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Temporada de caza mayor para el sabueso equilibrista

Con aval del Ejecutivo subió el perfil a las denuncias a empresas evasoras, contribuyentes y monotributistas. El preferido de Macri que abrazó el peronismo, capeó filtraciones y venció al intocable.
Por 15/09/2017 01:18 PM

En el Museo del Bicentenario, los mozos servían la burrata con vegetales sobre focaccia con romero, entrada del almuerzo que el Gobierno armó en honor al premier de Israel, Benjamin Netanyahu. En el salón, pleno de funcionarios y algunos empresarios con llegada a La Rosada, un personaje poco habituado a esos convites recibía elogios y saludos varios mientras degustaba un chardonnay de Catena Zapata. El jefe de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), Alberto Abad, tenía algunas razones de peso para descuidar por un rato su histórico perfil bajo. En el Ejecutivo saben que hay posibilidades de que Israel venda sistemas informáticos para el fisco local, además de la necesidad de afinar los acuerdos aduaneros en el marco del comercio bilateral que Mauricio Macri y Netanyahu pretenden profundizar.

Los platos de merluza negra con zanahoria y quínoa ya circulaban promediando el almuerzo, que terminó con un postre de frutas y copas de Barón B, un espumante del gusto de varios cuadros altos de Cambiemos. Abad escuchó atento la ponencia de Netanyahu y, con el mismo sigilo con el que llegó, se cruzó a su oficina frente a la Plaza de Mayo. Los que lo conocen contaron a Letra P que está en un momento de alta popularidad en la consideración del Presidente. Situación que responde casi exclusivamente a su obsesión por el trabajo y el cumplimiento de las metas. En el gabinete saben que Macri es indulgente con unos pocos funcionarios. Se cuentan con los dedos de una mano aquellos que, más allá de errores o eventualidades de la función política, gozan de un respaldo incondicional. Cuando lo designaron al frente de AFIP, muchos dentro del Gobierno miraron de reojo a Abad, por un pasado en la gestión directamente vinculado al peronismo y pan-peronismo. Lo bancó el jefe de Estado, ayer y hoy, por considerar que, de los alumnos esmerados, es el que mejores resultados le trajo, una de las cosas que más reclama Macri en su lógica de metas, una herencia de sus años de CEO. Mantiene además, con el recaudador, un aprecio personal que viene de una vieja relación que lleva más de 20 años. “Seriedad, respeto y honestidad”, destacó de él Macri al momento de tomarle juramento con cariñoso abrazo a Alberto Remigio Abad, cuyo segundo nombre era desconocido hasta por el propio presidente.

 

Con el ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, durante el gobierno de Néstor Kirchner. 

 

Hace algunas semanas, el hombre que fue funcionario en tres de los últimos cuatro gobiernos peronistas viene teniendo un protagonismo en la agenda sólo disimulado por su extremo bajo perfil. En los pasillos del fisco cuentan que las acciones de Abad no han cambiado, que siguen a un ritmo alto como en el inicio de la gestión, pero reconocen que hay una exposición pública mayor de los hechos. En parte, esa popularización de las acciones de fiscalización responde a la idea de la Jefatura de Gabinete -y de Marcos Peña en particular- de comunicar más y mejor lo que se hace. Son habituales las pesquisas en talleres clandestinos, fiscalización en comercio, multas y la vedette de la actuación: las denuncias penales a compañías que evaden. Según los reportes de AFIP, en 2017 se llevaron a cabo hasta el 30 de junio 489 denuncias por valor de 1.148 millones de pesos; en 2016, el primer año de Abad, fue aún mayor, llegando a 1.159 denuncias por 6.224 millones de pesos, nivel similar a 2008.

En paralelo, generó cambios en las categorías del monotributo, una medida que suena a persecución de pequeños evasores pero que en el Gobierno siguen de cerca dado que en ese régimen anidaban contribuyentes con movimientos de dinero inusitados. Hasta tiene en la cabeza la idea de ir a cobrarles impuestos a plataformas digitales como Netflix, un punto sobre el que el Grupo Clarín ejerce, por ahora, una presión amable sobre el Gobierno en su rol de operador mayoritario de Cablevisión.

 

 

Todas las acciones, reconoce en el ámbito oficial ante la consulta de Letra P, responden al fin de aumentar los ingresos tributarios a través de fiscalizaciones que permitan cubrir lo perdido por las exenciones a los tributos a la exportación de mineras y empresas de granos. En los últimos dos meses, logró algo de lo que se le había pedido: que la recaudación creciera por sobre la inflación. Pero los desafíos de mediano plazo son más duros: es Abad el que les recomienda a los empresarios que no pongan tanta expectativa en la reforma impositiva que se viene discutiendo. No garantiza plazos de puesta en marcha ni nivel de los recortes. Como con ganancias, Macri confía ciegamente en el recaudador para que las modificaciones no distorsionen los ingresos que tiene el Estado.

Pero también habría crisis en el camino de Abad, un golpe inesperado que llegó con el blanqueo que él mismo creó junto al ex ministro de Economía, Alfonso Prat Gay. Y chisporroteos con uno de los hombres de mayor poder en Ejecutivo nacional.

 

 

BUENAS MIGAS CON EL QUE NUNCA PIERDE. La primera vez de Abad al frente del fisco fue en el año 2002. Bajo el interinato de Eduardo Duhalde, ocupó el cargo luego de presidir el Grupo Banco Provincia. Pero su incursión en gobiernos peronistas venía desde bastante más atrás. Durante la gestión de Carlos Saúl Ménem fue síndico General de la Nación, Interventor del Pami y secretario de Control Estratégico de la Jefatura de Gabinete. Con la llegada de Néstor Kirchner al poder, el vínculo de Abad con Roberto Lavagna lo llevó a asumir al frente de AFIP, posición que sostuvo hasta marzo de 2008. Fue en ese año en el que rompió lanzas con su antecesor, Ricardo Echegaray, que revistaba en la Dirección de Aduanas. Muchos se entusiasman y describen que Abad “es el verdadero sabueso”, en contraposición a lo que, entienden, no hacía Echegaray. Hay internamente muchos detractores del ex recaudador, que fue resistido durante el propio gobierno K por los manejos con los listados de presuntos evasores argentinos en el HSBC Ginebra. Se le cuestionó fuertemente desde los organismos anti lavado el acuerdo para que los deudores paguen y eviten causas penales.

Tanto para el kirchnerismo como para el macrismo, el fisco es clave en la estrategia económica. Con diferentes formas, Echegaray y Abad fueron ejes de gestión política. Alberto no sólo que fue parte central de la creación del esquema de amnistía fiscal, sino que actuó como punta de lanza de la desactivación del proyecto de Sergio Massa, que pretendía gravar el juego y la renta financiera para costear la baja en el Impuesto a las Ganancias, una de las grandes batallas del Gobierno en su primer año en el poder.

 

 

Uno de los choques más duros del actual jefe de AFIP se dio con uno de los pesos pesado que integra la mesa chica de decisiones en Cambiemos. “Eso pasó, por suerte, hoy están lo más bien”, describen fuentes oficiales sobre la relación de Abad con el vicejefe de Gabinete Mario Quintana. Los puso frente a frente un tema espinoso: la millonaria deuda que mantiene la firma de correos OCA con el Estado Nacional.

El dato fuerte es que desde 2013 OCA está en manos de Patricio Farcuh, un hombre al que en el rubro postal relacionan directamente con el camionero y referente de la CGT, Hugo Moyano. La tensión que existió entre Abad y Quintana, que en el Gobierno creen limada, se centró en el deseo que cada uno tenía respecto a la deuda de cerca de 4.000 millones de pesos que la firma tiene con el fisco. El ex Farmacity propuso suscribir a OCA dentro de una ley que le permitiría participar de una moratoria a medida. A ciencia cierta, no fue un invento de Quintana, sino un mecanismo que utilizó el propio Echegaray en reiteradas oportunidades. Pero Abad no quiere repetir errores: hace unas semanas dio la orden de no cursar más ese tipo de beneficios. El fondo de la cuestión, en realidad, no era la deuda de la compañía sino el vínculo a futuro de Macri con los Moyano. La cuestión fue compleja porque el escenario de fondo aún no está claro. El diario Clarín informó que el Presidente quiere a Farcuh afuera de OCA; a la vez que aún subsiste la idea de pedir la quiebra de OCA.

 

En plena toma de juramento, Macri le reconoció "seriedad y honestidad" en sus años en los gobiernos peronistas. Lo conoce desde hace más de 20 años. 

 

“BANCA” OFICIAL Y DOBLE AUDITORÍA. Pareció, a priori, una crisis difícil de revertir. Pero entre la moderación mediática y el respaldo político se terminó diluyendo. Cuando Horacio Verbitsky publicó en Pagina 12 la filtración de nombres de familiares y personajes vinculados al Gobierno que ingresaron al blanqueo, Abad estalló de ira. La primera sensación fue que el que kirchnerismo residual dentro de AFIP había hecho de las suyas. Por la norma que fue el eje del éxito de la amnistía fiscal, no podían conocerse quiénes habían blanqueado dinero. Pero surgieron en la prensa los nombres de Nicolás Caputo, el mejor amigo de Macri; su hermano Gianfranco y el primo del jefe de Gabinete, Alejandro Peña Braun y el empresario Marcelo Mindlin. Al alma máter del blanqueo se le había revelado su propia creación. Justo cuando, además, en el año 2008 y en el blanqueo que ideó Cristina Fernández, él mismo había desconfiado de los mecanismos firmando contra la iniciativa en una campaña que se armó en Internet.

El Gobierno movió rápido. Trabajó en los medios para sepultar un tema que en cualquier país sería un escándalo. Y le dio un respaldo sin cuestionamientos a Abad. Lo corrió de cualquier suposición o duda sobre su persona y su círculo cercano. Con ese aval, por medio de la disposición 238-E, se corrió de su cargo al subdirector general de Sistemas y Telecomunicaciones, Jorge Enrique Linskens. Lo sustituyó Néstor Sosa, un hombre de su confianza que venía precisamente del área de Auditoría Interna, una de las oficinas activas para detectar la raíz de la filtración.

Abad jugó, por su lado, la carta de la doble auditoría. La interna en la AFIP y una externa que se le encargó a la firma Deloitte. En paralelo, presentó una denuncia penal ante Rodolfo Canicoba Corral que terminó con ocho funcionarios bajo la lupa. El jefe de fisco cortó la sospecha con algo que hace desde los años en el menemismo: no ocultar las posibilidades. Alertó que la filtración puede tener más nombres y sacó al tema de la agenda pública.

Temporada de caza mayor para el sabueso equilibrista

Con aval del Ejecutivo subió el perfil a las denuncias a empresas evasoras, contribuyentes y monotributistas. El preferido de Macri que abrazó el peronismo, capeó filtraciones y venció al intocable.

En el Museo del Bicentenario, los mozos servían la burrata con vegetales sobre focaccia con romero, entrada del almuerzo que el Gobierno armó en honor al premier de Israel, Benjamin Netanyahu. En el salón, pleno de funcionarios y algunos empresarios con llegada a La Rosada, un personaje poco habituado a esos convites recibía elogios y saludos varios mientras degustaba un chardonnay de Catena Zapata. El jefe de la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), Alberto Abad, tenía algunas razones de peso para descuidar por un rato su histórico perfil bajo. En el Ejecutivo saben que hay posibilidades de que Israel venda sistemas informáticos para el fisco local, además de la necesidad de afinar los acuerdos aduaneros en el marco del comercio bilateral que Mauricio Macri y Netanyahu pretenden profundizar.

Los platos de merluza negra con zanahoria y quínoa ya circulaban promediando el almuerzo, que terminó con un postre de frutas y copas de Barón B, un espumante del gusto de varios cuadros altos de Cambiemos. Abad escuchó atento la ponencia de Netanyahu y, con el mismo sigilo con el que llegó, se cruzó a su oficina frente a la Plaza de Mayo. Los que lo conocen contaron a Letra P que está en un momento de alta popularidad en la consideración del Presidente. Situación que responde casi exclusivamente a su obsesión por el trabajo y el cumplimiento de las metas. En el gabinete saben que Macri es indulgente con unos pocos funcionarios. Se cuentan con los dedos de una mano aquellos que, más allá de errores o eventualidades de la función política, gozan de un respaldo incondicional. Cuando lo designaron al frente de AFIP, muchos dentro del Gobierno miraron de reojo a Abad, por un pasado en la gestión directamente vinculado al peronismo y pan-peronismo. Lo bancó el jefe de Estado, ayer y hoy, por considerar que, de los alumnos esmerados, es el que mejores resultados le trajo, una de las cosas que más reclama Macri en su lógica de metas, una herencia de sus años de CEO. Mantiene además, con el recaudador, un aprecio personal que viene de una vieja relación que lleva más de 20 años. “Seriedad, respeto y honestidad”, destacó de él Macri al momento de tomarle juramento con cariñoso abrazo a Alberto Remigio Abad, cuyo segundo nombre era desconocido hasta por el propio presidente.

 

Con el ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, durante el gobierno de Néstor Kirchner. 

 

Hace algunas semanas, el hombre que fue funcionario en tres de los últimos cuatro gobiernos peronistas viene teniendo un protagonismo en la agenda sólo disimulado por su extremo bajo perfil. En los pasillos del fisco cuentan que las acciones de Abad no han cambiado, que siguen a un ritmo alto como en el inicio de la gestión, pero reconocen que hay una exposición pública mayor de los hechos. En parte, esa popularización de las acciones de fiscalización responde a la idea de la Jefatura de Gabinete -y de Marcos Peña en particular- de comunicar más y mejor lo que se hace. Son habituales las pesquisas en talleres clandestinos, fiscalización en comercio, multas y la vedette de la actuación: las denuncias penales a compañías que evaden. Según los reportes de AFIP, en 2017 se llevaron a cabo hasta el 30 de junio 489 denuncias por valor de 1.148 millones de pesos; en 2016, el primer año de Abad, fue aún mayor, llegando a 1.159 denuncias por 6.224 millones de pesos, nivel similar a 2008.

En paralelo, generó cambios en las categorías del monotributo, una medida que suena a persecución de pequeños evasores pero que en el Gobierno siguen de cerca dado que en ese régimen anidaban contribuyentes con movimientos de dinero inusitados. Hasta tiene en la cabeza la idea de ir a cobrarles impuestos a plataformas digitales como Netflix, un punto sobre el que el Grupo Clarín ejerce, por ahora, una presión amable sobre el Gobierno en su rol de operador mayoritario de Cablevisión.

 

 

Todas las acciones, reconoce en el ámbito oficial ante la consulta de Letra P, responden al fin de aumentar los ingresos tributarios a través de fiscalizaciones que permitan cubrir lo perdido por las exenciones a los tributos a la exportación de mineras y empresas de granos. En los últimos dos meses, logró algo de lo que se le había pedido: que la recaudación creciera por sobre la inflación. Pero los desafíos de mediano plazo son más duros: es Abad el que les recomienda a los empresarios que no pongan tanta expectativa en la reforma impositiva que se viene discutiendo. No garantiza plazos de puesta en marcha ni nivel de los recortes. Como con ganancias, Macri confía ciegamente en el recaudador para que las modificaciones no distorsionen los ingresos que tiene el Estado.

Pero también habría crisis en el camino de Abad, un golpe inesperado que llegó con el blanqueo que él mismo creó junto al ex ministro de Economía, Alfonso Prat Gay. Y chisporroteos con uno de los hombres de mayor poder en Ejecutivo nacional.

 

 

BUENAS MIGAS CON EL QUE NUNCA PIERDE. La primera vez de Abad al frente del fisco fue en el año 2002. Bajo el interinato de Eduardo Duhalde, ocupó el cargo luego de presidir el Grupo Banco Provincia. Pero su incursión en gobiernos peronistas venía desde bastante más atrás. Durante la gestión de Carlos Saúl Ménem fue síndico General de la Nación, Interventor del Pami y secretario de Control Estratégico de la Jefatura de Gabinete. Con la llegada de Néstor Kirchner al poder, el vínculo de Abad con Roberto Lavagna lo llevó a asumir al frente de AFIP, posición que sostuvo hasta marzo de 2008. Fue en ese año en el que rompió lanzas con su antecesor, Ricardo Echegaray, que revistaba en la Dirección de Aduanas. Muchos se entusiasman y describen que Abad “es el verdadero sabueso”, en contraposición a lo que, entienden, no hacía Echegaray. Hay internamente muchos detractores del ex recaudador, que fue resistido durante el propio gobierno K por los manejos con los listados de presuntos evasores argentinos en el HSBC Ginebra. Se le cuestionó fuertemente desde los organismos anti lavado el acuerdo para que los deudores paguen y eviten causas penales.

Tanto para el kirchnerismo como para el macrismo, el fisco es clave en la estrategia económica. Con diferentes formas, Echegaray y Abad fueron ejes de gestión política. Alberto no sólo que fue parte central de la creación del esquema de amnistía fiscal, sino que actuó como punta de lanza de la desactivación del proyecto de Sergio Massa, que pretendía gravar el juego y la renta financiera para costear la baja en el Impuesto a las Ganancias, una de las grandes batallas del Gobierno en su primer año en el poder.

 

 

Uno de los choques más duros del actual jefe de AFIP se dio con uno de los pesos pesado que integra la mesa chica de decisiones en Cambiemos. “Eso pasó, por suerte, hoy están lo más bien”, describen fuentes oficiales sobre la relación de Abad con el vicejefe de Gabinete Mario Quintana. Los puso frente a frente un tema espinoso: la millonaria deuda que mantiene la firma de correos OCA con el Estado Nacional.

El dato fuerte es que desde 2013 OCA está en manos de Patricio Farcuh, un hombre al que en el rubro postal relacionan directamente con el camionero y referente de la CGT, Hugo Moyano. La tensión que existió entre Abad y Quintana, que en el Gobierno creen limada, se centró en el deseo que cada uno tenía respecto a la deuda de cerca de 4.000 millones de pesos que la firma tiene con el fisco. El ex Farmacity propuso suscribir a OCA dentro de una ley que le permitiría participar de una moratoria a medida. A ciencia cierta, no fue un invento de Quintana, sino un mecanismo que utilizó el propio Echegaray en reiteradas oportunidades. Pero Abad no quiere repetir errores: hace unas semanas dio la orden de no cursar más ese tipo de beneficios. El fondo de la cuestión, en realidad, no era la deuda de la compañía sino el vínculo a futuro de Macri con los Moyano. La cuestión fue compleja porque el escenario de fondo aún no está claro. El diario Clarín informó que el Presidente quiere a Farcuh afuera de OCA; a la vez que aún subsiste la idea de pedir la quiebra de OCA.

 

En plena toma de juramento, Macri le reconoció "seriedad y honestidad" en sus años en los gobiernos peronistas. Lo conoce desde hace más de 20 años. 

 

“BANCA” OFICIAL Y DOBLE AUDITORÍA. Pareció, a priori, una crisis difícil de revertir. Pero entre la moderación mediática y el respaldo político se terminó diluyendo. Cuando Horacio Verbitsky publicó en Pagina 12 la filtración de nombres de familiares y personajes vinculados al Gobierno que ingresaron al blanqueo, Abad estalló de ira. La primera sensación fue que el que kirchnerismo residual dentro de AFIP había hecho de las suyas. Por la norma que fue el eje del éxito de la amnistía fiscal, no podían conocerse quiénes habían blanqueado dinero. Pero surgieron en la prensa los nombres de Nicolás Caputo, el mejor amigo de Macri; su hermano Gianfranco y el primo del jefe de Gabinete, Alejandro Peña Braun y el empresario Marcelo Mindlin. Al alma máter del blanqueo se le había revelado su propia creación. Justo cuando, además, en el año 2008 y en el blanqueo que ideó Cristina Fernández, él mismo había desconfiado de los mecanismos firmando contra la iniciativa en una campaña que se armó en Internet.

El Gobierno movió rápido. Trabajó en los medios para sepultar un tema que en cualquier país sería un escándalo. Y le dio un respaldo sin cuestionamientos a Abad. Lo corrió de cualquier suposición o duda sobre su persona y su círculo cercano. Con ese aval, por medio de la disposición 238-E, se corrió de su cargo al subdirector general de Sistemas y Telecomunicaciones, Jorge Enrique Linskens. Lo sustituyó Néstor Sosa, un hombre de su confianza que venía precisamente del área de Auditoría Interna, una de las oficinas activas para detectar la raíz de la filtración.

Abad jugó, por su lado, la carta de la doble auditoría. La interna en la AFIP y una externa que se le encargó a la firma Deloitte. En paralelo, presentó una denuncia penal ante Rodolfo Canicoba Corral que terminó con ocho funcionarios bajo la lupa. El jefe de fisco cortó la sospecha con algo que hace desde los años en el menemismo: no ocultar las posibilidades. Alertó que la filtración puede tener más nombres y sacó al tema de la agenda pública.