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La única verdad es la realidad: Randazzo larga cuarto

La única verdad es la realidad: Randazzo larga cuarto

30/06/2017 06:59 PM

 

Florencio Randazzo pasó casi un año y medio en silencio. En ese ejercicio de clausura introspectiva, se descuenta que ha tenido tiempo para pensar. Este jueves, el precandidato a senador nacional por el Frente Justicialista Cumplir se sacó la mordaza. Habló. En un encuentro con la prensa, soltó un puñado de conceptos engendrados en la penumbra de sus dieciséis meses y medio sabáticos. Hasta el cierre de esta nota, 30 horas después de su reaparición, la política argentina no se había estremecido. No había, hasta entonces, indicios de una  revolución. Todo lo contrario: sus estrategas admitían que, a estas alturas, el objetivo del dirigente chivilcoyano es disputarle el electorado al tándem Sergio MassaMargarita Stolbizer, que aparece tercero cómodo en las encuestas. Comparada con la pretensión originaria de forzar la jubilación de Cristina Fernández, la meta luce irrisoria.

Frente a un enjambre de periodistas convocados a un hotel del centro porteño para escuchar a un candidato bonaerense, así habló Randazzo:

Dijo que la “ilusión” de cambio que había generado la alianza Cambiemos en un sector del electorado “se transformó en decepción, dolor e incertidumbre”.

Describió a la administración que conduce el presidente Mauricio Macri como “insensible”. “Un gobierno para ricos, para pocos”, etiquetó. Y llamó a “ponerle un límite”.

Dijo que Cambiemos “no cumplió las promesas de campaña”, “agudizó la pobreza y la inflación” y “abandona a los trabajadores, a la clase media y a los jubilados”. Y que Macri “es un caprichoso malcriado”.

Se presentó como “una oposición firme, con políticas claras”, una “una alternativa electoral” que no hace “promesas falsas” ni promete “cosas que no se cumplen.”

“Discutimos el presente y el futuro”, aseguró, en una réplica fiel del discurso de Massa.

Nada nuevo bajo el sol. Muy poco para tanto tiempo de reflexión.

Dejó, además, unas cuantas frases destinadas a criticar la conducción política de CFK. “El proyecto no era Cristina; el proyecto es más que una persona”, indicó y opinó que la ex presidenta “beneficia al Gobierno”. Cuestionó el dedazo cristinista de 2015, cuando su por entonces jefa lo bajó de la carrera por la sucesión, y le echó la culpa: “Fue un error que no hubiera PASO”; “perdimos  la elección sufriendo por nuestros propios errores”.

A pesar de haber quedado tan lejos de la chance de jubilarla y de que el grueso de los dirigentes del peronismo bonaerense –aun mordiéndose la lengua para ahogar sus críticas feroces- ratificó el liderazgo de la ex jefa de Estado, insistió en que “cumplió una etapa y tiene una enorme responsabilidad, que es generar su propio relevo”.

Hizo equilibrio. Admitió que el anterior gobierno “no pudo resolver definitivamente la pobreza, sobre todo la estructural”, pero remarcó que “éste la ha agudizado". Es la pelea por la ancha avenida del medio.

En un momento prehistórico de la campaña que, al menos informalmente y fuera de la ley, ya ha comenzado, Randazzo había logrado instalar –queda claro ahora que sólo en el microclimático círculo de la política y el periodismo- la idea de que venía a llevarse puesto todo, como un tsunami de renovación. La sensación abrevaba, acaso, en otra sensación que también terminó revelándose ficticia: que el peronismo no K, maltratado y relegado por Cristina y La Cámpora a partir de la muerte de Néstor Kirchner, se preparaba para comer el plato frío de la venganza y había decretado el pase a retiro de CFK, supuestamente grogui en el ring de la opinión pública por la seguidilla de golpes de KO recibidos al calor del fuego judicial.

N una cosa ni la otra pasaron y, a medida que las acciones de la ex presidenta se recuperaban, las del ex ministro se iban derrumbando. En términos menos metafóricos: a medida que Cristina recuperaba tropa, Randazzo la iba perdiendo.

La primera señal de la erosión fue fuerte. Después de haber sido el motor fundacional de su lanzamiento a la carrera por la disputa del liderazgo del peronismo post kirchnerista, el Grupo Esmeralda se partió en dos: los intendentes Martín Insaurralde (Lomas de Zamora), Mariano Cascallares (Almirante Brown), Fernando Grey (Esteban Echeverría) y Juan Pablo De Jesús (La Costa) abandonaron el barco y se sumaron al armado referenciado en Cristina.

En noviembre del año pasado, la relación entre esos caciques y Randazzo había quedado herida. Cuando se discutía el Presupuesto 2017 en la Legislatura, el ahora precandidato a senador había intentado imponer, sin conocer en detalle el nuevo mapa de fuerzas del parlamento bonaerense, una estrategia para colocar a Marcelo Feliú en la vicepresidencia de la Cámara de Diputados. En esa jugada, los intendentes vieron las intenciones del ex ministro: erigirse en jefe de ellos, más que en su socio.

En la ruptura del Esmeralda, Gabriel Katopodis (San Martín), Juanchi Zabaleta (Hurlingham) y Eduardo Bucca (Bolivar) mantuvieron la apuesta por el chivilcoyano. No obstante, conscientes del aislamiento al que los sometió el grueso de la dirigencia peronista –y, al mismo tiempo, la presión para que se bajara que ejercieron los operadores de CFK y la ex mandataria en persona el viernes pasado por la noche-, le dieron a Randazzo la última advertencia sobre los riesgos de no recalcular. Fue al filo del vencimiento del cierre de listas, el sábado pasado, en una tensa reunión en la que terminaron aceptando bancar la patriada del ex ministro a cambio de un espacio de protagonismo: la cabeza de la lista de precandidatos a diputados nacionales, que Randazzo le había prometido a Julián Domínguez, el perdedor de la interna provincial del FpV en 2015.

En este proceso, Randazzo demostró tener un capital valioso: es un hombre valiente. Pero en política, como en otros órdenes, no alcanza con eso. La táctica y la estrategia son insumos imprescindibles. En esos terrenos, falló. Nunca tuvo –no pudo diseñar sobre la marcha- un Plan B.

En definitiva, El Flaco arrancó para jubilar a Cristina y terminó persiguiendo un objetivo dramáticamente menos ambicioso: hoy, las encuestas lo muestran quitándole a Massa una cuarta parte de los 20 puntos que cosechó el tigrense en 2015. Es decir, en un comodísimo cuarto puesto, más cerca del quinto de la izquierda que del tercero de la alianza 1País.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Serrat. Y Randazzo sabe, como buen peronista, que la única verdad es la realidad.

La única verdad es la realidad: Randazzo larga cuarto

 

Florencio Randazzo pasó casi un año y medio en silencio. En ese ejercicio de clausura introspectiva, se descuenta que ha tenido tiempo para pensar. Este jueves, el precandidato a senador nacional por el Frente Justicialista Cumplir se sacó la mordaza. Habló. En un encuentro con la prensa, soltó un puñado de conceptos engendrados en la penumbra de sus dieciséis meses y medio sabáticos. Hasta el cierre de esta nota, 30 horas después de su reaparición, la política argentina no se había estremecido. No había, hasta entonces, indicios de una  revolución. Todo lo contrario: sus estrategas admitían que, a estas alturas, el objetivo del dirigente chivilcoyano es disputarle el electorado al tándem Sergio MassaMargarita Stolbizer, que aparece tercero cómodo en las encuestas. Comparada con la pretensión originaria de forzar la jubilación de Cristina Fernández, la meta luce irrisoria.

Frente a un enjambre de periodistas convocados a un hotel del centro porteño para escuchar a un candidato bonaerense, así habló Randazzo:

Dijo que la “ilusión” de cambio que había generado la alianza Cambiemos en un sector del electorado “se transformó en decepción, dolor e incertidumbre”.

Describió a la administración que conduce el presidente Mauricio Macri como “insensible”. “Un gobierno para ricos, para pocos”, etiquetó. Y llamó a “ponerle un límite”.

Dijo que Cambiemos “no cumplió las promesas de campaña”, “agudizó la pobreza y la inflación” y “abandona a los trabajadores, a la clase media y a los jubilados”. Y que Macri “es un caprichoso malcriado”.

Se presentó como “una oposición firme, con políticas claras”, una “una alternativa electoral” que no hace “promesas falsas” ni promete “cosas que no se cumplen.”

“Discutimos el presente y el futuro”, aseguró, en una réplica fiel del discurso de Massa.

Nada nuevo bajo el sol. Muy poco para tanto tiempo de reflexión.

Dejó, además, unas cuantas frases destinadas a criticar la conducción política de CFK. “El proyecto no era Cristina; el proyecto es más que una persona”, indicó y opinó que la ex presidenta “beneficia al Gobierno”. Cuestionó el dedazo cristinista de 2015, cuando su por entonces jefa lo bajó de la carrera por la sucesión, y le echó la culpa: “Fue un error que no hubiera PASO”; “perdimos  la elección sufriendo por nuestros propios errores”.

A pesar de haber quedado tan lejos de la chance de jubilarla y de que el grueso de los dirigentes del peronismo bonaerense –aun mordiéndose la lengua para ahogar sus críticas feroces- ratificó el liderazgo de la ex jefa de Estado, insistió en que “cumplió una etapa y tiene una enorme responsabilidad, que es generar su propio relevo”.

Hizo equilibrio. Admitió que el anterior gobierno “no pudo resolver definitivamente la pobreza, sobre todo la estructural”, pero remarcó que “éste la ha agudizado". Es la pelea por la ancha avenida del medio.

En un momento prehistórico de la campaña que, al menos informalmente y fuera de la ley, ya ha comenzado, Randazzo había logrado instalar –queda claro ahora que sólo en el microclimático círculo de la política y el periodismo- la idea de que venía a llevarse puesto todo, como un tsunami de renovación. La sensación abrevaba, acaso, en otra sensación que también terminó revelándose ficticia: que el peronismo no K, maltratado y relegado por Cristina y La Cámpora a partir de la muerte de Néstor Kirchner, se preparaba para comer el plato frío de la venganza y había decretado el pase a retiro de CFK, supuestamente grogui en el ring de la opinión pública por la seguidilla de golpes de KO recibidos al calor del fuego judicial.

N una cosa ni la otra pasaron y, a medida que las acciones de la ex presidenta se recuperaban, las del ex ministro se iban derrumbando. En términos menos metafóricos: a medida que Cristina recuperaba tropa, Randazzo la iba perdiendo.

La primera señal de la erosión fue fuerte. Después de haber sido el motor fundacional de su lanzamiento a la carrera por la disputa del liderazgo del peronismo post kirchnerista, el Grupo Esmeralda se partió en dos: los intendentes Martín Insaurralde (Lomas de Zamora), Mariano Cascallares (Almirante Brown), Fernando Grey (Esteban Echeverría) y Juan Pablo De Jesús (La Costa) abandonaron el barco y se sumaron al armado referenciado en Cristina.

En noviembre del año pasado, la relación entre esos caciques y Randazzo había quedado herida. Cuando se discutía el Presupuesto 2017 en la Legislatura, el ahora precandidato a senador había intentado imponer, sin conocer en detalle el nuevo mapa de fuerzas del parlamento bonaerense, una estrategia para colocar a Marcelo Feliú en la vicepresidencia de la Cámara de Diputados. En esa jugada, los intendentes vieron las intenciones del ex ministro: erigirse en jefe de ellos, más que en su socio.

En la ruptura del Esmeralda, Gabriel Katopodis (San Martín), Juanchi Zabaleta (Hurlingham) y Eduardo Bucca (Bolivar) mantuvieron la apuesta por el chivilcoyano. No obstante, conscientes del aislamiento al que los sometió el grueso de la dirigencia peronista –y, al mismo tiempo, la presión para que se bajara que ejercieron los operadores de CFK y la ex mandataria en persona el viernes pasado por la noche-, le dieron a Randazzo la última advertencia sobre los riesgos de no recalcular. Fue al filo del vencimiento del cierre de listas, el sábado pasado, en una tensa reunión en la que terminaron aceptando bancar la patriada del ex ministro a cambio de un espacio de protagonismo: la cabeza de la lista de precandidatos a diputados nacionales, que Randazzo le había prometido a Julián Domínguez, el perdedor de la interna provincial del FpV en 2015.

En este proceso, Randazzo demostró tener un capital valioso: es un hombre valiente. Pero en política, como en otros órdenes, no alcanza con eso. La táctica y la estrategia son insumos imprescindibles. En esos terrenos, falló. Nunca tuvo –no pudo diseñar sobre la marcha- un Plan B.

En definitiva, El Flaco arrancó para jubilar a Cristina y terminó persiguiendo un objetivo dramáticamente menos ambicioso: hoy, las encuestas lo muestran quitándole a Massa una cuarta parte de los 20 puntos que cosechó el tigrense en 2015. Es decir, en un comodísimo cuarto puesto, más cerca del quinto de la izquierda que del tercero de la alianza 1País.

Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio, canta Serrat. Y Randazzo sabe, como buen peronista, que la única verdad es la realidad.