MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA

Derechos humanos: las dos vidas de Nora Cortiñas

Se sumó a Madres de Plaza de Mayo semanas después de que la dictadura secuestrara a su hijo mayor, Gustavo, en abril de 1977. De ama de casa a militante todoterreno.

Si hay una persona que ejerció sin fisuras esa arenga militante que dice que hay que “poner el cuerpo” a toda causa justa, esa fue Nora Cortiñas. Norita, de Madres de Plaza de Mayo desde apenas días después de aquella reunión inaugural de un puñado de mujeres a las que, como a ella, la dictadura militar genocida le había secuestrado hijos e hijas, desde entonces no hizo más que poner su metro cincuenta, sus rulos blancos esponjosos, su sonrisa de rouge rosa y voz de pito en la búsqueda de Gustavo, su hijo desaparecido, y en cada una de las luchas que se le cruzaron por delante, que la convocó, que la necesitó. Así vivió hasta este jueves a la tarde noche, cuando falleció. Tenía 94 años.

Norita tuvo dos vidas. Una empezó el 22 de marzo de 1930, bajo el nombre de Norma Irma Morales. Nació en Buenos Aires, creció en una familia de padre duro y madre tímida, callada, ama de casa. Conoció a Carlos Cortiñas muy joven. Se casaron a principios de los 50, cuando ella apenas ingresaba en los veintiséis. Tuvieron dos hijos, Carlos Gustavo –ella lo llamaba Gustavo– y Marcelo. Los días transcurrían tranquilos en Castelar, la casa en la que vivió la familia, la casa que la cobijó hasta sus últimos días. Nora fue más parecida a su madre en toda esta primera vida que tuvo: crió a sus hijos, hacía algún que otro trabajo de costurera.

Hasta que la dictadura la atravesó como un rayo: el 15 de abril de 1977, Gustavo, militante de la Juventud Universitaria Peronista y Montoneros, ya no volvió. Gustavo participaba de una unidad básica en Morón y hacía trabajo comunitario militante en la Villa 31. Estaba casado desde 1973 y tenía un hijo de dos años, Damián. Su secuestro y desaparición marcaron el fin de aquella vida de entrecasa y el comienzo de otra afuera, en la calle.

Nora jamás supo nada más de Gustavo. No sabe en qué centro clandestino estuvo, no tiene indicios de cuánto tiempo permaneció encerrado ni cómo lo podrían haber asesinado los genocidas de la última dictadura cívico militar. “Todos los días los paso mal en algún punto, porque todos los días me levanto con la esperanza de que la búsqueda, esta vez, dé resultado. Y lamentablemente en algún punto no me consuelo”, le dijo a esta cronista en una entrevista que le concedió hace casi una década.

La ausencia de Gustavo la empujó a “probar” alternativas de búsqueda: comisarías, hospitales, iglesias. En ese deambular, su cuñado le pasó un dato: una vecina suya le había comentado de “unas mujeres que se estaban juntando en la Plaza de Mayo para ver si podían conseguir juntas alguna respuesta sobre el paradero de sus hijos”. Hacia allí fue en mayo de 1977. Nació como Madre de la Plaza desde entonces y para siempre.

Su participación en la organización fue activa desde el comienzo: estuvo en aquella marcha hacia Luján en la que estrenaron por primera vez los pañales de sus hijos en la cabeza, a modo de pañuelo. Escribió cartas, recogió firmas, golpeó puertas, visitó cuarteles e iglesias en reclamo de los desaparecidos. Dio entrevistas a medios internacionales, siempre bajo el riesgo de correr la misma suerte que su hijo.

Caminó las mismas rondas que “el Ángel”, como ella misma le decía al genocida Alfredo Astiz durante su infiltración entre las mujeres de pañuelo blanco. Vivió y sufrió el secuestro y la desaparición de Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y Mary Ponce, las reclamó ante la Justicia cuando sus cuerpos aparecieron en las playas de la Costa Atlántica.

En 1980, se tomó un micro junto a otras 20 madres para que el Papa Juan Pablo II las recibiera en Porto Alegre, Brasil. Como no habían logrado la entrevista, colgaron en la puerta de la catedral de Porto Alegre una bandera de 36 metros que decía “Por los desaparecidos de la Argentina”. Como se la secuestraron las autoridades, subieron a la terraza de un edificio la leyenda “Las Madres piden socorro al Papa”.

Todo en dictadura, con el peligro respirándoles en la nuca. Nunca regresó a su vida pasada de entrecasa y crianza. Pasaron los años; jamás obtuvo ni siquiera un dato sobre el destino de Gustavo tras aquel 15 de abril de 1977. El pacto de silencio jamás se quebró para darle un poco de paz. Entonces, Nora encontró en “poner el cuerpo” a cada lucha la manera de encontrarse con su hijo, de abrazar su militancia.

Casi a diario y durante décadas, Norita envolvía sus rulos en el pañuelo blanco que llevaba bordado la fecha en que nació como Madre de Plaza de Mayo, se colgaba la foto plastificada de Gustavo de su cuello y dejaba su casa de Castelar, que con los años dejó de ser la casa de una mujer de barrio para convertirse en un museo vivo de su militancia total y absoluta: whipalas, recortes de diarios, fotos con dirigentes argentinos y de la región, adornos, homenajes y diplomas la abrazaban en sus almuerzos o cenas, en sus meriendas en el patio, en sus desayunos en el sillón.

Su agenda solía ser apretada: salía en tren bien temprano de zona oeste y regresaba en la noche. Muchas veces tenía que tomar un remis porque se quedaba sin colectivo. Nada la detenía.

“Antes de acudir a cada lugar en donde hay gente reclamando, obreros, gente detenida, gente en situación de pobreza o con hambre, manifestaciones, marchas, siempre me pregunto: ‘¿Gustavo hubiera estado acá?’ Si me respondo que sí, entonces voy”, resumió su militancia todoterreno pocos meses antes de ser intervenida por una dolencia gastrointestinal en el Hospital de Morón, hace diez días. Desde entonces permanecía internada en terapia intensiva.

“Nunca vi a nadie con tantas ganas de vivir como Nora”, dijo una de las personas que más cerca estuvieron de ella el último año, cuando necesitaba de traslados y mimos. A mediados de 2023, una infección urinaria la había afectado fuertemente, provocando breves isquemias. Pero se repuso, fuerte y activa. Volvió a la ronda de las madres y votó en contra de Javier Milei en una escuela a pocas cuadras de su casa.

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