Al final lo logró: Itamaraty anunció anoche que la retahíla de declaraciones hostiles del extremista de derecha le "agotó la paciencia" y que su embajador Julio Bitelli ya no volverá a Buenos Aires. La crisis inédita responde a la violencia verbal de un Milei que somete los intereses del país a los mandatos de Trump y a sus fobias ideológicas personales.
El continente arde. Justo mientras se rompía el vínculo entre los dos principales socios del Mercosur, Estados Unidos decidía revocarle el visado a la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti, réplica por la demora del gobierno de Lula en darle curso a la designación del representante designado por la Casa Blanca y a la decisión de impedirles el ingreso a dos diplomáticos que planeaban viajar a Brasilia para interesarse por el sistema de votación.
En el río revuelto, Milei se activa. Asistió hace poco a la jura de Keiko Fujimori en Perú –otra que ya se anotó en el Escudo de las Américas de militarización de los renglones más sensibles de la seguridad interior bajo la égida de Washington– y hoy iniciará una minigira que, espera, lo consolide como el alumno preferido del republicano.
A lo Charles Chaplin, Donald Trump juega con el mundo desde la Oficina Oval (imagen generada con inteligencia artificial).
Primero visitará al presidente derechista de Ecuador, Daniel Noboa, y el viernes viajará a Colombia para presenciar la asunción del extremista Abelardo de la Espriella.
¿Conseguirá erigirse, como pretende, en una suerte de primus inter pares y alguien capaz de organizarle el "patio trasero" al republicano o, acaso, descubrirá que la existencia de gobiernos del peso de José Antonio Kast en Chile o del mencionado De la Espriella le bajan un poco el precio en comparación con los tiempos en los que la derecha dura resultaba un activo más escaso en la región?
Una bomba en la campaña de Brasil
Si Flávio Bolsonaro ganara en Brasil, la importancia de la Argentina mileísta se devaluaría en el acto en la bolsa política que opera en la Casa Blanca. La cuestión es que esa eleccción es una moneda en el aire.
Las encuestas anticipaban hasta hace algunos meses una pelea voto a voto entre el actual senador e hijo mayor de Jair Bolsonaro y Lula da Silva. Luego, la divulgación de pagos de un banquero preso por fraude a su campaña debilitó la explicación de que eran para patrocinar una película biográfica sobre Bolsonaro padre y estallaron en la opinión pública como un caso de aparente financiación ilegal y, según sus detractores, acaso algo más.
Después de meses en los que las encuestas arrojaban una luz de ventaja de entre seis y ocho puntos porcentuales a favor de Lula da Silva, un sondeo difundido ayer hizo volar todas las certezas.
Se trató de una de las más seguidas por la política, el Círculo Rojo empresarial y el mercado financiero: la de la consultora Nexus para el banco BTG Pactual. La misma arrojó para el primer turno una intención de voto del 41% para el actual presidente y una del 37% para el senador de extrema derecha. Si ya eso está dentro del margen de error del trabajo, el escenario de ballottage directamente quita el aliento: 46% para Lula da Silva, 45% para Flávio Bolsonaro.
En la medición anterior de la misma consultora, realizada una semana antes, Lula da Silva ganaba 46% a 42%.
¿Se confirmará la remontada del retador en las mediciones nuevas?
Y, trascartón, otra bomba
La pregunta quema porque esos estudios comenzarán a registrar los efectos de un nuevo escándalo que esta vez impacta de lleno en el oficialismo.
Según se supo –y las partes admitieron–, la empresaria Roberta Luchsinger le hizo un pago a quien hasta el 21 de julio fue jefe de Gabinete, Marco Aurélio Santana Ribeiro, conocido como "Marcola", cosa que este atribuyó a un préstamo.
El nexo entre ambos sería nada menos que Fábio Luís Lula da Silva, "Lulinha", hijo mayor del presidente.
Fábio Luís Lula da Silva, "Lulinha".
A nivel oficial, se informó que Marcola dejó su cargo para trabajar en la campaña, pero CNN Brasil aseveró que el detonante fue el descubrimiento de la transacción. La Policía Federal (PF), que en el país vecino goza de amplia autonomía y que puso la mira en otras relaciones y negocios, sospecha de un esquema de tráfico de influencias para el acceso a contratos con el Estado.
En concreto, apunta a Luchsinger y al lobista Antônio Carlos Camilo Antunes, y pone en la mira contratos con el Instituto Nacional del Seguro Social (INSS), equivalente brasileño de la ANSES.
Así, pidió la apertura de una investigación formal. El Supremo Tribunal Federal (STF) dio el visto bueno y Lulinha ya enfrenta cuatro indagaciones por presuntos tráfico de influencia y corrupción.
Flávio Bolsonaro se frota las manos.
El derrame, una deuda continental
El impacto de estas sospechas todavía no fue medido por los encuestadores, pero del sondeo de Nexus-BTG Pactual surge un dato muy interesante: el crecimiento de la derecha se explica, en buena medida, por la intención de voto de los votantes de bajos ingresos –que perciben hasta dos salarios mínimos por mes–, sector que, además de ser el más numeroso de la pirámide, supuestamente es un bastión del PT.
"En la última entrega de la encuesta BTG Pactual-Nexus, el senador pasó del 30% al 44% en ese grupo, mientras que Lula cayó del 47% al 37%. En el sondeo anterior, el presidente tenía una ventaja de 17 puntos en ese segmento de ingresos y ahora, Flávio aparece siete puntos por delante", describió CNN Brasil.
La campaña de Lula atribuye la tendencia a un aumento del costo de vida y a una consiguiente pérdida de poder adquisitivo en esos hogares. Reconoce que, a pesar del crecimiento de la economía, cunde la percepción de que eso no derrama suficientemente sobre los sectores populares. Música conocida de este tiempo urbi et orbi.
En su presidencia, Jair Bolsonaro estuvo muy lejos de desarmar las políticas sociales de los gobiernos del PT. Es más, las orientó a su favor, lo que le permitió hacer pie en sectores populares.
En una entrevista con la red Bandeirantes, su hijo Flávio puso el dedo en esa llaga.
"Si no tuvieras deudas, ¿cómo sería tu vida? Si ganás 2.000 reales por mes, tenés que pagar 200 reales de la cuota del celular que te robó un tipo, tenés que pagar 500 reales de alquiler, gastás más de 600 o 700 en las compras del mercado, tenés que pagar las cuentas de agua, de luz, tu línea de celular... No te sobra nada. Hay gente que tiene que elegir entre comprar comida y comprar remedios. Tenés que cambiar el gobierno federal para redireccionar la economía", apeló directamente al votante.
Para Lula es vital recuperar la conexión con ese segmento y por eso ha comenzado a abordar la cuestión en sus apariciones de campaña.
En un spot subido a sus redes sociales, se diferenció del Lula da Silva de 2002, cuando accedió por primera vez al gobierno gracias a una campaña que lo alejaba del estereotipo del izquierdista radical y se resumía en el eslogan "Lulinha (Lulita) paz y amor".
En el mismo dice: "Yo no quiero un Lulinha paz y amor, yo quiero un Lulita con polenta, un Lulita que va a hacer lo que todavía no hicimos. Porque lo básico ya lo hicimos: el pueblo ya está comiendo, el pueblo ya tiene beneficios. Ahora que tenemos lo básico garantizado, es el momento de dar un salto de calidad".
Brasil: ¿el futuro de Argentina?
Aun dándole la espalda a una Argentina exasperante, Brasil nos dice cosas. Unas cuantas.
- Primero, que parece convertirse en tendencia regional que la disputa izquierda-ultraderecha se recorte sobre escenarios de cuasiempate agónico.
Eso es lo que ocurrió hace poco en Perú y en Colombia, y lo que ya había pasado hace cuatro años en Brasil, donde el Lula da Silva judicialmente resurrecto se impuso por menos de dos puntos porcentuales sobre Bolsonaro padre en el ballottage.
- Segundo, que esos escenarios de paridad son veneno para la democracia.
En Perú y en Colombia, los derrotados Roberto Sánchez e Iván Cepeda llamaron a procesos de desobediencia civil que, por ahora, no pasaron de las palabras.
En el Brasil de enero de 2023, Jair Bolsonaro se fue en medio de un intento de golpe en toda la regla, con incitaciones a una asonada militar y un asalto de militantes a las sedes de los tres poderes en Brasilia, episodios que le valieron una condena a 27 años y 3 meses de prisión, e inhabilitación para ocupar cargos públicos.
¿Hay posibilidades de que se imponga en la Argentina de 2027 un escenario igual de parejo, posibilidad de cuidado cuando Milei no deja de comprar cuanta narrativa golpista le ofrecen en Estados Unidos y en Brasil, y cuando impacta al denunciar la existencia de "terroristas" infiltrados en universidades, centros de investigación científica, medios de comunicación y otros sitios en los que intuye que no es bien querido?
- Tercero, que la postergación de los ciudadanos que comienzan a reclamar algo más que asistencia social y que desean sentarse a la mesa de todos los demás suplen, en Argentina y fuera de ella, lo que la economía no les da con endeudamiento de alto riesgo.
- Cuarto y fundamental, el Brasil que crece pero no derrama hace pensar en los límites de los proyectos de izquierda o progresistas.
El kirchnerismo ya sabe que cebar ciegamente la bomba de la emisión y el consumo implica alta inflación y, finalmente, rechazo popular, y el propio Brasil pujante de Lula da Silva encuentra ahora problemas para conseguir que el crecimiento no quede –CFK dixit– en manos de "cuatro vivos".
¿A eso se refiere el líder del PT cuando promete más "polenta" y un "salto de calidad"?
¿Cómo se hace eso? ¿Con una reforma tributaria radicalmente progresiva? ¿Hay condiciones políticas para ello? ¿Es posible, acaso, en el mundo de hoy?
Brasil guarda respuestas a esas y otras preguntas cruciales. Allí se dirimirá la madre de todas las batallas.
Que tengas un muy buen día. Hasta mañana.