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El infierno de Trump puede esperar

Justo cuando se disponía a apretar el gatillo con su índice derecho para llevar a Irán "a la Edad de Piedra", una gestión de último momento liderada por Pakistan –y acompañada por Turquía y Egipto– desactivó, precariamente, la escalada de un conflicto que podría convertirse en el más dramático desde la II Guerra Mundial. Atención: todavía bien puede serlo.

En síntesis, la gestión que impidió in extremis –apenas 90 minutos antes del vencimiento del ultimátum– la concreción de una amenaza potencialmente genocida de Donald Trump, da a Estados Unidos e Israel, por un lado, y a la República Islámica, por el otro, dos semanas de tregua para encontrar una salida diplomática al laberinto, objetivo que se presenta como verdaderamente difícil.

Durante ese lapso, debería regir un cese del fuego, reabrirse el estrecho de Ormuz al comercio petrolero y encararse negociaciones para un estatus definitivo que serán, por decir lo poco, extremadamente complejas.

"Basado en conversaciones con el primer ministro Shehbaz Sharif y el mariscal de campo Asim Munir, de Pakistán, en las que me solicitaron que detuviera la fuerza destructiva que enviaría esta noche a Irán, y sujeto a que la República Islámica de Irán acepte la APERTURA COMPLETA, INMEDIATA y SEGURA del estrecho de Ormuz, acepto suspender el bombardeo y el ataque a Irán por un período de dos semanas", dijo Trump en Truth, su red social.

"¡Esto será un ALTO EL FUEGO de doble vía! La razón para hacerlo es que ya hemos cumplido y superado todos los objetivos militares, y estamos muy lejos de lograr un acuerdo definitivo sobre PAZ a largo plazo con Irán y PAZ en Oriente Medio. Recibimos una propuesta de 10 puntos de Irán y creemos que es una base viable para negociar", añadió.

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La brutal e indefendible dictadura islamista le presentó el desenlace provisorio a su población como un triunfo –la apertura del estrecho se dará bajo su vigilancia–, por pírrico que haya sido en términos de destrucción material, degradación militar y eliminación de sus principales dirigentes, empezando por el anterior líder supremo Alí Jamenei.

A propósito, ¿acatará Benjamín Netanyahu una paz que se le impone pero que no desea hasta "completar la tarea" y liquidar a Irán como amenaza militar?

El dinero, en un limbo

Tal como ocurre con muchos analistas, la reacción de los grandes mercados internacionales, que cerraron antes del anuncio, ya no es indicador de ninguna especulación seria sobre el curso que pueden tomar los acontecimientos. Los principales índices de Wall Street cerraron en terreno levemente positivo y el crudo WTI, en retroceso y por debajo de los 110 dólares por barril… más del 60% por encima de su cotización preguerra.

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Fuente: MarketWatch.

Lo mismo puede decir de la gran referencia internacional del mercado petrolero, el crudo de Brent, que finalizó la rueda a menos 105 dólares.

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Fuente: Investing.com.

La relativización del modo en que responden a la coyuntura rabiosa los fondos que juegan el dinero de sus inversores cada día responde a registrar el alivio de una rueda en la que se prefirió privilegiar los indicios de ceses del fuego por encima de los del infierno prometido por el jefe de la Casa Blanca.

Hoy los precios de los hidrocarburos deberían desinflarse y los mercados accionarios rebotar, aunque el corto plazo sigue siendo un misterio. El problema es que con Trump nunca se sabe y que esa tendencia suya a negociar la paz o la guerra con las estrategias maximalistas de un broker inmobiliario pueden convertirse, en cualquier momento, en una invitación al desastre.

Presagios de un desastre

Por dichos, pero también por hechos, toda la jornada fue una colección de malos presagios.

Estados Unidos bombardeó por primera vez la isla de Kharg, nodo petrolero de Irán, de donde sale el 90% de las exportaciones de crudo de ese país. El hecho debe considerarse un aviso.

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La isla de Kharg, nodo crucial del complejo petrolero iraní.

En tanto, apurado por degradar al enemigo antes de que un cese del fuego pudiera limitar una campaña que siente como respuesta final a la "amenaza existencial" que representa la teocracia persa, Israel golpeó en Teherán, donde –vaya paradoja– una sinagoga céntrica quedó reducida a escombros.

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Así quedó, reducida a escombros tras un ataque Israelí, una sinagoga ubicada en el centro de Teherán. (Foto: AFP).

Asimismo, ataco tres aeropuertos de esa ciudad, entre ellos el internacional de Jorramabad, acciones en las que destruyó una cantidad no determinada de aviones y helicópteros.

Eso no fue todo. Fuerzas israelíes también destruyeron dos complejos petroquímicos y plantas eléctricas que abastecen al yacimiento de gas de South Pars. Asimismo, bombardearon puentes y vías férreas, notablemente la que une Irán con la región de Xinjiang, finalizada el año pasado para darle al crudo iraní una ruta terrestre y directa hacia China, eludiendo los percances que, se observa hoy con claridad, pueden presentarse en el estrecho de Ormuz.

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Una conclusión importante es que por primera vez desde el inicio del conflicto el 28 de febrero, los aliados destruyeron infraestructura clave para Pekín y financiada con sus créditos.

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La vía férrea que une Irán y la región china de Xinjiang constituye una alternativa a la marítima para el flujo de petróleo. (Foto:

Israel, por su parte, sufrió ataques en Tel Aviv y otras ciudades, así como en una importante refinería.

La noche más oscura

Esos hechos parecieron el preludio de lo que Trump había definido como la noche en la que iba a "morir toda una civilización".

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Semejante barbaridad fue el recordatorio de un pronunciamiento previo, en el que el republicano aseveraba que ordenaría destruir toda la infraestructura eléctrica y vial de Irán, dejando de lado al menos una promesa previa: acabar también con las plantas de desalinización de agua de modo de matar de sed a un país de 93 millones de habitantes.

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Como te dije el domingo el mi columna semanal en Letra P, como nunca antes el presidente estadounidense no se preocupó por haber dejado asentados en las redes sociales anuncios de crímenes de guerra y, probablemente, de lesa humanidad. Decir que todos esos posibles blancos son de uso dual, tanto civil como militar, habría resultado un mal argumento para evitar un clamor mundial.

Por otro lado, la República Islámica había asegurado que se sacaría los guantes y respondería con la misma moneda, lo que habría supuesto para los países árabes de la región y para Israel algo parecido a un infierno.

Es con este escenario en mente que te digo que una escalada mayor a la ya registrada habría sumido al mundo en la mayor crisis bélica desde la II Guerra Mundial, toda vez que habría que remontarse a esa tragedia para dar cuenta de un conflicto con tanto potencial no sólo de muerte, sino también de disrupción económica y de destrucción de todo un orden internacional.

Ahora bien, dicho escenario, por ahora, no se ha concretado. ¿Eso significa que el orden internacional está a salvo?

China, el gran rival de Estados Unidos por la hegemonía global y bestia negra de la política trumpista, mira y espera con su paciencia milenaria.

Mientras, asume los costos del petróleo transitoriamente caro y el recorte de su potencial de crecimiento que requiere invertir en sectores estratégicos aun menos eficientes –semiconductores, inteligencia artificial, big data, telecomunicaciones con tecnología de punta, vehículos eléctricos, energías renovables, desarrollos aeroespaciales, biotecnología, robótica, computación cuántica…–, pero que le darán no sólo autosuficiencia, sino también enormes ventajas como proveedor internacional.

Pocas portadas como una reciente de The Economist captaron la dinámica de este momento histórico.

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La extrema derecha trae lo impensable

Hace 37 años que sigo profesionalmente la política internacional, etapa que durante 26 años incluyó la jefatura de la sección Mundo de Ámbito Financiero. En todo ese tiempo no tengo registro de que un presidente estadounidense haya usado términos tan autoincriminadores como los que viene enunciando Trump.

Hasta George W. Bush debió apelar a la mentira –las presuntas armas de destrucción masiva– para arrasar con el Irak de Sadam Husein. Eso, el engaño, no deja de ser un último resquicio de cordura, toda vez que es el vehículo que une un fin malvado con un cierto registro de la realidad y de lo que puede o no decirse como justificación.

Si la extrema derecha actual le ha "aportado" al mundo es el fin de ese último resquicio de sensatez: la hipocresía. Si se planea un genocidio, no hay problema en anunciarlo a través de las redes sociales. La analogía vale para crueldades menores y otros países, desde ya.

De hecho, el mundo reaccionó espantado a los dichos de Trump, desde el papa León XIV hasta el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, pasando por la casi totalidad de los líderes europeos, incluida la ultraderechista con sentido común que gobierna Italia, Giorgia Meloni.

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La alarma fue tal que varios de los medios más importantes del mundo dedicaron artículos a la posibilidad –que descartaban; ¿cómo podría ser de otro modo?– de que Trump decidiera usar bombas atómicas contra la República Islámica.

El horror cundió en los propios Estados Unidos, en sus medios de comunicación y en sus círculos políticos. Especialmente numerosos fueron los llamamientos a detenerle la mano a Trump –y hasta a iniciarle un proceso de destitución– entre los legisladores y los gobernadores demócratas.

Incluso se conocieron algunos –pocos, lamentablemente– pronunciamientos de referentes republicanos, quienes dijeron haber encontrado el límite de su apoyo a un hombre que pierde apoyo en las encuestas y es cada vez más generalizadamente descripto como un demente.

Sin embargo, no pasa nada y en eso radica el peligro del mundo que viene.

El sistema político que se autopercibía como quintaesencia de la democracia representativa de Occidente, orgulloso de sus checks and balances, se muestra absolutamente impotente ante lo avances de un hombre que se presenta como un elegido de Dios y todo un rey.

Desde el intento de golpe –por lo demás, impune– del 6 de enero de 2021, día del inolvidable asalto al Congreso para impedir la oficialización del triunfo de Joe Biden, Trump se ha llevado puesta con llamativa facilidad una institucionalidad que se consideraba demasiado densa como para tolerar aventureros. Ya no.

Los únicos límites que ha encontrado quien se presenta como rey del Estado Unido de América –sic, porque también ha arrasado con el federalismo constitutivo de ese país con sus abusos migratorios y con sus amenazas de intervención de procesos electorales que allí son resorte estadual– han sido algunos valiosos fallos judiciales y la acción de un sector movilizado de la opinión pública. Esta, como se vio en Minnesota contra los matones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, ICE, ha dado la mayor demostración de una civilidad aún vibrante.

No por nada multitudes suelen reunirse en todo el país bajo la consigna "No Kings", la última vez el sábado 28 de marzo, con alrededor de ocho millones de personas movilizadas en más de 3000 ciudades.

¿Solución o pausa en la barbarie?

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El mundo respira al despejarse, por un plazo que, en principio será de dos semanas, el peligro de una escalada bélica, de actos de genocidio y de un petróleo a 200 dólares capaz de hundir al mundo en una recesión grave. ¿Pero hay luz al final del túnel?

Los términos del cese del fuego son precarios y la distancia que media entre las partes es gigantesca.

Estados Unidos e Israel quieren la liberación definitiva del tráfico de petróleo a través del estrecho de Ormuz –y ya no bajo supervisión iraní–, el final del programa nuclear de Irán, la entrega de los 440 kilos de uranio enriquecido al 60% –muy cerca ya del 90% necesario para construir armas nucleares–, la limitación en cantidad y alcance de los misiles y dones, y el fin del financiamiento a proxies regionales como el libanés Hizbulá, el palestino Hamás, los hutíes de Yemen y diversas milicias chiitas iraquíes.

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El problema es que todo eso es considerado por la brutal teocracia iraní –que, atrincherada en sus capacidades represivas, sigue en su lugar– un reaseguro de su supervivencia. Renunciar a esas herramientas, a su vez percibidas por Israel como una "amenaza existencial", sería renunciar a su perpetuación. Sería una capitulación completa.

¿Encontrarán los mediadores internacionales el estrecho desfiladero que convierta a esta guerra en otra de las inconclusas que caracterizan esta etapa de la historia, una que degrade las capacidades ofensivas de Irán y atrase su plan nuclear, pero que no las liquide definitivamente?

Este será recordado, definitivamente, como el año que vivimos en peligro.

Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.

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