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La II Transversalidad. ENFOQUE

El Frente Ciudadano, la criatura que profundiza el modelo (Néstor) K

Cristina va por los nuevos desencantados: los sectores medios afectados por el ajuste. Intenta diluir al PJ, que la quiere jubilar, y lanza su candidatura a jefa de la oposición. Crispación cero.

El 25 de mayo de 2003, Néstor Kirchner entró a la Casa Rosada condicionado por su debilidad de origen (había obtenido apenas 22% de los votos en las elecciones del 27 de abril de ese año) y la alianza con el PJ bonaerense comandado por el saliente presidente provisional, Eduardo Duhalde, el barón de los barones. Estratega brillante, el santacruceño resolvió sus problemas agrandando el peronismo –y, entonces, diluyéndolo- para fundar el kirchnerismo y su transversalidad. Lo hizo con los desencantados de entonces: Las organizaciones surgidas de la protesta social de 2001 y los radicales auto exiliados de la UCR tras el desastre de la Alianza. 13 años después, y tras cuatro meses de silencio luego de su última plaza –el 9 de diciembre-, Cristina salió a la conquista de los nuevos desencantados para actualizar y profundizar el modelo político fundado por su esposo y, desde la plataforma del Frente Ciudadano, como bautizó a la II Transversalidad K, postularse a jefa de la oposición en la era PRO.

 

No hubo ni una pizca de improvisación en el discurso de más de una hora que CFK brindó este miércoles en las puertas de los tribunales federales de Comodoro Py, después de declarar por escrito ante (de espaldas, en rigor, según cuentan las crónicas que reconstruyen el encuentro) el juez Claudio Bonadio en la causa por las operaciones de venta de dólar a futuro. El mensaje fue, claramente, el producto de una esmerada estrategia política y el lanzamiento de un plan en el que se reconocen dos claves centrales:

 

 

 

MENOS PEJOTISTA QUE NUNCA. Aunque reivindicó –y aplicó en sus planes de gobierno- la doctrina justicialista, Cristina renegó siempre del PJ como herramienta política. Ahora, más todavía, y no es señal menor su decisión de no participar del proceso de renovación de autoridades partidarias que prevé elecciones internas para el próximo 8 de mayo. En su discurso de Comodo Py, terminó de revelar que no pretende ser la jefa del PJ: intentará ser la jefa de la oposición pero corporizada ésta en un movimiento más amplio, menos político partidario, más amorfo, pero potencialmente poderosísimo porque, en definitiva, lo que intentará recrear CFK es la alianza del peronismo con la clase media, una sociedad que resultó una fuerza social imbatible cada vez que se presentó en la política nacional.

 

En este plan, CFK intentará, como hizo su marido en el arranque de la era K, diluir al peronismo, esta vez en la olla del Frente Ciudadano, su nueva criatura.

 

Hay un poco –o bastante- de defensa propia en este plan: el peronismo más ortodoxo quiere, una vez que termine de pasarle las facturas que acumuló en tantos años de conducción híper personalista y de transferencia de poder en favor de La Cámpora, jubilar a la ex mandataria como conductora. El jefe de la bancada de senadores nacionales del FpV, Miguel Pichetto, fue el vocero más brutal de esa expectativa: dijo que los ex presidentes deberían retirarse de la política activa.

 

Pero hay también, en el plan de Cristina, mucho de estrategia basada en la convicción de que, como está, el peronismo es un organismo muerto: fragmentado, agrietado, incapaz de mantener unidos los bloques legislativos y con sus caciques provinciales con responsabilidades de gobierno cediendo a la extorsión financiera de la Casa Rosada. La lista de unidad que consagrará un nuevo Consejo Nacional es, en este contexto, la puesta en escena de una parodia.

 

El diario madrileño El País evaluó la reaparición de Cristina como un notable éxito que volvió a colocar a la ex presidenta en “la primera línea de la política argentina”. Cierto: con nuevos tonos, nuevas maneras y palabras impensables hace cuatro meses –casi en susurros en vez de a grito pelado-, CFK, además de plantearles a sus tropas incondicionales -con La Cámpora a la cabeza- el desafío de bajarle tres cambios a la beligerancia en la que se sintieron siempre tan cómodas, pateó el tablero y sacudió la política a menos de cinco meses del batacazo PRO. Abrió, tanto en el panperonismo como en el Gobierno, un proceso deliberativo con final abierto.

 

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