08|11|2021

Netflix, una pantalla difícil para los contenidos argentinos

08 de noviembre de 2021

08 de noviembre de 2021

Representan el 2% del catálogo. La baja participación de títulos locales reaviva la discusión por la regulación de las plataformas de video. La región, en baja.

El tamaño total del catálogo de Netflix es un dato escurridizo en parte porque varía frecuentemente dentro de cada país y entre países. Según un relevamiento propio de febrero de 2019 la cifra era de 2956 títulos; en abril de 2020 SavingSpot reportaba 3034 títulos para el catálogo disponible desde el país, mientras que en agosto de 2021 la cifra ascendía a 3837 títulos, según AllFlicks. Al tratarse de una evolución sin grandes desviaciones, y tomando la cifra más actual disponible, la participación de contenidos nacionales en el catálogo de la plataforma es de apenas el dos por ciento.

 

Los escasos 77 títulos nacionales (57 largometrajes y 20 series) corresponden en su mayoría a contenidos estrenados previamente en otras pantallas y adquiridos por la plataforma, junto a una porción menor de originales producidos por encargo de la empresa. La cifra (2% del total) se ubica muy lejos del más ambicioso 30% que fijó la última Directiva Europea en la materia para sus países miembro, y más aún del 35% que demanda el Espacio Audiovisual Nacional (EAN) en un reciente anteproyecto de ley.

 

La producción de contenidos argentinos para plataformas resulta relevante desde un punto de vista cultural e industrial. Según un estudio realizado por Ana Bizberge y Mariela Baladrón, apenas cuatro producciones para plataformas realizadas en el país recientemente aportaron el 1,71% del Valor Agregado Bruto (VAB) audiovisual, indicador que mide la producción de riqueza en el conjunto del sector cultural. Estas producciones fueron también relevantes en la producción de empleo directo e indirecto. Algunos de los escollos que encuentran las productoras locales para aliarse con grandes plataformas en la realización de producciones locales como el pago de IVA y el impuesto de derechos de exportación del 5% fueron atendidos por el Estado Nacional  como parte de su plan Contenidos Argentinos presentado a comienzos de este año.

 

En el caso puntual de Netflix, ni las declaraciones de algunos de sus funcionarios sobre el interés del mercado argentino para producir contenido local, ni las acciones de lobbying que protagonizó el propio Reed Hastings, CEO de la compañía, cuando visitó el país en febrero de 2020 se tradujeron en un incremento significativo de inversiones. Como afirman Guillermo Mastrini y Fernando Krakowiak “la producción de Netflix en Argentina no se corresponde con la cantidad de abonados, ni con la tradicional importancia del país en el mercado audiovisual latinoamericano”. Aunque los investigadores estiman que la falta de atractivo del país puede vincularse a su inestabilidad macroeconómica, algunos indicadores permiten pensar que se trata en realidad de un fenómeno regional.

 

Según las ganancias de Netflix a septiembre de 2021, el mercado latinoamericano es responsable del 11,9% de los ingresos totales de la plataforma, la participación más baja junto con Asia-Pacífico. No obstante, dos datos son particularmente desalentadores: el número de suscriptores en LATAM está virtualmente estancado desde 2018 y cada suscriptor latinoamericano representa para la compañía un ingreso de U$S 7,59, el más bajo del mundo. Estos indicadores permiten pensar que los planes de expansión, inversión y producción de contenidos originales se reorienten hacia regiones más lucrativas.

 

La fabricación de “lo local”

En medio de la  escasez de contenido argentino, la plataforma combina cuidadosamente géneros, temáticas y títulos que, como las piezas de un rompecabezas, le permiten reconstruir una versión (a trazo grueso) de “lo nacional”. Uno de los mecanismos privilegiados son las biopic dramáticas o documentales sobre personalidades destacadas como Carlos Monzón, Juan Manuel Fangio, Carlos Tévez, “El Potro” Rodrigo o Guillermo Vilas. Los documentales Todo sobre el asado, Boca Juniors confidencial y River, el más grande siempre, se inscriben en la misma línea al incluir representaciones que hablan de un nosotros argentino del modo más estereotípico. Carmel ¿quién mató a María Marta? o la serie documental sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman suman en clave de dramas policiales y políticos temáticas de interés general para el público local, pero que también pueden funcionar en otros mercados.

 

Por su parte, en un catálogo compuesto mayoritariamente por títulos estrenados en los últimos cincos años, la inclusión de clásicos del cine y la televisión como Esperando la Carroza (1985), La historia oficial (1985), Tango Feroz (1993), Okupas (2000) o Los simuladores (2002) evocan un pasado audiovisual virtuoso. El licenciamiento de El Marginal y Okupas, y las originales de Netflix El Reino y Puerta 7, se alinean a la representación habitual del país, y más ampliamente de Latinoamérica, como un territorio capturado por mafias, el crimen organizado y la marginalidad. Completa la fabricación de “lo local”, una profusa cantidad de stand-ups protagonizados por humoristas locales. Este tipo de contenido, con costos de producción generalmente más bajos que la ficción, representa el 10% de los títulos nacionales. 

 

Las ya no tan “nuevas tecnologías” y servicios digitales suelen emerger con un halo de inmunidad regulatoria, pero pese a ello pueden y deben ser regulados en varios de sus aspectos. Existen buenas razones para pensar que esto debe ser así. Como cualquier industria cultural, estos servicios audiovisuales tienen una doble faz, una industrial y una simbólica, por lo que, tanto desde el punto de vista de su importancia y magnitud económica, como por su creciente influencia cultural, estos servicios de distribución en línea son objetos ineludibles de la regulación. Hasta el momento Argentina, en sintonía con el resto de los países de la región, ha limitado su agenda regulatoria a la imposición de tributos.

 

La situación crítica que atraviesa la industria audiovisual, en particular la de la ficción, introduce también demandas de política cultural relacionadas especialmente a la producción de contenido local, contenido infantil, y a la regulación de mercados con jugadores con posición dominante.