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#1M DÍA DEL TRABAJO

Más, pero peor: el empleo durante la gestión de Alberto Fernández

La caída de 2020 se revirtió en 2021. Desde entonces, creció el trabajo, pero bajó en calidad: la mitad de los nuevos puestos fueron trabajo asalariado no registrado y monotributo.

La economía y el empleo tuvieron dos etapas bien diferentes durante el gobierno de Alberto Fernández. Resta saber si este año constituirá una tercera etapa, más crítica en términos económicos, sociales y laborales.

El primer año, 2020, estuvo signado absolutamente por las consecuencias negativas de la pandemia de Covid-19, las medidas de aislamiento y el cierre de actividades económicas que debieron decretarse. Para el segundo trimestre de ese año, que fue cuando se produjo el mayor impacto socioeconómico, se habían perdido más de cuatro millones de puestos de trabajo respecto del último trimestre de 2019, antes de la pandemia.

Las cifras oficiales de desocupación no revelaron en absoluto la crudeza de la realidad. Ante un escenario donde se conjugaban el cierre total o parcial de actividades económicas, medidas que restringían la circulación de personas, temor y autoaislamiento, en gran medida quienes perdieron su empleo no buscaron activamente otra ocupación. Ante las estadísticas, estas personas quedaron clasificadas como población económicamente inactiva y su existencia no se reflejó en la tasa de desocupación, que creció -sólo- al 13% cuando habría sido cerca del 30% si se las hubiese considerado desocupadas.

"Casi la mitad de los cuatro millones de puestos caídos en 2020 correspondió a relaciones asalariadas no registradas"

Casi la mitad de los cuatro millones de puestos caídos en 2020 correspondió a relaciones asalariadas no registradas. Se reflejó en toda su dureza la precariedad que implican los empleos no registrados, con relaciones laborales que en casi cuatro de cada diez casos se cortaron abruptamente ante el cierre temporal de las actividades económicas y donde las trabajadoras y los trabajadores perdieron totalmente sus ingresos.

A su vez, los puestos no asalariados -la mayor parte corresponde a trabajadores por cuenta propia o independientes- se redujeron prácticamente en un tercio, mientras que en los asalariados registrados la disminución fue mucho más acotada, en el orden del 3%. Esto sucedió porque los asalariados registrados tuvieron una protección legal, reforzada por la prohibición de despidos decretada por el Gobierno y el apoyo a las empresas para pagar costos salariales mediante el programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP).

El contraste sirve para comprender cabalmente la desigual protección y seguridad que implican diferentes tipos de empleo y para entender la importancia que pueden adquirir las regulaciones e instituciones laborales.

El rebote de la pospandemia

Iniciada la recuperación económica, empezó una nueva etapa. En 2021, la economía tuvo una tasa de crecimiento superior al 10% que permitió alcanzar, en el tercer trimestre, el nivel de actividad económica del último de 2019. La generación de empleo siguió la misma trayectoria.

Lo llamativo es que los puestos de trabajo siguieron creciendo con fuerza más allá de ese nivel. A lo largo de 2022 se crearon más de 1,2 millón de puestos, un incremento de casi 6%. Sin embargo, la estructura de estos nuevos puestos netos implicaba un empeoramiento de su calidad, un proceso que se había iniciado durante el gobierno de Cambiemos.

Más de la mitad de estos puestos generados en 2022 correspondió a puestos asalariados no registrados. La no registración de una relación laboral asalariada impide el ejercicio de derechos laborales básicos: aportes para la futura jubilación, cobertura de salud, seguro en caso de enfermedad o accidente, indemnización por despido... El pago de las vacaciones o el aguinaldo tampoco están garantizados. Además, la informalidad se asocia con situaciones de inseguridad, tanto acerca de la propia continuidad del empleo como por la inestabilidad de los salarios asociados. Más aun, está comprobado que estas remuneraciones resultan significativamente menores que las de personas asalariadas registradas.

El crecimiento de las relaciones asalariadas no registradas tuvo, además, una particularidad en los últimos años: en un número significativo, aparecen asociadas a personas inscriptas en el monotributo o en el monotributo social. Es decir que aparecen inscriptos ante las autoridades impositivas como si fuesen independientes cuando en realidad son asalariados y asalariadas ocultos. Quienes emplean están, por lo tanto, contratando personal sin declararlo.

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Más de la mitad de estos puestos generados en 2022 correspondió a puestos asalariados no registrados

Más de la mitad de estos puestos generados en 2022 correspondió a puestos asalariados no registrados

Otra característica es un crecimiento relativo del empleo de las mujeres mayor al de los varones. Se trata de una tendencia estructural del mercado laboral, que se evidenció con fuerza recientemente. Mientras que, según la Encuesta Permanente de Hogares (RPH), el 44,7% de las mujeres de 14 años y más y el 63,6% de los varones de ese mismo rango de edad se encontraban ocupados en el último trimestre de 2019, las proporciones fueron de 47,6% y 66,5%, respectivamente, en el mismo trimestre de 2022.

Otra tendencia complementaria es el mayor incremento en el empleo de las personas jóvenes, que se da con mayor fuerza entre las mujeres. De este modo, las tasas de desocupación de quienes tienen menos de 30 años tuvieron una reducción muy fuerte, al tiempo que se achicó la brecha entre varones y mujeres en materia de desempleo. De acuerdo con la información más reciente disponible, la tasa de desocupación de las mujeres jóvenes es del 13,6% y la de los varones de las mismas edades, del 12,6%. Más allá del aumento reciente del empleo, siguen siendo quienes enfrentan mayores dificultades para insertarse en el mercado laboral.

Vale resaltar que el fuerte incremento del empleo con descenso en la tasa de desocupación que caracterizó a la recuperación económica hasta 2022 no se vio acompañado por una mejora en los salarios y los ingresos laborales. El poder adquisitivo del ingreso laboral promedio tuvo una reducción de 8,6% entre el cuarto trimestre de 2019 y el mismo trimestre de 2022 mientras se ensanchaba el excedente empresario. Esta pérdida toma toda su dimensión cuando se considera que el ingreso laboral ya había sufrido un deterioro incluso más fuerte durante la crisis socioeconómica de 2018 y 2019. Cuando se compara el valor del último trimestre de 2022 con el del mismo trimestre de 2017, la caída real resulta del 26,3%. En otras palabras, el ingreso laboral promedio perdió más de un cuarto de su poder de compra en los últimos años.

La aceleración de la inflación que se registra desde fines de 2021 fue, además, un importante obstáculo para que los ingresos pudieran crecer en términos reales. Esta tendencia, sumada a la corrida cambiaria actual, anticipan un deterioro fuerte en las remuneraciones si no se toman medidas para evitarlo o compensarlo.

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