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ADNéstor

Pavimentó el camino a la presidencia del bloque de diputados de Todos con muñeca nestorista y seduce a la oposición con vocación de diálogo. Zoom al hijo de Cristina que se declara soldado de Alberto.
Por 05/12/2019 13:04

La derrota en las urnas todavía está fresca y un grupo de diputados referenciados en Diego Bossio acaba de anunciar su ruptura con el Frente para la Victoria. En el tercer piso del Palacio Legislativo, el 3 de febrero de 2016, Máximo Kirchner habla frente a sus compañeros de bancada. Algunos lo escuchan por primera vez. El hijo de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, aterrizado en la lista de legisladores nacionales para recelo de un largo listado de referentes del PJ tradicional, ensaya una autocrítica por la caída ante el Cambiemos de Mauricio Macri. Dice que se cometieron errores. Para el kirchnerismo, se abre delante un desierto político. Pero al final, cree el líder de La Cámpora, la organización resistida por el peronismo tradicional, se puede ver la luz de la unidad. Y, tal vez, de la victoria.

El kirchnerismo todavía era mala palabra para el peronismo tradicional y el massismo a principios de 2016, cuando Kirchner empezó a trabajar por la unidad peronista. Los cantitos de su agrupación, La Cámpora, todavía le colgaban el mote de “traidor” a Sergio Massa cuando, junto a Eduardo “Wado” de Pedro, se empezó a reunir con el tigrense en un campo de Mercedes para empezar a cimentar el diálogo.

A Massa lo conocía desde los tiempos en que era director ejecutivo de la Anses y compartían picados de fútbol los viernes en Olivos. La relación se había enfriado en 2013, cuando el ex intendente de Tigre rompió con Cristina y la enfrentó en las elecciones legislativas. Ya entonces, mientras el imaginario popular lo veía lejos de las mesas políticas, Máximo había intentado un diálogo con quien fuera de Gabinete de su madre para armar una primaria que los contuviera a todos. La negociación fracasó y fue victoria del Frente Renovador en la provincia de Buenos Aires. Massa tomó otro volumen. “Se fue, armó su partido y le ganó la elección a Cristina presidenta. Respeto”, repetía Máximo en la intimidad.

 

 

En 2015 se reencontró con Massa en la Cámara. Máximo daba examen desde su banca, arrastraba focos e iba desarmando prejuicios, mientras el líder del Frente Renovador consolidaba su fuerza y dialogaba con la Casa Rosada. En sus primeros cuatro años en el recinto, Kirchner habló poco. Un año antes de desembarcar en Diputados, en el estadio de Argentinos Juniors, con cierto nerviosismo, el hijo de la ex presidenta había logrado romper la barrera del silencio y había dado un discurso ante 40 mil militantes de La Cámpora, la agrupación que conduce y que mostraba creciente capacidad de construcción y organización, al tiempo que era blanco de críticas de propios y ajenos por la ocupación de lugares en el sector público por parte de sus dirigentes. Tras la derrota, en el frío político, se dedicó al trabajo subterráneo. Con Massa mantuvo el diálogo y acordó, en diciembre de 2016, un proyecto unificado de Impuesto a las Ganancias que le valió a quien fuera socio estratégico de Cambiemos en el Congreso las críticas coordinadas del gobierno macrista.

 

 

En la provincia de Buenos Aires, aceitó el acuerdo con intendentes que terminó con la mayoría peronista encolumnada detrás de Cristina en 2017, con la boleta de Unidad Ciudadana. Del otro lado, con el sello del PJ, habían quedado Florencio Randazzo y un grupo de dirigentes, entre los que se encontraba nada menos que Alberto Fernández. La división y la derrota fueron ordenadoras. Para Máximo –y para la mayoría de la dirigentes peronistas– dejaron más claro que nunca que Cristina era la conductora del espacio. Pero que, con ella sola, no había victoria posible.

Invisible antes, o blanco de chicanas y descalificaciones, de a poco, Máximo se despegaba del mito que lo señalaba como jugador de Play Station y empezaba a tomar notoriedad en el zurcido del armado nacional. Así lo hizo en 2017, cuando llamó a La Cámpora a trabajar en las generales de octubre por la lista de diputados nacionales de Carlos Verna -que había perdido las elecciones primarias- y dio el primer paso para la reconciliación del gobernador de La Pampa con Cristina. Fue la semilla que sembró la unidad peronista de 2019. Los gobernadores, que habían acusado siempre a la organización juvenil kirchnerista de intentar copar cargos y listas, abrieron el diálogo cuando vieron que, desde Buenos Aires, Máximo y Cristina bajaban candidaturas en pos del triunfo peronista.

 

 

También generó algunos elogios inesperados. “Con Máximo mucha gente se va a llevar una grata sorpresa en cuanto a su forma de ser. No estoy hablando del contenido, pero sí de las formas y de muchos prejuicios que se han construido sobre él. No es lo que mucha gente se cree que es. Tiene cualidades que le hacen muy bien a la política”, sorprendió Nicolás Massot la semana pasada. Con el ex jefe de la bancada PRO, Máximo había tenido una mala experiencia en 2018, cuando hizo referencia a Néstor Kirchner en el recinto. "Es cierto que Clarín no tiene amigos. Los supo tener. Su amigo más importante lo perdió en 2010. Que en paz descanse", dijo Massot, en referencia al ex presidente. Máximo y todo el Frente para la Victoria saltaron de sus bancas. Massot se retractó y pidió “mil disculpas”, en especial al ahora presidente del bloque del Frente de Todos. “Fue una referencia equivocada y listo”, relativizó Máximo, tiempo después. Kirchner parece tomar esos cambios de opinión sobre su persona con cierta naturalidad. Recibe las críticas con un medido “no hay que enojarse” y minimiza los elogios con un discreto “lo agradezco”. “El tema es que, cuando personalizás, despolitizás. A mí no me gusta hacer descalificaciones personales nunca. Política es juntar mayorías y no se puede construir así”, suele repetir ante sus dirigentes de confianza.

Con Emilio Monzó la historia fue parecida. Todo empezó de forma accidentada en enero de 2016, cuando Monzó ordenó desalojar a Kirchner del despacho que había resuelto ocupar, en el tercer piso del Palacio. Un grupo de diputados de La Cámpora decidió recuperarlo por la fuerza y terminó durmiendo adentro hasta que la situación se encaminó en marzo, cuando Máximo y Monzó se sentaron a dialogar. El “chiste de la oficina” terminó siendo parte del código de la relación, que se encaminó y terminó en los mejores términos.

“Es una persona totalmente distinta del estereotipo que muchos se hicieron sobre él. Máximo es un estudioso, se forma permanentemente, conoce mucho de los números de la Argentina. Pero yo lo destaco sobre todo porque es una persona sin rencores, de diálogo y que busca los consensos. Eso, con toda su biografía, es mucho decir”, dijo Monzó en diálogo con La Nación.

 

Kirchner parece tomar los cambios de opinión sobre su persona con cierta naturalidad. Recibe las críticas con un medido “no hay que enojarse” y minimiza los elogios con un discreto “lo agradezco”. “El tema es que, cuando personalizás, despolitizás. A mí no me gusta hacer descalificaciones personales nunca. Política es juntar mayorías y no se puede construir así”, suele repetir.

 

Al ex presidente de la Cámara de Diputados, Kirchner lo interrogó en diversas oportunidades sobre Macri. “¿Con quién habla el Presidente? ¿Escucha a alguien?”, le preguntó a Monzó cuando el gobierno macrista recién comenzaba. “¿Por qué te interesa eso?”, se asombró el presidente de la Cámara. “Soy curioso, me gusta saber”, le respondía Kirchner, que tiene presente el recuerdo de su padre, Néstor, llamando a Raúl Alfonsín para charlar y conocer sus opiniones.

En su despacho, donde abundan fotos y cuadros de Néstor y Cristina Kirchner y pilas desordenadas de papeles, Kirchner recibe dirigentes peronistas y también del Frente de Todos. Siempre de jeans, zapatillas, remera y camperita tipo canguro, mate en mano, hace preguntas y escucha “con mucha humildad”, según contó un dirigente de primera línea de Cambiemos. La duda de los futuros opositores es si esa esencia componedora será permanente y se mantendrá una vez que el peronismo desembarque de nuevo en la Casa Rosada, o si el heredero del sello K sacará de la galera un estilo más duro, a la manera de la última Cristina presidenta. Sus compañeros de espacio albergan otra duda: ¿Será éste el inicio del proyecto Máximo 2023? "Si no, ¿para qué levanta tanto el perfil? Esto viene cantado", dice un diputado del Frente de Todos. 

La cualidad de la escucha fue, precisamente, la que destacó Alberto Fernández este miércoles en la Cámara de Diputados, cuando Kirchner fue oficializado como presidente del bloque del Frente de Todos, una decisión de cúpulas que no fue tan bien recibida en un principio por la tropa peronista, que vio en esa decisión el retorno de la centralidad de las decisiones en cabeza de la mesa chica de Cristina. Pero Fernández lo bendijo con palabras tranquilizadoras.

 

 

“Lo conozco desde que era un chico. Ese chico ya no es un chico. Es un hombre hecho y derecho y me pone muy contento que hoy esté alcanzando la jefatura de bloque. Ha tenidos dos padres espléndidos. Heredó lo mejor de Néstor: prestarle atención a todos. Para él no hay dirigentes importantes y dirigentes menos importantes. Le dedica a todos el mismo tiempo. Así fue tu padre, no aflojes", dijo Fernández, que se quebró al recordar al fallecido ex presidente. Máximo le devolvió la pared, en la sesión del miércoles, cuando estrenó título de jefe: "Tenemos la responsabilidad como bloque de no defraudar a la gente que la está pasando mal (...) Aprendamos todos a decirnos las cosas en la cara, con respeto". 

“Por instrucción de Néstor”, Máximo fue el encargo de continuar la relación con Fernández, cuando renunció a la Jefatura de Gabinete del gobierno de Cristina, en 2008. Con la ex presidenta, tardó nueve años en volver a hablar. Con Máximo, el vínculo se mantuvo pese a los vaivenes políticos.

El presidente electo lo conocía desde los tiempos en que viajaba a Santa Cruz para armar el Grupo Calafate, junto a Kirchner. Máximo apenas pasaba los 20 años y la historia cuenta que a veces le cedía su habitación a Fernández, que se hospedaba en su casa. La relación se volvió familiar. Con Fernández, el presidente del bloque del Frente de Todos compartió la Navidad y el Año Nuevo de 2003 y, también, la última vez que fue a la cancha a ver a Racing. Fue en febrero de 2005, cuando Argentinos Juniors y Racing se enfrentaron en el estadio del Bicho en La Paternal, el día del debut de Diego Simeone en la Academia. Fue victoria de Argentinos 1 a 0 y festejó Fernández, en la misma cancha en la que, nueve años después, Máximo hizo su presentación en sociedad y dijo ante 40 mil militantes aquello de que “no hay apellidos milagrosos”.

 

Kirchner en plena campaña frente a Felipe Solá y Pino Solanas. 

 

LA BANDERA DE LA UNIDAD. “Por instrucción de Alberto”, Kirchner empezó a trabajar después de la victoria de octubre en el armado de un bloque único del Frente de Todos que permitiera juntar todas las identidades de las tribus del espacio. Con los diputados de otros bloques del peronismo con los que no había cruzado palabra durante sus años en la Cámara empezó a juntarse sobre la hora, ya con el nombramiento cerrado, lo que generó algunas molestias. Con todos, trató de empatizar personalmente, como cuando en la noche de la victoria le dedicó un “bienvenida, compañera”, a Mirta Tundis, que había sido crítica de Cristina.

Haciendo honor a su naturaleza curiosa –que alguna vez lo llevó a estudiar periodismo, carrera que después abandonó- se tomó tiempo para conocer a los diputados y preguntar por su vida personal. Con la futura oposición también dialogó. A Cristian Ritondo, a quien conoce desde hace tiempo por su origen peronista, le anunció que sería presidente de bloque algunas semanas antes de que fuera noticia en los pasillos del Congreso. A Mario Negri lo invitó a tomar unos mates a su oficina una vez que se asentó en su lugar. El jefe de bloque saliente, Agustín Rossi, le dejó un consejo: “Al jefe del bloque opositor lo tenés que cuidar más que a los propios”.

En paralelo, se puso a estudiar. Leyó versiones taquigráficas completas de sesiones relevantes, como aquella en la que se aprobó el pago a los fondos buitre. Y se enfocó en lo que más le gusta: la economía. “No soy todólogo, va a haber voceros por temas, hay gente que conoce algunos temas mucho mejor que yo”, les dijo a sus compañeros de bloque, a los que les advirtió que tampoco se convertirá en un mediático. También, que no lo verán usar traje y corbata. De hablar pausado y tono moderado, Kirchner sabe que tendrá que subir el perfil y hasta dialogar con la prensa más de lo que le gusta. “Pero no me van a ver de gira por los canales. Para hablar, está el recinto”, se atajó.

Máximo cree que el Frente de Todos lidiará “con un terreno complejísimo” pero espera que “una buena opción electoral pueda transformarse en un buen gobierno”, que tendrá al frente a Fernández, a quien ve sin dudas como el conductor del poder, lejos de las especulaciones sobre el rol que tendrá su madre, Cristina. Para graficar, el presidente del bloque del Frente de Todos dice que vio en su propia casa qué sucede cuando el poder cambia de mando, cuando los colaboradores pasaron de perseguir a Néstor para rodear a Cristina. “El que es presidente es presidente, yo lo sé”.