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¿Qué tienen en la cabeza los votantes?

¿Qué tienen en la cabeza los votantes?

11/08/2019 8:12

 

Desde el la campaña del 1983 que no se da un escenario de polarización tan clara en una elección en la Argentina que, sin curar el empate técnico de 2015, vuelve a poner en discusión en manos de quién y quiénes estará el poder los próximos 4 años. Pero de aquella campaña -cargada de significados y significantes con el regreso de la democracia- a nuestros días, la política, los políticos, sus campañas, los medios, la sociedad y su consumo de contenidos y propuestas, han cambiado.  En estas líneas, se esboza y analiza el corto recorrido electoral a las PASO en tres planos: el político, el comunicacional y el estratégico. Los resultados del domingo dirán quién acierta y quién tiene la razón, al menos por ahora, aunque por estas horas de veda la ansiedad y la incertidumbre atormentan a todos los equipos de campaña con una misma incógnita: ¿qué tienen en la cabeza los argentinos?. 

EN LO POLÍTICO

Hasta ahora, sustancia de poca racionalidad y mucha emocionalidad en las propuestas. Una campaña en la que las ideas no levantaron mucho vuelo y hasta el propio aspirante a la reelección "liberó" a sus simpatizantes de tener que fundamentar y explicar su voto. Algo así como un "me votan porque sí..."

Y justamente, el espacio de Juntos por el Cambio abundó el en recurso emocional, al punto de la sobreactuación. Con un presidente gritando ´no se inunda más´ y pidiendo perdón por un exabrupto fingido.

Por el lado del Frente de Todos, la campaña pareció no ser una campaña. No se percibió al menos un núcleo y todo se limitó a estrategia: que Alberto Fernández y Cristina Kirchner fueran protagonistas sin pisarse, seguir conquistando intendentes del Conurbano, sumar gobernadores y tratar de que la foto fuera lo más panorámica posible.

Lo de Roberto Lavagna bien puede calificarse como la transformación de un fulgor que no alcanzó ni siquiera a ser a una luz cada vez más tibia que ni siquiera pudo hacer sombra.

Y en los extremos, lo mismo de siempre, aunque con la novedad de un José Luis Espert que le pidió votos prestados al oficialismo, a devolver en una segunda vuelta. Si hubiera. Y como diría el propio Nicolás Del Caño, la izquierda de hoy, la de ayer y la de anteayer son lo mismo.

 

 

EN LO COMUNICACIONAL

La ansiedad de saber, propia de todo comunicador, se trasladó a su objeto de trabajo. La inmediatez se fue devorando un tema tras otro, sin la pausa necesaria -no ya para su profundización- tan siquiera para un mínimo planteo que permitiese un análisis. 

El vértigo se devoró los mensajes, transformándolos en un menú a la carta a gusto del consumidor. Los dos partidos mayoritarios trabajaron más en conocer los gustos de los ciudadanos que la decisión que pudieran tomar a la hora de votar y se avocaron a construir patrones para incidir en el voto a partir de ese gusto. Dylan, el Kicimovil, los filtros de Snapchat, los stickers y los gif en Instagram, pensados como menú para cada comensal. Sin olvidarnos de los grupos de whatsapp, los memes y la saturación de la pauta en la web. 

Lo único que se mantuvo constante fue la polarización. A ambos sectores los sedujo al punto de amplificarla en sus discursos.

Lo mismo pasó en los medios. La “seis-siete-ochoizacion” invertida 4 años después con periodistas objetivos sin objetividad y un corea del centro devorado por la industria mediática y las burbujas algorítmicas de las redes. La incógnita que abre en este plano la ratificación del rumbo del gobierno o el cambio del cambio, será si la prensa en la argentina finalmente blanquea y transparenta a quien representa y a quien apoya.

Las PASO pondrán otra vez en la picota la labor de las encuestas y encuestadoras que aparecen cada vez más, pero que clarifican cada vez menos. Son estrellas fugaces que se apagan en muchos casos muy prematuramente y los gurúes (salvo unos pocos) terminan explicando lo inexplicable: números que no reflejan la realidad.

Y aquí también, el menú a la carta: ya no hay un mensaje unificado, sino múltiples mensajes para múltiples audiencias. Todos para darle la razón a las razones que cada uno tenga.

 

 

EN LO ESTRATÉGICO

Las estrategias de comunicación territorial, lo más tradicional de la campaña, se fue adaptando a la lógica de redes con una novedad: la segmentación de las participaciones de candidatos que ya no hablan para todos, sino al público pregnante al perfil y mensaje de cada uno. Territorios donde se exhibe el que mide más y donde se esconde al que no suma. Al tal punto de convertir la rutina militante del doblado de boletas en una tarea propia del origami, con tal de esconder entre los pliegos al candidato que tira para abajo.

Se trabajan más desde patrones etnográficos que demoscópicos. Una campaña por arriba  y otra por abajo. ¿Qué funciona y que no? 
En el clásico datacracia vs democracia, los datos mandan y el voto ideológico se agrupa por causas y no por ideología, aunque las causas siguen teniendo gran peso ideológico, incluso apropiación de algunos espacios.

El dato, amo y señor de la disputa, mata cualquier tipo de estrategia y esto reconfigura permanentemente la comunicación de todos los espacios.
Así las cosas, todo hace suponer que se votará en estadíos: en la primaria, se impondrá el gusto. En la general, la razón. Y en un eventual ballotage, las emociones. Pero la más primordial de ellas: la ira contra el otro. Votar para que no gane el menos querido.

QUÉ TENEMOS LOS ARGENTINOS EN LA CABEZA

La gran incógnita y desafío para los estrategas y para los equipos de comunicación caminos a la elección general de octubre y un eventual ballotage,  es desentrañar qué ronda por la mente los ciudadanos y cómo llegar a ellos de manera certera,  para intentar “hackear” e influir en  sus decisiones. Alquimia o ecuaciones que no son otra cosa que tratar de descubrir por dónde pasan nuestras motivaciones, cómo componemos nuestros razonamientos y finalmente, entender qué pesa más en los argentinos: si la decepción presente o el miedo al pasado.  

Las PASO, pueden ser el camino que marque el fin de estas dudas. O las ahonde.