Argentina que duele

Argentina duele. Duele cuando vuelve, como si no hubiera cómo acabar con sus cíclicos retornos, al mismo lugar. Duelen las imágenes que ya vimos tantas veces, repetidas. Otro chino llorando —porque aunque no sea chino, siempre es el mismo chino—, gente armada en las calles, Estado ausente, muertos. Es Martín diciéndole a Hache, en aquel memorable diálogo del cine nacional, que cuando parecía que esta vez no, este país siempre te caga. Duele cuando otro diciembre llega con cuerpos contándose como números, deshumanizados, incomprensibles, el día en el que deberíamos estar festejando que por primera vez completamos treinta años en democracia. Duele vestida, otra vez, de uniforme, tomándonos de rehenes a todos y despertando lo peor de nosotros mismos, como si de las alcantarillas de una novela de Stephen King se asomara el monstruo que nunca dejó de estar ahí, recordándonos que aquí todos flotamos. Duele indiferente, festejando en la cubierta del Titanic, como si nada.

Duelen las escenas de menemismo explícito, con Moria sonriendo junto a la Presidenta —duele Cristina— mientras todo se incendia. Duele eso que no se entiende si es cinismo, autismo o simple arrogancia que impide dar marcha atrás en lo que sea, por más obvio que sea. Duele la locura a la que nos acostumbramos: que ninguno de los músicos haya dicho “No, no da” y haya pedido racionalidad. “Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente” duele.

 

Mientras escribo, pasada la medianoche, una amiga tucumana cuenta por twitter que están prendiendo fuego una escuela. Mi amiga, Caro, militante kirchnerista y de HIJOS, tuiteó más temprano: “Teléfono para Casa Rosada. Tucumán arde y aquí no hay nada que festejar”. Sus últimos tuits ponen la piel de gallina.

 

“Espantosa la imagen de la gendarmería en cuatriciclos por la peatonal de Tucumán”. “Absolutamente todos los comercios cerrados. Algunos bares aún abiertos y la gendarmería recorre las calles”. “Aparentemente habría arreglo con la cana hija de mil puta. Parte del acuerdo incluiría la reincorporación de los cesanteados. Hijos de puta”. “Se empiezan a ver policías por las calles de Tucumán. Esto no tranquiliza a nadie, eso esta claro”. “La angustia de no saber qué pasa con tus amigos y tu familia, con tu negocio y tu casa”. “Muy tensa la situación en la 25 y San Juan. Hay corridas”. “TODO el centro con sirenas, silbatos y cacerolas”. “Algunos de los manifestantes que están en la plaza estan rompiendo los autos estacionados sobre casa de gobierno”. “No llega la paz. La policia reprimió a los manifestantes en casa de gobierno. Es una batalla campal”. “Tucumán esta de luto. Represión en Tucumán: la policia metió bala y la gente, a pesar de las corridas, no se va de la plaza”. “¡Policía HIJA DE MIL PUTA! Seguís manchando tus manos con sangre y a vos lo único que te importa son tus 9.000 pesos”. “EXTORSION. MUERTE. REPRESIÓN. Esto es Tucumán a 30 años de democracia”. “El barrio Terán todavía a los tiros, la gente hierve agua para defenderse”. “¡¡¡URGENTE!!! Están entrando a casas de Barrio Hipódromo, Lola Mora, Tiro Federal, Americo Vespucio y Jujuy y Costanera”. “Están prendiendo fuego a la escuela 447, camino a las Talitas”.

 

Canta el Chaqueño Palavecino. En la Televisión Pública entrevistan a Horacio Guaraní y no se le entiende nada.

 

Después de treinta años de democracia, la policía sigue siendo la misma. La del Proceso. La del gatillo fácil. La que asesinó a Kosteki, Santillán y tantos otros. La del juego clandestino, la trata de personas, el narco y los secuestros. La que mata a más y más pibes pobres. La que sigue torturando en las comisarías. La que reprime con una mezcla de obediencia y sadismo. La que ahora nos extorsiona a todos, en una parodia de reclamo sindical sostenida a base de saqueos y muertes. La que consigue que el poder político, otra vez, se rinda. Felices pascuas.

 

¿Cómo pretende esa policía que seamos solidarios con ella? Negocia con el Estado a punta de pistola, la misma con la que mañana saldrá nuevamente a la calle investida de autoridad pública, y consigue, incendiando el país, aumentos de sueldo que duplican en algunos casos el de los maestros. Todo al revés. La dirigencia política se muestra incapaz de hacer frente a los problemas y parece más preocupada por demarcar la responsabilidad de los otros, acusar o victimizarse.

 

Pero la rebelión policial muestra otra cosa, que dijo más temprano el periodista Federico Poore: que la paz social, en muchas ciudades, depende de la represión. Y la policía juega con eso: cuando se retira de las calles, empiezan los saqueos, se pudre todo. No hay Indec que pueda dibujar esa realidad. Ese país que hasta ayer funcionaba “normalmente” parece en medio de una guerra civil. Se ven imágenes de gente armada con escopetas en los techos de casas y negocios. Claro que atrás de estas explosiones siempre hay manos oportunistas, internas políticas e intentos desestabilizadores, pero nada de eso funcionaría tan bien si no hubiese condiciones objetivas. Y tampoco alcanza con echarle la culpa al gobierno y la oposición, aunque claro que la tienen en parte. Esa violencia también somos nosotros, la conocemos bien.

 

Hay cosas que en treinta años de democracia no conseguimos cambiar y, qué ironía, justo hoy, la realidad nos lo recuerda como una cachetada.

 

Duele la Argentina. ¿Cuántas veces necesitamos volver a este lugar? ¿Podremos algún día acabar con el monstruo gigante que vive en las profundidades y espera siempre, agazapado, una oportunidad para salir?

 

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