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Honrarás a tu padre y a tu madre

El ascenso en el Círculo Amarillo del ministro que combina genes de sindicalista procesista y “cheta de San Isidro”. Ganó la batalla de Plaza de Mayo y avanza sobre las grietas de la CGT desunificada.
Por 26/08/2017 01:40 PM
Movimiento Obrero Desorganizado

Cerró la mejor semana desde que asumió como ministro de Trabajo de Mauricio Macri. No pudo impedir la marcha del sindicalismo a Plaza de Mayo y, sin embargo, salió más beneficiado que nunca. Puertas adentro del Gobierno, Jorge Triaca fue el gran ganador gracias a una realidad indisimulable que hasta ahora lo trascendía y complicaba: la falta de liderazgo en el gremialismo peronista (ver “Movimiento Obrero Desorganizado”).

Fue la ausencia de una conducción unificada en la CGT la que sacó de quicio a Macri, nueve días después de haber festejado el resultado de las PASO en todo el país. Al Presidente y a su ministro les habían prometido, desde distintas ventanillas sindicales, que la marcha del 22 de agosto no llegaría a concretarse o no contaría con los respaldos que, pese a todo, tuvo.

Primero, José Luis Lingeri, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez, los jerarcas amigos del ingeniero que arribó a lo más alto del Estado desde el mundo empresario; después incluso algunos gestos del propio Hugo Moyano que entusiasmaron a la Casa Rosada. Tres días después de las primarias abiertas, el jefe camionero participó de un almuerzo con los gremios de energía junto a Triaca y al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y –según dice el Gobierno- le bajó el precio a la movilización.

Lo que vuelve loco al Presidente es la falta de conducción. Que le prometan algo y después no cumplan”, afirman. Lingeri y Rodríguez hicieron méritos para la represalia: anunciaron un cese del fuego sindical y terminaron aplaudiendo al triunviro Juan Carlos Schmid en el palco de la CGT, de espadas a Balcarce 50.

Queriéndolo o no, con esa voltereta empoderaron a Triaca como nunca. El ministro se quedó con dos casilleros estratégicos del organigrama de gobierno: el cargo de viceministro de Trabajo para Horacio Pitrau y el de superintendente de Servicios de Salud para Sandro Taricco.

 

 

HAY EQUIPO (AHORA). Hijo del ex sindicalista del Plástico que fue ministro de Trabajo de Carlos Menem, este economista de 43 años graduado en la Universidad de San Andrés que tuvo un paso fugaz como funcionario durante los noventa se jacta hoy de atender a todo el abanico sindical, de derecha a izquierda. Hace cinco años que no cambia su número de teléfono y está on line todo el día.

Si el desplazamiento de Luis Scervino en la SSS fue un mensaje envenenado para Lingeri –y, según Triaca, para todos los que subestiman a Macri-, la eyección de Ezequiel Sabor fue una señal hacia adentro en busca de lograr la cohesión que obsesiona al Presidente. En el lenguaje marketinero de Cambiemos, afinar el equipo y alejar a un funcionario que, pese a ser parte del PRO, tenía características que disgustaban a los altos mandos. Primero, su cercanía con Barrionuevo y Moyano, que lo convertía ante la mirada de Olivos en un quintacolumnista. Segundo, su intento de diferenciarse de Triaca en busca de una oportunidad que le abriera el camino para reemplazarlo. “Pensaba la política de un modo antiguo, conspiraba y competía, pero es imposible tener una interna con Jorge”, dicen ahora quienes conocieron de primera mano la relación entre el ministro y su vice. Tercero, algo que disgustó mucho a Macri: la intervención reciente de Sabor en el conflicto de Sancor que terminó en un acuerdo con el gremio de ATILRA con un bono de 3.600 pesos que el Gobierno pretendía reducir a 1.500 y después a nada.

Hijo del ex sindicalista del Plástico que fue ministro de Trabajo de Carlos Menem, economista de 43 años graduado en la Universidad de San Andrés, se jacta de atender a todo el abanico sindical, de derecha a izquierda. Hace cinco años que no cambia su número de teléfono y está on line todo el día.

Autor de las “recomendaciones” para el sindicalismo publicadas en el Boletín Oficial el día del paro nacional del 6 de abril, el reemplazante de Sabor cuenta entre sus antecedentes con el curioso pergamino de haber sido abogado penalista de Sergio Schoklender. Sin embargo, acompaña hace tiempo a Triaca y a su lado le otorgan un certificado de buena conducta: llegó recomendado por Federico Pinedo, que lo conocía del Foro de Abogados Argentinos, entidad que se adjudica el compromiso en la lucha contra la corrupción.

Pitrau y Taricco se sumarán, así, a la mesa chica que acompaña a Triaca. En la superficie, su jefe de Gabinete, Ernesto Leguizamón, que llegó a la gestión recomendado por el sindicalista del Gas Oscar Mangone; el secretario de Seguridad Social, Juan Carlos Paulucci –ligado al Momo Venegas y ex funcionario de la dictadura militar-, y su secretario de Empleo, Miguel Ponte, el ex Techint que inmortalizó la máxima con la que el oficialismo pretende inaugurar un nuevo tiempo: conseguir o perder el trabajo es tan natural como “comer y descomer”.

En un segundo plano, conviven otros dos funcionarios de extrema confianza del ministro que lo acompañan desde siempre: el subsecretario de Planificación de Políticas Socio Laborales, Esteban Eseverri, un abogado que ingresó a la Fundación Creer y Crecer junto a él y hoy trabaja en los aspectos claves de la reforma laboral que le interesan al Gobierno. Y el subsecretario de Promoción del Sector Social de la Economía, Gustavo Vélez, histórico brazo territorial de Triaca con origen en La Matanza y una candidatura actual a diputado provincial que puede apartarlo del ministerio.

ACCIONES EN ALZA. El ascenso de Triaca dentro del firmamento oficialista es fácil de advertir. El ministro de Trabajo se sumó a las decisivas reuniones de coordinación que Macri encabeza una vez por semana en la Casa Rosada junto a Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. A ese elenco, que suele incluir también –alternativamente- a Frigerio, Ernesto Sanz, Emilo Monzó, Gabriela Michetti y Pinedo, se incorporó “Jorgito”, como lo llaman con cariño desde que ingresó hace 15 años a Compromiso para el Cambio, el germen del macrismo actual.

 

 

“Hoy ejerce el poder en otro nivel”, afirman sus colaboradores. Desde el piso 13 del edificio de Leandro N. Alem al 600, Triaca habla por lo menos dos o tres veces por día con el Presidente y está en contacto permanente con el jefe de Gabinete y con Quintana, el lugarteniente de Peña que se recuesta con gusto sobre los temas laborales.

Después de un primer año en el que puso la cara ante la destrucción persistente de puestos de trabajo e intentó -sin éxito- que los empresarios dejaran de despedir trabajadores, el ministro sintoniza con la prédica oficial y afirma que comenzó otra etapa en la economía argentina. Con esos argumentos, los números oficiales que muestran 180 mil puestos de trabajo creados desde julio de 2016 y el resultado de las PASO, discutió uno por uno con todos los sindicalistas que pudo en los días previos a la marcha. “Es un error, van a caer en una trampa”, les repitió. El ministro está convencido: cuando lanzó la convocatoria, la CGT pretendía hacer una demostración de fuerzas hacia la política en general que incluía al Gobierno, pero también a Cristina Kirchner. Aunque en el comando cegetista casi no hay kirchneristas, la intención era dar cuenta del poderío propio ante lo que se preveía como un triunfo contundente de la candidata de Unidad Ciudadana en la provincia de Buenos Aires.

PARA LLORAR. Por su historia personal, el ministro también es emblema del mensaje social que pretende transmitir Cambiemos: que es posible avanzar cuando realmente se quiere. Se mueve en silla de ruedas desde los nueve años, cuando sufrió un accidente en Bariloche. Parapléjico desde entonces, comenzó a acompañar a su padre a las reuniones del sindicalismo peronista. Aunque el ministro de Macri lloró en 2016 en el Congreso y recordó los momentos difíciles que pasó su familia durante la dictadura cuando le recordaron los 570 mil despidos en el Estado durante la gestión de su papá, lo cierto es que el sindicalista que tuvo el extraño beneplácito de ser aceptado en el Jockey Club  estuvo dos meses detenido en el barco “33 orientales” de la marina junto a Carlos Menem y Lorenzo Miguel, pasó un mes por Devoto y después se sumó al ala colaboracionista del sindicalismo. Junto con Ramón Baldassini –que estuvo 56 años al mando del gremio del Correo-, fueron de los más cercanos a la dictadura y llegaron a viajar a la reunión anual de la OIT en los años más tremendos con funcionarios del Proceso.

 

Con Menem, Triaca padre hizo en los 90 el trabajo que "Jorgito" hace con Macri.

 

En 1982, había fogoneado con Armando Cavalieri el armado de una central que se diferenciaba de la que lideró Saúl Ubaldini. La defensa de genocidas como Massera lo citó como testigo en el juicio a las Juntas para que relatara la buena sintonía que existía con los militares mientras obreros, activistas y dirigentes sindicales desaparecían en masa en Argentina. Triaca no defraudó: negó tener conocimientos sobre militantes desaparecidos entre 1976 y 1983. Sólo ese pasado puede explicar la asistencia de su hijo en 2016 a la misa homenaje a Miguel Angel Egea, un represor aliado de Massera que fue responsable del robo de bienes a detenidos en la ESMA y terminó su vida con sociedades off shore que aparecieron en Panamá Papers. “Rezamos una oración en tu memoria y acompañamos a Bárbara en este profundo dolor”, escribieron el ministro, su esposa y su madre en un aviso fúnebre de La Nación dedicado a Egea. 

 

 

Triaca nació en un hospital de la UOM y mamó la cultura gremial desde muy chico. Sin embargo, por su discapacidad, decidió ir al Colegio Cardenal Newman, donde se familiarizó con otra cultura, bastante distinta, que llegaría con el Presidente a lo más alto del poder político. La madre de Triaca proviene de otra cuna. Tanto, que un funcionario de Cambiemos que la conoce la define sin pudor como “una cheta de San Isidro”.

MOYANO ¿CUÁL? En su despacho de Leandro N. Alem, Triaca suele desplegar un mapa que divide en tercios. Con sus diferencias y matices, considera que dentro del gremialismo actual hay dos tercios de los dirigentes que están a favor de avanzar por consenso con reformas como las que plantea el Gobierno.

Sólo un tercio, en el que se destaca el moyanismo sin Moyano y el sindicato de Bancarios de Sergio Palazzo, resiste los planes oficiales. La incógnita, también en los despachos oficiales, sigue siendo el verdadero rol de Hugo Moyano. Al lado del ministro de Trabajo, afirman que hace tres semanas el diálogo directo entre el Presidente y el último líder del sindicalismo argentino se interrumpió hasta nuevo aviso.

Cuando Macri llegó a la Casa Rosada, la relación con el jefe camionero era inmejorable: se habían asociado para lograr la derrota del kirchnerismo en las urnas y Moyano se desplazaba hacia el universo del fútbol. En los primeros meses, se pensó incluso en designar como jefe de Gabinete de Triaca a Hugo Moyano hijo, el abogado laboralista que representa a los gremios afines a Camioneros. Sin embargo, los despidos, el tarifazo, la inflación y la pirotecnia antimacrista de Pablo Moyano los fueron alejando.

 

 

Al lado de Triaca, dicen que con Moyano como gremialista no hay drama. En todo caso, el problema es con Moyano como empresario, si se considera la situación del correo privado OCA. En el Gobierno aseguran que no hay ánimo de perseguir ni enfrentar al presidente de Independiente en el plano gremial. Pero advierten que no van a ayudar a Camioneros en el intento de salvar a la compañía que tiene siete mil empleados y deudas abultadas con la AFIP. El cortocircuito principal nace en Pablo, al que, según creen en Trabajo, su padre ya no controla.

Descartado Moyano como interlocutor principal, en Cambiemos vislumbran a Héctor Daer como uno de los dirigentes más “racionales” de cara al futuro. Triaca afirma que no propicia la ruptura de la CGT pero quienes lo frecuentan admiten que la confusión del triunvirato quede atrás y se perfile de una vez un solo secretario general con capacidad de ordenar a la tropa y resolver.

LA REFORMA QUE QUIEREN. Aunque defrauda a los empresarios y no convence a los sindicalistas, Triaca lo repite desde hace meses: el Gobierno no impulsará una reforma laboral salvaje al estilo de la que aprobó Brasil y no atacará los convenios colectivos de trabajo ni las obras sociales. En el Ministerio de Trabajo, juran que ni siquiera la miraron con detenimiento porque quieren aprobar cambios que tengan consenso y no generen resistencia, ni en la calle ni en la justicia laboral.

 

 

El objetivo de corto plazo de la Casa Rosada es doble. Por un lado, seguir aprobando adendas o acuerdos por sector que apunten a bajar el costo laboral, aumentar la productividad y allanar la rentabilidad para que los hombres de negocios inviertan con el menor de los riesgos. El camino es el de los acuerdos flexibilizadores con el gremio petrolero de Guillermo Pereyra en Vaca Muerta, de Gerardo Martínez en la Construcción y de Ricardo Pignanelli en el Smata.

Por otro lado, avanzar en un blanqueo laboral para reducir el universo del 35 por ciento del trabajo en negro con dos herramientas: la eliminación de las multas por empleo en negro que estableció en 2014 la ley 26.940 y el proyecto Empalme, que promueve a beneficiarios de planes sociales como trabajadores registrados, pero demanda el compromiso empresario.

Hoy, la prioridad de los funcionarios de Triaca está en trabajar junto al ministro de Economía, Nicolás Dujovne, en la reforma tributaria que el Gobierno enviará al Congreso antes de fin de año. El objetivo: “Bajar los impuestos a la producción y el trabajo”.

Sin esperar que Macri lo felicite –no lo hace jamás con nadie-, Triaca disfruta la mejor semana desde que agarró la brasa caliente del Ministerio de Trabajo. El 22 de agosto terminó con un brindis en su quinta de San Isidro junto a un grupo de 20 candidatos de Cambiemos, los llamados Sin Tierra que lidera el funcionario vidalista Alex Campbell. Hablaron de la relación con el sindicalismo, pero también de la batalla que viene en octubre en la provincia de Buenos Aires, quizás más importante que cualquier logro de gestión.

Honrarás a tu padre y a tu madre

El ascenso en el Círculo Amarillo del ministro que combina genes de sindicalista procesista y “cheta de San Isidro”. Ganó la batalla de Plaza de Mayo y avanza sobre las grietas de la CGT desunificada.

Cerró la mejor semana desde que asumió como ministro de Trabajo de Mauricio Macri. No pudo impedir la marcha del sindicalismo a Plaza de Mayo y, sin embargo, salió más beneficiado que nunca. Puertas adentro del Gobierno, Jorge Triaca fue el gran ganador gracias a una realidad indisimulable que hasta ahora lo trascendía y complicaba: la falta de liderazgo en el gremialismo peronista (ver “Movimiento Obrero Desorganizado”).

Fue la ausencia de una conducción unificada en la CGT la que sacó de quicio a Macri, nueve días después de haber festejado el resultado de las PASO en todo el país. Al Presidente y a su ministro les habían prometido, desde distintas ventanillas sindicales, que la marcha del 22 de agosto no llegaría a concretarse o no contaría con los respaldos que, pese a todo, tuvo.

Primero, José Luis Lingeri, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez, los jerarcas amigos del ingeniero que arribó a lo más alto del Estado desde el mundo empresario; después incluso algunos gestos del propio Hugo Moyano que entusiasmaron a la Casa Rosada. Tres días después de las primarias abiertas, el jefe camionero participó de un almuerzo con los gremios de energía junto a Triaca y al ministro del Interior, Rogelio Frigerio, y –según dice el Gobierno- le bajó el precio a la movilización.

Lo que vuelve loco al Presidente es la falta de conducción. Que le prometan algo y después no cumplan”, afirman. Lingeri y Rodríguez hicieron méritos para la represalia: anunciaron un cese del fuego sindical y terminaron aplaudiendo al triunviro Juan Carlos Schmid en el palco de la CGT, de espadas a Balcarce 50.

Queriéndolo o no, con esa voltereta empoderaron a Triaca como nunca. El ministro se quedó con dos casilleros estratégicos del organigrama de gobierno: el cargo de viceministro de Trabajo para Horacio Pitrau y el de superintendente de Servicios de Salud para Sandro Taricco.

 

 

HAY EQUIPO (AHORA). Hijo del ex sindicalista del Plástico que fue ministro de Trabajo de Carlos Menem, este economista de 43 años graduado en la Universidad de San Andrés que tuvo un paso fugaz como funcionario durante los noventa se jacta hoy de atender a todo el abanico sindical, de derecha a izquierda. Hace cinco años que no cambia su número de teléfono y está on line todo el día.

Si el desplazamiento de Luis Scervino en la SSS fue un mensaje envenenado para Lingeri –y, según Triaca, para todos los que subestiman a Macri-, la eyección de Ezequiel Sabor fue una señal hacia adentro en busca de lograr la cohesión que obsesiona al Presidente. En el lenguaje marketinero de Cambiemos, afinar el equipo y alejar a un funcionario que, pese a ser parte del PRO, tenía características que disgustaban a los altos mandos. Primero, su cercanía con Barrionuevo y Moyano, que lo convertía ante la mirada de Olivos en un quintacolumnista. Segundo, su intento de diferenciarse de Triaca en busca de una oportunidad que le abriera el camino para reemplazarlo. “Pensaba la política de un modo antiguo, conspiraba y competía, pero es imposible tener una interna con Jorge”, dicen ahora quienes conocieron de primera mano la relación entre el ministro y su vice. Tercero, algo que disgustó mucho a Macri: la intervención reciente de Sabor en el conflicto de Sancor que terminó en un acuerdo con el gremio de ATILRA con un bono de 3.600 pesos que el Gobierno pretendía reducir a 1.500 y después a nada.

Hijo del ex sindicalista del Plástico que fue ministro de Trabajo de Carlos Menem, economista de 43 años graduado en la Universidad de San Andrés, se jacta de atender a todo el abanico sindical, de derecha a izquierda. Hace cinco años que no cambia su número de teléfono y está on line todo el día.

Autor de las “recomendaciones” para el sindicalismo publicadas en el Boletín Oficial el día del paro nacional del 6 de abril, el reemplazante de Sabor cuenta entre sus antecedentes con el curioso pergamino de haber sido abogado penalista de Sergio Schoklender. Sin embargo, acompaña hace tiempo a Triaca y a su lado le otorgan un certificado de buena conducta: llegó recomendado por Federico Pinedo, que lo conocía del Foro de Abogados Argentinos, entidad que se adjudica el compromiso en la lucha contra la corrupción.

Pitrau y Taricco se sumarán, así, a la mesa chica que acompaña a Triaca. En la superficie, su jefe de Gabinete, Ernesto Leguizamón, que llegó a la gestión recomendado por el sindicalista del Gas Oscar Mangone; el secretario de Seguridad Social, Juan Carlos Paulucci –ligado al Momo Venegas y ex funcionario de la dictadura militar-, y su secretario de Empleo, Miguel Ponte, el ex Techint que inmortalizó la máxima con la que el oficialismo pretende inaugurar un nuevo tiempo: conseguir o perder el trabajo es tan natural como “comer y descomer”.

En un segundo plano, conviven otros dos funcionarios de extrema confianza del ministro que lo acompañan desde siempre: el subsecretario de Planificación de Políticas Socio Laborales, Esteban Eseverri, un abogado que ingresó a la Fundación Creer y Crecer junto a él y hoy trabaja en los aspectos claves de la reforma laboral que le interesan al Gobierno. Y el subsecretario de Promoción del Sector Social de la Economía, Gustavo Vélez, histórico brazo territorial de Triaca con origen en La Matanza y una candidatura actual a diputado provincial que puede apartarlo del ministerio.

ACCIONES EN ALZA. El ascenso de Triaca dentro del firmamento oficialista es fácil de advertir. El ministro de Trabajo se sumó a las decisivas reuniones de coordinación que Macri encabeza una vez por semana en la Casa Rosada junto a Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. A ese elenco, que suele incluir también –alternativamente- a Frigerio, Ernesto Sanz, Emilo Monzó, Gabriela Michetti y Pinedo, se incorporó “Jorgito”, como lo llaman con cariño desde que ingresó hace 15 años a Compromiso para el Cambio, el germen del macrismo actual.

 

 

“Hoy ejerce el poder en otro nivel”, afirman sus colaboradores. Desde el piso 13 del edificio de Leandro N. Alem al 600, Triaca habla por lo menos dos o tres veces por día con el Presidente y está en contacto permanente con el jefe de Gabinete y con Quintana, el lugarteniente de Peña que se recuesta con gusto sobre los temas laborales.

Después de un primer año en el que puso la cara ante la destrucción persistente de puestos de trabajo e intentó -sin éxito- que los empresarios dejaran de despedir trabajadores, el ministro sintoniza con la prédica oficial y afirma que comenzó otra etapa en la economía argentina. Con esos argumentos, los números oficiales que muestran 180 mil puestos de trabajo creados desde julio de 2016 y el resultado de las PASO, discutió uno por uno con todos los sindicalistas que pudo en los días previos a la marcha. “Es un error, van a caer en una trampa”, les repitió. El ministro está convencido: cuando lanzó la convocatoria, la CGT pretendía hacer una demostración de fuerzas hacia la política en general que incluía al Gobierno, pero también a Cristina Kirchner. Aunque en el comando cegetista casi no hay kirchneristas, la intención era dar cuenta del poderío propio ante lo que se preveía como un triunfo contundente de la candidata de Unidad Ciudadana en la provincia de Buenos Aires.

PARA LLORAR. Por su historia personal, el ministro también es emblema del mensaje social que pretende transmitir Cambiemos: que es posible avanzar cuando realmente se quiere. Se mueve en silla de ruedas desde los nueve años, cuando sufrió un accidente en Bariloche. Parapléjico desde entonces, comenzó a acompañar a su padre a las reuniones del sindicalismo peronista. Aunque el ministro de Macri lloró en 2016 en el Congreso y recordó los momentos difíciles que pasó su familia durante la dictadura cuando le recordaron los 570 mil despidos en el Estado durante la gestión de su papá, lo cierto es que el sindicalista que tuvo el extraño beneplácito de ser aceptado en el Jockey Club  estuvo dos meses detenido en el barco “33 orientales” de la marina junto a Carlos Menem y Lorenzo Miguel, pasó un mes por Devoto y después se sumó al ala colaboracionista del sindicalismo. Junto con Ramón Baldassini –que estuvo 56 años al mando del gremio del Correo-, fueron de los más cercanos a la dictadura y llegaron a viajar a la reunión anual de la OIT en los años más tremendos con funcionarios del Proceso.

 

Con Menem, Triaca padre hizo en los 90 el trabajo que "Jorgito" hace con Macri.

 

En 1982, había fogoneado con Armando Cavalieri el armado de una central que se diferenciaba de la que lideró Saúl Ubaldini. La defensa de genocidas como Massera lo citó como testigo en el juicio a las Juntas para que relatara la buena sintonía que existía con los militares mientras obreros, activistas y dirigentes sindicales desaparecían en masa en Argentina. Triaca no defraudó: negó tener conocimientos sobre militantes desaparecidos entre 1976 y 1983. Sólo ese pasado puede explicar la asistencia de su hijo en 2016 a la misa homenaje a Miguel Angel Egea, un represor aliado de Massera que fue responsable del robo de bienes a detenidos en la ESMA y terminó su vida con sociedades off shore que aparecieron en Panamá Papers. “Rezamos una oración en tu memoria y acompañamos a Bárbara en este profundo dolor”, escribieron el ministro, su esposa y su madre en un aviso fúnebre de La Nación dedicado a Egea. 

 

 

Triaca nació en un hospital de la UOM y mamó la cultura gremial desde muy chico. Sin embargo, por su discapacidad, decidió ir al Colegio Cardenal Newman, donde se familiarizó con otra cultura, bastante distinta, que llegaría con el Presidente a lo más alto del poder político. La madre de Triaca proviene de otra cuna. Tanto, que un funcionario de Cambiemos que la conoce la define sin pudor como “una cheta de San Isidro”.

MOYANO ¿CUÁL? En su despacho de Leandro N. Alem, Triaca suele desplegar un mapa que divide en tercios. Con sus diferencias y matices, considera que dentro del gremialismo actual hay dos tercios de los dirigentes que están a favor de avanzar por consenso con reformas como las que plantea el Gobierno.

Sólo un tercio, en el que se destaca el moyanismo sin Moyano y el sindicato de Bancarios de Sergio Palazzo, resiste los planes oficiales. La incógnita, también en los despachos oficiales, sigue siendo el verdadero rol de Hugo Moyano. Al lado del ministro de Trabajo, afirman que hace tres semanas el diálogo directo entre el Presidente y el último líder del sindicalismo argentino se interrumpió hasta nuevo aviso.

Cuando Macri llegó a la Casa Rosada, la relación con el jefe camionero era inmejorable: se habían asociado para lograr la derrota del kirchnerismo en las urnas y Moyano se desplazaba hacia el universo del fútbol. En los primeros meses, se pensó incluso en designar como jefe de Gabinete de Triaca a Hugo Moyano hijo, el abogado laboralista que representa a los gremios afines a Camioneros. Sin embargo, los despidos, el tarifazo, la inflación y la pirotecnia antimacrista de Pablo Moyano los fueron alejando.

 

 

Al lado de Triaca, dicen que con Moyano como gremialista no hay drama. En todo caso, el problema es con Moyano como empresario, si se considera la situación del correo privado OCA. En el Gobierno aseguran que no hay ánimo de perseguir ni enfrentar al presidente de Independiente en el plano gremial. Pero advierten que no van a ayudar a Camioneros en el intento de salvar a la compañía que tiene siete mil empleados y deudas abultadas con la AFIP. El cortocircuito principal nace en Pablo, al que, según creen en Trabajo, su padre ya no controla.

Descartado Moyano como interlocutor principal, en Cambiemos vislumbran a Héctor Daer como uno de los dirigentes más “racionales” de cara al futuro. Triaca afirma que no propicia la ruptura de la CGT pero quienes lo frecuentan admiten que la confusión del triunvirato quede atrás y se perfile de una vez un solo secretario general con capacidad de ordenar a la tropa y resolver.

LA REFORMA QUE QUIEREN. Aunque defrauda a los empresarios y no convence a los sindicalistas, Triaca lo repite desde hace meses: el Gobierno no impulsará una reforma laboral salvaje al estilo de la que aprobó Brasil y no atacará los convenios colectivos de trabajo ni las obras sociales. En el Ministerio de Trabajo, juran que ni siquiera la miraron con detenimiento porque quieren aprobar cambios que tengan consenso y no generen resistencia, ni en la calle ni en la justicia laboral.

 

 

El objetivo de corto plazo de la Casa Rosada es doble. Por un lado, seguir aprobando adendas o acuerdos por sector que apunten a bajar el costo laboral, aumentar la productividad y allanar la rentabilidad para que los hombres de negocios inviertan con el menor de los riesgos. El camino es el de los acuerdos flexibilizadores con el gremio petrolero de Guillermo Pereyra en Vaca Muerta, de Gerardo Martínez en la Construcción y de Ricardo Pignanelli en el Smata.

Por otro lado, avanzar en un blanqueo laboral para reducir el universo del 35 por ciento del trabajo en negro con dos herramientas: la eliminación de las multas por empleo en negro que estableció en 2014 la ley 26.940 y el proyecto Empalme, que promueve a beneficiarios de planes sociales como trabajadores registrados, pero demanda el compromiso empresario.

Hoy, la prioridad de los funcionarios de Triaca está en trabajar junto al ministro de Economía, Nicolás Dujovne, en la reforma tributaria que el Gobierno enviará al Congreso antes de fin de año. El objetivo: “Bajar los impuestos a la producción y el trabajo”.

Sin esperar que Macri lo felicite –no lo hace jamás con nadie-, Triaca disfruta la mejor semana desde que agarró la brasa caliente del Ministerio de Trabajo. El 22 de agosto terminó con un brindis en su quinta de San Isidro junto a un grupo de 20 candidatos de Cambiemos, los llamados Sin Tierra que lidera el funcionario vidalista Alex Campbell. Hablaron de la relación con el sindicalismo, pero también de la batalla que viene en octubre en la provincia de Buenos Aires, quizás más importante que cualquier logro de gestión.