X

Viaje al corazón de la República Mapuche

En esta crónica escrita por la enviada de Letra P a Chubut, publicada el 17 de septiembre, cómo vive, qué piensa y por qué lucha el pueblo que desafía al Gobierno.
Por 17/09/2017 10:13 AM

ESQUEL Y CUSHAMEN (Enviada)

“¿Si reconozco al Estado argentino? Sí, claro. Como el Estado genocida que se levantó gracias a la muerte de nuestro pueblo."

Sopla un viento helado en el boulevard Ameghino. Es una noche lluviosa. Soraya Maicoño apura el paso y se cubre el pelo largo, negro, sujeto en una trenza, con un pañuelo de colores. Lleva otro anudado al cuello, una campera larga y la falda debajo de la rodilla. Usa unos aros de plata grandes, que se mueven al compás de su ritmo agitado, mientras habla sobre costumbres ancestrales, cantos y ceremonias. Y completa: “Puedo reconocer eso, pero no me puedo desconocer a mí misma, la lengua de mi abuela, mi cultura”.

 

Una niña y una mujer mapuches. Cada mañana, saludan a las fuerzas de la tierra y el cielo.

 

Desde que Facundo Jones Huala fue otra vez detenido, el 27 de junio de este año, Soraya camina por Esquel a cargo de trámites, convocatorias, el contacto con la prensa, los abogados, funcionarios y distintas organizaciones que apoyan – o rechazan- la causa del Movimiento Autónomo de Puel Mapu, que el 13 de marzo de 2015 decidió iniciar una recuperación de tierras ancestrales mapuche en manos del grupo Benetton, en el departamento de Cushamen. Ahí, en la Pu Lof  Resistencia donde construyó su casa, vio a Santiago Maldonado la mañana del 1 de agosto, antes de que el joven artesano desapareciera, tras un operativo de Gendarmería nacional. Dos días antes, lo había encontrado por primera vez, en este mismo boulevard, marchando por la libertad del lonko, el líder de la comunidad.

 

El puesto de vigilancia en el que Maldonado pasó las horas previas a la represión de Gendarmería del 1 de agosto.

 

 

 

“Ahí durmió el compañero Santiago, se quedó con nosotros”. Matías Santana señala unas mantas grises amontonadas en el piso del puesto de vigilancia que está ubicado en la entrada de la Pu Lof Resistencia Cushamen. Es una casilla construida con troncos, listones de madera y chapas. Unos 20 metros la separan de la tranquera amarilla ubicada en la entrada, a la altura del kilómetro 1.840 de la ruta 40. En una ventana orientada hacia el sur, una señal de celular intermitente permite el contacto con el mundo exterior. 

La noche del 31 de julio, Santiago se acostó sobre las mantas pero no pudo dormir. “A la madrugada, la Gendarmería empezó a tirotear, pasaban con la camioneta, reflectoreaban (sic). Para las 6 de la mañana, los lamien – hermanos, en mapuche - me llaman para avisarme lo que estaba pasando y en cuanto pude, vine. Cuando llegué, encontré a Santiago”, relata Soraya.

En paralelo a la ruta, unos diez metros por delante de la casilla, corre la vía por donde circulaba La Trochita, el viejo expreso patagónico. La vía marca el límite de entrada para el hombre blanco. Más allá, hacia el río que corre flanqueado por sauces que se agitan con el viento patagónico, nadie que no sea miembro de la comunidad mapuche tiene permitido el ingreso. Ese límite tuvo que cruzar Santiago Maldonado, el mediodía del 1 de agosto, cuando las fuerzas de seguridad ingresaron a la Pu Lof en persecución de los integrantes de la comunidad que horas antes habían cortado la ruta.

 

La entrada a la Pu Lof, las tierras controladas por el Movimiento Autónomo de Puel Mapu.

 

 -¿Del otro lado de la vía es territorio sagrado?

Matías: No hay territorio sagrado. Pero se genera un desequilibrio espiritual. Nosotros respetamos a los espíritus que viven adentro del territorio. Creemos en lo que se ve y en lo que no se ve.

Soraya: Es un tema de cosmovisión. Conocemos los nombres de las diferentes fuerzas que nos rodean en el lugar por su nombre antiguo. El río, la tierra, los árboles, el viento. Creemos que esas fuerzas son las que nos mantienen firmes y fuertes en el territorio. Son las fuerzas con las que conversamos en nuestras ceremonias. Son nuestras creencias ancestrales. Es lo que nos enseñaron.

-Cuando entra alguien que no es mapuche, ¿ustedes después hacen una ceremonia para volver el lugar al estado de equilibrio anterior?

-¿Sabés la cantidad que se hicieron ya desde que pasó esto? Van más de seis. No pretendemos que lo comprendan.

 

A estas tierras, que son parte del latifundio Benetton, nadie que no sea parte de la comunidad mapuche puede entrar. 

 

La Pu Lof en Resistencia Cushamen abarca unas mil hectáreas que el Movimiento Autónomo de Puel Mapu recuperó dentro de la estancia Leleque, propiedad de Compañía de Tierras Sud Argentino S.A., de Benetton. Allí llegó Maldonado el 31 de julio desde El Bolsón para acompañar un corte de ruta en el que se exigía la liberación del lonko Facundo Jones Huala. El corte se extendió cuando los miembros de la comunidad se enteraron de otras nueve detenciones ocurridas en Bariloche durante una protesta por la misma causa. Un día después, Santiago desaparecía en la Lof tras un operativo de Gendarmería dentro del terreno. Su desaparición marcaría la agenda nacional, se constituiría en una profunda crisis política para el Gobierno y daría lugar a una inmensa movilización social reunida en una sola pregunta que aún no tiene respuesta: ¿Dónde está Santiago Maldonado?

Hasta ese territorio llegó Letra P para contar cómo vive la comunidad donde desapareció el artesano de 28 años, su reivindicación de la identidad mapuche y su compleja relación con la sociedad esquelense, que marca su rechazo a los métodos violentos de protesta.

 

 

 

 

Al este y al oeste de la ruta 40 se levanta el dominio de Benetton. Son unas 900 mil hectáreas que el grupo italiano compró en 1991, cuando adquirió la Compañía de Tierras del Sur Argentino. Hasta 1982 -guerra de Malvinas mediante- la empresa se conocía como The Argentine Southern Land Company Limited. Había sido fundada en Londres, en 1889, para administrar los campos de terratenientes ingleses que habían recibido esas tierras como parte de pago del Estado argentino por haber financiado la llamada “Conquista del Desierto”, la campaña militar que se llevó a cabo entre 1878 y 1885, liderada por Julio Argentino Roca, y que arrasó con los pueblos originarios del sur, entre ellos mapuches, ranqueles y tehuelches. 

En la estancia Leleque, Benetton produce hasta 1,3 millón de kilos de lana que es enviada a Europa, según publicó la BBC. Allí llegó el 13 de marzo de 2015 Jones Huala con su proyecto de reconquista.

 

Matías Santana, uno de los voceros de la Pu Lof. Ahí estuvo con Santiago Maldonado la noche antes de la desaparición.

 

“Estamos en un proceso de reconstrucción del mundo mapuche. De volver a la mapu”. Matías Santana tiene 20 años. Nació y se crió en Esquel, donde fue - “por desgracia” - al colegio primario y secundario. La tarde que recibe a Letra P en el puesto de vigilancia que el 31 de julio compartió con Santiago Maldonado, usa una vincha verde y viste un poncho de aguayo que luego cambiará por una campera gris y una polera azul. En la casilla hay varios abrigos colgados y otros tantos apilados. Los mapuches de la Pu Lof suelen intercambiarse la ropa como método para que no los identifiquen. Por lo mismo – para resguardarse de “la persecución política”, de la que dicen ser víctimas- se muestran encapuchados y no dan el número exacto de habitantes de la Pu Lof. Santana, Soraya y Andrea Millañanco – la esposa de Jones Huala – son los voceros designados por la comunidad que - hasta ahora- tienen contacto con los medios a cara descubierta. 

Santana es primo del lonko Jones Huala y es el testigo que declaró ante el juez federal Guido Otranto que vio cómo la Gendarmería se llevaba a Santiado Maldonado. Como muchos de sus hermanos mapuches, habla de un proceso de “auto reconocimiento” que lo lanzó a la reconstrucción de la identidad.

Ese revinculación con los orígenes se relaciona, en cierta medida, con la pelea que gran parte de la población empezó a dar contra la instalación de los proyectos megamineros – como el de Benetton- que amenazan con dejar tierra arrasada. Fue la chispa que prendió de nuevo la llama. “En las ciudades nos estamos muriendo de hambre. Mientras, el sistema capitalista avanza con el modelo extractivista y la explotación del territorio. Entonces, uno vuelve a recuperar el compromiso con su pueblo y con su gente”, dice Santana.

 

 

-¿Cómo te diste cuenta de que tenías que iniciar ese proceso?

-Por la pobreza. Uno ya nace con la rebeldía. Mis abuelos se tuvieron que autodesalojar de Cushamen por el hambre. Se fueron a la ciudad en busca de un progreso que nunca encontraron. Y mi otra familia viene de Mata Grande, un paraje más al sur. Fueron desalojados por los milicos. No estamos tan lejos de la Conquista del Desierto. Y en ese contexto nací y me crié. Ser mapuche estaba mal visto. Es un trabajo muy grande el que hay que hacer para reconstruir todo, la lucha de los abuelos.

Soraya Maicoño dice que la identidad se le impuso casi a la fuerza. “Es un proceso que nos lleva a todos mucho tiempo, hay toda una situación de no querer reconocerlo. Sobre todo, porque la mayoría tenemos una historia para contar que tiene que ver con el desalojo y el despojo. Todos te pueden decir de dónde fueron desalojados sus abuelos”, relata la mujer de ojos negros profundos, una tarde en Esquel en la que ceba mates mientras atiende requerimientos de notas de radios y canales de televisión. 

Ahora convertida en vocera oficial de la Pu Lof, Soraya nació hace 45 años en Tecka - un pueblo ubicado 100 kilómetros al sur de Esquel - y tenía 21 cuando el canal de la provincia de Chubut para el que trabajaba la envió desde Rawson a Cushamen a cubrir un encuentro de pueblos originarios. Era septiembre, pero nevó durante varios días y ella quedó encerrada en la comunidad, sin poder volver. “En esos días conocí un montón de abuelas que sacaban tahiel – un canto sagrado – y sentí como si se me hubiera despertado la memoria. Y pensé: ‘No son ellos los mapuches, somos los mapuches”, relata con voz pausada y suave.

Ese camino se profundizó unos años después, con la recorrida por comunidades cordilleranas en Chubut y Santa Cruz, donde convivió con abuelos, conoció lonkos, aprendió a hablar mapudungún – la lengua mapuche, un idioma que solo se transmite en forma oral – y recopiló cantos para las ceremonias. De a poco, fue llevando el aprendizaje a sus obras de teatro, que tienen la identidad como tema central.

“Al haber estado tan apagados nuestros bisabuelos y abuelos para proteger a sus hijos y nietos, hubo muchas prácticas que se fueron perdiendo. Pero empezó a surgir una nueva fuerza y algunas personas empezaron a soñar. Y para nosotros los peuma - los sueños - son muy importantes. Así, el cacique Nahuel Pan iem – es decir, que ya murió- aprendió a hablar mapuche en sueños”, dice.

 

 

Ese resurgimiento de la identidad – y el reclamo de los miembros de la Pu Lof Cushamen, en particular - no encuentra empatía en un gran sector de la sociedad esquelense, que considera que hay una escalada de violencia por la que responsabiliza a la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM). El movimiento se adjudicó varios atentados en la zona, como la quema de puestos en una estancia de Benetton, sabotajes a empresas, incendio de máquinas pertenecientes a mineras y asaltos a puesteros empleados del magnate italiano, muchos de ellos de origen mapuche. Según el Ministerio de Seguridad, hubo 77 en los últimos cuatro años. El más emblemático fue el incendio a la histórica estación Bruno Thomae, de La Trochita, en El Maitén.

La sociedad esquelense - una población de 32 mil habitantes - vincula a los miembros de la Pu Lof con la RAM y señala al propio Facundo Jones Huala como uno de sus fundadores. Pero tanto Santana como Fernando Jones Huala, hermano del lonko, aseguran que la comunidad no forma parte de esa organización. “Nosotros somos del Movimiento Autónomo de Puel Mapu. Es anticapitalista, antiimperialista. Pero no somos la RAM”, repite Santana, aunque nunca termina de condenar a la organización que irrita a Esquel. “Somos hermanos políticos”, define. ¿Quién es la RAM, entonces? Es una pregunta que nunca encuentra respuesta, por la naturaleza delictual de los hechos que se le adjudican. Y que abona la desconfianza en Esquel de todo aquel relacionado con el activismo mapuche.

 

 

“Los esquelenses de verdad somos pacíficos. Esta gente no es de Esquel”, agitaba el jueves una mujer en el centro de la Plaza San Martín, durante la marcha que protagonizaron unos 300 vecinos autoconvocados para repudiar los hechos de violencia por los que acusan a un grupo de personas que, consideran, “le quitaron la tranquilidad” a una ciudad donde conviven y se mestizan descendientes de pueblos originarios y de colonos europeos y que está habituada a la presencia de agentes de fuerzas de seguridad y militares. “Y siempre nos trataron muy bien”, repetía la misma mujer durante la movilización.

Como sucede en otras ciudades del interior país, las fuerzas de seguridad son una salida laboral habitual en Esquel, donde se asientan un escuadrón de Gendarmería, un regimiento del Ejército y una Penitenciaría, además de la policía provincial. En septiembre de 2016, el propio jefe del Regimiento de Esquel, Julián Andrés Massi Filippa, lo graficaba en la convocatoria pública que hizo para quienes quisieran inscribirse como soldados en el Ejército. “La oportunidad es grande porque, en la Argentina que nos toca vivir, implica un sueldo de más de 12 mil pesos, obra social y aportes jubilatorios. Es una oportunidad importante para nuestros jóvenes”, dijo ante los medios el teniente coronel. “Acá todos tenemos un pariente gendarme o policía”, resume un abogado que suele apoyar los reclamos mapuches. Esa situación le agrega otro elemento a la desaparición de Santiago Maldonado: el reproche de activistas mapuches a quienes, consideran, en honor a sus antepasados, deberían estar acompañando su reclamo de tierras pero están en frente de ellos, uniformados.  

En ese cruce entre atentados, la recuperación de tierras y la desaparición del joven artesano, aflora la preocupación de una parte de los esquelenses que ve en el turismo su principal fuente de ingresos, en la tranquilidad del pueblo su mayor activo y en la presencia de la RAM, una amenaza a ese capital valioso, construido con esfuerzo durante años. La negociación pacífica de tierras ancestrales, en cambio, tiene consenso social. En la ciudad todos saben que, por ejemplo, la barriada Ceferino Namuncurá se creó en 1937 tras un desalojo a sangre y fuego de unas 300 personas – incluidos niños y ancianos – de la comunidad Nahuelpan. “El reclamo es correcto, pero no queremos a esta gente encapuchada; son violentos”, decía el jueves Horacio Quintero, un docente que encabezó la marcha del jueves 14.

Para la comunidad mapuche, el motivo es otro. “Siempre nos vieron como mano de obra barata. Les da bronca que uno pueda hacer crecer su conciencia y debatirles de igual a igual”, asegura Santana, que cita pasajes del libro “Los condenados de la tierra”, de Frantz Fanon, para explicar el proceso de “descolonización” hacia el que cree que debe ir su pueblo. “Cuando un sistema de colonización fue violento, como lo que pasó aquí con el genocidio de la conquista del desierto, hay un proceso de descolonización que también debe serlo”, dice. Como los demás miembros de la comunidad, Santana defiende la “autodefensa”, que practican con hondas de revoleo y piedras.

Para los integrantes de la Pu Lof, el Estado argentino es aquel que se forjó y extendió sus fronteras sobre la matanza de sus abuelos y bisabuelos y el despojo de sus tierras. Ese Estado, dicen, nunca será el de ellos.

 

 

Una cuerda de metal atraviesa el puesto de vigilancia en diagonal, apenas debajo del techo. A lo largo cuelgan lonjas de carne salada. Es charqui recién preparado, a la usanza de las antiguas comunidades. Según el día y lo que se haya podido carnear, será capón, oveja o caballo. Además de animales, en la Pu Lof también hay una huerta en la que trabajan casi todos los miembros de la comunidad, entre los que se cuentan unos diez chicos. “Tenemos papa, arvejas, cilantro, perejil, tomate y hasta flores de azafrán. Pero lo que más sembramos es trigo, porque es lo que usamos para las ceremonias”, dice Soraya.

Cada día, con la salida del sol, cada miembro de la comunidad hace su ceremonia individual, mirando al Este: saluda a las fuerzas de la tierra y del cielo. Una vez al año, según el ciclo de la Luna, entre el 20 y el 24 de junio, la comunidad entera celebra el we tripantu (año nuevo). Esa ceremonia se realiza en un espacio sagrado, que no se puede transitar en ningún otro momento del año. “Se puede ver de lejos. Está limpio, libre, porque ahí hacemos ofrendas y fogones. Es muy chico. Ni siquiera nosotros lo pisamos en otra época fuera de la ceremonia”, explica la vocera de la Pu Lof.  Además de trabajar en la huerta, en la comunidad también se trabaja en telar, platería, tejido y soguería. “Después preguntan de qué vivimos. Como si fuéramos inútiles que no sabemos trabajar. Hacemos artesanías y las vendemos. También tenemos fotógrafos. Y leer es una obligación, un mandato. Tenemos una biblioteca grande como toda esta pared”, agrega mientras traza un borde imaginario con las manos.

 

 

 

El Movimiento Autónomo de Puel Mapu sigue ahora el destino de su lonko, que será sometido a un nuevo juicio de extradición a Chile, donde lo acusan de incendiar campos y estancias.

-¿Y cómo deciden quién es lonko?

-Nosotros no definimos nada, se nace con esa fuerza. Lo deciden los espíritus, lo ven las distintas autoridades de nuestro pueblo, los abuelos, los machi (autoridad médica y religiosa), que tienen relación con las fuerzas. Lo van preparando desde chico.

El primer juicio de extradición a Jones Huala fue declarado nulo el 1 de septiembre de 2016 por el juez Guido Otranto, el mismo que investiga la desaparición de Maldonado. El magistrado consideró que el dato que permitió ubicar al lonko había sigo obtenido bajo tortura. La decisión de Otranto provocó la furia del gobernador de Chubut, Mario Das Neves, que lo acusó de liberar “delincuentes”.

Pocos días antes, el juez había armado una primera mesa de diálogo en el penal de Esquel entre la comunidad – con el lonko a la cabeza-, las autoridades de la Corporación de Fomento (CORFO), los directivos de la empresa Viejo Expreso Patagónico La Trochita, abogados, veedores y la fiscal federal Silvina Ávila. El origen del conflicto fue la decisión de los integrantes de la comunidad de bloquear las vías del tren. “Nosotros pedimos que nos avisaran cuando fuera a pasar el tren. Queríamos generar el antecedente de que reconocieran que estaban pasando por territorio mapuche”, explica Soraya.

Con Jones Huala ya en libertad, en septiembre hubo una segunda mesa de diálogo. La tercera nunca llegó porque el gobierno de Das Neves decidió abandonar la negociación. “Son terroristas”, dio por cerrado el tema el gobernador. El martes 10 de enero, el juez Otranto dio la orden de despejar las vías. El operativo de las fuerzas de seguridad terminó con dos heridos de gravedad y diez detenidos.

...

El conflicto recrudeció con la nueva detención de Jones Huala. Para exigir la libertad del lonko y apoyar la causa mapuche, el 31 de julio, Santiago Maldonado llegó a Cushamen. A la mañana siguiente cruzó por primera vez las vías y corrió barranca abajo, hacia el río Chubut.

(Fotos: Pu Lof en Resistencia Dpto Cushamen - Puel Mapu)

Viaje al corazón de la República Mapuche

En esta crónica escrita por la enviada de Letra P a Chubut, publicada el 17 de septiembre, cómo vive, qué piensa y por qué lucha el pueblo que desafía al Gobierno. 

ESQUEL Y CUSHAMEN (Enviada)

“¿Si reconozco al Estado argentino? Sí, claro. Como el Estado genocida que se levantó gracias a la muerte de nuestro pueblo."

Sopla un viento helado en el boulevard Ameghino. Es una noche lluviosa. Soraya Maicoño apura el paso y se cubre el pelo largo, negro, sujeto en una trenza, con un pañuelo de colores. Lleva otro anudado al cuello, una campera larga y la falda debajo de la rodilla. Usa unos aros de plata grandes, que se mueven al compás de su ritmo agitado, mientras habla sobre costumbres ancestrales, cantos y ceremonias. Y completa: “Puedo reconocer eso, pero no me puedo desconocer a mí misma, la lengua de mi abuela, mi cultura”.

 

Una niña y una mujer mapuches. Cada mañana, saludan a las fuerzas de la tierra y el cielo.

 

Desde que Facundo Jones Huala fue otra vez detenido, el 27 de junio de este año, Soraya camina por Esquel a cargo de trámites, convocatorias, el contacto con la prensa, los abogados, funcionarios y distintas organizaciones que apoyan – o rechazan- la causa del Movimiento Autónomo de Puel Mapu, que el 13 de marzo de 2015 decidió iniciar una recuperación de tierras ancestrales mapuche en manos del grupo Benetton, en el departamento de Cushamen. Ahí, en la Pu Lof  Resistencia donde construyó su casa, vio a Santiago Maldonado la mañana del 1 de agosto, antes de que el joven artesano desapareciera, tras un operativo de Gendarmería nacional. Dos días antes, lo había encontrado por primera vez, en este mismo boulevard, marchando por la libertad del lonko, el líder de la comunidad.

 

El puesto de vigilancia en el que Maldonado pasó las horas previas a la represión de Gendarmería del 1 de agosto.

 

 

 

“Ahí durmió el compañero Santiago, se quedó con nosotros”. Matías Santana señala unas mantas grises amontonadas en el piso del puesto de vigilancia que está ubicado en la entrada de la Pu Lof Resistencia Cushamen. Es una casilla construida con troncos, listones de madera y chapas. Unos 20 metros la separan de la tranquera amarilla ubicada en la entrada, a la altura del kilómetro 1.840 de la ruta 40. En una ventana orientada hacia el sur, una señal de celular intermitente permite el contacto con el mundo exterior. 

La noche del 31 de julio, Santiago se acostó sobre las mantas pero no pudo dormir. “A la madrugada, la Gendarmería empezó a tirotear, pasaban con la camioneta, reflectoreaban (sic). Para las 6 de la mañana, los lamien – hermanos, en mapuche - me llaman para avisarme lo que estaba pasando y en cuanto pude, vine. Cuando llegué, encontré a Santiago”, relata Soraya.

En paralelo a la ruta, unos diez metros por delante de la casilla, corre la vía por donde circulaba La Trochita, el viejo expreso patagónico. La vía marca el límite de entrada para el hombre blanco. Más allá, hacia el río que corre flanqueado por sauces que se agitan con el viento patagónico, nadie que no sea miembro de la comunidad mapuche tiene permitido el ingreso. Ese límite tuvo que cruzar Santiago Maldonado, el mediodía del 1 de agosto, cuando las fuerzas de seguridad ingresaron a la Pu Lof en persecución de los integrantes de la comunidad que horas antes habían cortado la ruta.

 

La entrada a la Pu Lof, las tierras controladas por el Movimiento Autónomo de Puel Mapu.

 

 -¿Del otro lado de la vía es territorio sagrado?

Matías: No hay territorio sagrado. Pero se genera un desequilibrio espiritual. Nosotros respetamos a los espíritus que viven adentro del territorio. Creemos en lo que se ve y en lo que no se ve.

Soraya: Es un tema de cosmovisión. Conocemos los nombres de las diferentes fuerzas que nos rodean en el lugar por su nombre antiguo. El río, la tierra, los árboles, el viento. Creemos que esas fuerzas son las que nos mantienen firmes y fuertes en el territorio. Son las fuerzas con las que conversamos en nuestras ceremonias. Son nuestras creencias ancestrales. Es lo que nos enseñaron.

-Cuando entra alguien que no es mapuche, ¿ustedes después hacen una ceremonia para volver el lugar al estado de equilibrio anterior?

-¿Sabés la cantidad que se hicieron ya desde que pasó esto? Van más de seis. No pretendemos que lo comprendan.

 

A estas tierras, que son parte del latifundio Benetton, nadie que no sea parte de la comunidad mapuche puede entrar. 

 

La Pu Lof en Resistencia Cushamen abarca unas mil hectáreas que el Movimiento Autónomo de Puel Mapu recuperó dentro de la estancia Leleque, propiedad de Compañía de Tierras Sud Argentino S.A., de Benetton. Allí llegó Maldonado el 31 de julio desde El Bolsón para acompañar un corte de ruta en el que se exigía la liberación del lonko Facundo Jones Huala. El corte se extendió cuando los miembros de la comunidad se enteraron de otras nueve detenciones ocurridas en Bariloche durante una protesta por la misma causa. Un día después, Santiago desaparecía en la Lof tras un operativo de Gendarmería dentro del terreno. Su desaparición marcaría la agenda nacional, se constituiría en una profunda crisis política para el Gobierno y daría lugar a una inmensa movilización social reunida en una sola pregunta que aún no tiene respuesta: ¿Dónde está Santiago Maldonado?

Hasta ese territorio llegó Letra P para contar cómo vive la comunidad donde desapareció el artesano de 28 años, su reivindicación de la identidad mapuche y su compleja relación con la sociedad esquelense, que marca su rechazo a los métodos violentos de protesta.

 

 

 

 

Al este y al oeste de la ruta 40 se levanta el dominio de Benetton. Son unas 900 mil hectáreas que el grupo italiano compró en 1991, cuando adquirió la Compañía de Tierras del Sur Argentino. Hasta 1982 -guerra de Malvinas mediante- la empresa se conocía como The Argentine Southern Land Company Limited. Había sido fundada en Londres, en 1889, para administrar los campos de terratenientes ingleses que habían recibido esas tierras como parte de pago del Estado argentino por haber financiado la llamada “Conquista del Desierto”, la campaña militar que se llevó a cabo entre 1878 y 1885, liderada por Julio Argentino Roca, y que arrasó con los pueblos originarios del sur, entre ellos mapuches, ranqueles y tehuelches. 

En la estancia Leleque, Benetton produce hasta 1,3 millón de kilos de lana que es enviada a Europa, según publicó la BBC. Allí llegó el 13 de marzo de 2015 Jones Huala con su proyecto de reconquista.

 

Matías Santana, uno de los voceros de la Pu Lof. Ahí estuvo con Santiago Maldonado la noche antes de la desaparición.

 

“Estamos en un proceso de reconstrucción del mundo mapuche. De volver a la mapu”. Matías Santana tiene 20 años. Nació y se crió en Esquel, donde fue - “por desgracia” - al colegio primario y secundario. La tarde que recibe a Letra P en el puesto de vigilancia que el 31 de julio compartió con Santiago Maldonado, usa una vincha verde y viste un poncho de aguayo que luego cambiará por una campera gris y una polera azul. En la casilla hay varios abrigos colgados y otros tantos apilados. Los mapuches de la Pu Lof suelen intercambiarse la ropa como método para que no los identifiquen. Por lo mismo – para resguardarse de “la persecución política”, de la que dicen ser víctimas- se muestran encapuchados y no dan el número exacto de habitantes de la Pu Lof. Santana, Soraya y Andrea Millañanco – la esposa de Jones Huala – son los voceros designados por la comunidad que - hasta ahora- tienen contacto con los medios a cara descubierta. 

Santana es primo del lonko Jones Huala y es el testigo que declaró ante el juez federal Guido Otranto que vio cómo la Gendarmería se llevaba a Santiado Maldonado. Como muchos de sus hermanos mapuches, habla de un proceso de “auto reconocimiento” que lo lanzó a la reconstrucción de la identidad.

Ese revinculación con los orígenes se relaciona, en cierta medida, con la pelea que gran parte de la población empezó a dar contra la instalación de los proyectos megamineros – como el de Benetton- que amenazan con dejar tierra arrasada. Fue la chispa que prendió de nuevo la llama. “En las ciudades nos estamos muriendo de hambre. Mientras, el sistema capitalista avanza con el modelo extractivista y la explotación del territorio. Entonces, uno vuelve a recuperar el compromiso con su pueblo y con su gente”, dice Santana.

 

 

-¿Cómo te diste cuenta de que tenías que iniciar ese proceso?

-Por la pobreza. Uno ya nace con la rebeldía. Mis abuelos se tuvieron que autodesalojar de Cushamen por el hambre. Se fueron a la ciudad en busca de un progreso que nunca encontraron. Y mi otra familia viene de Mata Grande, un paraje más al sur. Fueron desalojados por los milicos. No estamos tan lejos de la Conquista del Desierto. Y en ese contexto nací y me crié. Ser mapuche estaba mal visto. Es un trabajo muy grande el que hay que hacer para reconstruir todo, la lucha de los abuelos.

Soraya Maicoño dice que la identidad se le impuso casi a la fuerza. “Es un proceso que nos lleva a todos mucho tiempo, hay toda una situación de no querer reconocerlo. Sobre todo, porque la mayoría tenemos una historia para contar que tiene que ver con el desalojo y el despojo. Todos te pueden decir de dónde fueron desalojados sus abuelos”, relata la mujer de ojos negros profundos, una tarde en Esquel en la que ceba mates mientras atiende requerimientos de notas de radios y canales de televisión. 

Ahora convertida en vocera oficial de la Pu Lof, Soraya nació hace 45 años en Tecka - un pueblo ubicado 100 kilómetros al sur de Esquel - y tenía 21 cuando el canal de la provincia de Chubut para el que trabajaba la envió desde Rawson a Cushamen a cubrir un encuentro de pueblos originarios. Era septiembre, pero nevó durante varios días y ella quedó encerrada en la comunidad, sin poder volver. “En esos días conocí un montón de abuelas que sacaban tahiel – un canto sagrado – y sentí como si se me hubiera despertado la memoria. Y pensé: ‘No son ellos los mapuches, somos los mapuches”, relata con voz pausada y suave.

Ese camino se profundizó unos años después, con la recorrida por comunidades cordilleranas en Chubut y Santa Cruz, donde convivió con abuelos, conoció lonkos, aprendió a hablar mapudungún – la lengua mapuche, un idioma que solo se transmite en forma oral – y recopiló cantos para las ceremonias. De a poco, fue llevando el aprendizaje a sus obras de teatro, que tienen la identidad como tema central.

“Al haber estado tan apagados nuestros bisabuelos y abuelos para proteger a sus hijos y nietos, hubo muchas prácticas que se fueron perdiendo. Pero empezó a surgir una nueva fuerza y algunas personas empezaron a soñar. Y para nosotros los peuma - los sueños - son muy importantes. Así, el cacique Nahuel Pan iem – es decir, que ya murió- aprendió a hablar mapuche en sueños”, dice.

 

 

Ese resurgimiento de la identidad – y el reclamo de los miembros de la Pu Lof Cushamen, en particular - no encuentra empatía en un gran sector de la sociedad esquelense, que considera que hay una escalada de violencia por la que responsabiliza a la Resistencia Ancestral Mapuche (RAM). El movimiento se adjudicó varios atentados en la zona, como la quema de puestos en una estancia de Benetton, sabotajes a empresas, incendio de máquinas pertenecientes a mineras y asaltos a puesteros empleados del magnate italiano, muchos de ellos de origen mapuche. Según el Ministerio de Seguridad, hubo 77 en los últimos cuatro años. El más emblemático fue el incendio a la histórica estación Bruno Thomae, de La Trochita, en El Maitén.

La sociedad esquelense - una población de 32 mil habitantes - vincula a los miembros de la Pu Lof con la RAM y señala al propio Facundo Jones Huala como uno de sus fundadores. Pero tanto Santana como Fernando Jones Huala, hermano del lonko, aseguran que la comunidad no forma parte de esa organización. “Nosotros somos del Movimiento Autónomo de Puel Mapu. Es anticapitalista, antiimperialista. Pero no somos la RAM”, repite Santana, aunque nunca termina de condenar a la organización que irrita a Esquel. “Somos hermanos políticos”, define. ¿Quién es la RAM, entonces? Es una pregunta que nunca encuentra respuesta, por la naturaleza delictual de los hechos que se le adjudican. Y que abona la desconfianza en Esquel de todo aquel relacionado con el activismo mapuche.

 

 

“Los esquelenses de verdad somos pacíficos. Esta gente no es de Esquel”, agitaba el jueves una mujer en el centro de la Plaza San Martín, durante la marcha que protagonizaron unos 300 vecinos autoconvocados para repudiar los hechos de violencia por los que acusan a un grupo de personas que, consideran, “le quitaron la tranquilidad” a una ciudad donde conviven y se mestizan descendientes de pueblos originarios y de colonos europeos y que está habituada a la presencia de agentes de fuerzas de seguridad y militares. “Y siempre nos trataron muy bien”, repetía la misma mujer durante la movilización.

Como sucede en otras ciudades del interior país, las fuerzas de seguridad son una salida laboral habitual en Esquel, donde se asientan un escuadrón de Gendarmería, un regimiento del Ejército y una Penitenciaría, además de la policía provincial. En septiembre de 2016, el propio jefe del Regimiento de Esquel, Julián Andrés Massi Filippa, lo graficaba en la convocatoria pública que hizo para quienes quisieran inscribirse como soldados en el Ejército. “La oportunidad es grande porque, en la Argentina que nos toca vivir, implica un sueldo de más de 12 mil pesos, obra social y aportes jubilatorios. Es una oportunidad importante para nuestros jóvenes”, dijo ante los medios el teniente coronel. “Acá todos tenemos un pariente gendarme o policía”, resume un abogado que suele apoyar los reclamos mapuches. Esa situación le agrega otro elemento a la desaparición de Santiago Maldonado: el reproche de activistas mapuches a quienes, consideran, en honor a sus antepasados, deberían estar acompañando su reclamo de tierras pero están en frente de ellos, uniformados.  

En ese cruce entre atentados, la recuperación de tierras y la desaparición del joven artesano, aflora la preocupación de una parte de los esquelenses que ve en el turismo su principal fuente de ingresos, en la tranquilidad del pueblo su mayor activo y en la presencia de la RAM, una amenaza a ese capital valioso, construido con esfuerzo durante años. La negociación pacífica de tierras ancestrales, en cambio, tiene consenso social. En la ciudad todos saben que, por ejemplo, la barriada Ceferino Namuncurá se creó en 1937 tras un desalojo a sangre y fuego de unas 300 personas – incluidos niños y ancianos – de la comunidad Nahuelpan. “El reclamo es correcto, pero no queremos a esta gente encapuchada; son violentos”, decía el jueves Horacio Quintero, un docente que encabezó la marcha del jueves 14.

Para la comunidad mapuche, el motivo es otro. “Siempre nos vieron como mano de obra barata. Les da bronca que uno pueda hacer crecer su conciencia y debatirles de igual a igual”, asegura Santana, que cita pasajes del libro “Los condenados de la tierra”, de Frantz Fanon, para explicar el proceso de “descolonización” hacia el que cree que debe ir su pueblo. “Cuando un sistema de colonización fue violento, como lo que pasó aquí con el genocidio de la conquista del desierto, hay un proceso de descolonización que también debe serlo”, dice. Como los demás miembros de la comunidad, Santana defiende la “autodefensa”, que practican con hondas de revoleo y piedras.

Para los integrantes de la Pu Lof, el Estado argentino es aquel que se forjó y extendió sus fronteras sobre la matanza de sus abuelos y bisabuelos y el despojo de sus tierras. Ese Estado, dicen, nunca será el de ellos.

 

 

Una cuerda de metal atraviesa el puesto de vigilancia en diagonal, apenas debajo del techo. A lo largo cuelgan lonjas de carne salada. Es charqui recién preparado, a la usanza de las antiguas comunidades. Según el día y lo que se haya podido carnear, será capón, oveja o caballo. Además de animales, en la Pu Lof también hay una huerta en la que trabajan casi todos los miembros de la comunidad, entre los que se cuentan unos diez chicos. “Tenemos papa, arvejas, cilantro, perejil, tomate y hasta flores de azafrán. Pero lo que más sembramos es trigo, porque es lo que usamos para las ceremonias”, dice Soraya.

Cada día, con la salida del sol, cada miembro de la comunidad hace su ceremonia individual, mirando al Este: saluda a las fuerzas de la tierra y del cielo. Una vez al año, según el ciclo de la Luna, entre el 20 y el 24 de junio, la comunidad entera celebra el we tripantu (año nuevo). Esa ceremonia se realiza en un espacio sagrado, que no se puede transitar en ningún otro momento del año. “Se puede ver de lejos. Está limpio, libre, porque ahí hacemos ofrendas y fogones. Es muy chico. Ni siquiera nosotros lo pisamos en otra época fuera de la ceremonia”, explica la vocera de la Pu Lof.  Además de trabajar en la huerta, en la comunidad también se trabaja en telar, platería, tejido y soguería. “Después preguntan de qué vivimos. Como si fuéramos inútiles que no sabemos trabajar. Hacemos artesanías y las vendemos. También tenemos fotógrafos. Y leer es una obligación, un mandato. Tenemos una biblioteca grande como toda esta pared”, agrega mientras traza un borde imaginario con las manos.

 

 

 

El Movimiento Autónomo de Puel Mapu sigue ahora el destino de su lonko, que será sometido a un nuevo juicio de extradición a Chile, donde lo acusan de incendiar campos y estancias.

-¿Y cómo deciden quién es lonko?

-Nosotros no definimos nada, se nace con esa fuerza. Lo deciden los espíritus, lo ven las distintas autoridades de nuestro pueblo, los abuelos, los machi (autoridad médica y religiosa), que tienen relación con las fuerzas. Lo van preparando desde chico.

El primer juicio de extradición a Jones Huala fue declarado nulo el 1 de septiembre de 2016 por el juez Guido Otranto, el mismo que investiga la desaparición de Maldonado. El magistrado consideró que el dato que permitió ubicar al lonko había sigo obtenido bajo tortura. La decisión de Otranto provocó la furia del gobernador de Chubut, Mario Das Neves, que lo acusó de liberar “delincuentes”.

Pocos días antes, el juez había armado una primera mesa de diálogo en el penal de Esquel entre la comunidad – con el lonko a la cabeza-, las autoridades de la Corporación de Fomento (CORFO), los directivos de la empresa Viejo Expreso Patagónico La Trochita, abogados, veedores y la fiscal federal Silvina Ávila. El origen del conflicto fue la decisión de los integrantes de la comunidad de bloquear las vías del tren. “Nosotros pedimos que nos avisaran cuando fuera a pasar el tren. Queríamos generar el antecedente de que reconocieran que estaban pasando por territorio mapuche”, explica Soraya.

Con Jones Huala ya en libertad, en septiembre hubo una segunda mesa de diálogo. La tercera nunca llegó porque el gobierno de Das Neves decidió abandonar la negociación. “Son terroristas”, dio por cerrado el tema el gobernador. El martes 10 de enero, el juez Otranto dio la orden de despejar las vías. El operativo de las fuerzas de seguridad terminó con dos heridos de gravedad y diez detenidos.

...

El conflicto recrudeció con la nueva detención de Jones Huala. Para exigir la libertad del lonko y apoyar la causa mapuche, el 31 de julio, Santiago Maldonado llegó a Cushamen. A la mañana siguiente cruzó por primera vez las vías y corrió barranca abajo, hacia el río Chubut.

(Fotos: Pu Lof en Resistencia Dpto Cushamen - Puel Mapu)