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LETRA P EN BRASILIA | ENTREVISTA

En Brasil chocan "dos bloques movidos por el afecto, cada uno rechazado por la mitad del país"

El economista André Luiz Cavalcanti analiza la disputa entre Lula da Silva y Flávio Bolsonaro y ayuda a proyectar tendencias en Argentina.

BRASILIA (enviado especial) En la pelea por la presidencia de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva "hizo campaña con el pasado y con el presente: la memoria de lo que sus gobiernos entregaron y los indicadores de hoy. Flávio Bolsonaro hizo campaña con el futuro, bajo la forma del miedo. La gratitud no vence al miedo y la estadística tampoco. La izquierda brasileña tiene un proyecto, pero no ha logrado hacer que el trabajador endeudado, que es quien decide esta elección, viera en ese proyecto su vida de aquí a cuatro años. De ahí una disputa tan equilibrada: son dos bloques movidos por el afecto, cada uno rechazado por la mitad del país y ninguno de ellos cambia de lado en base a los hechos".

La definición es de André Luiz Cavalcanti, doctor en Economía de la Universidad de Brasilia, quien le concedió una entrevista a Letra P rica tanto en elementos explicativos de la coyuntura de su país como para pensar tendencias en la Argentina.

"En su Discurso de la servidumbre voluntaria [1548], Étienne de La Boétie se preguntó por qué tantos obedecen a uno solo y respondió que es por costumbre. Un siglo después, Spinoza se interrogó por qué los hombres luchan por su propia servidumbre como si fuera la salvación y respondió que es por miedo. La primera vuelta reunió las dos respuestas: el apego a lo que siempre fue y el miedo a lo que viene. Contra los dos, sólo la esperanza tiene fuerza y nadie ha logrado hacerla creíble", añadió.

Entonces, ¿qué le depara el futuro inmediato a Brasil?

—Los resultados económicos del actual mandato de Lula parecen satisfactorios en términos de crecimiento, inflación, empleo y salarios. ¿Qué explica entonces el triunfo de Bolsonaro en el primer turno y el panorama de empate técnico para este domingo?

—Los indicadores son verdaderos: desempleo en el mínimo histórico e ingresos en un nivel récord. La economía no está decidiendo la elección. El brasileño es conservador en sus costumbres y espera protección del Estado. Mi lectura es que, cuando faltan empleo y comida, la demanda de protección comanda el voto, y que, una vez aliviada la urgencia, las costumbres vuelven al frente. Datafolha registró el giro: en 2022, clasificaba al 49% del electorado a la izquierda y al 34% a la derecha; en junio de este año, al 44% a la derecha y al 39% a la izquierda. En la economía, el elector sigue defendiendo al Estado, pero hay un aprieto que el empleo no resuelve: la deuda. El país pasó casi un año con una tasa de interés del 15% y el endeudamiento llegó al 81% de las familias. El desempleo genera demanda de protección; la deuda genera culpa. Quien trabaja, debe y no llega a fin de mes concluye que el culpable es él mismo. Es lo que llamo "superego económico". Ese elector se agarra a quien ofrece orden y señala a un culpable que no sea él. Por eso una economía de buenos números es vivida por muchos como mala. Salió de la elección como cálculo "racional" y volvió como afecto.

El batacazo de Flávio Bolsonaro

—Dado el resultado de la primera vuelta, ¿Bolsonaro logró abordar mejor la agenda económica vinculada al futuro o lo ocurrido tiene otras explicaciones?

—No veo mérito programático. El documento económico más detallado que produjo fue enviado a Washington, con concesiones ofrecidas antes de cualquier voto. Esta fue una elección de afectos, más que las anteriores. El antilulismo dejó de ser una opinión sobre un gobierno y se convirtió en una identidad. Por eso ningún indicador favorable lo alcanza. Del otro lado, la gratitud que sustentaba a Lula se enfrió. Flávio terminó al frente porque le dio a ese odio un candidato y al miedo, la figura de un padre que pone orden. Por eso nada se le pega, desde el caso de Daniel Vorcaro [un exbanquero preso por un megafraude que le transfirió más de 12 millones de dólares en negro al candidato] hasta la milicia [de Río de Janeiro]: la denuncia es un hecho y un hecho no deshace un afecto.

Flávio Bolsonaro después de votar en la primera vueta, el 4 de octubre.

Los problemas de Lula da Silva

—¿Hay un mensaje "antiguo" del Partido de los Trabajadores, vinculado a una población de ingresos bajos y medios, que no se condice con la actualidad, con las nuevas tendencias del trabajo, el cambio tecnológico y los propios avances sociales generados por los gobiernos de izquierda?

—El PT todavía habla con el obrero con contrato formal y con el beneficiario de programas sociales. Buena parte de aquellos a quienes sacó de la pobreza hoy conduce para una aplicación, vende por Internet, se registró como microemprendedor individual y se ve como alguien que triunfó solo, con su familia y la comunidad de su iglesia. El éxito de la inclusión produjo un sujeto que no se reconoce en la palabra "incluido". Sus ingresos subieron impulsados por el salario mínimo y por las transferencias [del Estado], sin un aumento equivalente de la productividad, en empleos de servicios de baja remuneración. Un ascenso de ese tipo tiene techo y quien llegó al techo quiere un transporte que no le consuma tres horas del día, un centro de salud que funcione, una escuela mejor, seguridad, crédito que no lo aplaste… Casi nada de eso se compra con ingresos: son bienes públicos, dependen de la inversión, y la inversión pública no acompañó a la inclusión por consumo. El gobierno respondió con el instrumento de siempre, incluido un reajuste del 15% en el plan Bolsa Familia a 17 días de la votación. La excepción fue la propuesta de terminar con la semana laboral "6x1", seis días de trabajo por uno de descanso, [para pasar a una de 5x2] que habla de tiempo de vida y no de transferencia de ingresos. Falta todavía lo que no cabe en el presupuesto: reconocimiento. Ese elector quiere ser tratado como autor de su propio ascenso.

Luiz Inácio Lula da Silva después de votar en la primera vuelta, que terminaría perdiendo por dos puntos.

—¿Por qué el apoyo a Lula disminuyó en sectores populares de los municipios pequeños y medianos, dependientes del programa Bolsa Familia?

—Conviene separar dos cosas. Las mayores pérdidas de Lula ocurrieron en ciudades pequeñas, de fuerte actividad agrícola, que no son pobres ni dependen de la Bolsa Familia. Allí la prosperidad viene del campo y el Estado aparece como un costo. En los municipios pobres sigue ganando con holgura, pero perdió margen en casi todos, incluidos los más dependientes del programa. Para esto último, veo tres razones. La primera es que la Bolsa Familia dejó de tener dueño. Después de veinte años, y de que Bolsonaro pagara 600 reales de Auxilio Brasil en 2022, el beneficio se percibe como un derecho. La gratitud se desgasta, porque lo que fue un logro para los padres es paisaje para los hijos. El miedo a perderlo continúa allí, pero solo moviliza cuando la amenaza es creíble, y la campaña de Lula no logró hacerla creíble. La segunda es que el beneficio se redujo. El piso quedó sin corrección desde 2023 y perdió cerca del 15% frente a la inflación, repuesto recién a 17 días de la votación. Para quien gasta casi todo en comida, eso pesa más que cualquier indicador. La tercera es que, con la protección dada por sentada, el voto vuelve a las costumbres, y es en las ciudades pequeñas donde la familia, la iglesia y el orden pesan más.

—¿Por qué el discurso bolsonarista penetra en los sectores más pobres? ¿No hay miedo al ajuste fiscal que promete?

—El miedo al ajuste es abstracto y lo que decide el voto es concreto: la deuda, la violencia, la desorden... Pero hay una razón más profunda, que el filósofo Vladimir Safatle, de la Universidad de San Pablo, viene desarrollando. Para él, la democracia liberal nunca valió para todos y hoy no consigue siquiera sostener un pacto social. Como economista, veo la causa material de esto. El pacto de la posguerra dependía de un alto crecimiento, que permitía aumentar salarios y beneficios al mismo tiempo. Con bajo crecimiento y capital financiero libre para irse, el Estado disputa cada real con sus acreedores: el Brasil de la tasa de interés del 15% gasta en intereses de deuda varias veces lo que gasta en el plan Bolsa Familia. Cuando las crisis pasan a ser vistas como ingobernables, se instala la convicción de que no hay sociedad para todo el mundo, y apoyar a la extrema derecha se vuelve una elección racional: garantizar la propia protección excluyendo a quien más depende del Estado. Es un cálculo hecho bajo el miedo: el afecto tiene una causa, que es la escasez de protección, y es ella la que hace que la exclusión del otro parezca una cuenta que cuadra. Por eso el ajuste no asusta. El elector lo entiende como un corte al otro. Agrego que, en Brasil, esa frontera corre por dentro de la pobreza: el endeudado que trabaja 12 horas por día vota contra el vecino que, en su cabeza, recibe beneficios sin trabajar: "Yo me aprieto el cinturón, que él se lo apriete también".

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