Por el rumbo de la Patria

“La Patria es un dolor que nuestros ojos no aprenden a llorar” Leopoldo Marechal

En las miradas perdidas siempre hay un destino. En el fondo, hasta impredecible. Pero siempre está el camino marcado. Sin embargo, la duda existe más por la coyuntura y la consecuencia. Alcanzar 30 años ininterrumpidos de democracia y la profundización de un proyecto político inclusivo y revolucionario es la confirmación de aquel rumbo interrumpido por la antipatria.

 

Celebrar la democracia pareciera festejar que respiramos. Debería ser derecho adquirido y lo destacamos como un logro. La única explicación se encuentra en la instalación del proceso de terror, genocida y extranjerizante que operó durante la última dictadura cívico-militar, cuyo largo brazo de dolor alcanzó mucho más que el tiempo de los genocidas en el poder.

 

Es que la noche negra de la dictadura significó desapariciones, torturas, secuestros de bebes, entreguismo, destrucción de la industria nacional y mucho más. Pero junto con el miedo generado en la sociedad se apuntaló sobre lo más preciado que tiene la democracia: la verdadera participación popular. Entonces el grado de intervención de la sociedad fue anulado en la dictadura a través del terror y permaneció en el espíritu de los hombres de a pie, tanto que durante la década del 80 y en el reino neoliberal noventista, la acción política de los ciudadanos estuvo encorsetada en la resistencia.

 

¿Pero por qué tamaño festejo al cumplirse el aniversario número 30 de nuestra democracia moderna? Es que hemos logrado algo impensado hasta tan solo unos años atrás. Hemos alcanzado la continuidad democrática en materia institucional pero sobre todo hemos recuperado la verdadera herramienta de transformación. Volvió la política. Y con ello volvió lo mejor de nuestro país: volvieron los jóvenes, volvió el trabajo, volvieron los jubilados a ser dignos, los pibes a las escuelas, la Patria a ponerse de pie.

 

El proyecto político que comenzó con la asunción de Néstor en 2003 ha virado el eje del debate en términos democráticos. El engaño estaba planteado de manera absurda, pero funcionaba: para que en Latinoamérica funcione el sistema republicano es necesario someternos a los designios del poder central concentrado geográficamente en Estados Unidos y el Europa, económicamente ubicado en empresas trasnacionales que licuaban su imagen con gestos gauchescos pero de tonos gringos.

 

El primer paso fue la dictadura y una vez recuperado el poder de la democracia, el miedo se impregnó de tal manera en la piel del pueblo que nos conformábamos con el formalismo eleccionario y la posterior protesta ante la desilusión. Lo dijimos, Néstor rompió. Con todo y con eso también. El kirchnerismo es la etapa más trascendental de estos 30 años de democracia porque significa quitar el velo con el que nos intentaban esconder lo que a ojos vista era un fraude: el verdadero sistema republicano latinoamericano y argentino solamente será posible con una democracia inclusiva, transformadora pero sobre todo con origen y cepa nacional.

 

“Un pueblo no se hace en una hora. Un pueblo se hace sobre sus esencias, sobre su historia. Un pueblo avanza sobre el camino de su historia cuando, en una coyuntura excepcional, una generación consigue poner en ebullición creadora las posibilidades nacionales”- Juan Domingo Perón.  

 

Hoy, con Cristina como presidenta y figura conductora de este proyecto transformador es la política la que señala el rumbo, la que marca aquel mismo camino que lo peor de la antipatria interrumpió a través de la violencia. Hemos recuperado el autoestima para impulsar nuestros propios sueños, para ponerle los cimientos a aquello que deseamos y construir hasta hacerlo realidad. La democracia es más que el voto, está claro. Es finalmente todo lo que hacemos todos los días para vivir con más justicia e igualdad.

 

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