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La burocracia fraternal

Héctor lidera Sanidad hace 17 años. Rodolfo conduce Alimentación hace 33 y lo acusan de traidor por Pepsico. Del PC y la conexión Neruda a Menem, los Gordos, los K, Massa y Randazzo. Oposición blanda.
Por 15/07/2017 12:03 PM

Rodolfo Amado Daer miraba por televisión las imágenes en la sede del sindicato de Alimentación, en Carlos Calvo 1535, en el barrio de San Cristóbal. Héctor Daer estaba en el edificio del sindicato de Sanidad, en el barrio de Once. De un lado y del otro de la línea, como casi siempre, coincidían.

El jueves a la mañana, desde temprano, los hermanos más notorios del sindicalismo actual hablaron por teléfono varias veces: antes, durante y después de la represión policial que terminó con el desalojo violento de los trabajadores y las trabajadoras de Pepsico de la planta que ocupaban en Vicente López.

Con la ola de 600 despidos que decidió la multinacional norteamericana, fue Rodolfo -el mayor- el que volvió a ser noticia. El secretario general del Sindicato de Alimentación recibía cuestionamientos de la comisión interna de la fábrica, de los trabajadores despedidos y de la mayor parte de los opositores al gobierno nacional.

Los delegados de Pepsico lo denunciaban por haber cerrado con la empresa un acuerdo a espaldas de los empleados y haber obturado cualquier plan de lucha para impedir los despidos. Las pintadas de “Daer traidor” lo ponían en el centro de la escena en la planta de Florida, pero el jefe de Alimentación estaba tan lejos de los acontecimientos como de la oposición que lo desafía en el gremio que conduce desde hace 33 años. Tanto que –incluso después de las balas de goma, los palazos y los gases- apareció en los medios para apuntar contra “el sectarismo de la comisión interna”.

En sus conversaciones privadas, los hermanos Daer comparan la situación de Pepsico con la del cierre de la planta de AGR Clarín en el barrio de Pompeya y creen que el jueves todo terminó peor por decisión del gobierno nacional. Dicen que no había motivo para reprimir y que la Casa Rosada lo hizo como parte de su campaña electoral.

El jefe de la CGT durante la segunda presidencia de Carlos Menem y hasta el primer año de Néstor Kirchner en el poder, Rodolfo, tiene 66 años y le lleva más de una década al Daer del actual triunvirato, de 55. Los dos son dueños ya de una larga trayectoria como dirigentes sindicales y se los cuestiona por estar atornillados en su gremio: para el sindicalismo combativo y la izquierda, son emblemas alevosos de la burocracia sindical peronista. Sin embargo, sus orígenes son otros.

 

 

HIJOS DE TIGRE. Según cuenta el periodista Isidoro Gilbert en su libro “La Fede, alistándose para la revolución”, el Daer de Alimentación se formó con ideas de izquierda y le debe su nombre a Rodolfo Ghioldi, uno de los principales dirigentes del Partido Comunista que enfrentó a Perón y formó parte de la Unión Democrática.

Gilbert sostiene que el padre de los Daer, Amado, construyó una pequeña leyenda dentro del PCA. En 1948, fue el encargado de sacar a Pablo Neruda de Chile hacia el exilio: lo rescató de San Martín de los Andes y lo trajo a Buenos Aires. “Con un baqueano comunista que se desbarrancó en la cordillera y jamás fue encontrado, contactó con el grupo de baqueanos chilenos que acompañaban al vate. La historia ha sido narrada por José Miguel Varas, premio nacional de literatura, en el libro “Neruda Clandestino”. En  “Confieso que he  vivido”, el poeta habla de Pedrito Ramírez, que llegó a buscarlo en auto a San Martín de los Andes, después del cruce de la cordillera de los Andes”. Nunca quedó claro si Pedrito Ramírez era o no Amado Daer. Pero Neruda partiría después hacia Francia vía Uruguay y nunca olvidaría al dirigente comunista que lo ayudó.

DE UBALDINI A MENEM. Con la herencia que recibió de su padre, Rodolfo se inició en la Federación Juvenil Comunista allá lejos y hace tiempo. Después se abrazó al peronismo de la mano de Lorenzo Miguel, el líder las 62 Organizaciones. Un recorrido similar ensayó su hermano Héctor, que -con el regreso de la democracia- se encolumnó con un Gordo fundamental, Carlos West Ocampo, jefe del Sindicato de Sanidad y emblema de los buenos muchachos.

Los hermanos Daer hoy coinciden en el relato: papá Amado no era “tan gorila” y creía en la necesidad de una alianza con el peronismo. En el particular tránsito del PC al PJ, puede hallarse sin embargo al menos una constante: la de hablar mal y con desprecio de “los troscos” argentinos.

Sus amigos dicen que el mayor de los Daer debutó en la actividad sindical en el rubro metalúrgico y que fue el histórico líder de la UOM el que le recomendó mudarse a otro gremio porque la tarea del peronismo era ampliarse. Así, en los tempranos ochenta, desembarcó en Alimentación y se convirtió rápido en uno de los “jóvenes brillantes” ubaldinistas junto a otros dos dirigentes que atravesarían –inoxidables- la cortina de los tiempos, Gerardo Martínez de la UOCRA y Andrés Rodríguez de UPCN; dos a los que ahora casi que desprecia.

Pese a su pasado menemista y al buen entendimiento que tuvo siempre con las multinacionales de origen norteamericano, Rodolfo no logra digerir las críticas en su contra. Llama a votar al peronismo en octubre para ponerle freno a Cambiemos y repite ante su entorno que, a diferencia de Martínez y Rodríguez, él nunca se sentó en primera fila en Casa Rosada para aplaudir y sonreír ante los discursos de Macri. Es claro: ya se quemó con leche.

En los tiempos de Menem, el discurso de Daer era fácilmente reconocible. Mientras el MTA de Hugo Moyano y la CTA de Víctor De Gennaro encabezaban las luchas sociales y sindicales, en pleno crisis y con el auge de la desocupación, Rodolfo hablaba como si fuera el ministro de Trabajo del gobierno. Aunque ese rol le impidió desde entonces trascender las fronteras de su gremio, Daer busca pararse en un lugar distinto.

Durante la década kirchnerista, en la que el sindicalismo de izquierda se fortaleció en sindicatos como el suyo, Daer se jactó siempre de su capacidad para contener a la oposición interna. Más allá de las situaciones en las que se vio desbordado como en 2009, durante el conflicto de Kraft -que también terminó con represión de la Policía bonaerense- o en 2012, cuando estuvo a punto de perder la Seccional Capital con la lista Bordó.

Con la gimnasia de su formación política, el jefe de Alimentación se diferenció de los métodos y el discurso macartista que desde el SMATA implementó Ricardo Pignanelli, otro incondicional de la Casa Rosada, gobierne quien gobierne. Hasta el jueves.

 

 

LA MANO DE CAMBIEMOS. Desde 2013 hasta hoy, el mayor crecimiento político fue el de Héctor Daer, aunque lleno de contratiempos. El más chico de los sindicalistas -que lleva 17 años como secretario general de Sanidad- llegó a diputado nacional gracias a un acuerdo de su jefe West Ocampo con Sergio Massa. Pero, a poco de andar, se topó con demasiadas diferencias. Aguantó todo lo que pudo, se sentó en uno de los sillones del vapuleado triunvirato cegetista y finalmente este año dio el salto hacia las filas de Florencio Randazzo.

Aunque se declaran opositores al gobierno de Cambiemos, tanto Héctor desde la CGT como Rodolfo en el gremio Alimentación –o como secretario de Industria la central- forman parte del sector que se opone a declarar un paro general como respuesta ante la crisis.

Los hermanos Daer tienen la misma visión: coinciden en que el gobierno nacional decidió reprimir como parte de la campaña electoral. Sostienen que el arreglo que se logró en la planta de Pepsico era mejor que el que se le ofreció a los obreros de AGR Clarín, que cerró en enero de este año y también fue ocupada por sus trabajadores. Según el secretario general de Alimentación, en una primera instancia, la multinacional norteamericana había ofrecido cerrar un acuerdo por el artículo 247 de la Ley de Contrato de Trabajo y pagar la mitad de la indemnización. Después de las protestas y las movilizaciones, la comisión interna consiguió la doble indemnización.

Lejos de cualquier autocrítica, Rodolfo repite –como Pepsico- que el cierre era inevitable, mientras culpa al Gobierno y al sindicalismo combativo. Al primero por reprimir un conflicto que –afirma- no tenía perspectiva; a los segundos, por no aceptar el acuerdo que ofreció la multinacional norteamericana. Los dos están convencidos de que –más allá de la orden judicial- la Casa Rosada decidió un despliegue policial inédito para televisar su intento disciplinador y su apuesta irrestricta a las compañías que anuncien la llovizna de inversiones.

Entienden que el tema de fondo es el ajuste que prepara el Gobierno para después de las elecciones. Pero mientras Rodolfo dice que en octubre se le va a poner un freno al oficialismo, Héctor tiene sus reservas. “El orden paga y acá cualquier conflicto que polariza beneficia al Gobierno. Mientas la oposición se reparte entre Cristina, Randazzo, Massa y la izquierda, Cambiemos es un solo frente y suma en pala”, le escucharon decir en la última reunión de la CGT, horas después de la represión a los trabajadores de Pepsico. Allí, la central anunció una marcha para el 22 de agosto, después de las PASO. La fecha expresa la posición de los hermanos, que confluye con la de Cristina Kirchner: la suerte se juega en las urnas, no en las calles.

Después de cuatro años como diputado massista, en las PASO el menor de los Daer acompañará esta vez a Randazzo con su apoyo y con su voto en la provincia de Buenos Aires. El mayor, en cambio –que suele elogiar a Néstor Kirchner por devolverle la política al peronismo- votará en Capital Federal: quizás a su amigo Daniel Filmus. Será una diferencia coyuntural en un tablero más grande en el que siempre juegan y de memoria. 

La burocracia fraternal

Héctor lidera Sanidad hace 17 años. Rodolfo conduce Alimentación hace 33 y lo acusan de traidor por Pepsico. Del PC y la conexión Neruda a Menem, los Gordos, los K, Massa y Randazzo. Oposición blanda.

Rodolfo Amado Daer miraba por televisión las imágenes en la sede del sindicato de Alimentación, en Carlos Calvo 1535, en el barrio de San Cristóbal. Héctor Daer estaba en el edificio del sindicato de Sanidad, en el barrio de Once. De un lado y del otro de la línea, como casi siempre, coincidían.

El jueves a la mañana, desde temprano, los hermanos más notorios del sindicalismo actual hablaron por teléfono varias veces: antes, durante y después de la represión policial que terminó con el desalojo violento de los trabajadores y las trabajadoras de Pepsico de la planta que ocupaban en Vicente López.

Con la ola de 600 despidos que decidió la multinacional norteamericana, fue Rodolfo -el mayor- el que volvió a ser noticia. El secretario general del Sindicato de Alimentación recibía cuestionamientos de la comisión interna de la fábrica, de los trabajadores despedidos y de la mayor parte de los opositores al gobierno nacional.

Los delegados de Pepsico lo denunciaban por haber cerrado con la empresa un acuerdo a espaldas de los empleados y haber obturado cualquier plan de lucha para impedir los despidos. Las pintadas de “Daer traidor” lo ponían en el centro de la escena en la planta de Florida, pero el jefe de Alimentación estaba tan lejos de los acontecimientos como de la oposición que lo desafía en el gremio que conduce desde hace 33 años. Tanto que –incluso después de las balas de goma, los palazos y los gases- apareció en los medios para apuntar contra “el sectarismo de la comisión interna”.

En sus conversaciones privadas, los hermanos Daer comparan la situación de Pepsico con la del cierre de la planta de AGR Clarín en el barrio de Pompeya y creen que el jueves todo terminó peor por decisión del gobierno nacional. Dicen que no había motivo para reprimir y que la Casa Rosada lo hizo como parte de su campaña electoral.

El jefe de la CGT durante la segunda presidencia de Carlos Menem y hasta el primer año de Néstor Kirchner en el poder, Rodolfo, tiene 66 años y le lleva más de una década al Daer del actual triunvirato, de 55. Los dos son dueños ya de una larga trayectoria como dirigentes sindicales y se los cuestiona por estar atornillados en su gremio: para el sindicalismo combativo y la izquierda, son emblemas alevosos de la burocracia sindical peronista. Sin embargo, sus orígenes son otros.

 

 

HIJOS DE TIGRE. Según cuenta el periodista Isidoro Gilbert en su libro “La Fede, alistándose para la revolución”, el Daer de Alimentación se formó con ideas de izquierda y le debe su nombre a Rodolfo Ghioldi, uno de los principales dirigentes del Partido Comunista que enfrentó a Perón y formó parte de la Unión Democrática.

Gilbert sostiene que el padre de los Daer, Amado, construyó una pequeña leyenda dentro del PCA. En 1948, fue el encargado de sacar a Pablo Neruda de Chile hacia el exilio: lo rescató de San Martín de los Andes y lo trajo a Buenos Aires. “Con un baqueano comunista que se desbarrancó en la cordillera y jamás fue encontrado, contactó con el grupo de baqueanos chilenos que acompañaban al vate. La historia ha sido narrada por José Miguel Varas, premio nacional de literatura, en el libro “Neruda Clandestino”. En  “Confieso que he  vivido”, el poeta habla de Pedrito Ramírez, que llegó a buscarlo en auto a San Martín de los Andes, después del cruce de la cordillera de los Andes”. Nunca quedó claro si Pedrito Ramírez era o no Amado Daer. Pero Neruda partiría después hacia Francia vía Uruguay y nunca olvidaría al dirigente comunista que lo ayudó.

DE UBALDINI A MENEM. Con la herencia que recibió de su padre, Rodolfo se inició en la Federación Juvenil Comunista allá lejos y hace tiempo. Después se abrazó al peronismo de la mano de Lorenzo Miguel, el líder las 62 Organizaciones. Un recorrido similar ensayó su hermano Héctor, que -con el regreso de la democracia- se encolumnó con un Gordo fundamental, Carlos West Ocampo, jefe del Sindicato de Sanidad y emblema de los buenos muchachos.

Los hermanos Daer hoy coinciden en el relato: papá Amado no era “tan gorila” y creía en la necesidad de una alianza con el peronismo. En el particular tránsito del PC al PJ, puede hallarse sin embargo al menos una constante: la de hablar mal y con desprecio de “los troscos” argentinos.

Sus amigos dicen que el mayor de los Daer debutó en la actividad sindical en el rubro metalúrgico y que fue el histórico líder de la UOM el que le recomendó mudarse a otro gremio porque la tarea del peronismo era ampliarse. Así, en los tempranos ochenta, desembarcó en Alimentación y se convirtió rápido en uno de los “jóvenes brillantes” ubaldinistas junto a otros dos dirigentes que atravesarían –inoxidables- la cortina de los tiempos, Gerardo Martínez de la UOCRA y Andrés Rodríguez de UPCN; dos a los que ahora casi que desprecia.

Pese a su pasado menemista y al buen entendimiento que tuvo siempre con las multinacionales de origen norteamericano, Rodolfo no logra digerir las críticas en su contra. Llama a votar al peronismo en octubre para ponerle freno a Cambiemos y repite ante su entorno que, a diferencia de Martínez y Rodríguez, él nunca se sentó en primera fila en Casa Rosada para aplaudir y sonreír ante los discursos de Macri. Es claro: ya se quemó con leche.

En los tiempos de Menem, el discurso de Daer era fácilmente reconocible. Mientras el MTA de Hugo Moyano y la CTA de Víctor De Gennaro encabezaban las luchas sociales y sindicales, en pleno crisis y con el auge de la desocupación, Rodolfo hablaba como si fuera el ministro de Trabajo del gobierno. Aunque ese rol le impidió desde entonces trascender las fronteras de su gremio, Daer busca pararse en un lugar distinto.

Durante la década kirchnerista, en la que el sindicalismo de izquierda se fortaleció en sindicatos como el suyo, Daer se jactó siempre de su capacidad para contener a la oposición interna. Más allá de las situaciones en las que se vio desbordado como en 2009, durante el conflicto de Kraft -que también terminó con represión de la Policía bonaerense- o en 2012, cuando estuvo a punto de perder la Seccional Capital con la lista Bordó.

Con la gimnasia de su formación política, el jefe de Alimentación se diferenció de los métodos y el discurso macartista que desde el SMATA implementó Ricardo Pignanelli, otro incondicional de la Casa Rosada, gobierne quien gobierne. Hasta el jueves.

 

 

LA MANO DE CAMBIEMOS. Desde 2013 hasta hoy, el mayor crecimiento político fue el de Héctor Daer, aunque lleno de contratiempos. El más chico de los sindicalistas -que lleva 17 años como secretario general de Sanidad- llegó a diputado nacional gracias a un acuerdo de su jefe West Ocampo con Sergio Massa. Pero, a poco de andar, se topó con demasiadas diferencias. Aguantó todo lo que pudo, se sentó en uno de los sillones del vapuleado triunvirato cegetista y finalmente este año dio el salto hacia las filas de Florencio Randazzo.

Aunque se declaran opositores al gobierno de Cambiemos, tanto Héctor desde la CGT como Rodolfo en el gremio Alimentación –o como secretario de Industria la central- forman parte del sector que se opone a declarar un paro general como respuesta ante la crisis.

Los hermanos Daer tienen la misma visión: coinciden en que el gobierno nacional decidió reprimir como parte de la campaña electoral. Sostienen que el arreglo que se logró en la planta de Pepsico era mejor que el que se le ofreció a los obreros de AGR Clarín, que cerró en enero de este año y también fue ocupada por sus trabajadores. Según el secretario general de Alimentación, en una primera instancia, la multinacional norteamericana había ofrecido cerrar un acuerdo por el artículo 247 de la Ley de Contrato de Trabajo y pagar la mitad de la indemnización. Después de las protestas y las movilizaciones, la comisión interna consiguió la doble indemnización.

Lejos de cualquier autocrítica, Rodolfo repite –como Pepsico- que el cierre era inevitable, mientras culpa al Gobierno y al sindicalismo combativo. Al primero por reprimir un conflicto que –afirma- no tenía perspectiva; a los segundos, por no aceptar el acuerdo que ofreció la multinacional norteamericana. Los dos están convencidos de que –más allá de la orden judicial- la Casa Rosada decidió un despliegue policial inédito para televisar su intento disciplinador y su apuesta irrestricta a las compañías que anuncien la llovizna de inversiones.

Entienden que el tema de fondo es el ajuste que prepara el Gobierno para después de las elecciones. Pero mientras Rodolfo dice que en octubre se le va a poner un freno al oficialismo, Héctor tiene sus reservas. “El orden paga y acá cualquier conflicto que polariza beneficia al Gobierno. Mientas la oposición se reparte entre Cristina, Randazzo, Massa y la izquierda, Cambiemos es un solo frente y suma en pala”, le escucharon decir en la última reunión de la CGT, horas después de la represión a los trabajadores de Pepsico. Allí, la central anunció una marcha para el 22 de agosto, después de las PASO. La fecha expresa la posición de los hermanos, que confluye con la de Cristina Kirchner: la suerte se juega en las urnas, no en las calles.

Después de cuatro años como diputado massista, en las PASO el menor de los Daer acompañará esta vez a Randazzo con su apoyo y con su voto en la provincia de Buenos Aires. El mayor, en cambio –que suele elogiar a Néstor Kirchner por devolverle la política al peronismo- votará en Capital Federal: quizás a su amigo Daniel Filmus. Será una diferencia coyuntural en un tablero más grande en el que siempre juegan y de memoria.