Un joven Lionel Messi sonríe con un cartel en sus manos. Detrás de la cámara, como le pasó casi toda su vida, decenas de personas lo miran con fascinación. Es la previa del Mundial de Brasil 2014. No hay creativos, directores de publicidad, maquilladoras ni asistentes de producción. Tampoco gerentes de multinacionales de consumo masivo supervisando una publicidad. Solo hay un grupo de viejas. En el predio de Ezeiza, que años más tarde llevará su nombre, Messi levanta el cartel: “Resolvé tu identidad ahora”. Cuando mira a cámara, dice: “Hace diez mundiales que te estamos buscando”.
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Tres mundiales después, en la previa de Estados Unidos-México-Canadá 2026, Messi, junto a sus compañeros del Inter Miami campeón de la MLS, también sonríe. Delante suyo, Donald Trump fanfarronea sobre la guerra que emprendió en Irán y amenaza, como al pasar, con invadir Cuba. En el salón oval de la Casa Blanca, vestido con saco y corbata, sin entender todo lo que dice en inglés el presidente de los Estados Unidos en guerra, Messi se saca fotos que luego le valdrán críticas y editoriales en contra, como el “paso inusual hacia la política” con el que tituló The Times, de Inglaterra.
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Lionel Messi, campeón con el Inter Miami, en el Salón Oval de la Casa Blanca, con Donald Trump. Solo amagues.
De izquierda a derecha, de derecha a izquierda, más allá de pasos o giros circunstanciales, hace al menos 20 años que analistas, medios y políticos quieren ubicar el pensamiento de Messi dentro del gráfico de Nolan. Nadie puede. Ni kirchnerista ni macrista ni mileista. Siempre con un guiño a todos, pero nunca más que eso.
Acaso la mejor manera de definirlo no sea desde la ciencia política, desde el espectro político o ideológico o desde los confines de los señalamientos, sino desde lo que vemos y disfrutamos en una cancha cada vez que juega: el mejor futbolista de todos los tiempos. A sus 39 años, cumplidos este miércoles en medio de la fiebre popular que exacerbó con sus cinco goles en los primeros dos partidos, el Mundial 2026 –su last dance– se parece bastante a una hipérbole.
Para Lionel Messi, el silencio es salud
En un país agrietado como Argentina, donde el tironeo entre los diferentes espacios y la falta de consensos es permanente, Messi siempre optó por la prudencia. O por el silencio. O por aceptar una foto, un saludo y no más que eso. El manual de estilo, delineado por su padre, Jorge, lo mantuvo siempre a una distancia razonable del barro de la política partidaria, pero a la vez receptivo con causas sociales.
Lo saben perfectamente Francisco “Rifle” Pandolfi, Alejandro Fernández y Romina Rosas, los comunicadores de la revista La Garganta. “Leo recibe mil propuestas de nota por día, pero esta la va a hacer”, le dijo Jorge Messi a Pandolfi en 2011, cuando esa revista de cultura villera tenía pocas ediciones en la calle.
Quince años después, Pandolfi recuerda que concretó el día y la hora de la cita periodística con Jorge y con Andrés “Coco” Ventura, en aquel momento jefe de prensa de la Selección. El lugar ya se sabía: el predio de Ezeiza. Ventura les adelantó que tenían 15 minutos para hacer la entrevista y las fotos, pero Messi, cuando se cumplió ese tiempo, hizo una seña para extenderlo: allí habló de la desaparición de Jorge Julio López, del asesinato de Mariano Ferreyra y de la desigualdad en el mundo.
Las fotos políticas de Lionel Messi: un álbum de toques cortos
Algo similar sucedió con la iniciativa de Abuelas de Plaza de Mayo en la previa del Mundial de Brasil 2024, motorizada por el entonces entrenador Alejandro Sabella, de la que también participaron Javier Mascherano y Ezequiel Lavezzi. Gobernaba Cristina Fernández de Kirchner. Sabella se jactaba de ser peronista y no ocultaba su simpatía con el kirchnerismo. Los Derechos Humanos y el rol de las Abuelas no se ponían en discusión. El contexto hacía su parte. Se imponía.
A Cristina, Messi la saludó luego de la final perdida con Alemania en Río de Janeiro, en un acto que el segundo gobierno de CFK realizó para felicitar a los subcampeones, algo que el de Alberto Fernández no pudo hacer –por su enemistad manifiesta con Chiqui Tapia– tras la consagración en Qatar 2022.
Con Mauricio Macri tenía –tiene– buena onda, acaso por el perfil futbolero del expresidente. Cuando Messi anunció su renuncia a la Selección tras la Copa América Centenario, el fundador del PRO lo llamó por teléfono personalmente e inició una campaña pública para pedir su regreso. En 2018, antes de que la Selección viajara a Rusia por el Mundial, le mostró algunos videos suyos jugando al fútbol. Los dos se rieron. Se reencontraron cuando Macri ya no era presidente de la Argentina pero sí de la Fundación FIFA, en los premios The Best 2023.
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Lionel Messi con Mauricio Macri, en 2018. Buena onda futbolera, no más.
Con Milei aún no hubo foto. Apenas algunos mensajes a través de terceros, como la nueva camiseta del Inter Miami que le envió en 2025 –con la 9 de Suárez, no con la 10 de Messi– y que Milei mostró luego de un encuentro y una foto con su hermana Karina y los hermanos Mas, dueños del equipo rosa de la MLS.
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Karina y Javier Milei con las camisetas del Inter Miami con sus nombres.
Este miércoles, el Presidente volvió a colgarse de los goles del ídolo con un saludo de cumpleaños que posteó en redes.
Una disputa e influencia global
Así como Sabella incidió en el spot por la identidad de Abuelas, también incidió Jorge Mas en ese encuentro con Trump en la Casa Blanca.
Trumpista de la primera hora, empresario multimillonario del rubro de la construcción, militante anticastrista y dueño del Inter Miami, Mas hasta le presentó un plan de “recuperación” de Cuba a Trump para que lo ejecute como hizo con Venezuela. Un desplante de Messi, su socio estratégico en los negocios del fútbol en Estados Unidos, a pocos meses del Mundial de Trump, podría haber dañado esa relación. Messi sabía que eludir ese saludo protocolar podía tener consecuencias.
Consciente de su condición de ídolo global, y de que cualquier gesto puede dividir a su gigantesca masa de fieles, Messi solo se ajusta al protocolo cuando se trata de presidentes o funcionarios. Porque no solo saludó a Trump. Cuando era la estrella del Barcelona multicampeón, en 2013, le estrechó la mano al presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, en un Tour de la Paz. Y en 2024, en una gira con Inter Miami, al salvadoreño Nayib Bukele.
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Lionel Messi, en 2013, cuando la rompía en el Barcelona: foto y saludo con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas.
En más de dos décadas, las fotos obligadas, los desencuentros y los gestos sutiles siempre estuvieron. Son pocas personas, en rigor, quienes saben descifrarlos con precisión. A veces, los acuerdos comerciales, su rol de embajador o el pedido de alguien cercano se imponen. Como sucedió con el pedido de Sabella. En Abuelas recuerdan aquel spot como un hito, como otra obra muestra de las que Messi nos está regalando en este Mundial: luego de esa campaña, en 2014, a diferencia de los años posteriores o anteriores, siete nietos lograron recuperar su identidad.