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El futuro empieza a llegar: las urnas bonaerenses marcan la cancha 2019

Cristina asumió el desafío de presentarse sin el PJ y pide el voto para “frenar a Macri”. El Gobierno quiere usar la elección para dejarla en el pasado. El peronismo, ante una encrucijada.
Por 12/08/2017 05:26 PM

Entre los gobernadores del peronismo reina la bronca con la Casa Rosada. “Pusieron todo en la provincia de Buenos Aires, resulta que es cosa de vida o muerte. Polarizaron con Cristina y la resucitaron. ¿Y ahora qué hacemos?”, protestaba un histórico operador el día que los mandatarios provinciales se dieron cita en la Casa de Entre Ríos para abroquelarse contra el reclamo de María Eugenia Vidal por el Fondo del Conurbano.

El fastidio de los mandatarios grafica el peso que tendrá el territorio bonaerense en esta elección legislativa, tanto en el escenario nacional como en la interna peronista. Un triunfo de Cristina Fernández de Kirchner será un dolor de cabeza para la dirigencia del PJ que desde la derrota de 2015 clama por la renovación. Una derrota podrá marcar el fin del ciclo kirchnerista.  

En la vereda del Gobierno, un resurgimiento triunfal de la ex presidenta, cuestionada durante casi dos años en los medios y con varias causas judiciales en su contra, será una derrota difícil de digerir y dejará al Presidente en una situación de alarmante debilidad política. Por el contrario, una victoria de Esteban Bullrich en la provincia significaría, creen en el oficialismo, la ratificación de la confianza que el electorado le dio finalmente a Mauricio Macri en el ballotage de 2015. La vuelta al pasado o la confirmación de que “el cambio” es el rumbo, recitan en la Rosada. Y un golpe letal a la ex presidenta.

Con una Cristina cuestionada, Cambiemos eligió a dos candidatos con bajo nivel de conocimiento en la provincia de Buenos Aires, Bullrich y Gladys González. No bastó que el Presidente dijera que Bullrich era “el mejor ministro de Educación de la historia” ni que González fuera presentada como la mujer “que hizo meter preso” al sindicalista Omar “Caballo” Suárez. La campaña trajo todo tipo de contratiempos.

Bullrich no logró enamorar al electorado y cometió una larga lista de furcios y errores no forzados que obligaron a diseñar cambios. El discurso anticorrupción tampoco tuvo el éxito esperado. El oficialismo pegó varios volantazos. La economía no dio buenas noticias, se disparó el dólar y la inflación no se contuvo. La gobernadora Vidal, la dirigente de Cambiemos con mejor imagen, tuvo que salir a apagar el incendio y se cargó la campaña al hombro. Rogó el voto para los candidatos, los acompañó día y noche a programas de radio y televisión y le pegó directamente a Cristina

 

El cierre de Vidal, este jueves en San Vicente. Candidata sin boleta y madrina de cadidatos.

 

La ex presidenta dio el paso más audaz de todos: se negó a competir en una primaria contra Florencio Randazzo y abandonó el PJ para armar un nuevo espacio, Unidad Ciudadana, con el que llamó a “ponerle freno” al gobierno de Macri. Con su potencia electoral, convenció al grueso de los intendentes de la provincia de Buenos Aires de abandonar el partido y seguirla en su apuesta. Fue su propia jefa de campaña, evitó irritar al electorado, puso el foco en los problemas de gestión de Macri, escuchó a los perjudicados por la política económica, caminó (blindada en la relación con los medios) la provincia, bajó el tono, ensayó autocrítica, abandonó la vehemencia. En su último acto, esquivó a Vidal y apuntó contra su rival más directo, Bullrich.

La elección define el futuro de Cristina y del kirchnerismo que piensa en 2019. Un resurgimiento triunfal la ubicará en una situación de poder para negociar con los gobernadores quién será el candidato en la próxima elección presidencial. Un desembarco victorioso en el Senado le dará poder sobre un sector de la bancada del PJ. Por el contrario, la derrota la eliminará del camino del peronismo, impiadoso con los perdedores. El kirchnerismo espera confiado: cree que Cristina no puede cosechar menos que el 35 por ciento que sacó Aníbal Fernández como candidato a gobernador en 2015 y apuesta a los  arrepentidos de 2015 y al voto vergonzante. El oficialismo arriesga que, en caso de que la ex presidenta se anote una victoria, será por un margen menor a los tres puntos. Ese resultado, cree, se podrá revertir en octubre con una mayor participación del electorado y un voto anti-Cristina. 

 

El cierre de Cristina, este jueves en La Matanza. Primeros golpes directos a Bullrich, su competidor en el cuarto oscuro.

 

En el tablero del peronismo también jugarán su futuro Randazzo y Sergio Massa. El ex ministro del Interior se erigió como el único que se animó a desafiar la estrategia política de la ex presidenta. Rechazó su oferta de compartir una lista, insistió en la necesidad de avanzar en la renovación y se plantó con su candidatura, aun cuando la mayoría de los intendentes – muchos de los cuales le habían prometido su apoyo – decidió darle la espalda para irse con Cristina. Randazzo sabe que tendrá chance de ganar aliados para 2019 si la ex presidenta hace un mal papel en la elección.

Por último, Massa buscará mostrar que tiene un electorado consolidado y que es capaz de mantener al menos el caudal de votos que obtuvo en 2015. “Quiero hablarles a compañeros peronistas que no quieren volver para atrás; vengan, compañeros, que podemos construir algo grande y popular abrazados por un solo país", arengó el líder del Frente Renovador en el cierre de su campaña, sacando a relucir su ADN peronista. Un PJ sin Cristina, creen en el Frente Renovador, podría terminar golpeando la puerta de un Massa consolidado para 2019.

El desempeño de Cristina en las urnas será determinante en el reacomodamiento del tablero político. Con 12 millones de electores sobre un total nacional de 33, la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas, empezará a marcar este domingo la suerte del Gobierno, el rumbo del peronismo y la carrera hacia 2019.

El futuro empieza a llegar: las urnas bonaerenses marcan la cancha 2019

Cristina asumió el desafío de presentarse sin el PJ y pide el voto para “frenar a Macri”. El Gobierno quiere usar la elección para dejarla en el pasado. El peronismo, ante una encrucijada.

Entre los gobernadores del peronismo reina la bronca con la Casa Rosada. “Pusieron todo en la provincia de Buenos Aires, resulta que es cosa de vida o muerte. Polarizaron con Cristina y la resucitaron. ¿Y ahora qué hacemos?”, protestaba un histórico operador el día que los mandatarios provinciales se dieron cita en la Casa de Entre Ríos para abroquelarse contra el reclamo de María Eugenia Vidal por el Fondo del Conurbano.

El fastidio de los mandatarios grafica el peso que tendrá el territorio bonaerense en esta elección legislativa, tanto en el escenario nacional como en la interna peronista. Un triunfo de Cristina Fernández de Kirchner será un dolor de cabeza para la dirigencia del PJ que desde la derrota de 2015 clama por la renovación. Una derrota podrá marcar el fin del ciclo kirchnerista.  

En la vereda del Gobierno, un resurgimiento triunfal de la ex presidenta, cuestionada durante casi dos años en los medios y con varias causas judiciales en su contra, será una derrota difícil de digerir y dejará al Presidente en una situación de alarmante debilidad política. Por el contrario, una victoria de Esteban Bullrich en la provincia significaría, creen en el oficialismo, la ratificación de la confianza que el electorado le dio finalmente a Mauricio Macri en el ballotage de 2015. La vuelta al pasado o la confirmación de que “el cambio” es el rumbo, recitan en la Rosada. Y un golpe letal a la ex presidenta.

Con una Cristina cuestionada, Cambiemos eligió a dos candidatos con bajo nivel de conocimiento en la provincia de Buenos Aires, Bullrich y Gladys González. No bastó que el Presidente dijera que Bullrich era “el mejor ministro de Educación de la historia” ni que González fuera presentada como la mujer “que hizo meter preso” al sindicalista Omar “Caballo” Suárez. La campaña trajo todo tipo de contratiempos.

Bullrich no logró enamorar al electorado y cometió una larga lista de furcios y errores no forzados que obligaron a diseñar cambios. El discurso anticorrupción tampoco tuvo el éxito esperado. El oficialismo pegó varios volantazos. La economía no dio buenas noticias, se disparó el dólar y la inflación no se contuvo. La gobernadora Vidal, la dirigente de Cambiemos con mejor imagen, tuvo que salir a apagar el incendio y se cargó la campaña al hombro. Rogó el voto para los candidatos, los acompañó día y noche a programas de radio y televisión y le pegó directamente a Cristina

 

El cierre de Vidal, este jueves en San Vicente. Candidata sin boleta y madrina de cadidatos.

 

La ex presidenta dio el paso más audaz de todos: se negó a competir en una primaria contra Florencio Randazzo y abandonó el PJ para armar un nuevo espacio, Unidad Ciudadana, con el que llamó a “ponerle freno” al gobierno de Macri. Con su potencia electoral, convenció al grueso de los intendentes de la provincia de Buenos Aires de abandonar el partido y seguirla en su apuesta. Fue su propia jefa de campaña, evitó irritar al electorado, puso el foco en los problemas de gestión de Macri, escuchó a los perjudicados por la política económica, caminó (blindada en la relación con los medios) la provincia, bajó el tono, ensayó autocrítica, abandonó la vehemencia. En su último acto, esquivó a Vidal y apuntó contra su rival más directo, Bullrich.

La elección define el futuro de Cristina y del kirchnerismo que piensa en 2019. Un resurgimiento triunfal la ubicará en una situación de poder para negociar con los gobernadores quién será el candidato en la próxima elección presidencial. Un desembarco victorioso en el Senado le dará poder sobre un sector de la bancada del PJ. Por el contrario, la derrota la eliminará del camino del peronismo, impiadoso con los perdedores. El kirchnerismo espera confiado: cree que Cristina no puede cosechar menos que el 35 por ciento que sacó Aníbal Fernández como candidato a gobernador en 2015 y apuesta a los  arrepentidos de 2015 y al voto vergonzante. El oficialismo arriesga que, en caso de que la ex presidenta se anote una victoria, será por un margen menor a los tres puntos. Ese resultado, cree, se podrá revertir en octubre con una mayor participación del electorado y un voto anti-Cristina. 

 

El cierre de Cristina, este jueves en La Matanza. Primeros golpes directos a Bullrich, su competidor en el cuarto oscuro.

 

En el tablero del peronismo también jugarán su futuro Randazzo y Sergio Massa. El ex ministro del Interior se erigió como el único que se animó a desafiar la estrategia política de la ex presidenta. Rechazó su oferta de compartir una lista, insistió en la necesidad de avanzar en la renovación y se plantó con su candidatura, aun cuando la mayoría de los intendentes – muchos de los cuales le habían prometido su apoyo – decidió darle la espalda para irse con Cristina. Randazzo sabe que tendrá chance de ganar aliados para 2019 si la ex presidenta hace un mal papel en la elección.

Por último, Massa buscará mostrar que tiene un electorado consolidado y que es capaz de mantener al menos el caudal de votos que obtuvo en 2015. “Quiero hablarles a compañeros peronistas que no quieren volver para atrás; vengan, compañeros, que podemos construir algo grande y popular abrazados por un solo país", arengó el líder del Frente Renovador en el cierre de su campaña, sacando a relucir su ADN peronista. Un PJ sin Cristina, creen en el Frente Renovador, podría terminar golpeando la puerta de un Massa consolidado para 2019.

El desempeño de Cristina en las urnas será determinante en el reacomodamiento del tablero político. Con 12 millones de electores sobre un total nacional de 33, la provincia de Buenos Aires, la madre de todas las batallas, empezará a marcar este domingo la suerte del Gobierno, el rumbo del peronismo y la carrera hacia 2019.