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Foro de Inversiones y Negocios de Argentina: una invitación al saqueo

Foro de Inversiones y Negocios de Argentina: una invitación al saqueo

16/09/2016 18:09

1.500 empresarios, entre ellos 100 de los principales CEOs del mundo, fueron agasajados esta semana por el presidente Macri. Nada bueno para los trabajadores saldrá de esta gran “kermese” para vender el país.

El gobierno puso el cartel de “remate” a las riquezas de la Argentina. Ahora muestra “de local” lo que vino pregonando en Davos en el mes de enero, o en China la semana pasada. Lo que Macri ya le dijo personalmente a Obama, en su visita de marzo: la mesa está servida para que vengan a saquear todo. El gobierno de Cambiemos, mientras tanto, tratará de garantizar que puedan hacerlo con el menor costo salarial posible (léase que también se “vende” la futura superexplotación de los trabajadores argentinos).
Muchos lo señalan como el mayor evento empresario en toda la historia de Argentina, sólo comparable por la importancia de los invitados a los festejos del Centenario en 1910. Están presentes el presidente y Ceo de Coca Cola, Muhtar Kent, que suspendió otras actividades para participar, el director general de British Petroleum, Robert Dudley, el presidente y Ceo de Siemens, Joe Kaesser, y altos directivos de Dreyfuss, General Electric, Toyota y Citigroup, entre otros. También 50 empresarios inglesas de primera línea, 40 franceses y líderes globales de los principales países. Por supuesto, al evento también asistieron todos los grandes empresarios de la Argentina, empezando por Paolo Rocca de Techint y Luis Pagani de Arcor. El gobierno aporta todo su gabinete. “Es un mini-Davos”, se entusiasman en el gobierno, comparándolo con ese evento anual que se realiza en el famoso centro de esquí suizo.

La realidad es que, a pesar de que el gobierno de Macri insiste en que ya tiene “en carpeta”, más de 30.000 millones de dólares en inversiones extranjeras, éstas no terminan de aparecer. Y con este foro se juegan a que las multinacionales “se animen” y vengan. Por eso se presenta toda la oferta disponible: riqueza en gas, petróleo y minerales, tierras fértiles para proyectos agroalimentarios, telecomunicaciones, licitaciones en energía renovable y obras públicas “a medida” de los inversores (como autopistas para “sacar la producción” hacia el Océano Pacífico), todo con rentabilidad garantizada. 

“La Argentina necesita inversiones”, insisten desde el gobierno. Seamos claros: nunca las inversiones extranjeras sirvieron para el desarrollo nacional y la solución de las necesidades populares. Lo que nuestro país precisa es un gran plan de obras públicas, por cierto. Un gigantesco programa de viviendas que resuelva el déficit habitacional. Declarar la emergencia educativa y sanitaria y construir o refaccionar miles de escuelas, facultades, hospitales y centros de salud. Volver a reconstruir la red ferroviaria nacional que se destruyó en los 90. Hacer decenas de obras de saneamiento hídrico para evitar el flagelo de nuevas inundaciones. Extraer y aprovechar nosotros mismos nuestra inmensa reserva gasífero-petrolera. Reconvertir nuestra matriz energética, aumentando la generación hidroeléctrica y desarrollando la energía nuclear y las fuentes alternativas. 

Podemos hacerlo nosotros mismos. No necesitamos a ninguna de estas “inversiones” que después se terminan transformando en saqueo. A la Argentina no le faltan “capitales”. Al contrario: el problema es que nuestras riquezas se van por la canilla del pago de la deuda externa. Miremos este año: ya llevamos de nuevo endeudamiento 38.000 millones de dólares: ¿para qué se usaron? Para pagarle a los buitres, para financiar la fuga de capitales y para que las multinacionales reenvíen las ganancias que obtuvieron en la Argentina a sus casas matrices.

No necesitamos la mentirosa “capacidad técnica” de ninguno de estas transnacionales: todas y cada una de las obras que nos faltan las podemos hacer reestatizando las empresas privatizadas y recurriendo a nuestros trabajadores, técnicos y profesionales, al conocimiento acumulado en las universidades y los centros científicos y tecnológicos como el INTI, el INTA o la CNEA.

Financiado entonces con los fondos que surgirían de dejar de pagar la deuda externa y por impuestos a las superganancias y grandes fortunas, podríamos poner en marcha un gigantesco plan de obras públicas que empalidecería a cualquier “lluvia de inversiones”, generaríamos trabajo digno para todos los que hoy sufren el flagelo del desempleo y resolveríamos las urgentes necesidades populares de vivienda, salud, educación, transporte e infraestructura.