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El que insulta pierde 

El que insulta pierde 

11/04/2017 10:08 AM

El insulto no es un delito pero, ¿qué es? 

Lo que constituye al insulto es difícil de determinar porque requiere de contexto y de una región, pero sí sabemos que es una expresión utilizada por un emisor que tiene por propósito lastimar u ofender a otro individuo.

Se manifiesta con palabras de connotación negativa de conocimiento popular o por elementos expresivos que tienen por objetivo injuriar o provocar. Existen varios tipos de insultos: 

-    Los directos, como “Mocoso insolente”.
-    Los que califican en presente: “Es un reverendo hijo de puta”.
-    Los que niegan la existencia: “No sos nadie”.
-    Los que adjetivan: “Es un imbécil”.
-    Y los que comparan: “Es un delincuente como su padre”.

Las últimas semanas fueron testigo de una paleta de insultos digna de un Anti Congreso de la Lengua. Diputados, ex presidentes, ex ministros, dirigentes de los Derechos Humanos, todos encontraron la “puteada justa” que justifica o valida el accionar. 

El insulto es ocasionado generalmente por el enojo o la ira hacia alguien que nos hizo un daño (o creemos que lo hizo). También puede ser dirigido a alguien que nos defraudó. En ambos casos, ayuda a descargar el enojo. 

En síntesis, un insulto no es un ilícito y es una agresión (violencia).

Pero, ¿quiénes son los que insultan? Insultan los que odian, los que pierden. 

Y también insultan los que carecen de argumentos. 

Durante más de una década, los domingos familiares se saturaron de insultos entre padres e hijos, tíos y sobrinos. Muchos fueron insultados por no comprender EL proyecto. Otros sufrieron agravios por carecer de sentimientos populares. 

En la antigua Grecia, Aristóteles y su barra brava ejercitaban con Disputas Heurísticas (sin principio ni fin). Disparaban una idea e invitaban a un alumno a argumentarla. Luego, en su pausa, invitaban a otro a contra argumentar. Así, durante horas, animaban combates de palabras y quien perdía callaba, porque indicaba la ausencia de ideas o argumentos para definir esas ideas.

Una disputa heurística en la Argentina de 2017 es utopía pura, porque estamos más cerca del grito y del golpe, escalón siguiente al insulto, que del razonamiento que invita al debate abierto y respetuoso. 

¿Y qué es un Argumento? Un razonamiento para justificar una proposición o la expresión misma del razonamiento.  

Cuando el argumento se ensucia con tonos o insultos, pierde su razón de ser. 

Un comunicador con argumentos puede refutar, contra argumentar o plantear una contradicción. 

Un comunicador sin argumentos sólo podrá contradecir, reforzar el cómo por sobre el qué, atacar al comunicador (no a sus ideas) o simplemente insultar. 

Es ésta la manera más efectiva de lograr el rechazo social. Y confirmar que la violencia no es más que el recurso de los incompetentes.
 

El que insulta pierde 

Docente, consultor y escritor. Autor de “Oratoria y Comunicación”.

El insulto no es un delito pero, ¿qué es? 

Lo que constituye al insulto es difícil de determinar porque requiere de contexto y de una región, pero sí sabemos que es una expresión utilizada por un emisor que tiene por propósito lastimar u ofender a otro individuo.

Se manifiesta con palabras de connotación negativa de conocimiento popular o por elementos expresivos que tienen por objetivo injuriar o provocar. Existen varios tipos de insultos: 

-    Los directos, como “Mocoso insolente”.
-    Los que califican en presente: “Es un reverendo hijo de puta”.
-    Los que niegan la existencia: “No sos nadie”.
-    Los que adjetivan: “Es un imbécil”.
-    Y los que comparan: “Es un delincuente como su padre”.

Las últimas semanas fueron testigo de una paleta de insultos digna de un Anti Congreso de la Lengua. Diputados, ex presidentes, ex ministros, dirigentes de los Derechos Humanos, todos encontraron la “puteada justa” que justifica o valida el accionar. 

El insulto es ocasionado generalmente por el enojo o la ira hacia alguien que nos hizo un daño (o creemos que lo hizo). También puede ser dirigido a alguien que nos defraudó. En ambos casos, ayuda a descargar el enojo. 

En síntesis, un insulto no es un ilícito y es una agresión (violencia).

Pero, ¿quiénes son los que insultan? Insultan los que odian, los que pierden. 

Y también insultan los que carecen de argumentos. 

Durante más de una década, los domingos familiares se saturaron de insultos entre padres e hijos, tíos y sobrinos. Muchos fueron insultados por no comprender EL proyecto. Otros sufrieron agravios por carecer de sentimientos populares. 

En la antigua Grecia, Aristóteles y su barra brava ejercitaban con Disputas Heurísticas (sin principio ni fin). Disparaban una idea e invitaban a un alumno a argumentarla. Luego, en su pausa, invitaban a otro a contra argumentar. Así, durante horas, animaban combates de palabras y quien perdía callaba, porque indicaba la ausencia de ideas o argumentos para definir esas ideas.

Una disputa heurística en la Argentina de 2017 es utopía pura, porque estamos más cerca del grito y del golpe, escalón siguiente al insulto, que del razonamiento que invita al debate abierto y respetuoso. 

¿Y qué es un Argumento? Un razonamiento para justificar una proposición o la expresión misma del razonamiento.  

Cuando el argumento se ensucia con tonos o insultos, pierde su razón de ser. 

Un comunicador con argumentos puede refutar, contra argumentar o plantear una contradicción. 

Un comunicador sin argumentos sólo podrá contradecir, reforzar el cómo por sobre el qué, atacar al comunicador (no a sus ideas) o simplemente insultar. 

Es ésta la manera más efectiva de lograr el rechazo social. Y confirmar que la violencia no es más que el recurso de los incompetentes.