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El valor incomparable de presentar una encuesta bien hecha

Habitualmente, en charlas de café, reuniones con amigos o incluso con diferentes clientes, se me hace la pregunta del por qué las diferencias de las mediciones. ¿Por qué  si la foto es la misma –en similar período de tiempo- difieren tanto los números? ¿Depende de quién paga la encuesta para que lo dé ganador o no?.

 

No es objeto de este columnista poner en cuestión si los resultados de las encuestas “están dibujados o no”. Lo que sí me interesa dejar en claro es que esa “fotografía sociopolítica” puede variar mucho dependiendo del lente (o prisma) con el cual se lo mire.

 

Hay dos dimensiones que utilizaré para fundamentar esta distinción. Una es la cuestión metodológica o técnica, en donde radicalmente se suscitan las diferencias. La otra dimensión, es algo más abstracta pero tiene que ver con el valor agregado del estudio cuantitativo o proyecto de investigación en sí.

 

Una encuesta IVR (en inglés Interactive Voice Response) es realizada con una computadora en donde a través de una cantidad muy importante de canales puede establecer llamados telefónicos aleatorios (generalmente a números fijos) de manera sistemática e ininterrumpida, tomando un universo muy amplio de aparatos telefónicos en poco tiempo y a gran escala.

 

No importa que sea respondido (hasta el final) tan solo un solo llamado entre cientos. Al multiplicar 600 casos efectivos entre 10 mil llamados realizados podemos tener de manera prácticamente automática (y muy barata) una base de datos con 600 personas que se prestaron a responder una serie de preguntas precodificadas y realizadas por una voz grabada -en donde a través de los números del aparato del teléfono, fue respondida-.

 

Cabe destacar que en Argentina son muy pocas las empresas propietarias de esta tecnología, por lo cual diferentes consultoras tercerizan dicha investigación. Este sistema IVR o supercomputadora, con la infinidad de canales salientes para poder establecer en tiempo récord un sondeo, tiene resultados cuestionables dado que por lo general hay parámetros estadísticos que no son tenidos en cuenta. Por ejemplo, en general no están establecidas cuotas de edad, ni de sexo, y mucho menos entran en juego variables socioeconómicas, o sea, no hay respeto por la estructura sociodemográfica como tampoco la hay por la estadística en sí.

 

Aquellos trabajos de investigación que indican margen de error bajo esta metologia están incurriendo básicamente en una falacia. Es un chamuyo.

 

Este margen de error –que habitualmente ronda entre +/- 2% y 5%- corresponde claramente a un proceso científico metodológico en donde entran en cuestión diversos parámetros muestrales que tienen que ver específicamente con la población de ese determinado territorio a investigar. Allí se asigna diferente peso a los valores poblacionales respectivos del caso. Un proceso científico metodológico, el cual ha sido verificable, estadístico, objetivo, crítico, transmitido en unidades académicas y lo más importante: empíricamente contrastable.

 

Pero hasta acá, esas diferencias -entre encuesta IVR o domiciliaria- pueden observarse solamente en la ficha técnica y en el resultado –claro está-. La principal diferencia de ambas radica sustancialmente en el costo o calidad -dado que la computadora no tiene que comer; no así el enorme ejército de encuestadores que conlleva un trabajo de campo si lo necesita-. Las personas comen, se visten, se especializan, las computadoras no comen, no piensan, no interpretan resultados.

 

Suponiendo que un sistema IVR con 50 canales puede hacer 500 casos diarios, un encuestador puede lograr entre 20 y 25 encuestas efectivas -en el mejor de los casos-, siempre con sudor, a veces con lágrimas y algunas pocas con sangre -las mordidas de perro y los malandrines son el terror del trabajo de campo, junto con la lluvia, el frío, el calor y demás-. Ahora… ¿cuál es el motivo de utilizar encuestadores humanoides en vez de máquinas?.

 

Sencillamente porque son las personas quienes mejor entienden e interpretan a las personas, porque generalmente los encuestadores son estudiantes avanzados o profesionales de las ciencias sociales quienes tienen arraigado en sus entrañas la cuestión de la objetividad de las ciencias sociales y son quienes saben perfectamente cómo no caer en el error metodológico ni mucho menos en el “dibujo de la respuesta”. Y por último, porque en la mayoría de las veces estos estudiantes solventan sus estudios universitarios “caminando y escuchando la calle”.

 

En un trabajo de campo promedio, se acumulan cientos -o miles- de horas de trabajo hombre-mujer, decenas de profesionales sociales, miles de minutos de preguntas y respuestas de cientos de vecinos que colaboran con el encuestador respondiendo con buena fe, pensando que sus aportes quizás sirvan para algo.

 

Seguramente, este tipo de investigación cuantitativa requiere una inversión económica algo mayor, pero el valor agregado que encierra representa una fiabilidad ampliamente superadora para la correcta toma de decisiones, en un contexto político en permanente armado y reposicionamiento, el cual muchas veces, por la vorágine y necesidad de datos “inmediatos” se pierde de vista la calidad del insumo comprometido.

 

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