PLANO CORTO. CFK Y PICHETTO

Bailar pegados: parecidos y diferencias de dos enemigos íntimos

El autor analiza los discursos de las dos figuras estelares del peronismo en el cierre del debate sobre la ley anti tarifazo. Y el rol de la principal fuerza opositora ante el descalabro del Gobierno.

La discusión del proyecto de ley “Anti-Tarifazo” en el Congreso aglutinó a la mayoría de la oposición y abrió una nueva etapa de la política vernácula. El debate de estos días discurrió por diferentes plataformas que pusieron en juego lenguajes disímiles. Ante la inexorabilidad de la aprobación de la Ley que venía aprobada de Diputados, el presidente Mauricio Macri retrocedió varios casilleros -años, quizás- y apeló a un manotazo de ahogado propio de la videopolítca de fines del siglo pasado. Un mensaje grabado, leído con teleprompter y mirada fija a cámara, acompañado por Pancho Cabrera, ministro de la Producción que, en plena discusión sobre tarifas y lamparitas, hasta quedó fuera de foco. El discurso estaba destinado a convencer a la sociedad de la irracionalidad de la oposición y a la oposición “razonable” de que no lo estaba siendo tanto.

 

Falló en ambos objetivos. En el primero, porque, en un set televisivo más parecido a las cadenas de Cristina que a la estética Pro, rompió el código durambarbeano de conmover e ilusionar más que de convencer. En épocas de discursos líquidos, el mensaje de Macri rompió el contrato con un público más acostumbrado a la prédica que al argumento. En el segundo, porque el macrismo evidenció como nunca aquello de lo que carece: barro político. En plena crisis y estampida ni el fantasma de “las locuras de Cristina” fue potente para separar a un peronismo unido por el espanto.

 

Paradójicamente, la nota digna de reflejos millenials la dio la propia expresidenta, quien, segundos después del video acartonado de Macri, lo ridiculizó por redes sociales. Trató al presidente de “machirulo”, vocablo que, por más que los más importantes diarios argentinos hayan ido a buscar al diccionario de la RAE, les es afín a cada una de las integrantes del movimiento más dinámico de la actualidad: el feminismo. Entre las multitudes de pañuelos verdes y reivindicación de los derechos de género, así se define al machito recalcitrante, ese que, por más que lo intente, no entra en razones y evidencia, hasta en los actos fallidos, su sujeción al patriarcado. Eso es Macri. Y allí lo ubicó Cristina, haciendo un guiño a esas multitudes en plena discusión por la legalidad de la interrupción voluntaria del embarazo.

 


 

El escenario de disputa, luego, se trasladó al Senado. Y ahí una de las preguntas centrales era develar cuál iba a ser la pose del peronismo unificado, al menos frente al tarifazo. Sus dos representantes fueron la expresidenta y el otrora jefe de su propio bloque, Miguel Ángel Pichetto, actual mandamás del justicialismo “dialoguista”. Y, en ese fango, ambos se las arreglaron para bailar tan unidos como separados.

 


 

 

Cristina ofreció uno de sus discursos canónicos, esos de los que su auditorio se ufana y hasta días después repite de memoria y con loas. Su fortaleza central sigue siendo la argumentación, bien escaso en la política actual y que siempre la ubicó como una de los mejores cuadros del siglo XXI. Sin leer, sin repetir y sin soplar, la senadora del FPV repasó doce años de gestión con cifras. Fue para atrás, para adelante y contextualizó el problema tarifario en lo que consideró una verdadera crisis estructural que se evidencia en el descalabro de todas las variables más importantes de la macroeconomía.

 

Su discurso, tan perfecto en las formas que resulta potente aún con gruesas omisiones, repasó las inversiones de su gobierno en energía, se río del oficialismo por reivindicar ahora los recursos de Vaca Muerta, argumentando la imposibilidad de cualquier política vinculada al sector de no ser por la estatización de YPF a la que Cambiemos se opuso y se guardó un espacio para chicanear a la presidenta del Senado comparando la utilización peronista de los próceres con la impronta new age de la fauna en los billetes, que sintetizó en la figura del “Yaguaraté Mimoso”. Todos jueguitos para la tribuna.

 


 

 

Lo que le sucede al discurso K no es nuevo. En épocas de relatos de 280 caracteres y fotos de Instagram, 48 minutos de cifras, argumentos y chicanas solo logran emocionar a los melancólicos por la añoranza de un pasado que se fue.

 

A eso se suman dos datos que no debieran pasar inadvertidos. Cristina sigue explicando el fenómeno “Cambiemos” únicamente a partir del blindaje mediático. Entonces, la genialidad y el efecto que había tenido el tuit del “machirulo” pierde potencia ante el ineficaz recurso de siempre: levantar tapas de Clarín para mostrar cómo, ciertamente, el gran diario argentino pronosticaba el apocalipsis cuando el kirchnerismo intentaba subir las tarifas -recordar la política de “sintonía fina” de 2011- mientras que hoy milita el tarifazo M. “Nosotros pagábamos subsidios para la gente -dijo Cristina- y hoy la gente subsidia la rentabilidad de las empresas”.

 


 

 

Y allí fue donde entró en escena Pichetto, mucho más preocupado por diferenciarse de Cristina que del propio gobierno. Contextualizando el problema de manera similar a su ex jefa política, el senador rionegrino repitió hasta el hartazgo que el oficialismo no le trajo nada. Ni una pizca de proyecto que él y los suyos hubieran podido a acompañar.

 

Pichetto sobreactuó una responsabilidad republicana a destiempo de la coyuntura. Felicitó al Gobierno y a sí mismo por el pago a los buitres –“podríamos haberlo hecho en nuestro gobierno si no hubiéramos caído en el consignismo de la patria”, dijo-, indicó como especialista en corridas cambiarias al ex presidente del Banco Central Martín Redrado, atrincherado en su oficina una vez echado por el kircnerismo, y hasta sostuvo que el voto “no positivo” del ex vicepresidente Julio Cobos en la “crisis del campo” de 2008 fue una derrota política de su gobierno producto de la cerrazón al diálogo. Tan comprometido con la gobernabilidad se mostró Pichetto que hasta levantó la bandera de un gran acuerdo nacional para hacer las reformas que “van a ser necesarias” tras el pacto con el FMI. Ni Macri hubiera esperado tanto.

 


 

 

Ahora bien, algo no diferenció a Pichetto de Cristina: a la hora de señalar los motivos de la crisis por las tarifas, también levantó titulares de Clarín y La Nación y criticó de lleno a la comunicación “estúpida” de Durán Barba, a quien criticó por no “creer” en los diarios, la tele y la radio. Algo une al peronismo: su fe ciega en el poder omnímodo de los medios.

 

Según este imaginario, la explicación del fin de los doce años se sigue reduciendo a las tapas de los diarios “hegemónicos”. Con ello, datos centrales de la política, como la percepción social del control de los subsidios, de las denuncias de corrupción en la obra pública y de qué se les exigió, por ejemplo, a las empresas energéticas a cambio del dinero estatal, quedan fuera de la ecuación.

 

Si el discurso del macrismo sobre las tarifas resulta verosímil es porque supo calar en dimensiones significativas de la experiencia y la emoción social: muchos ciudadanos estuvieron dispuestos a pagar más ante la promesa de un mejor servicio, independientemente de la racionalidad del argumento que dice que el bien caro sólo por caro es bueno.

 

El macrismo, hasta la presente crisis política, consiguió instalar a base de medios, pero también de experiencia, una serie de verosímiles que funcionan como creencia más allá de la evidencia. Que el servicio energético es mejor. Que el Gobierno dice la verdad, aunque duela. Que si se equivoca siempre está dispuesto a volver atrás. Y así. La propia Cristina, que le vaticinó a Macri que las estrategias comunicacionales ya no tendrán efecto porque se impondrá la experiencia de la gente “angustiada” ante las facturas de gas, se muestra incapaz de ensayar razonamientos que combinen lo mediático y lo experiencial para explicar el ocaso de su propio gobierno.

 


 

 

Uno de los padres de la sociología, Max Weber, clasificaba dos tipos de ética asociadas a la política. Aquellos políticos que se mueven por pura convicción serían menos deseables para el buen funcionamiento del cuerpo social que quienes lo hacen a partir de una ética de la responsabilidad, vinculada a la gobernabilidad. Cristina y Pichetto saben que están parados uno en cada punta de esos dos polos. La crisis de Cambiemos los puso, y con ellos a todo el peronismo, en la obligación de mostrarse lo suficientemente juntos como para sacar chapa para sus espacios en 2019 y lo suficientemente separados como para no ser confundidos. La ex presidenta y los suyos se sienten cómodos en el rol de guardianes de las convicciones. Pichetto y su bloque, en cambio, hacen gala consciente de estar abiertos a negociar casi cualquier cosa, esperando que sólo esa actitud sea suficiente para diferenciarse más que de Macri, del propio kirchnerismo.

 

Cristina tiene los votos y lo sabe, aunque vivió en cuerpo propio la experiencia de saber que no alcanzan. El PJ tiene el aparato y también lo sabe, aunque sin Cristina no le alcanza ni para escribir un nombre en la pizarra de largada de la próxima carrera presidencial. El problema de ambos sectores, entre muchos otros, es que todos son conscientes de que, en política, las sumas a veces restan y hasta pueden provocar desbandes.

 

Lo que se vivió en el Senado es la resultante de una coyuntura que se muestra cada vez más centrífuga para el peronismo: la crisis del gobierno los amontona. También quedó evidenciado que ambos sectores siguen pensando en un paradigma comunicacional que ya no les es útil. No lo fue para explicar el fin de la “década ganada”. Mucho menos lo es para pensar en volver a enamorar a los ciudadanos detrás de un proyecto político distinto. Que, al fin de cuentas, es de lo que se trata cuando al Gobierno de los latiguillos y las redes se le empezaron a reventar cada uno de los globos de colores.

 

 

* El autor es investigador del Programa de Industrias Culturales y Espacio Público de la Universidad Nacional de Quilmes.

 

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