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Cristina: afectos e intimidad en tiempos de campaña

Mientras aún se duda de su candidatura, la ex presidenta utiliza sus redes para visibilizar la crisis, pero también para buscar un acercamiento menos tradicional al electorado.
Mientras aún se duda de su candidatura, la ex presidenta utiliza sus redes para visibilizar la crisis, pero también para buscar un acercamiento menos tradicional al electorado.

Por el momento, la gran incógnita de las elecciones presidenciales 2019 sigue siendo la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner. En el marco de esta coyuntura podemos, no obstante, empezar a desentrañar su presentación de sí que, como señalamos en una nota anterior, comprende la imagen que todo enunciador se construye mediante su discurso e involucra una variada serie de factores, a partir de la trayectoria que ha sabido construir, al menos, desde la muerte de su esposo, Néstor Kirchner. Todo lo que pueda decirse hoy sobre la imagen de la ex presidenta debe considerarse, aún, en esa clave y sobre ese fondo.

El cimbronazo que se produjo en octubre de 2010, cuando falleció Kirchner, no sólo repercutió en el epicentro de la política argentina sino que tuvo, también, fuertes efectos directos sobre el propio dispositivo enunciativo de la entonces presidenta. Tal como se explica en el libro Mi aparente fragilidad. La identidad política en el discurso de Cristina Fernández de Kirchner: 2007-2011 (I. Gindin, Editorial Prometeo), es a partir de allí que emerge lo que identificamos como el ethos íntimo; esto es, la puesta en común de los sentimientos, del dolor, de la construcción de una especie de confesionario multitudinario en el que Cristina se presenta a sí misma como afectada por un dolor que la deja en soledad. El llanto, la centralidad de su estado de ánimo, el relato de historias de la familia y de la pareja, colmaron su discurso y dieron lugar a una configuración que no existía antes de la muerte de su esposo.

Si hasta 2010 su presentación podía asemejarse a la de una profesora que, a modo de clase magistral, exponía sus saberes al público, a partir de la muerte de Kirchner -aunque sin abandonar por completo estos rasgos- pasó a realzar su lugar de mujer viuda, madre y de luto. Casi nueve años después, la ausencia de su compañero -y la afección que a ella se asocia- se reiteran en el discurso de Cristina, a veces de modo más explícito y otras de manera solapada, y se convierten en uno de los ejes principales sobre los que construir una imagen de sí misma.

 

 

Es, precisamente, ese telón de fondo el que permite ver el modo en el que la senadora se asume como víctima de la persecución política y judicial (que, según denuncia, se articula con “lo mediático”) de la cual es objeto por ser “la oposición en serio”, mientras “el resto es de cartón pintado”. Ni más ni menos que ese tan nombrado lawfare detrás del cual ubica, incluso, a los artilugios de la maquinaria política de la Embajada de Estados Unidos.

El pasado 27 de febrero, por ejemplo, se la pudo escuchar tomada por un tono de ímpetu y molestia, en su intervención en torno a la cuestión de privilegios durante la sesión preparatoria del Senado, alocución que ella misma publicó en su canal de YouTube y puso en circulación a través de sus cuentas de Twitter, Instagram y Facebook. Según afirmó allí, taxativamente y hablando en tercera persona, “ni siquiera tiene los derechos ni las garantías que tiene cualquier ciudadano común en este país”. Los derechos, por cierto, han sido siempre un tema central en su discurso y vuelven a aparecer, en la actualidad, en los dos últimos videos que compartió en sus redes: el de la Cámara alta y ese otro en donde expuso la enfermedad de su hija Florencia. En este último, de hecho, se detiene en remarcar que (“como siempre y una vez más”) no son sólo sus propios derechos los que están siendo vulnerados sino, también, los de su hija Florencia.

Tiene así lugar una posición cuasi sacrificial -en un tejido afín, podría decirse, a su rol de madre- en relación a sus propias elecciones de vida. Es ella, quien fue “dos veces Presidenta de este país”, como también enfatizó en ocasión del discurso ante el Senado, la que eligió el camino de la política y, por tanto, sus consecuencias, más no su hija. 

 

 

Este video despertó, inmediatamente, amores y odios de todo el arco político, mediático y de la propia ciudadanía. Algunos se detuvieron en el uso político que implica la exposición de la enfermedad de Florencia, algo que pareciera no ser “correcto”; otros, enviaron fuerzas y apoyo a ambas. De uno u otro modo, lo interesante de esta pieza de comunicación no radica en lo que efectivamente dice la ex mandataria en su voz en off sino, más bien, en el manejo que demuestra de todos los recursos paralingüísticos que un audio permite: la intensidad de la voz, el tono de gravedad y tristeza, la calibración milimétrica de la velocidad de lectura y el manejo de los silencios, los ambages de la improvisación e, incluso, las interjecciones que expresa con su misma respiración. Son todos estos elementos los que muestran, en ese bricolage de imágenes y con música incidental de fondo, una madre acongojada por el padecimiento de su hija.

Alejada últimamente de los tradicionales actos multitudinarios en los cuales es idónea protagonista, Cristina Fernández de Kirchner utiliza las redes como un modo de trascender las barreras de ese poder mediático al que siempre se muestra enfrentada. Es la retórica del contacto directo y sin intermediarios, una suerte de transparencia que le permite, por ejemplo, individualizar y personalizar a su destinatario: “Estás escuchando esto porque…”, así comienza el video sobre “el estado de salud” de Florencia.