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Un camino al modelo cubano

Un camino al modelo cubano

29/07/2017 12:44 PM

 

La elección de delegados para la Asamblea Constituyente de este domingo pondrá a Venezuela en camino a transformar su sistema político. Empezará a dejar de ser una democracia al estilo occidental y se acercará más aún al modelo socialista cubano. La decisión se da en un marco de agotamiento de crisis de los sistemas democráticos en el mundo y un giro hacia gobiernos de tendencia autoritaria.

Casi 20 millones de venezolanos están en condiciones de participar de la elección de delegados para la Asamblea Constituyente convocada por el gobierno de Nicolás Maduro con el difuso objetivo de lograr la paz y la justicia, transformando el Estado y cambiando todo lo que haya que cambiar. Establecer la seguridad jurídica y social para el pueblo y perfeccionar y ampliar la Constitución 1999.

En teoría, devolverle al pueblo su poder originario (eso sería una Asamblea Constituyente) es el camino para recuperar la paz en un país sumido en una guerra civil larvada, frenada solo porque las Fuerzas Armadas responden al Gobierno. Pero, en rigor, más allá de las formalidades, es un intento de Maduro y el chavismo de consolidar un modelo de gobierno que, bajo la excusa de un sistema más participativo que representativo, restringa al máximo los espacios de poder opositores y, consecuentemente, amplíe al máximo los del oficialismo.

El formato de elección de los delegados ya es una muestra de ello. Primero, porque la oposición (que, según las últimas elecciones que hubo en Venezuela, en diciembre de 2015, representa el 56,22% de los electores) llamó a no participar y, segundo, porque el particular sistema de elección incluye que la mitad de los constituyentes sean elegidos por voto directo y la otra mitad en representación de diversos “colectivos” como trabajadores, empresarios, indígenas, campesinos, discapacitados y representantes de los concejos comunales. Se supone, con no pocos fundamentos, que en estos grupos la injerencia del Gobierno es muy fuerte y sus representantes tendrán esa impronta.

El último mencionado, los de los concejos comunales, son una especie de delegados de barrio asamblearios con los cuales el Gobierno intentó reemplazar el poder del Parlamento tras la derrota en las elecciones de 2015. También aquí la teoría es una cosa y la práctica otra. La idea de que los vecinos en Asamblea elijan a sus representantes de entre ellos mismos parece una maravillosa superación de la por cierto crujiente democracia representativa occidental, pero aquellos que transitamos aulas universitarias sabemos que las asambleas terminan siendo condicionadas más por las minorías militantes activas que por las mayorías que supuestamente dicen representar.

 

 

Ahora bien: el socialismo como opción real aún no se recuperó de la derrota simbolizada en la caída del Muro de Berlín. No hay registros en la historia reciente de un país que elija cambiar la democracia republicana por un sistema comunista. Entonces, ¿es realmente el socialismo como modelo lo que tiene como horizonte el gobierno venezolano? En mi modesta opinión, no es así. Venezuela busca parecerse sí a Cuba, pero también a quienes se están convirtiendo en sus verdaderos sostenes en un escenario de creciente orfandad internacional, que son China y Rusia. De hecho, el presidente ruso, Vladimir Putin, salió públicamente a defender al golpeado Maduro.

Y el modelo chino y ruso incluye capitalismo controlado por el Estado y un férreo control político. En el caso ruso, tamizado por un barniz democrático que tapa sus deficiencias porque la popularidad de Putin es alta. En el modelo chino, directamente sistema de partido único sin espacio para organizaciones opositoras de ningún signo.

Hacia ese sistema va Cuba, que, aunque frenada por la llegada de Donald Trump al gobierno de EE. UU., sigue con su política de apertura económica que no va de la mano de una apertura política. En concreto, se puede abrir un restaurante en La Habana, pero no se puede abrir un portal de noticias crítico como Letra P.

Lo paradójico de esto es que el capitalismo global se siente muy cómodo con sistemas como éstos, donde el Gobierno tiene pleno control de la situación. Nada mejor para hacer negocios que la previsibilidad.

No sería, al menos por ahora, el caso de Venezuela. Este proyecto constituyente chavista tiene no solo mucha gente en la calle protestando sino a casi toda la región en contra y sobre todo a EE.UU. detrás (el director de la CIA difundió torpemente a la prensa que estaba trabajando con Colombia y México en la crisis venezolana). ¿Le alcanzará con el apoyo chino/ruso? El conflicto venezolano toma ribetes globales que sabemos, por la amarga experiencia propia de los 70, no son nunca buenos para los países y mucho menos para sus pueblos. 

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Un camino al modelo cubano

 

La elección de delegados para la Asamblea Constituyente de este domingo pondrá a Venezuela en camino a transformar su sistema político. Empezará a dejar de ser una democracia al estilo occidental y se acercará más aún al modelo socialista cubano. La decisión se da en un marco de agotamiento de crisis de los sistemas democráticos en el mundo y un giro hacia gobiernos de tendencia autoritaria.

Casi 20 millones de venezolanos están en condiciones de participar de la elección de delegados para la Asamblea Constituyente convocada por el gobierno de Nicolás Maduro con el difuso objetivo de lograr la paz y la justicia, transformando el Estado y cambiando todo lo que haya que cambiar. Establecer la seguridad jurídica y social para el pueblo y perfeccionar y ampliar la Constitución 1999.

En teoría, devolverle al pueblo su poder originario (eso sería una Asamblea Constituyente) es el camino para recuperar la paz en un país sumido en una guerra civil larvada, frenada solo porque las Fuerzas Armadas responden al Gobierno. Pero, en rigor, más allá de las formalidades, es un intento de Maduro y el chavismo de consolidar un modelo de gobierno que, bajo la excusa de un sistema más participativo que representativo, restringa al máximo los espacios de poder opositores y, consecuentemente, amplíe al máximo los del oficialismo.

El formato de elección de los delegados ya es una muestra de ello. Primero, porque la oposición (que, según las últimas elecciones que hubo en Venezuela, en diciembre de 2015, representa el 56,22% de los electores) llamó a no participar y, segundo, porque el particular sistema de elección incluye que la mitad de los constituyentes sean elegidos por voto directo y la otra mitad en representación de diversos “colectivos” como trabajadores, empresarios, indígenas, campesinos, discapacitados y representantes de los concejos comunales. Se supone, con no pocos fundamentos, que en estos grupos la injerencia del Gobierno es muy fuerte y sus representantes tendrán esa impronta.

El último mencionado, los de los concejos comunales, son una especie de delegados de barrio asamblearios con los cuales el Gobierno intentó reemplazar el poder del Parlamento tras la derrota en las elecciones de 2015. También aquí la teoría es una cosa y la práctica otra. La idea de que los vecinos en Asamblea elijan a sus representantes de entre ellos mismos parece una maravillosa superación de la por cierto crujiente democracia representativa occidental, pero aquellos que transitamos aulas universitarias sabemos que las asambleas terminan siendo condicionadas más por las minorías militantes activas que por las mayorías que supuestamente dicen representar.

 

 

Ahora bien: el socialismo como opción real aún no se recuperó de la derrota simbolizada en la caída del Muro de Berlín. No hay registros en la historia reciente de un país que elija cambiar la democracia republicana por un sistema comunista. Entonces, ¿es realmente el socialismo como modelo lo que tiene como horizonte el gobierno venezolano? En mi modesta opinión, no es así. Venezuela busca parecerse sí a Cuba, pero también a quienes se están convirtiendo en sus verdaderos sostenes en un escenario de creciente orfandad internacional, que son China y Rusia. De hecho, el presidente ruso, Vladimir Putin, salió públicamente a defender al golpeado Maduro.

Y el modelo chino y ruso incluye capitalismo controlado por el Estado y un férreo control político. En el caso ruso, tamizado por un barniz democrático que tapa sus deficiencias porque la popularidad de Putin es alta. En el modelo chino, directamente sistema de partido único sin espacio para organizaciones opositoras de ningún signo.

Hacia ese sistema va Cuba, que, aunque frenada por la llegada de Donald Trump al gobierno de EE. UU., sigue con su política de apertura económica que no va de la mano de una apertura política. En concreto, se puede abrir un restaurante en La Habana, pero no se puede abrir un portal de noticias crítico como Letra P.

Lo paradójico de esto es que el capitalismo global se siente muy cómodo con sistemas como éstos, donde el Gobierno tiene pleno control de la situación. Nada mejor para hacer negocios que la previsibilidad.

No sería, al menos por ahora, el caso de Venezuela. Este proyecto constituyente chavista tiene no solo mucha gente en la calle protestando sino a casi toda la región en contra y sobre todo a EE.UU. detrás (el director de la CIA difundió torpemente a la prensa que estaba trabajando con Colombia y México en la crisis venezolana). ¿Le alcanzará con el apoyo chino/ruso? El conflicto venezolano toma ribetes globales que sabemos, por la amarga experiencia propia de los 70, no son nunca buenos para los países y mucho menos para sus pueblos.