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En la previa a las PASO y ante un resultado incierto, el Gobierno mira octubre con la expectativa de homogenizar el crecimiento del PBI para que cambie el humor social antes de la definición.
Por 12/08/2017 05:29 PM

Desde hace por lo menos dos meses, las charlas internas del Gobierno respecto a los posibles escenarios electorales empezaron a centrar todos los cañones en octubre, una meta a la que, para Cambiemos, es necesario llegar con cierto nivel de consolidación en temas estratégicos. Uno de ellos, el frente económico. Aquel segundo semestre de 2016, un anhelo de mejora en la actividad, se fue posponiendo por un combo de herencia-malas decisiones de la política actual y contexto externo. Pasó así la apuesta a otro segundo semestre, representado en la primera mitad del 2017, donde surgieron brotes verdes aún heterogéneos, incluso dentro de los mismos rubros. La recuperación se vio en autos (mayormente importados), motos, agro exportación, escrituración de vivienda, crédito hipotecario y un nivel interesante de obra pública.

Todo ese período de tiempo que abarca desde fines de 2015 hasta la primera mitad de 2017 tuvo dos facetas: un “aguante” inicial pleno del votante y otra historia matizada desde fines de 2016 hasta el inicio de la campaña para las PASO. Temporalmente, observando los números del INDEC, la Unión Industrial Argentina (UIA), la Cámara Argentina de la Construcción (CAMARCO), las cifras del Colegio de Escribanos, las de las cámara de venta y producción de vehículos, la performance del gobierno de Mauricio Macri fue de menor a mayor. Hasta la mitad previa a las PASO, hubo un retraso de la recuperación económica, incluso para la visión del propio Ejecutivo nacional. Así se inició la campaña interna para imponer que el período que va de agosto a octubre será virtuoso en lo económico y que ayudará al Gobierno a consolidar el voto en la legislativa definitiva. Una especie de tercer segundo semestre que tuvo varios voceros. Uno de ellos fue el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, que en diversas reuniones con empresarios explicó que octubre es para Cambiemos un ballotage virtual, y aclaró que Macri es un experto en triunfos en segundas vueltas.

En este contexto y más allá del resultado en los comicios, en el oficialismo no se resignan a que de aquí a fin de año no haya mejoras fuertes, perceptibles. Juegan a su favor algunos factores, como el último número de mejora en la producción que dio la UIA en mayo, un sorpresivo 2% que envalentonó a los altos mandos de la cartera de Producción, que encabeza Francisco “Pancho” Cabrera.

¿Y DESPUÉS? Las incógnitas del post PASO, en tanto, son varias. En primer lugar, qué efecto tendrá sobre el tipo de cambio un triunfo de la oposición. En la Nación consideran que una victoria acotada de Cristina Fernández es posible de revertir en octubre y, a la vez, garantiza paz cambiaria. Este tema no es menor: en las dos semanas últimas, el Banco Central debió salir a vender por casi U$S2000 millones para mantener el dólar en la barrera psicológica de los $18. Y cualquier desliz del oficialismo que sea significativo puede obligar a la entidad que encabeza Federico Sturzenegger a resignar aún más volumen de reservas.

En materia de precios también miran de reojo al billete verde, aunque tranquilizó el aumento de 1,7% en el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de julio, tres décimas por debajo de lo esperado.

Lo político, en paralelo, condiciona las decisiones económicas futuras que el oficialismo tiene en carpeta. Un resultado positivo para Cambiemos en las urnas habilitará el tratamiento de una reforma impositiva profunda, una reforma laboral más benigna que el modelo brasileño pero que prevé una discusión espinosa yotros aumentos en tarifas y combustibles que se planifican para fin de año.

 

 

Pleno al tercer semestre económico para afianzar el “ballotage”

En la previa a las PASO y ante un resultado incierto, el Gobierno mira octubre con la expectativa de homogenizar el crecimiento del PBI para que cambie el humor social antes de la definición.

Desde hace por lo menos dos meses, las charlas internas del Gobierno respecto a los posibles escenarios electorales empezaron a centrar todos los cañones en octubre, una meta a la que, para Cambiemos, es necesario llegar con cierto nivel de consolidación en temas estratégicos. Uno de ellos, el frente económico. Aquel segundo semestre de 2016, un anhelo de mejora en la actividad, se fue posponiendo por un combo de herencia-malas decisiones de la política actual y contexto externo. Pasó así la apuesta a otro segundo semestre, representado en la primera mitad del 2017, donde surgieron brotes verdes aún heterogéneos, incluso dentro de los mismos rubros. La recuperación se vio en autos (mayormente importados), motos, agro exportación, escrituración de vivienda, crédito hipotecario y un nivel interesante de obra pública.

Todo ese período de tiempo que abarca desde fines de 2015 hasta la primera mitad de 2017 tuvo dos facetas: un “aguante” inicial pleno del votante y otra historia matizada desde fines de 2016 hasta el inicio de la campaña para las PASO. Temporalmente, observando los números del INDEC, la Unión Industrial Argentina (UIA), la Cámara Argentina de la Construcción (CAMARCO), las cifras del Colegio de Escribanos, las de las cámara de venta y producción de vehículos, la performance del gobierno de Mauricio Macri fue de menor a mayor. Hasta la mitad previa a las PASO, hubo un retraso de la recuperación económica, incluso para la visión del propio Ejecutivo nacional. Así se inició la campaña interna para imponer que el período que va de agosto a octubre será virtuoso en lo económico y que ayudará al Gobierno a consolidar el voto en la legislativa definitiva. Una especie de tercer segundo semestre que tuvo varios voceros. Uno de ellos fue el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, que en diversas reuniones con empresarios explicó que octubre es para Cambiemos un ballotage virtual, y aclaró que Macri es un experto en triunfos en segundas vueltas.

En este contexto y más allá del resultado en los comicios, en el oficialismo no se resignan a que de aquí a fin de año no haya mejoras fuertes, perceptibles. Juegan a su favor algunos factores, como el último número de mejora en la producción que dio la UIA en mayo, un sorpresivo 2% que envalentonó a los altos mandos de la cartera de Producción, que encabeza Francisco “Pancho” Cabrera.

¿Y DESPUÉS? Las incógnitas del post PASO, en tanto, son varias. En primer lugar, qué efecto tendrá sobre el tipo de cambio un triunfo de la oposición. En la Nación consideran que una victoria acotada de Cristina Fernández es posible de revertir en octubre y, a la vez, garantiza paz cambiaria. Este tema no es menor: en las dos semanas últimas, el Banco Central debió salir a vender por casi U$S2000 millones para mantener el dólar en la barrera psicológica de los $18. Y cualquier desliz del oficialismo que sea significativo puede obligar a la entidad que encabeza Federico Sturzenegger a resignar aún más volumen de reservas.

En materia de precios también miran de reojo al billete verde, aunque tranquilizó el aumento de 1,7% en el Índice de Precios al Consumidor (IPC) de julio, tres décimas por debajo de lo esperado.

Lo político, en paralelo, condiciona las decisiones económicas futuras que el oficialismo tiene en carpeta. Un resultado positivo para Cambiemos en las urnas habilitará el tratamiento de una reforma impositiva profunda, una reforma laboral más benigna que el modelo brasileño pero que prevé una discusión espinosa yotros aumentos en tarifas y combustibles que se planifican para fin de año.