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CRISIS EN EL PJ. enfoque

El poder (destructivo) del dinero (de José)

Las valijas de López terminaron un trabajo que el peronismo ya habia empezado: la demolición del dique opositor. La sociedad pejota-kirchnerismo es historia. Macri, mano a mano con Macri.

La ola radioactiva de las valijas bomba que, en la madrugada vertiginosa del 14 de junio, lanzó José López al interior del misterioso convento de General Rodríguez sigue dejando, a su paso, tierra arrasada. Para la oposición al gobierno de Mauricio Macri, un desierto desolador. Para el gobierno de Mauricio Macri, un camino allanado.

 

Lo primero que cayó bajo el poder de la onda expansiva de los bolsos con nueve millones de dólares sucios que intentaba esconder el ex secretario de Obras Públicas fueron los muros del monasterio. A Lopecito lo agarraron con las manos en la plata. O soltándola, en todo caso. Seguramente no por el oportunismo fortuito de un vecino observador y rápido de dedos para marcar el 911, pero eso no importa. Los muros cayeron y, con ellos, la opacidad en la que se movía el ex funcionario en el pantano de su obscenidad. Y habrá que ver qué se ve, más allá de ese charco infesto, cuando terminen de remover los escombros.

 

Lo dicho: cómo agarraron al monstruo ya es anecdótico. También, incluso, cuánta plata tenía y de dónde la había sacado. Y más aún si las criptas encontradas esta semana en el monasterio estaban ahí para guardar el producido de la corrupción K o simplemente pertenecen a la tradición clerical de preservar cadáveres en los subsuelos de los altares. El poder (destructivo) del dinero (de José) se mide ahora en víctimas. En el alcance del daño para unos y del beneficio para otros.

 

Las víctimas se cuentan por millones. Están los millones a los que José les robó recursos del Estado que ellos alimentan. Y están otros millones a los que José les robó intangibles de alto valor: ilusiones, amores, pasiones, utopías y todo ese inventario acumulado en doce años de militancia o depositado en las bóvedas del capital político de un proyecto colectivo. Para muchos de ellos, la posibilidad de reconstruir el idilio con la política se hará cuesta arriba. Y no es poco: después del nihilismo modelo 2001, traducido en el apocalíptico que se vayan todos, el castillo había sido reconstruido ladrillo por ladrillo. Y se sabe: las construcciones, que en Argentina siempre se erigen en suelo blando, llevan años; los derrumbes, minutos.

 

Desde la salida del poder, el 10 de diciembre pasado, la osamenta del Frente para la Victoria venía crujiendo. Había perdido algunas piezas. Se había agrietado. En el Congreso, donde se guareció, el pan-peronismo se había fracturado. La bancada de diputados había perdido 17 miembros que formaron el bloque Justicialista. Cada votación era un parto de nalgas. No había manera de conciliar intereses de los que responden a los que gobiernan provincias en rojo y los que no tienen responsabilidades de gestión. El peronismo más pejotista y el kirchnerismo cristinista andaban a las patadas. En el Senado, aunque el bloque que comanda Miguel Pichetto seguía unido, al interior se cocían las mismas habas. No había manera de sintetizar posiciones. Cada votación, un culebrón. Del otro lado del Parque Pereyra, en La Plata, en la Legislatura provincial, no guardaron ninguna forma: hace rato que pocos tienen claro cuántos bloques peronistas hay.

 

En este escenario de inestabilidad y revulsión, las valijas de José fueron valijas bomba. Y este miércoles el castillo de la oposición peronista terminó de derrumbarse:

 

Macri debería poder pescar en ese río revuelto. O, abusando de la metáfora, avanzar más liviano en esa tierra arrasada que es camino allanado para él. De no ser por las vallas que se pone solo –el mítico segundo semestre es una vara alta-, debería llegar al trotecito, sin transpirar, a la meta que mira todo el macrismo: las elecciones de medio término de 2017. 

 

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