31|8|2021

VAR: tecnología, sociedad y política

22 de julio de 2021

22 de julio de 2021

El mecanismo usado en el deporte alecciona a nivel global y masivo sobre la discrecionalidad de los actores sociales y políticos. El fetichismo en crisis. 

A pura pifia, el Video Assistant Referee (VAR) está impartiendo un curso veloz de pedagogía a nivel global. El alegato de algunos de los portavoces de la incorporación de tecnologías en el deporte distingue la aplicación que árbitros y asistentes realizan de las ventajas teóricas que promete el sistema, pero ¿existe tal disociación o es una mera especulación teórica y de marketing?

 

El uso discrecional del VAR en instancias críticas de torneos de fútbol en distintas latitudes permite una inmersión masiva y expedita sobre los usos sociales de la tecnología, corroborando lo que desde hace décadas muestran estudios e investigaciones científicas. La tecnología no es neutral y son las relaciones sociales las que le asignan sentidos y las que realizan apropiaciones muy disímiles. El esquema “tecnología buena” versus “usuarios malvados” hace agua en el verde césped.

 

A principios de julio, Dinamarca fue perjudicada en las semifinales de la Eurocopa contra el local, Inglaterra, con el VAR como coartada para cobrar un penal que no fue. Esta semana, el turno le tocó a Boca Juniors en partido de octavos de final de la Copa Libertadores, contra Atlético Mineiro. Hubo, antes, otros seleccionados y clubes afectados. La expansión del VAR a cada vez más competencias augura que los damnificados por su uso, que es abuso, serán legión.

 

Tras quedar afuera de la Libertadores, el comunicado oficial de Boca fustiga con adjetivos negativos (“alevosa", "maliciosa", "intencionada”) a la interpretación de la tecnología VAR en los dos partidos disputados con Mineiro en la última semana. En sustancia, la dirigencia xeneize reconoce que la tecnología no es autónoma de manejos políticos y decisiones personales de quienes la implementan.

 

No fueron los aspectos técnicos y artefactuales del VAR los que condenaron a Dinamarca y a Boca. Tampoco los monitores del VAR omitieron verificar jugadas que, con más claridad que las que fueron revisadas, hubiesen cambiado el resultado final (en Mineiro vs. Boca, por ejemplo, la falta pasible de expulsión del delantero Hulk contra el defensor de Boca Izquierdoz o la mano del defensor brasileño Silva en su área). La tecnología funciona como subterfugio para disimular la coordinación de acciones sociales y políticas. Por supuesto, las consecuencias en el fútbol otorgan mayor visibilidad (por la masividad del espectáculo) a un tema que en el fondo involucra todas las esferas de la vida humana, dada la ubicuidad de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y su carácter esencial en la mediación y cobertura de necesidades sociales.

 

Estos recientes, más o menos escandalosos y públicos, muestran que no hay tecnología sin sociedad. Las relaciones sociales y la posición de individuos y grupos en la estructura social se traducen en política. La forma en que la tecnología, incluso en su fase actual de programación algorítmica, es concebida y usada, condiciona sus efectos. La gravitación social de las habilidades mediadas por dispositivos y técnicas desmiente su presunta neutralidad: la sociedad les confiere sentido a las tecnologías. Más aun: la sociedad puede darle varios sentidos a una tecnología en un mismo período histórico, por lo que Facebook puede representar algo muy diferente para una abuela que para su nieta (y, desde ya, para Mark Zuckerberg supone algo distinto que para los medios de comunicación tradicionales), la cámara de vigilancia en el patio de un colegio no tiene el mismo significado para dos adolescentes deseosos de explorar su intimidad que para la dirección del establecimiento y el último modelo de iPhone tiene una importancia distinta en Barrio Parque de la Ciudad de Buenos Aires que en un paraje rural alejado de los centros urbanos donde aun no hay cobertura 3G.

 

Al forzar ante la mirada de millones la manipulación de la tecnología, esta es despojada de su carácter de fetiche donde viene siendo entronizada en pleno auge de las llamadas “sociedades de la información”. La fetichización de la tecnología fue explotada hasta el hartazgo por el lobby del voto electrónico, lubricado por intereses políticos y por billeteras abultadas de proveedores de un servicio opaco para la fiscalización del sufragio. Por cierto, los voceros del voto electrónico son los mismos que propagandizan el consumo de cada nueva terminal móvil inteligente que sale al mercado y coinciden con los epígonos del VAR en buscar respuestas supuestamente neutrales a problemas políticos. Representantes de la mitificación de la técnica por sobre las habilidades sociales que le dan sentido y portavoces directos de intereses materiales, ellos son en sí mismos tecnologías de difusión más o menos vulgares, según el caso.

 

Como toda actividad organizada, el fútbol tiene regulaciones y la tecnología VAR es una de sus novedades. Esta tecnología se adosa a una serie de reglas que no son inmutables, que cambiaron antes del VAR y continuarán mutando. En otros deportes y países es posible escuchar en directo la conversación de quienes observan los monitores y los árbitros en el campo de juego, no así con el VAR en Sudamérica, dando lugar a suspicacias sobre la edición de audios e imágenes. De todas formas, aun en otras latitudes donde la ejecución del sistema VAR es más transparente, el diablo mete la cola, como lo saben los daneses.

 

En cuestión de tecnologías de la información y la comunicación, las mutaciones de las reglas de juego, es decir, de las regulaciones, no son naturales, sino fruto de interacciones donde no todas las voces y puntos de vista pesan de igual manera. Esa asimetría se traslada finalmente al uso concreto de la tecnología. Esa maraña de intereses confluye así en la posibilidad de anular o no un gol, en el caso del VAR, pero también en la interceptación de comunicaciones personales en servicios de mensajería o en la administración de permisos para acceder o para denegar accesos a sitios de información online cuando hay protestas sociales. Tecnología, sociedad y política son un equipo indisoluble, a menos que alguien quiera hacer trampa.