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La República perdida

El fracaso del experimento Macri -económico, pero también político- frustró prematuramente el sueño de la derecha argentina, que se ilusionó con un proyecto que le permitiera gobernar por los votos.
Por 07/12/2019 11:51

Cuando pueda descentrarse, Mauricio Macri podrá ver la enorme posibilidad histórica que acaba de desperdiciar. Cuando los días empiecen a correr, el presidente que se va tendrá la chance de hacer un balance menos autocomplaciente que el difundido por la escuela del optimismo, en cadena nacional. Aunque no quiera incluso, el tiempo le va a sobrar.

Es baja la vara con la que el egresado del Cardenal Newman se juzga a sí mismo. Desde el punto de vista institucional, el que interesa a los historiadores de la República, Macri hace bien en atribuirse la hazaña de haber culminado su mandato como el primer presidente no peronista que llega al final de sus días en la Casa Rosada desde Marcelo Torcuato de Alvear. Desde el punto de vista electoral, puede sentirse satisfecho por la sorprendente remontada del 27 de octubre para un candidato que no tenía nada para ofrecer, salvo la promesa de sepultar al kirchnerismo, que ya había traicionado durante sus cuatro años de gobierno. Es lo único que está habilitado a festejar. Visto desde las enormes expectativas que generaba, desde el arsenal de promesas que incendió y desde las ilusiones que él mismo tenía, el fracaso es abrumador y entra, también, en el ciclo grande de las frustraciones argentinas.

Desde la perspectiva económica, política y también histórica, el fracaso es mayúsculo. En el primer aspecto, el consenso es absoluto: desde el ministro Hernán Lacunza, que admite a su manera que no se cumplieron los objetivos, hasta Roberto Lavagna, José Luis Espert, Carlos Melconian, Matías Kulfas y los economistas de izquierda, todos coinciden en señalar que el Presidente deja una herencia mucho más grave que la que recibió de Cristina Fernández de Kirchner hace cuatro años.

 

 

OTRA COSA. Macri prefiere ignorarlo o minimizarlo, detrás de su sermón sobre los “cimientos difíciles de ver” que dijo haber construido en su mensaje grabado del jueves. Pero se va con indicadores negativos en todos los rubros en los que, según decían él y sus colaboradores, pensaba lucirse. Lo que el ingeniero decía que era fácil de resolver resultó imposible para él y el mejor equipo de los últimos 50 años. Tres años de recesión sobre cuatro, la inflación más alta desde 1991, el PBI tres puntos más chico, la moneda pulverizada, una caída del salario real de entre 20 y 30 puntos, el desempleo de dos dígitos, la pobreza hacia el 40%, cierre de pequeñas empresas y pérdidas inéditas para las más grandes, el riesgo país multiplicado por cinco y una deuda monumental imposible de pagar con vencimientos de cortísimo plazo. Caída de reservas y un cepo a la orilla del default. Una trampa perfecta que tendió Macri y, producto de su derrota, deberá sortear Fernández. Como datos positivos, 2019 como el primer año de superávit comercial -producto de la devaluación permanente y de la honda recesión-, la performance del campo, las exportaciones de carne y no mucho más.

 

 

Para la socióloga Ana Castellani, “hay una tendencia errónea a creer que, como existen grandes ganadores de la política pública del macrismo, se vino a hacer eso. Pero los resultados no tienen que ver con los objetivos”.

Coordinadora del Observatorio de las Elites, Castellani sostiene: “No creo que Macri haya venido como representante de una alianza electoral a irse a los cuatro años con más pobreza, más inflación, más desocupación. No vinieron a eso. Vinieron a cambiar el país y desterrar la Argentina populista, instalar un régimen de largo alcance, de 20 o 30 años de refundación del país en otra dirección”. Ese ambicioso proyecto es el que acaba de caer en tiempo récord, después de ser incubado durante décadas. Nadie sabe cuándo habrá una nueva oportunidad para esos sectores y, sobre todo, depende más de Fernández y el gobierno entrante que de los que apostaron a Macri.

 

 

COMO TE VEN TE TRATAN. Activa militante del rechazo al populismo, dueña de una mesa que restringe las posibilidades de la política desde los años de la dictadura, la señora Mirtha Legrand fue la que, con dolor y precisión, expresó la vertiginosa mutación que sufrió Macri en el poder. Le alcanzaron unas pocas palabras. “A veces pienso que Macri era un triunfador y ahora se ha transformado en un fracasado. Es terrible”, dijo. Fue el 1 de septiembre pasado y, aunque después pidió disculpas, talló en piedra la transformación del ingeniero para los que compraban los espejitos de colores de un exitoso empresario preparado para resolver los problemas argentinos. Cuatro años alcanzaron y sobraron para tirar abajo la ilusión que generaba Macri, la posibilidad inédita de un empresario que aterrizó en la Casa Rosada con apoyo popular, después de haber presentado sus ideas ortodoxas y noventistas como algo novedoso.

 

 

El heredero del clan Macri llegó a la cima de su carrera para el desafío más importante y la prueba le quedó grande. Desde abril de 2018, cuando arrancó la corrida y el rey quedó desnudo, ya no tuvo nada para ofrecer ni forma de revertir una tendencia que se acentuaba al ritmo de la crisis y la debacle de la economía real. Ahora, sus adherentes quedan a la espera de un fracaso ajeno y tienen la misión de reinventar el espacio. No está claro tampoco que, como aseguró el Presidente en cadena, exista hoy “una alternativa sana de poder”. Ya los primeros tránsfugas amarillos y la discusión que se abre en Cambiemos ponen en duda la consigna. Muchos años astillada, la oposición al kirchnerismo se unió en el poder pero a la intemperie puede sufrir, como le tocó al cristinismo de la derrota.

En lo político, el Presidente y su núcleo duro también salen desaprobados, después de asumir en condiciones favorables. Aunque tal vez se haya creído el más preparado, Macri llegó a lo más alto por un cúmulo de factores que no parecen fáciles de reeditar: después de 12 años de gobierno kirchnerista, con un modelo económico que daba signos claros de agotamiento, el peronismo dividido, un candidato como Daniel Scioli resistido tanto por su propia electora como por una parte de sus votantes y un candidato a gobernador en la provincia de Buenos Aires capaz de reunir en su contra a una porción mayoritaria de opositores e indecisos.

 

 

LA OPORTUNIDAD HISTÓRICA. 2015 queda a años luz, pero fue ayer nomás. Macri se topó con la posibilidad inédita e inmejorable para reponer una alianza antiperonista en el poder, conducida por un sector que estaba virgen en la función pública y vendía los pergaminos de su éxito en el rubro de los negocios. Llegaba el turno de desplazar a los partidos tradicionales que se habían demostrado estériles para avanzar con las reformas de ajuste hasta el hueso. Aún con sus diferencias, peronismo y radicalismo eran vistos por Macri y por sus promotores como fuerzas que compartían una matriz. El ingeniero estaba habilitado para avanzar con cirugía mayor hasta un punto en que el sus genes populistas los llevaban a defeccionar.

El seleccionado de CEOs y financistas se ensamblaba con políticos que habían hecho la escuela técnica en el peronismo y con un radicalismo que aparecía en disponibilidad como furgón de cola, después del estallido de 2001. La oportunidad histórica de la que hablaron Marcos Peña y María Eugenia Vidal en el coloquio de IDEA de 2017 era el resultado de años de espera y había madurado desde la oposición, mientras el kirchnerismo se prolongaba en su cerrazón, la clase media mutaba y la restricción externa apretaba. 

 

 

Aunque sus ideas económicas y políticas estaban moldeadas en el liberalismo más precario, Macri fue el emergente de un hastío social y la cara nueva de grupos de poder que ya habían sido parte de los experimentos de Carlos Menem y Fernando De la Rúa. Su paso exitoso por Boca le había dado una popularidad esencial y en la vidriera de la Ciudad había comprado barato el título de administrador eficaz. 

Tuvo el apoyo de una mayoría social circunstancial pero indudable que lo creyó una esperanza, el respaldo militante del Círculo Rojo, el acompañamiento acrítico de los grandes medios de comunicación, la bienvenida de los gobiernos de los países centrales y a una parte esencial del peronismo dispuesta a colaborar con el intento de enterrar al kirchnerismo en el pasado.

El presidente que se va llegaba con la lección estudiada de una colección de fracasos que, se suponía, no iba a repetir. A ese intento de reconciliar un proyecto ideado desde una élite con el voto de las mayorías se le llamó gradualismo. Una alquimia que combinaba un ajuste furioso en las tarifas con un intento inicial de resguardar a los sectores más vulnerables del sacrificio mayor y un endeudamiento que crecía a la velocidad de la luz.

 

 

Macri no sólo ganó una elección en 2015, sino que ganó otra en 2017, después de dos primeros años en que la crisis ya pegaba en amplias franjas de la población, aunque la economía parecía iniciar una recuperación y rendía todavía el argumento de la pesada herencia kirchnerista. Como otros experimentos de poder, el vamos viendo no incluía un plan B más sofisticado que el de ir a pedirle socorro al Fondo. El organismo que presidía Christine Lagarde acompañó la aventura de Nicolás Dujovne y no hizo más que profundizar un fracaso a fuerza de ajuste y ortodoxia. En auxilio de Macri, Donald Trump cumplió un papel esencial: a él le debe el Presidente gran parte del mérito que se adjudica, haber terminado su mandato en relativa calma. Ese “mundo”, del que tanto hablaba Macri, lo felicitaba y lo acompañaba equivocado hacia la puerta del cementerio.

 

 

UN PARÉNTESIS. A partir de ahí, con la corrida al dólar y el gobierno pleno de los mercados, comenzó a deshilacharse el esquema de alianzas que había edificado Macri con Rogelio Frigerio en el Ministerio del Interior, Emilio Monzó en Diputados y Miguel Ángel Pichetto en el Senado. Sergio Massa se convirtió en opositor, Juan Manuel Urtubey se alejó, Juan Schiaretti se encerró en su victoria cordobesa y los demás gobernadores comenzaron a buscar un puente con Cristina. Ya el sindicalismo y los movimientos sociales estaban, en su enorme mayoría, haciendo cola el Instituto Patria. Ya en el oficialismo y en el Círculo Rojo comenzaban a pedir a gritos por un Plan V. Ya Macri sonaba a viejo.

El experimento del macrismo terminó siendo lo que temía el gurú ultraliberal Miguel Angel Broda: un paréntesis -gris- entre dos peronismos.

Lo demás es historia conocida, pero vale remarcar algo. Pese a la hazaña del 40% para un gobierno agotado en todos los planos, Macri, Peña y Jaime Durán Barba fracasaron también en el terreno en el que se decían invencibles. No alcanzaron la formidable maquinaria electoral amarilla ni la magia del Big Data para dar vuelta una realidad adversa para los que viven de un ingreso en pesos. 

Sin embargo, Ana Castellani remarca que el problema excede a Macri y deja una definición que la nueva oposición debería considerar. “El proyecto de una fracción de las elites argentinas es inviable porque parte de un diagnóstico que no reconoce las características propias de esta sociedad. Creen que se pueden aplicar un conjunto de medidas para que este país salga adelante, que son inaplicables porque hay resistencia social”, dice la socióloga, que además es investigadora del Conicet.

Macri es historia y sólo le queda apostar a un fracaso ajeno y traumático. Habrá tiempo para explicar por qué el experimento del macrismo no pudo iniciar la nueva etapa que se cansó de anunciar y terminó siendo lo que temía el gurú ultraliberal Miguel Angel Broda: un paréntesis -gris- entre dos peronismos. Deja, aunque no quiera reconocerlo, más pobreza, más desigualdad, más deuda y más escepticismo.