12|9|2022

Haddad trepa en las encuestas y ya planea su perfil para el segundo turno

18 de septiembre de 2018

18 de septiembre de 2018

Ya se ubica claramente en zona de ballotage. Entre la herencia de Lula y las presiones cruzadas. El triunfo, un sueño. La gobernabilidad, ¿la cuadratura del círculo?

Brasil vive una de las campañas electorales más enigmáticas de su historia reciente, cuyo desarrollo está marcado a fuego por dos ausencias: la del candidato de la derecha dura, Jair Bolsonaro, internado en una clínica de San Pablo, donde encara una compleja recuperación de las heridas que le provocó un atacante en el intestino; y la de Luiz Inácio Lula da Silva, preso en Curitiba, desde donde busca transferir su popularidad a Fernando Haddad, un ensayo que comienza a rendir frutos, según marcan las encuestas.

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El tiempo apremia para el Partido de los Trabajadores. Primero, porque se vota en primera vuelta muy pronto, el domingo 7. Segundo, porque Haddad partió de una intención de voto propia bajísima, del orden del 4%. Y tercero, porque, pese a haber sido ministro de Educación y alcalde de San Pablo, todavía es un desconocido para buena parte del Brasil profundo.

 

A Haddad, todos los desafíos llegan juntos: crecer hoy, preparar en simultáneo el perfil que necesita mostrar en el segundo turno y hasta pensar en cómo gobernar sin correr el riesgo de terminar eyectado como Dilma Rousseff.

 

Con Lula preso y hasta privado por orden judicial de grabar videos en apoyo a su delfín, el PT apeló a lo que en publicidad se conoce como antonomasia: Lula es Haddad; Haddad es Lula. La estrategia parece correcta, dado el crecimiento del presidenciable, que ya se ubica claramente en segundo lugar, lo que necesita para entrar en un segundo turno por ahora imprevisible. Así lo reflejan las encuestas más seguidas por el Círculo Rojo brasileño.

 

 

El último lunes 10, Ibope finalizó la suya, que le dio a Haddad una intención de voto del 8%, el doble de lo que tenía hasta entonces, lo que lo colocaba en empate técnico, aunque aún rezagado, con el pelotón de los segundos, que era encabezado con 11% por el laborista Ciro Gomes.

 

El viernes 14, Datafolha completó su estudio, que ya lo ubicó plenamente empatando en el segundo puesto con Gomes con 13%.

 

Por último, el sábado 15, MDA terminó su sondeo, que lo mostró segundo solo, con 17,6%, detrás de Bolsonaro, que subió al 28,2%.

 

Obviamente, cada consultora tiene su metodología y es imposible comparar los números de cada una, pero la progresión es clara. Bolsonaro, acaso con el silencio que le impone su internación como su mejor carta, se va perfilando como la principal opción del Brasil antipetista y, como tal, empieza a deshidratar la intención de voto del conservador paulista Geraldo Alckmin, entre otros. Y Haddad crece a expensas de la ambientalista Marina Silva y del propio Gomes, recuperando fragmentos de la izquierda que se habían separado fugazmente al conocerse la inhabilitación de Lula.

 

 

 

El mercado financiero empieza a descontar el escenario de un segundo turno, el domingo 28 de octubre, entre Bolsonaro y Haddad. Así, cada noticia o encuesta que beneficia al herido hace subir las acciones y el real y cada hecho que favorece al izquierdista deriva en bajas. La ciclotimia manda.

 

Para ese sector, minúsculo en votos pero decisivo en poder de fuego, Bolsonaro es, en realidad, el plan C.

 

La candidatura de quien fuera presidente del Banco Central de Lula y ministro de Hacienda de Michel Temer, Henrique Meirelles, nunca tomó vuelo más que en la cabeza de algún estratega. ¿Puede ganar una elección presidencial un funcionario que es el emblema de un doloroso ajuste de dos años? En Brasil, al menos, parece que no.

 

A ese plan A, siguió el B, con el mencionado Alckmin. Carente de carisma y emblema también de la ortodoxia económica, sumó como pasivo las salpicaduras de la operación Lava Jato a su Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), pegado, además, a la polémica destitución de Dilma y a las reformas más impopulares de su sucesor. La alta exposición en los espacios gratuitos de TV no ahora no le rinde.

 

Así las cosas, Bolsonaro, que promete darle plenos poderes económicos al banquero ultra liberal Paulo Guedes, es lo que queda. Su, para muchos, todavía sospechable perfil nacionalista, su homofobia, su misoginia, sus declaraciones racistas, su defensa de la tortura y de la dictadura militar parecen, para el mundo de las finanzas, “pasivos contingentes” frente a la amenaza mayor: el retorno del PT al poder.

 

Los desafíos de Haddad son múltiples y no le dan respiro. Captar el voto de Lula, clasificar al ballotage, ganarlo y después, si existe un después, poder gobernar.

 

Él no resultó empetrolado por la causa de Sérgio Moro, pero el lawfare lo puso en la mira recientemente con algunas denuncias oportunistas sobre su pasado como alcalde. Mientras, el PT es, en gran medida, una ruina, con varios dirigentes encarcelados, un fuerte descrédito social, su última presidenta destituida y su fundador y líder histórico condenado en segunda instancia por corrupción pasiva y lavado de dinero. ¿Se puede ganar una elección y gobernar Brasil con semejante lastre? Eso, aunque a priori debería parecer imposible, todavía no se sabe.

 

El indigerible Bolsonaro es el rival ideal para que el PT logre lo imposible… y viceversa.

 

 

 

Para hacer real esa quimera, Haddad hace equilibrio entre las demandas del PT, cuya base quedó herida por el final de la era Dilma -tan concesiva hacia el poder permanente-, la necesidad de ser el lulista más ortodoxo y el imperativo de enviar señales hacia el Brasil centrista –receloso del populismo y, se sabe ahora, honestista-, sin cuyo concurso, al menos parcial, no puede soñar con nada.

 

A su favor cuenta con su perfil moderado dentro de lo que es el PT, lo que le ha permitido hacer carrera en San Pablo. Así, palpitando ya su pase al segundo turno, tiende puentes para presentarse como la alternativa republicana a Bolsonaro, para lo que aspira, incluso, a sumar al PSDB. No le será fácil.

 

Hacia la comunidad de negocios, por ahora, emite señales ambiguas. Afirma que derogará el congelamiento por diez años (prorrogables por otros diez) que el presidente-bonzo Temer dispuso para el gasto público, pero habla de negociar cualquier cambio a la precarización laboral y ahora ya no habla contra la madre de todas las reformas, la previsional. Mientras, hace autocrítica y fustiga la pérdida del superávit fiscal en el dilmismo crepuscular.

 

¿Busca votos en ese sector? Seguramente no, más allá de los que tengan conciencias capaces de rebelarse ante la idea de una presidencia de Bolsonaro. Apunta a una suerte de cese del fuego con el mercado financiero. O, lo que es lo mismo, a comprar, llegado el caso, gobernabilidad.

 

Desde el juicio político a Dilma, posible en un país con gobiernos que carecen de manera crónica de mayorías parlamentarias, ningún presidente volverá a sentirse seguro.