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Desde fines de 2017, las encuestas no le sonríen al Gobierno nacional. La reforma previsional, la fría reacción oficial ante la pérdida del submarino, el caso Triaca, la inflación que no cede y la disparada del dólar, entre otros factores, han dañado la imagen del presidente Mauricio Macri, esfumando rápidamente las mieles de las que gozó tras imponerse Cambiemos en las elecciones de medio término.

En este contexto adverso, María Eugenia Vidal, sin embargo, parece navegar mejor la tormenta que atraviesa el oficialismo. Así consta, por ejemplo, en el último relevamiento de la consultora Elypsis (fines de enero): la gobernadora goza de una aprobación del 52% y posee la imagen positiva más alta de la dirigencia política argentina. En contrapartida, Macri desciende al 37% de aprobación a nivel nacional y, en la provincia de Buenos Aires, se hunde por debajo del 32%.

¿Cuál es la razón de esta disímil consideración popular entre las dos principales figuras de Cambiemos? Es posible aventurar tres hipótesis alternativas. La primera se basa en los atributos personales de quien conduce los destinos de los bonaerenses. Una segunda hipótesis reside en suponer que lo bueno o malo que ocurre en la provincia de Buenos Aires es, a los ojos de la opinión pública, responsabilidad de Nación y no del gobernador de turno. Una tercera hipótesis, finalmente, es que Vidal representa, dentro de Cambiemos, una línea política de corte más popular, diferente a la versión pura, elitista y restrictiva encarnada por el propio Macri. Esta nota tiene por objetivo sopesar estas tres hipótesis. 

Vidal y su virtú 

Vidal tiene el carisma del que Macri carece. Sabemos, por Weber, que esta cualidad no siempre responde a criterios objetivos, aunque no es difícil, en este caso, establecer un rápido y sencillo contraste: la sensibilidad de la mujer joven, con trayectoria política impoluta y que dispone de una cuidada retórica, emerge en todo su esplendor frente al hombre frío y casi sexagenario, portador de un apellido asociado a la patria contratista y con evidentes dificultades oratorias. El territorio en el que se mueve la gobernadora ―Buenos Aires―, y las disputas que pretende entablar Cambiemos, contribuyen a exaltar estas virtudes: es la leona que da la pelea contra Aníbal Fernández, contra los barones del conurbano, contra los sindicalistas mafiosos, contra la maldita policía.  

El origen social de Vidal también alimenta la construcción de su carisma. Ella es hija de una familia de clase media laburante, sin muchos lujos o estridencias. Con mucha habilidad, Cambiemos ―y los medios de comunicación― resaltaron ese perfil de “una mujer como nosotros” que sintoniza tan fuertemente con los mitos fundantes de los sectores medios. Por el contrario, Macri, pese a su paso por Boca Juniors y sus esfuerzos recurrentes por festejar las navidades en Los Piletones, sigue estando asociado a sus privilegios de cuna y al sector que verdaderamente representa.

Vidal es, en cierta forma, la rueda de auxilio de Macri. Humaniza el proyecto político de Cambiemos y la frecuencia con la que se recurre a su figura en momentos clave (elecciones, baja en las encuestas, pelea con sindicalistas en paritarias estratégicas) no hace más que destacar todo aquello que le falta al Presidente. Cabe recordar que Macri entendió tempranamente que su figura necesitaba de un complemento femenino capaz de concederle destellos de calidez y sensibilidad. En su primera incursión electoral, que terminó en derrota allá por 2003, su compañero de fórmula fue alguien demasiado parecido a él en sus carencias: Horacio Rodríguez Larreta. Cuatro años más tarde, quien lo acompañó fue una mujer, Gabriela Michetti, quien, a pesar de no pertenecer a su núcleo íntimo, también estuvo en 2015, en calidad de vicepresidenta. A partir de 2011, y en forma creciente, Vidal emergió como un renovado complemento “humanizador” de Macri. 

No habría que menospreciar la incidencia de estos factores de índole personal. En la política, y más en un país presidencialista, los líderes tienen una importancia decisiva. Se pueden tener excelentes cuadros políticos, un adecuado programa de gobierno y políticas públicas virtuosas, el favor de los medios de comunicación, genios estrategas del marketing formados en las mejores universidades, pero siempre, en última instancia, existe un espacio irreductible en el quehacer político que es propiedad exclusiva del líder. Y sus condiciones (el carisma, su capacidad y destreza) tienen un peso específico y determinante.

Es la tan mentada “Virtú”, aquella diferencia que ostenta el talentoso, el artista de la política, en relación con el que no lo es. Pensemos en Perón, en Churchill, en Obama, en Fidel Castro, en Menem. Los “Maradona” de la política. Porque siempre hay un momento en la dinámica del poder, un instante muy preciso, en el que, por más condiciones, obstáculos o garantías que imponga el entorno, el presidente, en solitario, decide sobre su destino y la suerte del proyecto político que comanda. Ese virtuosismo en la decisión solitaria es el que ostenta Vidal y no Macri. Es lo que le permitió ser elogiada al bajarse del auto para enfrentar a los bañeros. O, en lo que fue un perfecto cierre de campaña, el que le dio credibilidad para ponerle los puntos a Brancatelli en Intratables. 

Según esta perspectiva, Vidal, una dirigente con sobrado talento, supo venderse al bonaerense, quien la compró sin dudar por su carácter y su carisma. Por ser una mujer fuerte que se impuso en un territorio hostil.  

La imbricación de Buenos Aires

Existe cierto consenso en que el modelo económico de Cambiemos no ha dado, hasta el momento, los frutos esperados. En la provincia de Buenos Aires el cuadro de situación es especialmente negativo, en términos de desempleo, pobreza y desigualdad social. A ello habría que sumarle los efectos particularmente adversos que sufre el conurbano bonaerense y su cinturón industrial, castigado por las políticas de apertura comercial, tarifazos y devaluación. 

Una posible explicación de por qué Vidal no cae en las encuestas es que la ciudadanía identifica como principal responsable de lo malo no a ella, sino al Presidente de la Nación. En efecto, existe desde hace un siglo, al menos, una fuerte imbricación de Buenos Aires con Nación, en un nivel probablemente superior al que pueda ostentar cualquier otra provincia, tal como ha demostrado María Matilde Ollier (2010). Esta imbricación varía en cada coyuntura histórica concreta y en este caso, según creemos, destacan sobre todo los efectos nacionalizadores: esto es, la influencia de Nación sobre la provincia. En un federalismo como el argentino, que se caracteriza por la centralización fiscal a manos del Ejecutivo nacional (y en donde los gobernadores, generalmente, son meros gestores), los bonaerenses parecen identificar como principal responsable de sus penurias al presidente y no al gobernador de turno. Siguiendo esta línea interpretativa, no resulta casual que el anterior gobernador, Daniel Scioli (2007-2015), también se haya mantenido al tope de las encuestas de opinión, sobrellevando mejor los momentos complicados que atravesaron tanto Néstor Kirchner como Cristina Fernández.

La limitante fiscal de tipo estructural, paradójicamente, es la que impulsaría al titular del Ejecutivo provincial a buscar espacios de diferenciación, a resaltar con gestos y medidas su propio sello de gestión. Si Scioli era el ala derecha y pro mercado del gobierno kirchnerista, Vidal explora un relato tibiamente popular en el marco de un Gobierno nacional de derecha ortodoxa y raigambre conservadora. Ambos gobernadores tienen en común su juego en las fronteras: Scioli era el que charlaba con la corporación mediática, el que no renegaba de su pasado menemista, el que ―se decía― no comulgaba del todo con la política de derechos humanos y el que, en suma, banalizaba el decálogo militante del relato K; Vidal, por su parte, parece gestionar de la manera más humana posible las brutales directivas que le imponen desde el Gobierno nacional. Porque en un “equipo” ―parece decir el meta-relato vidalista―, por más debate que haya, siempre hay un jefe. Y, en el caso de Cambiemos, el jefe es Mauricio Macri. Vidal, en esta concepción corporativa, es sólo una filial que debe gestionar los recursos escasos que distribuye el CEO desde la cúspide.

En este marco de límites presupuestarios, cabe preguntarse, ¿qué margen de autonomía queda para que la gobernadora ensaye políticas diferentes a las implementadas por el Gobierno nacional? Esa posibilidad es esbozada por la tercera de nuestras hipótesis, que analizamos a continuación. 

¿Una derecha popular?

Sin pretender realizar un análisis exhaustivo de la gestión Vidal, es posible identificar algunas medidas y gestos que representan, en cierta forma, un esbozo de diferenciación respecto del Gobierno nacional.

La naturaleza distinta de quienes integran el gabinete a nivel nacional y provincial constituye un buen punto de partida para observar algunas diferencias importantes entre Macri y Vidal. Para decirlo resumidamente: mientras que el de Macri es un gabinete “puro y blanco”, esencialmente de CEOs (ver, por ejemplo, los estudios de Castellani y Canelo), en el cual se le reservó pocos y escasamente estratégicos lugares a sus aliados de la UCR y de la Coalición Cívica, Vidal, por el contrario, formó un gobierno más amplio y heterogéneo: un gabinete “mestizo”, que incluye dirigentes tanto del radicalismo (Daniel Salvador es, nada menos, el vice provincial) como del peronismo. El estratégico Ministerio de Gobierno, por ejemplo, es ocupado por Joaquín De la Torre -ex intendente massista de San Miguel-, quien se encarga de operar en los municipios de la provincia. Cristian Ritondo, otro peronista, ocupa el Ministerio de Seguridad y es el responsable de administrar las relaciones con la corporación policial. Federico Salvai, jefe de Gabinete, inició su carrera política en el peronismo porteño. Gustavo Ferrari, quien fue diputado nacional por el Bloque Peronismo Federal (2009-2013), tiene bajo su mando el Ministerio de Justicia. El Ministro de Desarrollo Social, Santiago López Medrano, se inició en el PJ de San Martín junto a Sergio Massa y tiene fluidos vínculos con el sindicalismo, especialmente el nucleado en las 62 Organizaciones. Santiago Cantón, el Secretario de Derechos Humanos, es otro oriundo del massismo. En definitiva, lo que Emilio Monzó se ha cansado de reclamar públicamente a nivel nacional, Vidal lo llevó a la práctica en su comarca: armó un esquema de gobernabilidad amplia, sumando sectores del peronismo y del radicalismo a su gobierno.

Esa conformación heterogénea, en la que destacan elementos peronistas, se repite en el plano legislativo, cuya principal espada de Vidal es Manuel Mosca, un peronista originario de Bolívar y actual presidente de la Cámara de Diputados provincial (en los dos primeros dos años quien presidió los destinos de la Cámara también fue otro peronista, Jorge Sarghini). Mientras que, a nivel nacional, la opción por la “pureza” ha obligado a Macri a ensayar acuerdos parlamentarios específicos y costosos para cada ley, Vidal se vio beneficiada por un acuerdo de más largo alcance con el massismo y parte del peronismo, lo que le dio cierta agilidad en los trámites legislativos, incluso en temas especialmente conflictivos, como el Pacto Fiscal o la reforma jubilatoria para los trabajadores del Banco Provincia.

En relación con la estructura estatal, en líneas generales, Vidal adoptó una perspectiva similar a la nacional. En su visión, la burocracia provincial es un laberinto anquilosado y decimonónico que debe modernizarse bajo una matriz neoliberal. En esa línea, la gobernadora lanzó por decreto su Plan de Modernización del Estado provincial, calcado del plan homónimo que el Ministro de Modernización, Andrés Ibarra, había diseñado unos meses antes para la administración nacional. Gestión por resultados, gestión de calidad, eficacia y eficiencia, introducción de nuevos softwares de gestión, son algunas de las herramientas a aplicarse, nada diferentes a las ensayadas en los noventa.

No obstante este marco, la gobernadora se diferenció en aspectos importantes. Primero: nunca existió, a diferencia de Nación y la Ciudad, un Ministerio de Modernización que recomendara ajustes y recortes. Segundo: Si bien se despidieron a cientos de empleados provinciales y no se renovaron los contratos de 7.000 docentes, Vidal se diferenció del gobierno nacional al acordar, en la paritaria de 2017 con los gremios estatales, el pase a planta de 15.000 empleados y 3.500 becarios, a concretarse hacia 2019. Tercero: En un contexto de ajuste de las cuentas públicas nacionales, Vidal negoció, sólo para 2018, la llegada de 40.000 millones de pesos extras provenientes del Fondo del Conurbano. Desde luego, la apertura de la canilla financiera tendrá un correlato menos amigable: mediante la adhesión al Pacto Fiscal bonaerense (condición ineludible para recibir los fondos provinciales), los municipios quedan obligador a descentralizar el ajuste. Apenas comenzado el 2018, gobiernos locales cambiemistas, como Morón y Quilmes, iniciaron una ola despidos que promete no agotarse rápidamente.

Otro plano en el que Vidal de alguna manera se desmarcó del Gobierno nacional es en lo referente a los derechos humanos. Al respecto, el secretario de Derechos Humanos, Santiago Cantón, abogó, en noviembre de 2016, por la liberación de Milagro Sala pues “las decisiones de los organismos internacionales deben ser cumplidas”. Cantón, asimismo, criticó al Gobierno nacional por la decisión de trasladar el feriado del 24 de marzo. También se ocupó rápidamente de criticar el fallo del 2x1 de la Corte Suprema. Estos gestos tuvieron como punto de partida el encuentro de Vidal con las Abuelas de Plaza de Mayo al iniciar su gestión y que contrastan con la falta de tiempo que adujo el presidente Macri, al negarles audiencia.

El espacio de diferenciación abierto por la gobernadora debe considerarse, no obstante, dentro de un marco general que está determinado en sus rasgos esenciales por el Gobierno nacional. En tal sentido, resulta obvio que la quita de retenciones, la devaluación de la moneda local, los altos niveles en la tasa de interés, la política de apertura comercial, los recursos destinados a planes y ayudas sociales, entre otras, son políticas de orden nacional y que tienen un peso determinante en el destino de los bonaerenses.

Asimismo, no hay que soslayar que la propia Vidal ha llevado adelante medidas por iniciativa propia que están en consonancia con la naturaleza de ajuste que emana de Nación. Al respecto, aparte del impulso del Pacto Fiscal, el Ejecutivo bonaerense realizó en los últimos días un revalúo del impuesto inmobiliario urbano que, en promedio, roza el 56% y que cuadra perfectamente en el esquema de “tarifazos” nacionales. Por otra parte, lo dispuesto en relación con el Banco Provincia, y que aún hoy es foco de conflicto, representa un recorte de derechos a los trabajadores estatales (identificados como privilegiados), y, según denuncian los gremios, un primer paso para una posterior privatización del Banco.

Por último, sin negar lo dicho respecto de la conformación más heterogénea del gabinete bonaerense, cabe señalar, de todas formas, que se destacan algunos casos con similar impronta a la que se registra a nivel nacional. Por ejemplo, el Ministro de Agroindustria es Leonardo Sarquís, un ex gerente de la multinacional Monsanto. Marcelo Villegas, Ministro de Trabajo, estuvo vinculado con áreas de RRHH del Grupo Pérez Companc, del Grupo Suez y de Telecom. Algo similar puede decirse del Ministro de Infraestructura, Roberto Gigante, quien es licenciado en Administración de Empresas de la UADE y, además de haber sido funcionario en CABA, tiene una larga experiencia en el sector privado.

¿Vidal 2019?

En esta nota quisimos analizar las causas por las que Vidal aparece con una imagen positiva superior a la del Presidente, en un momento en el que las encuestas tienden a no ser favorables para Cambiemos. Las tres hipótesis planteadas, desde nuestra perspectiva, no deben ser sopesadas en forma antagónica sino complementaria. Cada una, a su manera, contribuye a explicar esta trayectoria diferencial.

Lo crucial de comprender el hándicap que ostenta Vidal tiene que ver con el futuro. En efecto, desde distintos sectores del arco político se viene planteando la posibilidad de que el macrismo recurra a Vidal como candidata presidencial si el gobierno de Macri entra en un declive imposible de remontar.

En tal sentido, los tres factores que contribuyen a despegar la imagen de Vidal de la del Presidente, ¿alcanzarán para que, en 2019, en caso que sea necesario, ella sea la encargada de perpetrar el dominio de Cambiemos a nivel nacional? Pues hemos visto también que, aunque algunas medidas se diferencian de lo que hace Macri, el rumbo general está dictado por Nación. ¿Esto último la perjudicará frente al electorado o la beneficiaria eximiéndola de culpa y cargo?

La hipótesis Vidal Presidenta en 2019 se enfrenta con otro posible cuestionamiento, más de lógica política. Si al macrismo logra repuntar en las encuestas y llega con aire para ese año, es lógico suponer que será el propio Macri quien quiera revalidar. No habría motivos para desplazarlo. Si, por el contrario, se derrumba y no le alcanza para ser candidato, ¿podrá Vidal evitar acompañarlo en esa caída? En esta segunda posibilidad, probablemente la gobernadora debería aumentar los signos de diferenciación. ¿Serán suficientes los recursos fiscales extra que le acaba de conceder el Presidente? ¿Podrá? ¿Querrá?

El vidalismo, ¿etapa superior del macrismo?

Desde fines de 2017, las encuestas no le sonríen al Gobierno nacional. La reforma previsional, la fría reacción oficial ante la pérdida del submarino, el caso Triaca, la inflación que no cede y la disparada del dólar, entre otros factores, han dañado la imagen del presidente Mauricio Macri, esfumando rápidamente las mieles de las que gozó tras imponerse Cambiemos en las elecciones de medio término.

En este contexto adverso, María Eugenia Vidal, sin embargo, parece navegar mejor la tormenta que atraviesa el oficialismo. Así consta, por ejemplo, en el último relevamiento de la consultora Elypsis (fines de enero): la gobernadora goza de una aprobación del 52% y posee la imagen positiva más alta de la dirigencia política argentina. En contrapartida, Macri desciende al 37% de aprobación a nivel nacional y, en la provincia de Buenos Aires, se hunde por debajo del 32%.

¿Cuál es la razón de esta disímil consideración popular entre las dos principales figuras de Cambiemos? Es posible aventurar tres hipótesis alternativas. La primera se basa en los atributos personales de quien conduce los destinos de los bonaerenses. Una segunda hipótesis reside en suponer que lo bueno o malo que ocurre en la provincia de Buenos Aires es, a los ojos de la opinión pública, responsabilidad de Nación y no del gobernador de turno. Una tercera hipótesis, finalmente, es que Vidal representa, dentro de Cambiemos, una línea política de corte más popular, diferente a la versión pura, elitista y restrictiva encarnada por el propio Macri. Esta nota tiene por objetivo sopesar estas tres hipótesis. 

Vidal y su virtú 

Vidal tiene el carisma del que Macri carece. Sabemos, por Weber, que esta cualidad no siempre responde a criterios objetivos, aunque no es difícil, en este caso, establecer un rápido y sencillo contraste: la sensibilidad de la mujer joven, con trayectoria política impoluta y que dispone de una cuidada retórica, emerge en todo su esplendor frente al hombre frío y casi sexagenario, portador de un apellido asociado a la patria contratista y con evidentes dificultades oratorias. El territorio en el que se mueve la gobernadora ―Buenos Aires―, y las disputas que pretende entablar Cambiemos, contribuyen a exaltar estas virtudes: es la leona que da la pelea contra Aníbal Fernández, contra los barones del conurbano, contra los sindicalistas mafiosos, contra la maldita policía.  

El origen social de Vidal también alimenta la construcción de su carisma. Ella es hija de una familia de clase media laburante, sin muchos lujos o estridencias. Con mucha habilidad, Cambiemos ―y los medios de comunicación― resaltaron ese perfil de “una mujer como nosotros” que sintoniza tan fuertemente con los mitos fundantes de los sectores medios. Por el contrario, Macri, pese a su paso por Boca Juniors y sus esfuerzos recurrentes por festejar las navidades en Los Piletones, sigue estando asociado a sus privilegios de cuna y al sector que verdaderamente representa.

Vidal es, en cierta forma, la rueda de auxilio de Macri. Humaniza el proyecto político de Cambiemos y la frecuencia con la que se recurre a su figura en momentos clave (elecciones, baja en las encuestas, pelea con sindicalistas en paritarias estratégicas) no hace más que destacar todo aquello que le falta al Presidente. Cabe recordar que Macri entendió tempranamente que su figura necesitaba de un complemento femenino capaz de concederle destellos de calidez y sensibilidad. En su primera incursión electoral, que terminó en derrota allá por 2003, su compañero de fórmula fue alguien demasiado parecido a él en sus carencias: Horacio Rodríguez Larreta. Cuatro años más tarde, quien lo acompañó fue una mujer, Gabriela Michetti, quien, a pesar de no pertenecer a su núcleo íntimo, también estuvo en 2015, en calidad de vicepresidenta. A partir de 2011, y en forma creciente, Vidal emergió como un renovado complemento “humanizador” de Macri. 

No habría que menospreciar la incidencia de estos factores de índole personal. En la política, y más en un país presidencialista, los líderes tienen una importancia decisiva. Se pueden tener excelentes cuadros políticos, un adecuado programa de gobierno y políticas públicas virtuosas, el favor de los medios de comunicación, genios estrategas del marketing formados en las mejores universidades, pero siempre, en última instancia, existe un espacio irreductible en el quehacer político que es propiedad exclusiva del líder. Y sus condiciones (el carisma, su capacidad y destreza) tienen un peso específico y determinante.

Es la tan mentada “Virtú”, aquella diferencia que ostenta el talentoso, el artista de la política, en relación con el que no lo es. Pensemos en Perón, en Churchill, en Obama, en Fidel Castro, en Menem. Los “Maradona” de la política. Porque siempre hay un momento en la dinámica del poder, un instante muy preciso, en el que, por más condiciones, obstáculos o garantías que imponga el entorno, el presidente, en solitario, decide sobre su destino y la suerte del proyecto político que comanda. Ese virtuosismo en la decisión solitaria es el que ostenta Vidal y no Macri. Es lo que le permitió ser elogiada al bajarse del auto para enfrentar a los bañeros. O, en lo que fue un perfecto cierre de campaña, el que le dio credibilidad para ponerle los puntos a Brancatelli en Intratables. 

Según esta perspectiva, Vidal, una dirigente con sobrado talento, supo venderse al bonaerense, quien la compró sin dudar por su carácter y su carisma. Por ser una mujer fuerte que se impuso en un territorio hostil.  

La imbricación de Buenos Aires

Existe cierto consenso en que el modelo económico de Cambiemos no ha dado, hasta el momento, los frutos esperados. En la provincia de Buenos Aires el cuadro de situación es especialmente negativo, en términos de desempleo, pobreza y desigualdad social. A ello habría que sumarle los efectos particularmente adversos que sufre el conurbano bonaerense y su cinturón industrial, castigado por las políticas de apertura comercial, tarifazos y devaluación. 

Una posible explicación de por qué Vidal no cae en las encuestas es que la ciudadanía identifica como principal responsable de lo malo no a ella, sino al Presidente de la Nación. En efecto, existe desde hace un siglo, al menos, una fuerte imbricación de Buenos Aires con Nación, en un nivel probablemente superior al que pueda ostentar cualquier otra provincia, tal como ha demostrado María Matilde Ollier (2010). Esta imbricación varía en cada coyuntura histórica concreta y en este caso, según creemos, destacan sobre todo los efectos nacionalizadores: esto es, la influencia de Nación sobre la provincia. En un federalismo como el argentino, que se caracteriza por la centralización fiscal a manos del Ejecutivo nacional (y en donde los gobernadores, generalmente, son meros gestores), los bonaerenses parecen identificar como principal responsable de sus penurias al presidente y no al gobernador de turno. Siguiendo esta línea interpretativa, no resulta casual que el anterior gobernador, Daniel Scioli (2007-2015), también se haya mantenido al tope de las encuestas de opinión, sobrellevando mejor los momentos complicados que atravesaron tanto Néstor Kirchner como Cristina Fernández.

La limitante fiscal de tipo estructural, paradójicamente, es la que impulsaría al titular del Ejecutivo provincial a buscar espacios de diferenciación, a resaltar con gestos y medidas su propio sello de gestión. Si Scioli era el ala derecha y pro mercado del gobierno kirchnerista, Vidal explora un relato tibiamente popular en el marco de un Gobierno nacional de derecha ortodoxa y raigambre conservadora. Ambos gobernadores tienen en común su juego en las fronteras: Scioli era el que charlaba con la corporación mediática, el que no renegaba de su pasado menemista, el que ―se decía― no comulgaba del todo con la política de derechos humanos y el que, en suma, banalizaba el decálogo militante del relato K; Vidal, por su parte, parece gestionar de la manera más humana posible las brutales directivas que le imponen desde el Gobierno nacional. Porque en un “equipo” ―parece decir el meta-relato vidalista―, por más debate que haya, siempre hay un jefe. Y, en el caso de Cambiemos, el jefe es Mauricio Macri. Vidal, en esta concepción corporativa, es sólo una filial que debe gestionar los recursos escasos que distribuye el CEO desde la cúspide.

En este marco de límites presupuestarios, cabe preguntarse, ¿qué margen de autonomía queda para que la gobernadora ensaye políticas diferentes a las implementadas por el Gobierno nacional? Esa posibilidad es esbozada por la tercera de nuestras hipótesis, que analizamos a continuación. 

¿Una derecha popular?

Sin pretender realizar un análisis exhaustivo de la gestión Vidal, es posible identificar algunas medidas y gestos que representan, en cierta forma, un esbozo de diferenciación respecto del Gobierno nacional.

La naturaleza distinta de quienes integran el gabinete a nivel nacional y provincial constituye un buen punto de partida para observar algunas diferencias importantes entre Macri y Vidal. Para decirlo resumidamente: mientras que el de Macri es un gabinete “puro y blanco”, esencialmente de CEOs (ver, por ejemplo, los estudios de Castellani y Canelo), en el cual se le reservó pocos y escasamente estratégicos lugares a sus aliados de la UCR y de la Coalición Cívica, Vidal, por el contrario, formó un gobierno más amplio y heterogéneo: un gabinete “mestizo”, que incluye dirigentes tanto del radicalismo (Daniel Salvador es, nada menos, el vice provincial) como del peronismo. El estratégico Ministerio de Gobierno, por ejemplo, es ocupado por Joaquín De la Torre -ex intendente massista de San Miguel-, quien se encarga de operar en los municipios de la provincia. Cristian Ritondo, otro peronista, ocupa el Ministerio de Seguridad y es el responsable de administrar las relaciones con la corporación policial. Federico Salvai, jefe de Gabinete, inició su carrera política en el peronismo porteño. Gustavo Ferrari, quien fue diputado nacional por el Bloque Peronismo Federal (2009-2013), tiene bajo su mando el Ministerio de Justicia. El Ministro de Desarrollo Social, Santiago López Medrano, se inició en el PJ de San Martín junto a Sergio Massa y tiene fluidos vínculos con el sindicalismo, especialmente el nucleado en las 62 Organizaciones. Santiago Cantón, el Secretario de Derechos Humanos, es otro oriundo del massismo. En definitiva, lo que Emilio Monzó se ha cansado de reclamar públicamente a nivel nacional, Vidal lo llevó a la práctica en su comarca: armó un esquema de gobernabilidad amplia, sumando sectores del peronismo y del radicalismo a su gobierno.

Esa conformación heterogénea, en la que destacan elementos peronistas, se repite en el plano legislativo, cuya principal espada de Vidal es Manuel Mosca, un peronista originario de Bolívar y actual presidente de la Cámara de Diputados provincial (en los dos primeros dos años quien presidió los destinos de la Cámara también fue otro peronista, Jorge Sarghini). Mientras que, a nivel nacional, la opción por la “pureza” ha obligado a Macri a ensayar acuerdos parlamentarios específicos y costosos para cada ley, Vidal se vio beneficiada por un acuerdo de más largo alcance con el massismo y parte del peronismo, lo que le dio cierta agilidad en los trámites legislativos, incluso en temas especialmente conflictivos, como el Pacto Fiscal o la reforma jubilatoria para los trabajadores del Banco Provincia.

En relación con la estructura estatal, en líneas generales, Vidal adoptó una perspectiva similar a la nacional. En su visión, la burocracia provincial es un laberinto anquilosado y decimonónico que debe modernizarse bajo una matriz neoliberal. En esa línea, la gobernadora lanzó por decreto su Plan de Modernización del Estado provincial, calcado del plan homónimo que el Ministro de Modernización, Andrés Ibarra, había diseñado unos meses antes para la administración nacional. Gestión por resultados, gestión de calidad, eficacia y eficiencia, introducción de nuevos softwares de gestión, son algunas de las herramientas a aplicarse, nada diferentes a las ensayadas en los noventa.

No obstante este marco, la gobernadora se diferenció en aspectos importantes. Primero: nunca existió, a diferencia de Nación y la Ciudad, un Ministerio de Modernización que recomendara ajustes y recortes. Segundo: Si bien se despidieron a cientos de empleados provinciales y no se renovaron los contratos de 7.000 docentes, Vidal se diferenció del gobierno nacional al acordar, en la paritaria de 2017 con los gremios estatales, el pase a planta de 15.000 empleados y 3.500 becarios, a concretarse hacia 2019. Tercero: En un contexto de ajuste de las cuentas públicas nacionales, Vidal negoció, sólo para 2018, la llegada de 40.000 millones de pesos extras provenientes del Fondo del Conurbano. Desde luego, la apertura de la canilla financiera tendrá un correlato menos amigable: mediante la adhesión al Pacto Fiscal bonaerense (condición ineludible para recibir los fondos provinciales), los municipios quedan obligador a descentralizar el ajuste. Apenas comenzado el 2018, gobiernos locales cambiemistas, como Morón y Quilmes, iniciaron una ola despidos que promete no agotarse rápidamente.

Otro plano en el que Vidal de alguna manera se desmarcó del Gobierno nacional es en lo referente a los derechos humanos. Al respecto, el secretario de Derechos Humanos, Santiago Cantón, abogó, en noviembre de 2016, por la liberación de Milagro Sala pues “las decisiones de los organismos internacionales deben ser cumplidas”. Cantón, asimismo, criticó al Gobierno nacional por la decisión de trasladar el feriado del 24 de marzo. También se ocupó rápidamente de criticar el fallo del 2x1 de la Corte Suprema. Estos gestos tuvieron como punto de partida el encuentro de Vidal con las Abuelas de Plaza de Mayo al iniciar su gestión y que contrastan con la falta de tiempo que adujo el presidente Macri, al negarles audiencia.

El espacio de diferenciación abierto por la gobernadora debe considerarse, no obstante, dentro de un marco general que está determinado en sus rasgos esenciales por el Gobierno nacional. En tal sentido, resulta obvio que la quita de retenciones, la devaluación de la moneda local, los altos niveles en la tasa de interés, la política de apertura comercial, los recursos destinados a planes y ayudas sociales, entre otras, son políticas de orden nacional y que tienen un peso determinante en el destino de los bonaerenses.

Asimismo, no hay que soslayar que la propia Vidal ha llevado adelante medidas por iniciativa propia que están en consonancia con la naturaleza de ajuste que emana de Nación. Al respecto, aparte del impulso del Pacto Fiscal, el Ejecutivo bonaerense realizó en los últimos días un revalúo del impuesto inmobiliario urbano que, en promedio, roza el 56% y que cuadra perfectamente en el esquema de “tarifazos” nacionales. Por otra parte, lo dispuesto en relación con el Banco Provincia, y que aún hoy es foco de conflicto, representa un recorte de derechos a los trabajadores estatales (identificados como privilegiados), y, según denuncian los gremios, un primer paso para una posterior privatización del Banco.

Por último, sin negar lo dicho respecto de la conformación más heterogénea del gabinete bonaerense, cabe señalar, de todas formas, que se destacan algunos casos con similar impronta a la que se registra a nivel nacional. Por ejemplo, el Ministro de Agroindustria es Leonardo Sarquís, un ex gerente de la multinacional Monsanto. Marcelo Villegas, Ministro de Trabajo, estuvo vinculado con áreas de RRHH del Grupo Pérez Companc, del Grupo Suez y de Telecom. Algo similar puede decirse del Ministro de Infraestructura, Roberto Gigante, quien es licenciado en Administración de Empresas de la UADE y, además de haber sido funcionario en CABA, tiene una larga experiencia en el sector privado.

¿Vidal 2019?

En esta nota quisimos analizar las causas por las que Vidal aparece con una imagen positiva superior a la del Presidente, en un momento en el que las encuestas tienden a no ser favorables para Cambiemos. Las tres hipótesis planteadas, desde nuestra perspectiva, no deben ser sopesadas en forma antagónica sino complementaria. Cada una, a su manera, contribuye a explicar esta trayectoria diferencial.

Lo crucial de comprender el hándicap que ostenta Vidal tiene que ver con el futuro. En efecto, desde distintos sectores del arco político se viene planteando la posibilidad de que el macrismo recurra a Vidal como candidata presidencial si el gobierno de Macri entra en un declive imposible de remontar.

En tal sentido, los tres factores que contribuyen a despegar la imagen de Vidal de la del Presidente, ¿alcanzarán para que, en 2019, en caso que sea necesario, ella sea la encargada de perpetrar el dominio de Cambiemos a nivel nacional? Pues hemos visto también que, aunque algunas medidas se diferencian de lo que hace Macri, el rumbo general está dictado por Nación. ¿Esto último la perjudicará frente al electorado o la beneficiaria eximiéndola de culpa y cargo?

La hipótesis Vidal Presidenta en 2019 se enfrenta con otro posible cuestionamiento, más de lógica política. Si al macrismo logra repuntar en las encuestas y llega con aire para ese año, es lógico suponer que será el propio Macri quien quiera revalidar. No habría motivos para desplazarlo. Si, por el contrario, se derrumba y no le alcanza para ser candidato, ¿podrá Vidal evitar acompañarlo en esa caída? En esta segunda posibilidad, probablemente la gobernadora debería aumentar los signos de diferenciación. ¿Serán suficientes los recursos fiscales extra que le acaba de conceder el Presidente? ¿Podrá? ¿Querrá?