El jefe de una patota de la ESMA fue condenado a 15 años de prisión
Mario Sandoval recibió la pena por delitos de lesa humanidad, que el tribunal rechazó definir como genocidio. Oculto en París, esquivó 32 años a la Justicia.
Huyó de Argentina y se inventó una vida en París. Se aferró cuanto pudo al poder de negación y, cuando no le fue suficiente, ocultó su cara detrás de un barbijo. La estrategia no le alcanzó para dejar atrás un pasado que la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia se encargaron de transformar en presente permanente para Mario "Churrasco" Sandoval que fue condenado este miércoles a 15 años de prisión por la privación ilegítima de la libertad y los tormentos impuestos a Hernán Abriata en la ESMA. No bien oyó la pena, Sandoval se levantó de la silla desde la que escuchaba el veredicto en la prisión de Campo de Mayo, donde está encerrado después de que -como contó Letra P- se ocultó en París, esquivó ser juzgado y finalmente fue extraditado a fines de 2019, y se retiró a su celda.
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“Como no pudo escapar a la verdad, tampoco pudo escapar a la justicia. Imposible que no lo condenaran”, evaluó Mónica Dittmar, viuda de Hernán Abriata y querellante en el juicio que culminó este mediodía después de escuchar el veredicto del Tribunal oral Federal número 5 de la Ciudad de Buenos Aires.
“Pese a que se victimizó, que nos descalificó a los familiares y sobrevivientes, a los abogados querellantes y hasta a los jueces, que insistió en negar todo, Sandoval fue quien secuestró a Hernán. Nosotros, que sostuvimos la lucha durante 46 años, celebramos que la justicia haya conformado lo que siempre dijimos. Podían ser más o menos años de lo que pedimos, pero no pudo escapar de la condena”, concluyó la mujer, quien aseguró que continuarán “exigiendo que cumpla condena en cárcel común” y que “sea condenado también por genocidio”.
Los jueces Fernando Canero y Daniel Obligado, y la jueza Adriana Palliotti, consideraron que los hechos por los que fue condenado Sandoval son delitos de lesa humanidad, pero rechazaron definirlos como genocidio.
El tribunal notificará al Ministerio de Seguridad para que lo expulse de la Policía y le quite la pensión que cobra. El veredicto no hizo mención a la posibilidad de que el represor sea investigado por las violaciones a los derechos humanos de otras personas secuestradas en la ESMA. Los fundamentos se conocerán en febrero próximo.
El juicio y los testimonios
El juicio contra Sandoval comenzó el pasado 14 de septiembre, después de una década de insistencia de parte de los familiares y compañeros de cautiverio de Hernán Abriata y de la justicia argentina para lograr extraditarlo desde Francia, donde vivió y trabajó libre entre 1987 y 2019.
El plan original era poder juzgarlo por el secuestro y las torturas de cientos de personas que pasaron por ESMA durante el terrorismo de Estado al identificar a Sandoval, en aquellos años inspector de la Federal dedicado a Inteligencia e integrante de la Dirección de Asuntos Políticos de la Superintendencia de Seguridad Federal, como parte de la patota que participó de operaciones para secuestrar personas para el centro clandestino que funcionó en el Casino de Oficiales de ese predio de la Armada. La justicia francesa, sin embargo, solo habilitó su extradición por un solo caso.
Tras poco más de tres meses de audiencias, la Fiscalía consideró que su participación en el secuestro y las torturas de Abriata fueron confirmados durante el debate, por lo que solicitó una condena de 20 años de prisión para Sandoval. Los fiscales Leonardo Filippini y Marcela Obetko dieron por probado que en el secuestro, las torturas y la desaparición del joven estudiante de Arquitectura estuvo involucrado el grupo de tareas 3.3.2 de la ESMA, del que la Superintendencia de Seguridad Federal –organismo rector de la Policía Federal– fue proveedor de mano de obra.
Las querellas solicitaron penas de entre 20 años de encierro y prisión perpetua. La que representa a la Asociación de ExDetenidos Desaparecidos y la de la Secretaría nacional de Derechos Humanos habían exigido la calificación de los hechos como genocidio.
Los testimonios que se oyeron durante el debate sirvieron para afirmar la estructura probatoria que confirmó el protagonismo de Sandoval en el secuestro de Abriata, perpetrado por una patota de la ESMA que durante las primeras horas de la madrugada del 30 de octubre de 1976 lo fue a buscar a la casa de la familia de su esposa, Mónica Dittmar, ubicada en el barrio porteño de Belgrano. Al no encontrarlo, finalmente lo levantaron del departamento que la pareja tenía a unas pocas cuadras.
Claudia Dittmar, la cuñada de Hernán y una de las hermanas de Mónica que se encontraban en la casa de Superí y Olazábal cuando irrumpió la patota de la ESMA fue una de las testigos en el debate. Memoriosa y detallista, fue quien confirmó que quien comandaba a la banda de represores era Sandoval. La mujer recordó que vio cuando el acusado se presentaba con nombre y apellido ante el papá de Hernán, Carlos “Tito” Abriata; que le mostró un carnet de la Policía Federal con su nombre y cargo; y que le aseguró a la familia que verían al joven al día siguiente. Además, mencionó por sus sobrenombres –Halcón, Sérpico, Luigi, Gordo– a otros genocidas de la ESMA que formaron parte del operativo. Años más tarde Claudia reconoció a Sandoval por fotografías en el marco de la investigación judicial que posibilitó su extradición y el juicio que acaba de cerrarse.
La declaración de la viuda de Sandoval también fue fundamental. Ante ella también se presentó el represor la madrugada del secuestro y pudo reconocerlo. Además, pudo construir junto al testimonio de su hermana, el mecanismo represivo del operativo y lo que sufrió ella y su familia en el después: la persecución, la incertidumbre de la búsqueda, el temor a que lastimaran a Hernán, la certeza de su muerte que llegó con los años, el silencio, el dolor.
Los testimonios de los sobrevivientes de la ESMA también fueron importantes en el debate. Carlos Loza y Oscar Repossi establecieron que Abriata estuvo efectivamente secuestrado en el sector Capuchita del centro clandestino ubicado en Avenida del Libertador, a metros de la General Paz, porque compartieron cautiverio con él. Lo escucharon contar su historia, quejarse de las torturas y concluir que como ellos tenían capucha gris y él capucha blanca, ellos sobrevivirían y a él lo matarían.