevado, hasta esas fuentes de financiamiento peligrarían, lo que no haría más que restarle impulso a una economía que, sin el aporte de esa y otras actividades extractivas y exportadoras, hoy no es casi nada.
De ahí, actividad, empleo, salarios, consumo… Sí, el riesgo país te importa.
Por otro lado, para nada menor, una desconfianza en alza impactaría sobre la demanda privada de dólares, un clásico de todos los procesos electorales que, esta vez, se viene adelantando de modo llamativo.
Es cierto que las Reservas del Banco Central están mucho más sólidas que hace un año para enfrentar un posible vendaval, pero también lo es que la obsesión del Gobierno por pisar la paridad para usarla como artificiosa ancla para la inflación ha hecho que las compras de divisas de la autoridad monetaria hayan caído drásticamente desde el final de la temporada alta de la soja y que las reservas brutas hayan perdido casi 2000 millones de dólares en lo que va del mes.
Si en las próximas semanas o, con mayor probabilidad meses, un dólar presionado volviera a los titulares de los medios, las tensiones sobre los precios podrían regresar en una Argentina rápida de reflejos aun cuando el Gobierno lograra mantener la paridad bajo control. De ese modo, la desinflación con la que Milei pretende llegar a las urnas como logro excluyente, incluso uno que le justifica, según cree, sacrificar crecimiento e ingresos populares, podría entrar en zona de riesgo.
No por nada, por más que dice contar ya con las divisas necesarias para hacer frente a los requerimientos del año electoral –deuda, atesoramiento privado, turismo…–, el jefe del Palacio de Hacienda trabaja con bancos privados y organismos internacionales en busca de refuerzos. Y reza para que Donald Trump, quien el año pasado le prestó un invalorable botón antipánico, no se estrole demasiado violentamente en las midterms del 3 de noviembre.
3, ¿Me quiere, no me quiere?
El mercado financiero desea que Milei le gane al peronismo. Toda pulsión vinculada al interés personal adopta un barniz ideológico. Aunque el proceso sea inconciente, el orden es ese: al interés le sigue la narrativa.
¿Cómo pretender que la mayor parte de los segmentos de los Círculos Rojos nacional y extranjero desee la continuidad de las política actuales, cuando su prosperidad depende de la existencia de mercados abiertos a los flujos financieros, desgravaciones tributarias progresivas en paralelo a un achicamiento del Estado y del gasto necesario para solventar sus actividades, y, de modo clave, de negocios financieros rentables de pago asegurado?
El contraste entre lo que él garantiza y lo que Kicillof –quien le hizo sombra la semana pasada con una visita paralela a Nueva York– es explicitado cada día por el propio Milei y por Toto Caputo. "Riesgo kuka" es la respuesta a todos sus males.
En tanto, el gobernador bonaerense dejó sin responder qué haría con el RIGI, qué con el dólar, cuál sería su compromiso con el ajuste y el equilibrio fiscal y, fundamentalmente, si seguiría pagando normalmente los vencimientos de los diversos tramos de deuda –superiores cada año a los 20.000 millones de dólares, casi la mitad con el FMI– o si los renegociaría. ¿Quién compraría bonos de un país que se aprestara repactar condiciones de taza, plazo y, tal vez, monto? En ese sentido, el selloff cobraría sentido.
La verdad es que Kicillof definió, de modo oblicuo para las expectativas de los inversores que acudieron a su convocatoria neoyorquina, que los compromisos de deuda serán demasiado pesados, que el ajuste perpetuo no da para más y que ni aun así el superávit fiscal es genuino. Les recordó que la Provincia paga puntualmente sus compromisos, pero los presentes sabían que eso fue así solamente después de que la misma hubo renegociado su deuda en 2020-2021.
Todo lleva a esos agentes a suponer que una renegociación con el FMI parece de cajón, que eso podría darse también con los acreedores privados y que, en el interín, el superávit primario que el Presidente y el ministro de Economía dibujan se usaría para aliviar necesidades sociales y productivas acuciantes.
4, Entonces, ¿"riesgo K" o "riesgo M"?
Para el Gobierno y los economistas que se identifican con sus políticas, el mantra es "riesgo K". Para argumentarlo, señalan que los inversores se desprenden de bonos argentinos por temor a que el kirchnerismo –ya sea en versión ortodoxa o post– vuelva al poder. Señalan al respecto que los títulos públicos que vencen después de 2027 registran rendimientos que ya más que duplican a los que lo hacen antes de un posible relevo.
Para Kicillof o para cualquiera de los dirigentes que exploran la posibilidad de enfrentarlo de alguna manera –¿con PASO, sin PASO?– para quedarse con la candidatura presidencial del peronismo, se trata del "riesgo Milei". Para ellos, la suma de indicadores negativos en prácticamente todos los frentes de la economía real es la causa verdadera. ¿Quién invierte en un país que se achica?
En buena medida, la disputa es bizantina.
5, ¿Hay preguntas que son respuestas?
Como intenta mostrar la versión de hoy de desPertar, a veces las preguntas esclarecen más que las propias respuestas.
De modo interesante, Santiago Fioritti se centró en Clarín más en los interrogantes que en las insatisfactorias definiciones del jefe de Estado al relatar su fallida entrevista con John Micklethwait, el editor jefe de Bloomberg en Nueva York. Este le preguntó, entre otras cosas, lo siguiente:
- "La economía se hizo más pequeña este año entre marzo y junio, se contrajo durante esos tres meses. También tuvo números bastante malos en julio en términos de crecimiento. ¿Le preocupa entrar en una recesión?".
- "Cuando asumió el cargo, su gran problema era la inflación, que era del 300% y logró bajar. Ahora el problema parece ser el desempleo, que es lo que más preocupa a los argentinos (…). ¿Cómo va a lidiar con eso sin empujar la inflación?"
Pocos medios expresan mejor que Bloomberg el sentimiento del mercado financiero internacional.
6, ¿Quién ganará en 2027?
Una encuesta de Zuban Córdoba difundida ayer –16 a 18 de septiembre, nacional, 2000 casos, online, margen de error +/- 2,19%, nivel de confianza del 95%– da pistas interesantes.
Según la misma, la desaprobación al Gobierno crece y ya involucra casi a dos tercios de la población.
Además, Kicillof encabeza el ranking de potencialidad de voto y redujo la negatividad por debajo del 50%.
Justo detrás aparece Cristina Fernández de Kirchner, quien está presa e inhabilitada para competir, pero que tiene posibilidad de transmisión de apoyos a un posible delfín.
Tercera aparece una sorprendente Myriam Bregman, cuarto Sergio Massa –quien persiste en sus intentos– y recién quinto aparece Milei, con un voto potencial del 38%, similar al piso antiperonista que cabe esperar.
Para peor, justo detrás de él viene Patricia Bullrich, quien en otras encuestas marcha al frente de todo el pelotón, sea cual sea la oferta ideológica, y que viene de declarar que el año que viene militará a favor de "la continuidad del proyecto", pero que se negó a identificar eso con la figura de Milei. ¿Piensa que podría haber lugar para ella en caso de que la economía se ponga más hostil?
6, ¿Un desenlace inevitable?
"Yo no compito con nadie, compito conmigo mismo", acierta el Presidente cuando se le pregunta sobre 2027.
Es así: si la economía no estuviera estancada; si el auge primario y exportador generara algún tímido "derrame"; si –mejor todavía– al menos ciertos renglones de la actividad interna progresaran; si la inflación cediera no para llegar ya a cero –como pifió tantas veces–, sino para alumbrar una trayectoria sin tantos meandros, y si eso y sus políticas permitieran que los ingresos populares dejaran de estar encadenados en el fondo del mar, su reelección podría darse casi por descontada.
Como no es así, un peronismo que viene de fracasar sonoramente vuelve a la vida, por ahora sin merecerlo. Entonces, el "riesgo K" es la contracara perfecta ya no del "riesgo M", sino del fracaso provisional de un modelo sin pies ni cabeza.
Como destacó con énfasis desPertar en su edición del viernes, ya van dos veces que el Presidente se vanagloria de destrozar de modo planificado los salarios en el sector público, algo sin prcedentes en el mundo. La primera vez fue para decir que eso beneficia a los ricos por demandarles un menor pago de impuestos; la segunda, para explicitar que está actuando para destruir, como "un topo dentro del Estado", a la representación institucional de la sociedad.
Sheldon Cooper no miente ni pretende encubrir con narrativas elaboradas el interés de los sectores privilegiados. Busca un pinochetismo en democracia.
Si, como confiesa, se trata de destruir el Estado para que los ricos deban sostenerlo con menos esfuerzo, también cabría atribuir ese trasfondo a la permanente licuación de las jubilaciones mínimas, así como al deterioro de los servicios públicos de educación y salud, para peor colapsados por la nueva demanda de sectores que se ven imposibilitados de sostener el pago de los servicios privados que contrataban.
En la versión mileísta de la lucha de clases, también podría entenderse por ese camino su birria por abaratar el trabajo privado, la decisión de limitar paritarias, su inacción contra la destrucción de empleos formales –mejor remunerados– y su gusto por la informalidad, y la reforma laboral destinada a desfinanciar la seguridad social a través del Fondo de Asistencia Laboral (FAL).
Ahora bien, ¿qué resultado debería esperarse de semejante política? ¿Hay, acaso, un desenlace concebible que no sea el estancamiento o, incluso, la recesión que, pese a la recuperación de los indicadores de agosto, parece inevitable tras el desplome de julio?
Entonces, ¿"riesgo K" o "riesgo M"? ¿Tendría chances electorales el peronismo del presente si Milei no estuviera tan decidido a romperlo todo?
Ese el verdadero riesgo de la Argentina.
Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.