Las visiones de Peter Thiel, un tecnoplutócrata de 58 años nacido en Alemania y nacionalizado estadounidense, sobre la democracia, el control social en base a recursos tecnológicos, la inteligencia artificial –IA–, la seguridad, la guerra y la disputa entre civilizaciones resultan escalofriantes. También lo es saber que vino a instalarse a la Argentina para reforzar sus vínculos con el gobierno de Javier Milei y respaldar lo que considera el experimento anarcocapitalista más prometedor del mundo.
La presencia en el país del empresario, fundador de la plataforma de pagos digitales PayPal junto a Elon Musk y en la actualidad presidente de Palantir Technologies, fue revelada por el periodistaAlejandro Bercovich en C5N.
La primicia pronto captó la atención de medios como Bloomberg, Infobae, La Nación, Clarín, ElDiarioAry muchos más. No es para menos: Palantir, que cofundó junto a Alex Karp, es proveedora de gobiernos y empresas de software capaz de analizar enormes volúmenes de datos para optimizar decisiones bélicas, de seguridad, de inteligencia y de negocios.
Su aporte en el rastreo y seguimiento de presuntos inmigrantes ilegales en Estados Unidos durante las redadas de los últimos meses del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE)resultó un caso testigo sobre qué cabe esperar de ella.
Bueno, Thiel y el monstruo del tecnoextremismo –para algunos intelectuales, un tecnofascismo– ya están entre nosotros.
De River y Barrio Parque a la Casa Rosada
Según señaló Infobae, Thiel planea una estadía larga en el país, para lo cual alquiló una casa en Barrio Parque. Según informó ese medio, "el lunes de la semana pasada mantuvo un almuerzo a solas con Santiago Caputo", el "ingeniero del caos" criollo que, organiza la política oficial en base a algoritmos, y "tanto la Cancillería –bajo la órbita de Pablo Quirno– como la Presidencia mantuvieron canales de contacto". Ahora espera reunirse con Milei cuando este regrese de su gira político-artística triunfal por Israel.
El hombre se está compenetrando con la cultura popular, al punto que asistió el domingo al estadio de River, donde no pudo disfrutar de un festejo de su anfitrión, sino que terminó viendo el de Boca Juniors. Por contraste, se extrañan en los estadios presencias como las de Dua Lipa, Rosalía, Johnny Depp y Noel Gallagher, entre tantos otros.
Ubicado en el puesto 115 entre los superricos listados en el ranking de Bloomberg, Thiel cuenta con una fortuna personal estimada en 23.500 millones de dólares, lo que le hizo fácil convertirse en uno de los principales financistas de Donald Trump ya desde su primera campaña electoral en 2016.
Cuando ocurra, su encuentro con Milei no será el primero. De hecho, ya se juntaron en mayo de 2024 por iniciativa del entonces asesor y ahora embajador en Estados Unidos, Alejandro "Alec" Oxenford.
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Exploración… ¿y negocios?
Thiel ha expresado admiración por el fenómeno Milei.
En declaraciones realizadas en noviembre de 2024 a El Observador, señaló que "sería muy bueno que Argentina le vaya bien y que acá (en Estados Unidos) no tengamos que pasar por los cien años de declive argentino antes de tener a nuestro propio Milei".
Dicen que viene al país para conocer de primera mano cómo marcha el experimento. Se podría apostar que encontrará eco en el Gobierno para explorar también oportunidades de negocios.
Admirar al anarcocapitalista argentino y, a la vez, financiar al nacionalista Trump son puntas que se unen en la sensibilidad de extrema derecha. Sin embargo, esas afinidades también presentan inconsistencias.
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Así te lo conté en desPertar allá por diciembre de 2024, cuando te hablé de una tecnoplutocracia dispuesta a llevar a las extremas derechas más allá de los confines de la democracia a propósito de la relación entre Musk y el jefe de la Casa Blanca. Ese vínculo tuvo un primer momento de auge, luego un cortocircuito personal y programático grave –dado por la disputa entre magnates globalistas y políticos soberanistas– y ahora atraviesa por una segunda luna de miel. Pero el lazo no termina en Musk.
Thiel es otro eslabón clave de ese fenómeno de magnates de extrema derecha, pero, más importante, lo es su empresa Palantir, que hace tiempo ya cruzó el Rubicón en el que la democracia representativa o liberal tal como la concebimos cambió para siempre.
"Palantir" es un nombre sacado de El Señor de los Anillos y define a "piedras videntes" que, en caso de caer en manos equivocadas, se convierten en poderosas herramientas de manipulación y dominio. El hombre es un firme creyente de que el Anticristo se oculta entre la gente.
El manifiesto del tecnoextremismo
El cofundador de la empresa, hoy ceo y socio de Thiel, Alex Karp, publicó junto a Nicholas W. Zamiska en enero de 2024 un libro titulado La República Tecnológica: poder duro, creencias blandas y el Futuro de Occidente, un best seller que constituye un escandaloso manifiesto político.
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El último sábado, la propia compañía posteó en su cuenta de X un resumen del mismo en 22 puntos, que podés encontrar en este enlace para facilitarme pasar, más que a su repaso, a su interpretación.
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Que la publicación haya sido hecha por la empresa supone un aval personal de Thiel, el nuevo amigo de Santiago Caputo y Milei.
Pasando en limpio
Parlantir es contratista de los departamentos (ministerios) estadounidenses de Guerra y Seguridad Interior, así como de la CIA.
Vale la pena tomarla, entonces, en serio e interpretar su manifiesto, aludido más arriba:
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Como "Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su auge", los Estados Unidos, la tecnoplutocracia debe ponerse al servicio de los intereses de su seguridad doméstica y exterior.
Asimismo, como élite, debe contribuir a revertir lo que define como "decadencia de una cultura o civilización".
Abjura del ejercicio del poder blando y aboga por la construcción de uno duro, basado en armas desarrolladas con software e IA. O sea, el servicio que ella provee.
La carrera nuclear ha quedado obsoleta y las nuevas armas de destrucción masiva son justamente aquellas, a las que Estados Unidos debe llegar primero que sus enemigos para reafirmar su poderío bienhechor.
Ese país debe organizarse para la guerra: los jóvenes –se imagina que especialmente los pobres– como soldados en un servicio militar obligatorio; la vanguardia tecnológica, en base a la producción de "mejores fusiles" y software militar.
Los tecnoplutócratas tienen el derecho y el deber de imponer "grandes narrativas", entre las que se cuenta su aporte contra el crimen. Se supone que las herramientas que esa nueva casta puede sumar son la acumulación y posesión de datos personales, las tecnologías de reconocimiento facial con capacidad de procesamiento masivo y la inteligencia artificial para predecir movimientos. Así, la seguridad prima por sobre las libertades públicas y el derecho a la intimidad.
Basta de "cautela pública"; bienvenida la era de la desmesura. Basta de laicismo, de "pluralismo vacío" y de "inclusión"; bienvenidos el supremacismo y la condena a las "culturas y subculturas mediocres, regresivas y perjudiciales".
Si se suma lo anterior al tecnobelicismo que se propone, hay que pensar en China, Rusia y, claro, el mundo islámico.
Y Milei canta y baila…
Así piensa y actúa el nuevo amigo de Milei, residente temporal –esperemos que así sea– de la Argentina, milmillonario, mecenas de ultraderechistas e interesado testigo –¿y acaso promotor?– de la era paleolibertaria.
Mucho de lo que surge del manifiesto es, en un sentido, más trumpista que mileísta, sobre todo en lo que respecta al belicismo y el fortalecimiento del Estado nacional. Sin embargo, que la defensa, la seguridad y el mero ordenamiento macroeconómico –sin interferencias ni regulaciones– son las funciones que el Presidente sí acepta –no suele hablar, por caso, de salud y educación– es algo que surge de sus propios discursos.
Ahora bien, ¿dónde ubica semejante catálogo a un país como la Argentina? Evidentemente, en un lugar de subordinación a Estados Unidos, algo que hoy luce menos grave por parecer la vocación de un gobierno que ya pasará, pero que mañana podría ser impuesto con las herramientas de poder sin precedentes de la guerra de la alta tecnología.
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Más allá de su vengonzante papel de cantante desaforado y de bailarín entre jóvenes soldados, y de su confraternización con religiosos ultraortodoxos que, en lugar de aceptarlo, lo utilizan, es sugestivo que Milei –quien, más allá de cómo se autoperciba, no es judío– haya firmado con Benjamín Netanyahu un memorándum de entendimiento para "desarrollar modelos de inteligencia artificial de forma conjunta" con Israel.
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También que haya declarado al recibir un doctorado honoris causa en la universidad israelí de Bar Ilán que "con determinadas culturas no vamos a poder convivir porque si nosotros respetamos el derecho a la vida no podemos convivir con quienes nos quieren matar".
La primera guerra algorítmica de la historia
Lo más problemático es que la visión de la guerra tecnológica de Karp, Zamiska y Thiel no es una tarea para mañana, sino una realidad presente.
El conflicto entre Estados Unidos y justamente Israel, por un lado, e Irán y sus proxies regionales, por el otro, es considerada la primera "guerra algorítmica" de la historia.
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La misma –hoy en fase de cese del fuego prorrogado por un Trump necesitado de un poco de paz antes de las midterms de noviembre– se caracteriza por el uso masivo de inteligencia artificial en el procesamiento de cuantiosa información de inteligencia, satelital y de telecomunicaciones para la detección de blancos, el cálculo de riesgos propios y daños colaterales "aceptables", y la realización de numerosos ataques en simultáneo.
La impresionante kill chain que terminó con buena parte de la cúpula del régimen iraní, empezando por el anterior líder supremo Alí Jameneí, fue posible en base a esas herramientas, que procesaron enormes volúmenes de información sobre patrones de comportamiento pasados, movimientos en tiempo real e información de inteligencia. Lo que hasta hace muy poco llevaba días de análisis, ahora lleva segundos.
"Muchas agencias gubernamentales de Estados Unidos utilizan Palantir. El programa Vantage, por ejemplo, se desarrolló específicamente como sistema operativo para el Ejército de ese país. En la guerra contra Irán, el software de captación de objetivos Maven, basado en inteligencia artificial, proporcionó datos para numerosos ataques aéreos", informó Deutsche Welle.
"Quizás la aplicación más conocida de Palantir sea Gotham, utilizada por las agencias de seguridad para recopilar rápidamente información sobre personas a partir de fuentes públicas y privadas. Agencias estadounidenses como la CIA y ICE son clientes clave, al igual que organizaciones de seguridad europeas", agregó.
Un dato: según cifras disponibles sobre el primer semestre del año pasado, Palantir levantó más de 322 millones de dólares en contratos con el gobierno sólo en Estados Unidos.
Anthropic, Open IA y Palantir
A todo esto, ¿quién y cómo decide cuándo apretar el gatillo? ¿Qué nivel de riesgo de daños colaterales –la muerte de inocentes– resulta aceptable?
Eso forma parte de otra discusión muy fresca y crucial, que terminó con la cancelación del contrato del Pentágono con Anthropic y al abandono de la IA Claude, y su reemplazo por la de Open IA.
Otro aspecto fundamental de ese conflicto fue la negativa de la firma defenestrada a prestarse al uso masivo de la IA con fines de control social en lo doméstico: si los sistemas de reconocimiento facial y la inteligencia artificial pueden procesar datos de un modo tan masivo y preciso como para determinar en tiempo real por dónde anda cada ciudadano, ¿por qué no usarlos?
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Anthropic se negó a la automatización total de la guerra y al gobierno totalitario, Trump la repudió y la simpática dueña del popular ChatGPT se quedó con el negocio.
Claro, eso se parece mucho más a la concreción de una distopía peor a las que pudieron imaginar Yevgeny Zamyatin y George Orwell, pero casa muy bien con la idea de seguridad a ultranza, aun a expensas del derecho a la privacidad.
Repito: ¿se entiende ya por qué estos referentes empresariales y políticos no son liberales, sino extremistas de derecha?
Desde Palantir se pliegan con convicción al modelo del control social masivo y de la guerra automática, sin intervención humana, que ya está demasiado cerca.
Sin embargo, ¿quién posee el control real de ese conocimiento? ¿Esos hombres que pasan cada cuatro años por la Oficina Oval o los nuevos tecnoplutócratas?
Se verá. Mientras, la Argentina de Milei le da al inquieto Peter Thiel una amplia bienvenida.