OPINIÓN

Lula da Silva y los oficialismos

El autor analiza 383 elecciones nacionales desde 2020 y cuestiona la idea de que los gobiernos de turno están condenados a perder. El mito que revierte.

Lula da Silva es un mito político. Uno que gana, gusta y, aunque no golee, revierte. Las elecciones 2026 de Brasil, tanto la primera vuelta del 4 de octubre como el balotaje del 25, dejaron tres notas destacadas para hablar de política pospandémica, de política sudamericana y de segundas vueltas presidenciales.

Los oficialismos

Hace algunos años empezó a circular una lectura que ganó lugar en conversaciones y redacciones: los oficialismos pierden. Las primeras elecciones celebradas durante la pandemia de 2020 y 2021 parecían darle sustento. Con más elecciones a la vista, vale la pena recuperar esa idea y mirar en qué lugares se confirma y en cuáles aparecen otros resultados, con una muletilla politológica que acompaña: es más complejo.

Las elecciones nacionales celebradas entre 2020 y 2026 muestran que la cancha no está tan inclinada a favor de los gobiernos de turno, pero tampoco confirman que están perdiendo. Al menos no en todos lados. Este matiz surge de analizar elecciones nacionales en distintas partes del mundo, las cuales empecé a compilar en una base de datos a partir de una nota publicada hace ya un par de años. Esa base hoy tiene cerca de 500 casos y está en proceso de expansión hacia atrás hasta la década del ’80.

¿Qué nos dice la foto? Esto.

Hasta la fecha, la base reúne 383 elecciones nacionales celebradas entre 2020 y 2026. Esa cantidad abarca las presidenciales (elección directa del Poder Ejecutivo en sistemas presidenciales y sistemas semipresidenciales), generales (presidenciales y legislativas en ambos sistemas), y legislativas/parlamentarias (incluye a sistemas políticos parlamentarios). Tal como se puede ver de las barras, no siempre pierden, sino que depende del lugar.

África concentra la mayor tasa de victorias oficialistas, seguida por Asia y, ahí nomás, Europa. Los dos primeros continentes presentan una salvedad y es la calidad de sus credenciales democráticas. Muchos regímenes políticos no guardan las condiciones mínimas de competitividad para oficialistas y opositores, motivo por el cual la cancha inclinada a favor de los primeros es adrede y estructural.

¿En qué espejo debemos ver el desempeño de los oficialismos más cercanos a nosotros? En el de Oceanía, pero, sobre todo, en el europeo. Contra el primero la distribución es bastante similar, pero contra el segundo no tanto.

Los oficialismos sudamericanos

La comparación con el viejo continente es pertinente porque, a grandes rasgos, América y Europa comparten valores similares de calidad democrática. Tomando en cuenta la medición anual que hace V-Dem, los dos continentes son comparables en cuanto al nivel general promedio de democracia electoral que los caracteriza. Esto es, las condiciones dentro de las cuales oficialistas y opositores pueden competir por los cargos públicos en juego.

A partir de ahí, y al hacer doble click en las subregiones que integran el continente americano, las derrotas aparecen concentradas en una de ellas: América del Sur.

Si, como vienen mostrando los datos hasta ahora, en Europa seis de cada diez oficialismos ganan y en América cinco de cada diez lo hacen, en Sudamérica solamente tres de cada diez pueden. De hecho, los gobiernos de turno de América del Norte y del Caribe sonríen tanto como los europeos. Los centroamericanos están a mitad de camino entre ambos.

La diferencia dentro de América también obliga a precisar este diagnóstico. Hablar de una crisis de los oficialismos en todo el continente deja bajo el mismo paraguas experiencias bastante distintas. En Sudamérica, la alternancia recurrente viene acortando los ciclos políticos. El cuadro sugiere sociedades más ansiosas de resultados, con menos paciencia presidencial y mayor disposición al cambio. Encadenar victorias desde el poder se hace más cuesta arriba. Si antes las elecciones permitían extender una oleada política durante varios mandatos, ahora parecen ponerle fin antes de que se consolide, y tome una forma y un color determinados.

El contraste se ve mejor cuando extendemos el análisis hacia atrás, hasta la década del ’80.

Al analizar los mismos tipos de elecciones y tomando como base las elecciones de la transición a la democracia, Sudamérica no siempre le dio dolores de cabeza a sus oficialismos. La década de los ’90, del 2000 y del 2010 dejaron más sonrisas que lamentos, despotricos y calenturas. Los valores, de hecho, se asemejan a la distribución de victorias y derrotas europeas de la actualidad.

Como en los ’80, la pospandemia es la nueva década perdida. La ventaja oficialista que antecedió abarcó gobiernos de distinto signo político y contextos económicos muy diferentes. Lo que se repitió fue la mayor frecuencia de victorias de quienes llegaban a la elección desde el poder. En los años recientes esa relación se invirtió: las derrotas duplican a los triunfos. Gobernar no es garantía de victoria, pero en la Sudamérica de hoy se hace más difícil lograrla.

El mito que revierte

En este contexto de malas noticias, el mito de Lula se agranda. Aporta una de las pocas victorias presidenciales para el equipo de los oficialismos sudamericanos, pero necesitó del alargue para conseguirla. En la primera vuelta perdió frente a Flávio Bolsonaro, el hasta hace una semana heredero de la derecha brasilera. Esa derrota es la que recogen los gráficos anteriores, que en las elecciones presidenciales cuentan quién quedó primero en la primera vuelta. La reelección llegó tres semanas después.

Momento en el que el balotaje cuenta esa otra parte de la historia. Y es ahí donde Lula se vuelve una singularidad: es uno de los dos casos que revirtieron un resultado adverso en elecciones presidenciales a doble vuelta entre 2020 y 2026. El otro fue Karol Nawrocki, candidato presidencial apoyado por el presidente saliente y el PiS en Polonia, en las elecciones celebradas entre mayo y junio de 2025.

Tal como muestra la tabla, casi la totalidad de los oficialismos que entraron segundos a sus balotaje perdieron (11 sobre 13). Los que llegaron primeros tienen un saldo más favorable (12 sobre 17), mientras que hay 13 casos en la pospandemia que no lograron acceder a la segunda vuelta. Lula, el mito, es parte de ese casi 5% de casos singulares a nivel mundial.

¿Cómo lo hizo? Entre la primera vuelta y el balotaje sumó 10,4 millones de votos. El dispositivo político de la coalición oficialista tenía tres grupos a los cuales ir a buscar: desmovilizados (ausentes en la primera vuelta electoral), indecisos (quienes habían votado en blanco o anulado su voto) y ajenos (votantes de otros candidatos). A los primeros había que convencerlos de que valía la pena participar; a los demás, de acompañar una candidatura que no habían elegido tres semanas antes. Una masa de votos disponibles para construir una victoria para la primera remontada en la historia electoral reciente del Brasil. El mito logrado.

¿Un cambio de tendencia? Todavía es pronto. Los oficialismos sudamericanos tuvieron tres décadas de ventaja, pero llevan varios años de malas noticias. Lula consiguió una victoria donde pocos la alcanzaron y por un camino que, entre sus antecesores nacionales y pares globales recientes, casi siempre terminó en derrota. Las próximas elecciones dirán si la épica de Lula tiene compañía en la región. Por ahora, el festejo es solo brasilero.

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