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UNA ARGENTINA DE MILEI

Todos somos Javier Milei

El autor afirma que mucho de lo que predica en formato brutal el candidato de La Libertad Avanza no es nuevo en su esencia y que molesta porque es un espejo de la sociedad: perturba el reflejo que devuelve.

La figura disruptiva del candidato de La Libertad Avanza, Javier Milei, apareció como un torbellino arrasador en la escena social y política de Argentina. Nadie lo vio venir. Exuberante, locuaz, desafiante, peregrinó en el último año y medio por los medios de comunicación, más como una curiosidad que sumaba puntos de rating que como un serio candidato a una posición política. Los diálogos con sus perros, aun los muertos, sus propuestas económicas incomprensibles para el común de los mortales, salvo la mágica palabra “dolarización”, y su declaración de guerra a la “casta” era todo lo que sabíamos de él. Entretenimiento divertido, pero nada más que eso.

Llegaron las PASO, y este personaje cuyo partido no lograba juntar dos votos en las provincias, se instaló como el candidato con mayores posibilidades de ser el próximo presidente de los argentinos. ¿Qué nos pasó? ¿Qué nos pasa? Ante la sorpresa, aparecen las reacciones fruto de la perplejidad, el temor y, por qué no, de la discriminación.

El aparente desprecio por la educación pública, la “libertad” para la posesión de armas, la permisividad para el comercio de órganos, son sólo algunas de las muchas expresiones que más nos preocupan y alarman a quienes estamos en las antípodas de estos valores. Pero, más allá de la reacción, seguramente justificada desde nuestra moralidad y concepción de las reglas sociales, ¿no será que en verdad Milei tiene algo de todos nosotros que nos identifica y representa?

Milei nos molesta porque nos vemos en él como en un espejo que muestra la cruda realidad de lo que somos como sociedad. No nos gusta, nos perturba. Milei nos molesta porque nos vemos en él como en un espejo que muestra la cruda realidad de lo que somos como sociedad. No nos gusta, nos perturba.

Lo que dice Milei sobre la educación, ¿es más destructivo que los interminables paros docentes que han destruido la educación pública? Lo que dice Milei sobre las armas, ¿es más peligroso que el arsenal de libre disponibilidad que hoy circula sin obstáculos y produce a diario decenas de muertes absurdas? Lo que dice Milei sobre la salud, ¿es más cruel que el estado de la atención de la salud hoy devastada?

Milei no accedió por la fuerza al podio en el que se encuentra. No propone la toma violenta del poder ni eludir los caminos de la democracia. Milei nos molesta porque nos vemos en él como en un espejo que muestra la cruda realidad de lo que somos como sociedad. No nos gusta, nos perturba. Por consiguiente, tratamos de exorcizar este demonio con presagios apocalípticos sobre la gobernabilidad, con el conjuro de cartas de intelectuales o con el ninguneo de sus declamaciones. Creo que el fenómeno Milei debería transformarse en algo que nos apele y nos lleve a pensar cuánto hemos decaído como sociedad que somos capaces de engendrar estos hechos y personajes.

Mucho de lo que Milei predica en formato brutal no es nuevo en su esencia. Deberíamos preguntarnos si en verdad rechazamos el contenido o las formas. Por ejemplo, la lógica del que está enfrente ideológicamente es mi enemigo que debe ser destruido, aniquilado, aserrado. Para quienes tenemos una visión de las relaciones humanas en la que valoramos las diferencias como riquezas, esta actitud nos escandaliza. El que piensa diferente no es el enemigo a destruir. Pero, ¿no ha sido, acaso, la lógica amigo-enemigo la que ha imperado en nuestra sociedad en los últimos veinte años? ¿no se ha construido poder con base en la confrontación en lugar del diálogo y el acuerdo?

Es de suponer que todos amamos la libertad. Pero bien sabemos lo que el ser humano puede hacer si no existe ningún límite a sus ambiciones y pasiones. Desde una visión judeo cristiana tenemos en claro que el corazón humano tiende frecuentemente al mal y que la solución no es el sometimiento, sino obligaciones que generen derechos. En otras palabras, la necesidad de una sociedad que en el marco de la libertad ponga coto al individualismo en el que solo triunfan los más fuertes, los que han tenido mejores posibilidades en la vida o los más astutos. No vemos estos cuidados en el pensamiento de Milei.

La propuesta libertaria nos provoca, es el espejo en el que no queremos mirarnos, porque en el fondo todos somos Milei. La propuesta libertaria nos provoca, es el espejo en el que no queremos mirarnos, porque en el fondo todos somos Milei.

Nos preocupa la violencia verbal, el deseo de exterminación del adversario, la libertad sin límites, el mercado como privilegiado regulador de la vida y las relaciones humanas basadas en el individualismo. Es cierto que atravesamos momentos muy difíciles y el cansancio social y moral puede llevarnos como sociedad a buscar soluciones extremas.

Cuarenta años atrás la “solución” eran los gobiernos militares que aseguraban orden y progreso. Veinte años atrás la “solución” era eliminar a la clase política. Hoy parecería que la “solución” es hacer estallar por el aire el sistema. No creemos en estas “soluciones” apocalípticas que pueden ser muy peligrosas o, en el mejor de los casos, una catarsis social liberadora de la angustia momentánea, pero de resultados dudosos.

El desafío es animarnos a construir una sociedad diferente donde en verdad valoremos la vida, la libertad y el desarrollo pleno del ser humano. Una sociedad en la que sumemos virtudes y no dividamos miserias. Para ser honestos, no vemos esto con claridad en los otros candidatos. Tenemos una nueva oportunidad a partir de las próximas elecciones. Quiera Dios que la sepamos aprovechar. Este cachetazo post PASO debería servirnos, al menos, para repensar qué país queremos y con qué valores. La propuesta libertaria nos provoca, es el espejo en el que no queremos mirarnos, porque en el fondo todos somos Milei.

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