En los días previos a las presentaciones de Mauricio Macri en el Congreso y de María Eugenia Vidal en la Legislatura bonaerense, se extendió una duda que, se decía, era la traducción de una fuerte discusión que enfrentaba a halcones y palomas PRO: ¿El Presidente y la gobernadora caerían en la tentación de regodearse en el lamento sobre la herencia K o rendirían culto a la filosofía del baile y el globo para arrojarse, sin mirar atrás, hacia el futuro mejor que garantiza la Revolución de la Alegría?
Al final, de la cocina PRO salió una ensalada mixta preparada con ingredientes simbióticos: casi calcados en sus estructuras, los mensajes del jefe de Estado y la mandataria provincial tuvieron en diagnósticos dramáticos –y discutibles, por supuesto- las plataformas imprescindibles para justificar programas de gobierno presuntamente inevitables; tratamientos de shock que se aplican sin anestesia y que tienen efectos no deseados dolorosos que los argentinos y los bonaerenses deben tolerar en el tránsito hacia un porvenir de prosperidad. En palabras de Lilita, el parto con dolor de la nueva Argentina.
Macri usó 45 de los 61 minutos que le demandó leer su discurso ante la Asamblea Legislativa para trazar un diagnóstico aterrador sobre lo que en Estados Unidos (modelo tan caro a los afectos de los liberales argentinos) llaman el estado de la Nación:
- 700% de inflación acumulada en diez años;
- 7% de déficit fiscal;
- Asfixiante presión impositiva con gasto público descontrolado e ineficiente;
- Corrupción generalizada que “mata”;
- Un Estado incapaz que fue “obstáculo” del crecimiento y que camufló el desempleo con empleo público al servicio de la política;
- “Enorme deuda social”;
- Déficit energético;
- Economías regionales en crisis;
- Infraestructura escolar y sanitaria colapsada;
- Maestros sin capacitación;
- Narcotráfico mejicanizante (la Argentina como productora top de cocaína);
- Inseguridad que “no es una sensación sino un flagelo negado sistemáticamente”.
Más tarde, Vidal empezó su discurso como Heidi (agradecimientos a propios y extraños, llamados a la construcción de consensos y otros latiguillos PRO) y rápidamente se convirtió en la versión más áspera del abuelo gruñón de la nena de las mejillas coloradas para descargar un vendaval de malas noticias:
- La provincia está quebrada;
- El Estado bonaerense está “más preparado para obstaculizar que para gobernar";
- "La mitad de los vecinos no tiene agua potable";
- "De los 77 hospitales, 53 requieren obras millonarias para ponerse de pie";
- La infraestructura vial e hidráulica está colapsada.
- “De haber una inundación, no había botes para asistir a las víctimas";
- "Tres mil chicos viven en hogares llenos de deudas";
- "Los efectivos policiales tenían que usar los chalecos por turno".
Vidal, además, aplicó a su discurso el condimento extra de una eficiente gestualidad melodramática –por momentos pareció que la gobernadora podía llorar- apoyada en un concepto explícito de certera eficacia: el dolor. Porque a Vidal le “duele” la provincia que encontró.
Debidamente inducida, la conclusión cae de madura: en semejantes cuadros de situación, no hay tiempo ni lugar para tibiezas. Se impone -se justifica y debe ser tolerada- una terapia de shock: devaluación brutal con impacto directo en los precios (hoy, con el dólar a más de 16 pesos, la depreciación de la moneda nacional escala a más del 60% desde la liberación del cepo y la inflación de enero fue récord de las últimas tres décadas); ola de despidos en la administración pública con efecto contagio sobre el sector privado y aumento del desempleo; tarifazo de hasta 600% en los servicios básicos; histórica transferencia de riqueza a sectores concentrados de la economía en pos de la reactivación después de cuatro años de estancamiento; acuerdo a pedir de la boca famélica de los fondos buitres para –por fin, de una buena vez- volver a los mercados internacionales; toma de deuda –a tasas inconvenientes- para pagar esa deuda cocinada al calor de interesas usurarios; militarización de las fuerzas de seguridad y recorte de libertades individuales al servicio de la lucha contra la inseguridad y el narcotráfico y en favor de la preservación de los derechos de los ciudadanos a circular libremente; endeudamiento récord de la provincia para salir de la presunta quiebra; declaración de emergencias de todo tipo para administrar sin controles los recursos destinados a paliar esas supuestas urgencias bonaerenses; etcétera, etcétera y varios etcéteras más.
Quedó claro: la coincidencia en la estructura y en el tono de los discursos de Macri y de Vidal no fue un producto de la fatalidad. Los mensajes del Presidente y de la gobernadora constituyeron piezas de un reloj, partes de un todo, instrumentos de un plan.
Es cierto: estos diagnósticos apocalípticos son materia opinable. Pueden ser desmontados con facilidad por exponentes más o menos lúcidos de los gobiernos que abandonaron el poder el 10 de diciembre pasado. El problema para ellos es que la única verdad es la realidad pero la verdad y la realidad son relativas. Las construye y las impone el poder. Y hoy es el PRO el que tiene el poder –los fierros de la comunicación y la legitimidad que le dieron los votos- para darles jerarquía de verdades a esos diagnósticos de tragedia y carácter de inevitables a sus terapias de shock aplicadas sin anestesia.